La traición Pedro alzó la mano para despedirse: —Bueno, Ramona, ya me voy. Le haré la transferencia a tu madre, no te preocupes. La puerta se cerró tras él y Ramona, de pronto desbordada por las lágrimas, se sentó pesadamente en el taburete. —Mamá, ¿qué te pasa? —preguntó su hijo al entrar en la cocina—. ¿Ha pasado algo? —Nada —dijo Ramona, avergonzada por su debilidad—. No es nada grave, hijo, sólo estoy de mal humor y me aburro sin los chicos. Joan y Cristina están de vacaciones en casa de la abuela. —No, —replicó Dominico con convicción—, uno no llora así sólo por mal humor, y hablas con tus hermanos por teléfono todos los días. No soy un crío, mamá, algo entiendo. Ramona miró a su hijo de dieciséis años, que ya era más alto que ella, y súbitamente dijo en voz alta lo que ni siquiera se atrevía a admitir ante sí misma: —Creo que papá nos va a dejar pronto —añadió, explicando con la mirada a la pregunta muda de su hijo—. Me está engañando. Ya casi medio año… Dominico no supo cómo reaccionar. Pensó que a su madre le habría pasado algo en el trabajo o en la calle, tal vez alguna pelea con una amiga. Pero… ¿su padre? ¿Cómo podía ser eso? Sintió una oleada de rabia, y su madre lo notó: —Dominico, no hace falta. Estas cosas son de adultos, ya lo entenderás. Tu padre es bueno, pero al corazón no se le puede mandar. Aunque hablaba, Ramona no creía sus propias palabras. Quería gritar, romper cosas, pero en vez de eso intentaba convencer a su hijo mayor de perdonar y comprender a su padre. Sin embargo, el chico cerró los puños: —¡Que se vaya si quiere, viviremos sin él! ¿Por qué tiene que quedarse en casa si ha jurado y ha fallado? —Hijo, dices que ya no eres un crío, pero te comportas como un niño. Todos tienen derecho a equivocarse, ¿verdad? Tu padre se dará cuenta de que sólo fue un desliz y que nosotros somos su verdadera familia… —Mamá —el “maduro” Dominico se quebró de repente—, ¿por qué ha hecho esto? Ya nunca podré respetarle como antes. —Todo se arreglará, hijo —Ramona acarició su mano—. Pero no se lo digas a tus hermanos, ¿vale? —Tú tampoco, —Dominico se secó las lágrimas—. No queremos que su fe en el hermano mayor se tambalee. Ramona miró el reloj: —¿No tienes que irte al entrenamiento? Dominico saltó: —¡Ay, llego tarde! ¡Maldición! Al quedarse sola, Ramona se quedó pensativa. Conversar con su hijo le había dado fuerzas, pero ahora volvía a sentirse herida. —¿Cómo ha podido traicionar todo lo que teníamos? Cuando conoció a Pedro, él era despreocupado, siempre rodeado de chicas a las que llamaba “pajarillas”. Cuando Ramona le dijo que no pensaba ser una más, Pedro le respondió serio: —¿Por qué “una más”? Sólo tú, para toda la vida. Y ella le creyó, ilusa… Diecisiete años juntos creyó que tuvo suerte. ¡Y él! A pesar de los tres hijos y tantas cosas vividas en “la salud y la enfermedad”, al final la traicionó. Todo empezó hace medio año. Quizá antes, pero no lo notó… Hace seis meses les invitaron una boda, se casaba Pedrito, el sobrino favorito de su marido. Ramona no podía ir, pero dejó ir a Pedro, diciendo que no podía faltar. Pedro se quejó de forma protocolaria, pero la familia lo requería… Después Ramona miró las fotos, y vio que una chica se acercaba mucho a Pedro en todas. Algo le pinchó por dentro y lo comentó, pero Pedro, distraído, zanjó: —¿Qué? ¿Qué chica? ¡Ah! Seguramente una amiga de la novia. No sé por qué siempre está cerca, pero tranquila, Ramona. ¿Me tienes celos? —Pedro sonrió—. ¡Celos! Y ni siquiera es mi tipo. Le creyó, porque la chica realmente no era de su estilo, ella lo sabía. Pero a la semana empezaron llamadas raras, silencios al teléfono. Ramona se lo contó a Pedro: —Oye, me llaman y se quedan calladas, suspiran. ¡Ya hasta las “pajarillas” de Dominico lo intentan! Tras decírselo, las llamadas cesaron, pero ella no lo relacionó con la charla. Lo entendió mucho después, cuando Pedro, que odiaba el traje, empezó a vestir con chaqueta