Mermelada de diente de león
Ha terminado el invierno, este año no hubo grandes heladas, únicamente una temporada fría, blanda y blanca. Pero, aunque suave, ya estábamos hartos y deseando ver las hojas verdes, los colores vivos, y quitarme de encima la ropa tan abrigada.
A nuestro pequeño municipio de provincia ha llegado la primavera. Carmen adora la primavera, siempre ansía el despertar de la naturaleza, y por fin ha llegado. Observando por la ventana desde el tercer piso, pensaba:
Con estos días templados, la ciudad parece que ha salido de una larga hibernación. Hasta los coches rugen de manera distinta y el mercado está más animado. La gente lleva chaquetas de colores, abrigos, y cada cual va para donde puede; los pájaros por la mañana nos despiertan antes que el despertador. ¡Qué gusto en primavera, aunque el verano aún es mejor!
Carmen vive en ese edificio de cinco plantas desde hace años y actualmente comparte su piso con su nieta, Leocadia, que estudia cuarto de primaria. Hace un año, los padres de Leocadia marcharon a trabajar a Senegal por contrato; los dos son médicos y dejaron la niña al cuidado de su abuela.
Mamá, te confiamos a nuestra Leo, ¿cómo íbamos a llevárnosla allí? Sabemos que cuidarás bien de tu adorada nieta le dijo su hija.
Faltaría más… Claro que cuido de ella, ¡además me alegra la vida! Ya que estoy jubilada, ¿en qué voy a emplear mi tiempo? Vete tranquila, que aquí nos apañamos Leo y yo respondió.
¡Qué alegría, abuela! Ahora sí que vamos a pasarlo bien juntas, iremos mucho al Retiro; mis padres nunca tienen tiempo para eso, ¡yo les soy invisible! saltaba de felicidad la niña.
Le preparé el desayuno a la pequeña y la llevé al colegio. Después, me dediqué a mis quehaceres domésticos y el tiempo pasó volando.
Me acerco al mercado, y para cuando vuelva Leo ya estará de regreso del cole pensaba mientras reunía las cosas para salir del piso.
Salí por el portal y, como siempre, ya estaban sentadas dos vecinas en el banco, con sus cojines para no enfriarse, que todavía refresca. Doña Pilar una viuda de edad indescifrable, quizá setenta y muchos, quizá más, que nunca ha dado a conocer su verdadero año de nacimiento vive sola en su piso del bajo. Aurelia, la otra señora, tiene setenta y cinco años, mujer culta, muy leída, siempre cuenta anécdotas y se le oye reír; trae alegría y es todo lo contrario a Pilar, que siempre se queja.
Al primer rayo de sol, ese banco no se queda libre, siempre hay quien se instala. Pilar y Aurelia son como alcaldesas de la zona: por la mañana hasta la tarde, sólo interrumpen su tertulia para comer y vuelven; todo lo saben, ninguna mosca les pasa inadvertida.
Yo también me tomo a veces un rato con ellas, charlamos sobre las novedades, sobre lo que hemos leído, o algún programa de la tele; Pilar nunca falta a sus relatos sobre la tensión.
¡Buenos días, paisanas! dije con sonrisa. ¿Ya patrullando el barrio?
Buenos días, Carmela, claro, no vaya a ser que nos pongan falta. ¿Y tú te dirijes al mercado, no es así? anunció Pilar al ver mi bolsa.
Exacto, voy antes de que Leo vuelva del colegio, le prometí comprarle algo dulce por las sobresalientes sonreí y seguí mi camino.
El día pasó como de costumbre. Fui a recoger a mi nieta, le di de comer; ella se puso con los deberes, yo me puse a ordenar la casa y luego me senté un rato ante la tele.
Abuela, me voy al flamenco oí de repente.
Leocadia estaba ya lista con su mochila y móvil en mano. Lleva seis años apuntada a flamenco y le encanta; participa en todos los eventos que aparecen y yo no puedo más que sentirme orgulloso de mi nieta artista.
Perfecto, Leocadia, corre que no llegas le respondí con cariño y la acompañé hasta la puerta.
Me quedé sentado solo en el banco de la entrada, esperando fija la vuelta de Leo del baile.
¿Sin compañía, Carmela? se acomodó a mi lado don Jacinto, vecino del segundo piso.
¿Y quién podría aburrirse hoy? Es primavera, el tiempo es una maravilla le contesté.
Así es, el sol calienta, los pájaros cantan, todo reverdece, y está todo amarillo de dientes de león parecidos a pequeños soles en el césped sonreía Jacinto, y yo asentía.
En ese momento apareció Leo por detrás, me abrazó al cuello gritando:
¡Guau, guau!
Qué bicho eres, me has dado un susto… Casi me quedo tiesa reí.
No será para tanto bromeó Jacinto, dándome una palmadita.
