¡Dejémosla aquí, que se las apañe sola! dijeron, tirando a la abuela en pleno ventisquero.
¡Dejémosla aquí, que se muera sola! repetían los muy caraduras, lanzando a la mujer mayor al montón de nieve. No sabían que el karma, como buen boomerang, siempre regresa.
Valentina Fernández se dirigía hacia el portal de su bloque de pisos en pleno barrio madrileño. Un grupo de jubiladas cotilleaba a voz en grito sentadas en el banco, observando el flamante coche aparcado hace poco justo al lado.
¿De quién será ese cochazo? preguntó Valentina con curiosidad.
¡Nosotras ni idea, hija! contestó una de las señoras muy digna. Seguro que es de Amelia. Por aquí los abuelos no solemos tener coches tan caros, solo vienen a vernos ambulancias y poco más.
¡Suerte si viene el del seguro! añadió otra, sarcástica.
Las vecinas siguieron un buen rato despellejando a los alcaldes y pontificando sobre la vida ajena. Justo entonces salió la tal Amelia, a quien todo el mundo daba por propietaria del coche caro. Pasó de largo, completamente indiferente al cotilleo y al coche mal aparcado encima del césped comunitario. Valentina, viendo el percal, decidió subir rápido a casa.
¿Valentina Fernández? le saludó un hombre, interceptándola en el portal. ¿Se acuerda de mí? Hablamos hace unos días. Soy familia.
¡Anda, Javier! le reconoció ella con sorpresa. ¿Y tú por qué no avisas antes de venir? ¿Ese cochazo plantado en el césped es tuyo?
Sí, el mío.
Pues anda, anda, haz el favor y aparca en condiciones ¡Que me vas a destrozar los pensamientos y los geranios! Mira que poner el coche sobre mis flores
Javier salió corriendo a mover el coche y Valentina fue a calentar el té para calmarse los nervios. Tenía que vender su piso y lo último que quería era dejarles el jardín como una plaza de toros a los vecinos.
Tiempo atrás su tío venía a visitarla junto con el hijo. Luego el contacto se perdió, hasta hoy, que el jovenzuelo apareció de pronto. Aunque en algo desconfiaba Valentina: Javier fumaba como un carretero y, aunque era joven aún, tenía los dientes más amarillos que el oro de Moscú. Al menos, pensó, me hace el favor: ni quería recurrir a una inmobiliaria para vender el piso, prefería pagarle algo al sobrino. Pero él, todo digno, se negó a aceptar euros.
Valentina, viuda y sin hijos, tenía ganas de mudarse al campo castellano, cerca de la naturaleza, lejos de tanta escalera y cemento. Había una casa con huerto y ya se veía ella plantando tomates para el gazpacho. En otoño apareció un comprador para su piso.
Mujer, que ya viene el invierno. Mejor esperar a primavera para vender, decidió Valentina.
¡Pero si los pisos en primavera suben de precio! protestó el sobrino. Y ahora, con el frío, pruebas el sistema de calefacción, que luego vienen los sustos. Además, ya tienes comprador. Si luego se echa para atrás, ¿qué?
Pero si ni siquiera hemos encontrado casa para mí. ¿Dónde voy a dormir? Encontramos una casita y después se vende el piso replicó resignada Valentina.
Javier accedió, aunque se le veía con prisa.
Enseguida el muchacho encontró varias casas rurales en venta. Fueron juntos al pueblo a verlas y Valentina quedó algo decepcionada: todas necesitaban una reforma que no veas. Eso sí, con el dinero del piso, la jubilada podría afrontar la compra y las obras sin arruinarse.
Sobrino manitas, Javier sabía de obras y podía aconsejar a la tía cuánto le costaría la reforma y por cuánto le saldría la cuadrilla de albañiles. Incluso se comprometió a echarle un cable.
Pero Valentina le daba vueltas al asunto:
Me niego a pasarme el invierno rodeada de cemento y cal. Quiero llegar a mi casa y sentarme, como Dios manda.
