EL TIMBRE DE LA PUERTA

Llamada a la puerta

Cuando me casé, comencé a tocar el timbre de mi propia puerta.
La puerta del piso que, desde el primer día en que me mudé, abría con la llave.
Claro que había timbre, pero casi nadie lo usaba.
Mi madre guardaba copias de la llave.
Aparte de ella, nadie venía a verme.

Yo llegaba a casa de noche. Los vecinos estaban seguros de que trabajaba como chica de compañía. Llegaba tarde y los hombres me traían.
Ellos eran de todo tipo: taxistas, camareros, guardias.
Yo, en realidad, era editora de envíos. Llegaba exhausta del trabajo y caía sin remedio en la cama.
¿Clientes? ¡Bah! ¿Invitados? Mejor no decirlo.
Me acostumbré a que en casa nadie me esperara.
Nadie que abriera la puerta.

Solo mi gato, Luna, pero ella no sabía usar el timbre.
No me molestó mucho; al contrario, me tranquilizaba: sin sorpresas, silencio y paz. ¿Qué más se podía pedir?

Y entonces me casé y, entre otras alegrías, descubrí una nueva: tocar el timbre.
Mi marido trabajaba desde casa, así que, al volver, lo llamaba. A veces lo hacía varias veces al día.
¡Ding, ding, ding!
¿Por qué interrumpes su trabajo?, se quejaba mi madre. ¡Si tienes la llave!

No lo entiendes le contestaba es el placer de que alguien te abra la puerta.
Mentía un poco; no era solo placer, era felicidad.
Saber que detrás de esa puerta alguien te estaba esperando.
¡Ding, ding, ding!
Escuchar pasos, ver girar la llave en la cerradura, oír el crujido de la manija
¡Ding, ding, ding!
Leer la alegría en la mirada, la sonrisa, comprender que esa persona te había echado de menos, aunque solo hubieras salido a comprar pan.

Si nunca has vivido solo, no sabes lo que es esto.
A veces él abre la puerta con calma, me quita el bolso, me ayuda a colgar el abrigo, me abraza y frota su barba contra mi mejilla.
Otras veces está liado, colgado de una videollamada, y me lanza gestos torpes, me da un beso rápido en la nariz y vuelve al trabajo.
Nada cambia; yo me siento tan emocionada como quien, con tos crónica, logra por fin el helado.
Lo importante es que nunca, ni una sola vez, se enfadó, se alteró o me preguntó:

¿Has dejado la llave dentro?

Como si supiera que el problema no estaba en la llave.
Y así será siempre.

En este año nuevo les deseo sólo dos cosas: salud y que, al volver a casa, alguien los espere.
El resto lo imaginarán y lo lograrán.
Estoy convencida.

Porque el mayor tesoro no es la puerta que se abre, sino la certeza de que al cruzarla siempre habrá una sonrisa esperándote.

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