La Dulzura Amarga de la Felicidad: Entre Elecciones Maternas, Amores Fallidos y el Destino Inesperado en la Vida de Denis

FELICIDAD AGRIDULCE

¿Y qué problema tienes tú con esa muchacha? Si es un cielo, limpia, discreta, estudiosa y te adora Carmen Lozano miró a su hijo con reproche.
Mamá, déjame a mí Roberto zanjó la conversación, o eso creyó él.
Carmen salió refunfuñando del salón.
Déjale, dice ¿Cuántas mujeres lleva ya? Y va para los cuarenta. Al final no va a querer a ninguna. Siempre encuentra un pero para todo suspiró, resignada, tragándose el disgusto.

Hijo, vente a comer le llamó luego Carmen desde la cocina.
Roberto apareció enseguida y empezó a darse un festín con las lentejas de su madre.
Gracias, mamá, como siempre te quedan de muerte.
Mejor se lo decías a tu mujer, y no a mí no podía dejar pasar una, la señora Lozano.
Ay, mamá Roberto apuró la naranja y se fue levantando.
Espera. Oye, hijo Ahora que lo pienso, ¿sabes que una vez fui a una bruja? Nada más verme me soltó: A tu hijo le espera una felicidad amarga.
Anda ya, mamá, ni caso Roberto sonrió, quitándole importancia.

A lo largo de su vida, Roberto tuvo novias de todos los colores, y más de una que ni siquiera llegaba a eso.

Lucía era lista, leída y hasta tenía ese punto de sabiduría precoz. Nueve años mayor, le soltaba consejos prácticos cada dos por tres.
Al principio a Roberto le hacía gracia, luego ya la veía como una especie de mentora. Sin emoción. Terminaron de forma insípida, como el arroz sin sal.

Con Paula todo era un desbarajuste: tenía un crío de ocho años y Roberto no logró conectar ni a la de tres con el chaval. A pesar de que Paula le gustaba era guapísima, pero tenía el genio que ni una gallega en plena lluvia. Los dos parecían emperrados en discutir; para compensar, Roberto acababa regalándole tonterías. Excusas tontas, discusiones más tontas aún. Faltaba sosiego, lealtad algo.

Después fue María Luz, la perfección en persona. Vamos, que ni en El Corte Inglés. Roberto estuvo a punto de pedirle matrimonio. Todo era tan impecable, tan ordenado, tan de libro que había que hablarle con pincitas, como si fuese una virgen de altar. Hasta se mudó a su casa, soñando con niños. Si acaso dos.
Pero un día, tras una reunión de trabajo por Salamanca, volvió antes de lo esperado y ¡sorpresa! María Luz estaba en la cama ¡con el ex del instituto! Un clásico españolísimo.
Roberto regresó a casa de su madre y se prometió una vida de soltero.
Oye, la mejor familia es la de uno solo, que no hay discusiones y siempre hay tortilla de patatas le decía, irónico, a Carmen.
Ella negaba con la cabeza y suspiraba:
¿De verdad que no habrá nadie para ti, hijo mío?

Y de pronto, el destino hizo de las suyas. Sin avisar.
En una nueva feria de trabajo en Madrid, Roberto pilló su billete de AVE a Valladolid y, claro está, eligió su plaza preferida, la de ventanilla. Justo entonces entró una mujer:
Caballero, ¿le importaría intercambiar el sitio conmigo? Necesito la ventanilla por la vista y por la claustrofobia.
Sin problema Roberto le cedió el asiento con una sonrisa.
La miró: normalita, ni guapa ni fea. Pero de repente, zas, le saltó el corazón. ¿Será esta mi destino?
Subió a la plataforma superior. Se quedó traspuesto
Menos mal que se ha despertado. Venga, siéntese, que le invito a un poquito de jamón entonó la desconocida, sacando tapas como una buena manchega.
Roberto se sentó con ella. Conversaron de todo y nada.
Me llamo Pilar se presentó ella.
Roberto. Encantado, Pilar.
La charla fluyó y Roberto se sintió ligero, como si conociera a Pilar de toda la vida. Ni una pose, ni un intento de parecer interesante. Así, tan natural.
Intercambiaron teléfonos, por si acaso.

A las dos semanas, a Roberto le entraron unas ganas irrefrenables de volver a hablar con Pilar.
Y ahí empezó todo
Citas, besos, promesas en voz baja
Roberto no entendía cómo había podido vivir sin Pilar hasta entonces. ¡Con cuarenta tacos!
Antes, las mujeres salían de su vida como quien quita un abrelatas. Pero Pilar era otra historia: sin margen, sin control, una revolución como la de los trajes de faralaes.
Y él quería hundirse entero en la vida de Pilar.

Pilar le envolvió con un cariño honesto: amor, ternura, complicidad.
A los tres meses, Roberto fue directo:
Pilar, quiero casarme contigo, y que lo sepa toda España le soltó.
Roberto, soy siete años mayor, tengo tres hijos, y vivimos de alquiler en un piso compartido con mi hermana Pilar no sabía mentir ni aunque la amenazaran con una ensaimada.
Sé todo eso, Pilar. Conozco a tus hijos, y ¡hasta me caen mejor que el hijo del vecino! Os venís a mi casa. Fin.
Te quiero hasta la última pestaña. Eres la casualidad más bonita y la última que quiero vivir Roberto la besó con ganas.
Vale, Roberto, vamos a intentarlo dijo ella, sonrojada.
Nada de intentarlo, Pilar. Vamos a estar juntos toda la vida, ¿me oyes? Toda.
Cuando Carmen se enteró, solo pudo soltar:
Tanto buscar y te ha tocado la más normalita de todas.
Nueve meses después, les nació la alegría de la huerta. Una hija especial, llena de sol.
Roberto reía y también se preocupaba por Pilar; él sabía que criar a una niña así no era tarea fácil.
Hoy la niña tiene ocho años y es el alma de la casa.
Roberto venera a Pilar.
La vida a veces es agridulce pero felicidad, al fin y al cabo.

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