Anda, vivaracha, te he rallado zanahoria con azúcar y he frito tus albóndigas favoritas. Estarás cansada de tanto zapateo le dije, llamándola con ternura.
Jacinto también se levantó del banco con nosotros.
¿Y eso de irse tan pronto de la calle? se sorprendió.
Es que hablando de albóndigas me ha entrado hambre. Voy a picar algo, pero luego vuelvo. Si te animas, sal de nuevo y damos un paseo propuso.
No prometo nada, tengo faena, pero veremos le respondí sin asegurar nada.
A la tarde salí de nuevo al banco; Jacinto ya estaba esperando, y curiosamente ninguna vecina estaba allí.
Pilar y Aurelia se acaban de marchar a cenar dijo animado Jacinto.
Desde aquella tarde nos encontramos a menudo. A veces vamos al parque de enfrente a leer el diario, comentar artículos, recetas, actores, y charlar largo y tendido.
La vida de Jacinto no ha sido fácil. Tuvo esposa, hija y nieto, pero se quedó viudo muy joven; crió como pudo a su hija Isabel, trabajando en dos empleos para que nunca le faltara de nada. Apenas podía compartir tiempo con ella; salía antes de que despertara y volvía cuando ya dormía.
Isabel creció, se casó y se marchó a Sevilla, donde tuvo un hijo. Luego vino un par de veces y esa fue su relación. Isabel nunca mostraba especial apego familiar. Tras quince años, se divorció y crió a su hijo sola.
Carmen, mi hija me ha llamado, viene en dos días. Me ha sorprendido, tantos años sin vernos me confesó Jacinto, pues ya nos tratábamos de tú y hablábamos de todo.
Quizá le ha entrado nostalgia; con la edad uno quiere estar cerca de los suyos le sugerí.
No sé yo, no me fío
Isabel llegó. Seguía igual de seca, poco amable, muy en sus cosas. Jacinto estaba tenso, temiendo la conversación que no se haría esperar.
Papá, vengo por algo importante le soltó Isabel. Tenemos que vender tu piso, te mudas con nosotros. Estarás más animado con el nieto dijo de forma apremiante, con claro tono de decisión ya tomada.
A Jacinto no le gustó nada la idea y no quería irse de su hogar a otra ciudad bajo el control de una hija áspera. Rehusó, diciendo que prefería quedarse a solas.
Isabel no desistía. Se enteró de su amistad conmigo y vino a verme. Saludó educadamente y se acomodó en mi cocina. Yo preparé té y saqué bombones y mermelada.
Te escucho, Isabel le dije amablemente.
Veo que usted tiene mucha confianza con mi padre empezó. ¿No podría convencerle…?
¿Y qué necesita que le diga?
Ayúdame a que venda su piso, ¿para qué quiere tantos metros solo? ¿No podría pensar en el resto? remató de manera tajante.
Me sorprendió su frialdad y cálculo. Le respondí que no colaboraría. Se trastornó como nunca: encendida de rabia y gritos, me chilló.
Claro ¡usted está buscando quedarse con el piso para su nieta! Coquetean en el parque, pasean, hablan de los beneficios del diente de león Dos abueletes y quién sabe ¿Ya han ido al registro civil? No se lo consiento, ¡no se va a salir con la suya, vieja lagarta! y dando un portazo, se fue.
Me sentí incómodo, temía que los vecinos hubieran oído sus chillidos. Al poco, Isabel se marchó. Empecé a evitar a Jacinto y, si lo veía, huía hacia el portal.
Pero por más que uno huya, la vida pone todo en su sitio. Un día al volver del mercado, ahí estaba Jacinto en la entrada, esperándome con un ramo de dientes de león, y trenzando ya una corona de flores.
Carmen, no escapes, siéntate un momento. Perdona a mi hija, sé… todo lo que te ha dicho. Ya he hablado seriamente con ella, seguiré ayudando a mi nieto, pero no puedo aprobar la actitud de Isabel. Se fue diciendo que ya no tiene padre. Y yo… calló un momento, y alargó el corona incompleta de dientes de león. Toma, por cierto, he hecho mermelada de dientes de león, está buenísima y es saludable, tienes que probarla. Y para las ensaladas también es buenísima dijo sonriente Jacinto.
Tras ese encuentro, probamos juntos la mermelada y preparamos una ensalada. Me encantó. Por la noche salimos al parque:
Tengo la última edición de nuestra revista favorita anunció Jacinto. Vamos a leerla bajo la sombra del tilo.
Me senté junto a él y reímos juntos. La conversación fluyó y los dos nos olvidamos del mundo. Estábamos bien acompañados.
Hoy me siento agradecido por la amistad, las pequeñas cosas y las segundas oportunidades. He aprendido a no esconderme ante los problemas, porque la vida, como los dientes de león, a veces florece donde menos lo esperamos.







