Tengo 45 años. Y ya no recibo visitas en mi casa.
Hay personas que, cuando entran en el hogar ajeno, olvidan que son invitados. Se comportan de manera impertinente, dan consejos no solicitados y nunca tienen prisa por marcharse.
Hubo un tiempo en el que era muy hospitalaria, pero pronto cambié de parecer. Al cruzar la barrera de los cuarenta años, dejé de invitar a nadie. ¿Para qué iba a hacerlo? Es inquietante aguantar ese tipo de visitas.
Mis últimos cumpleaños los celebré en una taberna del barrio. Me encantó la experiencia; he decidido que a partir de ahora siempre será así. Ahora intentaré explicar el porqué.
Montar una reunión en casa resulta caro. Hasta la cena más simple requiere invertir una buena suma de euros. Si además te empeñas en organizar algo en Navidad, la cuenta se dispara aún más. Los invitados llegan con regalos mínimoslos tiempos no están para floriturasy luego se quedan hasta altas horas. Cuando lo único que quiero es tranquilidad, no me apetece enfrentarme a un océano de platos ni recoger el desorden.
Ya no espero a nadie tras las puertas de mi piso. Limpio y cocino cuando quiero. Antes, después de las fiestas en casa, me sentía agotada y vacía. Ahora, en las fiestas, puedo darme un baño largo y acostarme cuando me dé la gana.
Dispongo de mucho tiempo libre y lo administro sabiamente. Mis amigas pueden pasar a tomar una manzanilla, pero ya no me angustia no tener dulces preparados. Ahora digo lo que pienso sin tapujos: si quiero paz, indico la puerta sin titubear. Quizá no sea elegante, pero tampoco me importa. Pongo mi bienestar por delante de todo.
Lo más curioso es que aquellas personas que tanto disfrutan acudiendo a las casas ajenas jamás abren las puertas de su propio hogar. Es más cómodo para ellas, se ahorran la limpieza y el trajín de cocinar.
¿Sueles recibir invitados tú? ¿Te considerarías hospitalaria?