y corbata, y perfumarse con colonias modernas, dejando de usar esas de antaño. A la vez, cada vez más tarde en el trabajo… Cuando Ramona preguntó, Pedro respondió sin dudar: —Es, Ramona, el gran proyecto, estratégico. No sé cuánto durará, ¡pero después! —Pedro cerró los ojos soñador—. ¡Después tendremos de todo, viajaremos donde quieras, tendrás ese abrigo de piel que querías y a Dominico le compraré un dron o hasta un quad! Aguanta, ¿sí? Seguir leyendo El anillo Juegos en familia Desde ese día Pedro ya no sólo llegaba tarde, a veces tampoco aparecía los fines de semana. Solo planeaban salir los siete a la sierra, ¡y una llamada y esa mirada de culpable! —Ramona, me llaman del trabajo. Hay prisa, ya sabes… Ramona quiso buscar a esa chica de las fotos de la boda, arrancarle de los pelos, arañarle la cara, pero para no caer en tentaciones, ni intentó averiguar su nombre y dirección. Medio año de esa vida había convertido a Ramona en una neurótica. Entre la gente y con los hijos aún fingía, pero a solas se hundía. Hoy, tras hablar con su hijo, tomó una decisión firme: —Hay que hablarlo. ¡Tengo que hacer algo para que Dominico no le odie a su padre! Pero Pedro se le adelantó. La llamó y la citó en un restaurante: —Ramona, tenemos que hablar. Mejor sin los niños. Ramona sonrió triste: no quiere escándalo, sabe que en público no se lo permitirá. Al principio pensó ir vestida normal, ¿para qué arreglarse? Luego pensó en ir del huerto, que a Pedro le diera vergüenza. Pero hora y media antes cambió de opinión: —¡Tengo que estar más guapa que nunca! ¡Que vea lo que pierde! El taxista la observó por el retrovisor y al pagar le soltó: —Guapa y tan triste… No te preocupes, todo irá bien. El piropo inesperado le animó algo; entró en el restaurante sonriendo. Pedro le esperaba con una rosa, lo que la desconcertó: si se va, ¿para qué la flor? ¿Un símbolo, una ofrenda fúnebre para su amor? Ramona sonrió: ¿por qué le venían esas ideas tan teatrales? Cenaron hablando de trivialidades. Dentro de Ramona, un resorte invisible estaba a punto de saltar. Finalmente no aguantó más: —Pedro, decías que había que hablar… Él asintió: —Sí. Al grano, Ramona: verás —calló un momento, como reuniendo valor—. He estado pensando… ¿te molestaría si este año no viajamos de vacaciones, ni compro abrigos ni quad? El resorte iba a saltar, pero Pedro siguió: —Verás, hoy cobramos casi el doble con bonus. Así que he pensado, Dominico cumple 16, pronto se independizará. ¿Y si con ese dinero le compramos un piso de inversión? Para cuando cumpla 18 lo tendrá. ¿Qué te parece? —Vale, Pedro… —Ramona quiso responder calmada, pero se quedó helada—. ¿Un piso? ¿Qué piso? —¿No me escuchas? Llevas meses despistada, Ramona. ¿Qué te pasa? Después Pedro gritó. En el restaurante se contuvo, pero en la calle le soltó todo: —¿¡Te has vuelto loca?! ¿Qué amante, qué infidelidad? Te lo he explicado: proyecto importante, puedo atascarme. Nunca protestaste; hasta dije a todos lo comprensiva que eres. ¡Y mira qué “comprensiva”: ¡me pones los cuernos con tus sospechas! Volvieron andando hasta casa, Ramona escuchando y sonriendo, sintiendo su regañina como música celestial. Frente al portal, Pedro se calmó: —¿No te dije que sólo te encontré a ti? ¿No te he sido fiel toda la vida? … Para Dominico, el día no fue bueno, la confesión de la mañana le afectó. Llegó tarde a entrenar, recibió un rapapolvo del entrenador, estuvo lento, discutió con un amigo y deambuló sin rumbo por la ciudad, buscando pelea para sacar la rabia que tenía dentro. No podía empezar él la bronca, su conciencia se lo prohibía. Pero al no encontrar ningún gamberro, volvió a casa y vio a una pareja besándose. Reconoció enseguida el abrigo de su madre y hervía de rabia. Culpaba a su padre… ¡y, sin embargo, ella! Cerró los puños y se acercó… —Anda, hijo —Pedro sonrió quizá algo perplejo—. Nosotros aquí, ya ves… … Qué bien que a veces todo acaba bien, ¿verdad?