¡Pero que yo te echo una mano! aseguró Javier, con una sonrisa de pillo.
Le mosqueaba a Valentina las prisas de su sobrino, que quería ventilar el piso cuanto antes y encasquetarle cualquier casucha perdida. Pero pensó que el chico no iba a sacar nada de su venta y le agradeció el favor. Finalmente, se decidió por una casita y señalaron el día de la firma.
Llegó el comprador, con su abogado y el notario. Javier sirvió té para todos. Valentina, de repente, se puso triste: iba a vender su casa de toda la vida. Sus cosas ya estaban empaquetadas; no había marcha atrás.
Bueno, pues a mudarse, proclamó el sobrino apenas firmados los papeles.
¿Ahora mismo? Pero si ni he vaciado los platos del aparador aún intentó retrasar el momento Valentina, pero Javier insistió en que tenía que mudarse ya, que el comprador necesitaba dormir esa noche.
Bueno, bueno, me llevo los platos y vámonos cedió la señora, resignada.
Enseguida se metieron en la furgoneta de mudanzas. Valentina empezó a cabecear de sueño y acabó quedándose frita. Entre sueños oía conversaciones, veía la carretera por la ventanilla y distinguía las voces lejanas de Javier y el otro hombre.
¿Señora, me oye? parecía oír a Javier, en la niebla del sueño. No tenía fuerzas ni para contestar.
Déjala aquí, oyó, como en un eco, cuando se le aclaró un poco la mente. Todo eran sombras. Y ahí mismo, en pleno ventisquero castellano, la dejaron tirada.
Ella sola se muere, remató Javier.
A Valentina le vino el pálpito de que la habían engañado, que el té tenía más que hierbas relajantes. Cerró los ojos, resignada con su destino.
Menos mal que una joven pasaba por allí en coche. Sofía, al divisar una furgoneta parada en mitad del páramo, pensó que necesitaban ayuda. Pero después observó cómo dos hombres cargaban algo del camión hacia el bosque, bajo una intensa nevada. Extrañó aquello: ¿quién descarga un bulto en medio del campo y con ese tiempo infernal? ¿Estarían cometiendo alguna fechoría?
Sofía apagó las luces y se mantuvo vigilante. Por si acaso, anotó la matrícula. Cuando los tipos se marcharon, fue corriendo al lugar. El bulto era Valentina, inconsciente pero viva. La joven comprobó el pulso y llamó rápidamente a su marido.
Cuando llegó el marido, entre los dos subieron a Valentina al coche y salieron pitando. A mitad de camino, la señora empezó a abrir los ojos.
¿Dónde estoy? musitó.
La encontramos tirada en la nieve contestó Sofía. ¿Recuerda qué ha pasado?
Sí, claro que recuerdo Estaba vendiendo mi piso con mi sobrino. Luego tomamos té. Ese té Javier me echó algo. Después fuimos al pueblo y me dejaron aquí en la nieve. ¡Mi propio sobrino!
Déjeme curarla estas rozaduras dijo la joven, sacando una pomada del botiquín.
Contigo estoy más abrigada sonrió Valentina. Así no desaparezco del mapa.
Sofía y su familia, junto con Valentina, fueron a la policía y presentaron denuncia. Se abrió investigación por presunta estafa y abandono de persona mayor.
Sofía propuso a Valentina quedarse en su casa con ellos, al menos hasta que pudiera recuperar su vivienda. Ya veríamos luego, pero lo primero es tener un techo.
Unas semanas más tarde, Valentina recuperó el piso gracias a la intervención policial. Javier y su compinche acabaron en la cárcel por intento de estafa y abandono de familiar. Y en primavera, tal como Valentina quería desde el principio, vendió el piso y por fin compró la casa rural de sus sueños, sin necesidad de reformas.
Ese verano invitó a Sofía y su marido a pasar unos días entre tomates, siestas al sol y tortillas de patatas. Y nunca jamás olvidó la bondad de aquella familia, que sí supo lo que era ser buena gente.