Traición
Julián levantó la mano para despedirse:
Bueno, Carmen, yo ya me voy. El dinero se lo transfiero a mi madre, no te preocupes.
La puerta se cerró a sus espaldas, y Carmen se sentó pesadamente en la banqueta, de repente rompiendo en llanto.
Mamá, ¿qué te pasa? apareció su hijo en la cocina. ¿Qué ha pasado?
Nada a Carmen le daba vergüenza su debilidad, no es nada serio, hijo, solo estoy de mal humor y harta de los chicos. Joaquín y Cristina están de vacaciones con la abuela.
Que no, mamá aseguró Álvaro, uno no llora así solo por estar de mal humor, y hablas con mis hermanos por teléfono todos los días. Que ya no soy un crío, mamá, no soy tonto.
Carmen miró a su hijo de dieciséis años, que ya era más alto que ella, y de pronto se atrevió a decir en voz alta lo que llevaba tiempo temiendo admitir incluso para sí misma:
Creo que papá nos va a dejar pronto ante la mirada interrogativa de su hijo, aclaró. Me está engañando. Lleva casi medio año
Álvaro no supo cómo reaccionar. Había pensado que a su madre se le había cruzado alguien en el trabajo, o que habría discutido con alguna amiga. Pero ¿su padre? ¿Cómo podía estar ocurriendo eso? Sintió una rabia que le subía al pecho, y Carmen lo notó enseguida:
Álvaro, déjalo. Estas cosas pasan entre adultos, ya lo entenderás. Tu padre es bueno, pero el corazón no se manda.
Mientras lo decía, ni ella misma se creía esas palabras. Le daban ganas de gritar, de tirarlo todo por los aires, pero se obligó a transmitirle a su hijo mayor la idea de perdonar y entender a su padre. Aun así, el chaval apretaba los puños:
Pues que se vaya si quiere, ya nos apañaremos sin él. ¿Para qué jurar que estará siempre en casa?
Dices que ya no eres un crío, pero estás hablando como si lo fueras. Todos tenemos derecho a equivocarnos, ¿no? Tu padre se dará cuenta de que esto es solo un capricho, que su familia ha sido y es lo más importante
Mamá Álvaro de repente se puso triste, como si dejara de ser tan maduro. ¿Por qué ha hecho esto? Ya no podré respetarle como antes.
Todo se supera, hijo Carmen le acarició la mano, pero no se lo cuentes a tus hermanos, ¿vale?
Ni tú tampoco Álvaro se secó las lágrimas, no queremos que se desmorone la imagen que tienen de mí como hermano mayor fuerte y responsable.
Carmen miró el reloj:
¿No tendrías que estar ya en entrenamiento?
Álvaro se levantó de un brinco:
¡Ay, que llego tarde! ¡Joder!
Cuando se quedó sola, a Carmen le entraron de nuevo los pensamientos oscuros. Hablar con su hijo le había dado algo de serenidad, pero a solas volvió a romperse y se le cayó el alma a los pies.
¿Cómo ha podido traicionar todo lo que teníamos?
Cuando conoció a Julián, él era todo un despreocupado, normalmente rodeado de chicas, a las que sus amigos llamaban gorrioncillas. Cuando Carmen le dijo que ella no iba a ser otra gorrioncilla más, Julián respondió serio:
¿Por qué dices otra? Solo tú, una única, para siempre.
Y Carmen la inocente, se lo creyó Todos esos 17 años juntos pensó que había tenido suerte. ¡Y ahora esto! Después de tres hijos, y de todo lo que habían superado juntos, en la alegría y en la pobreza, él aun así la había engañado.
Todo empezó hace medio año. Aunque quizás fue antes y ella no se dio cuenta. Pero probablemente no Fue hace esos seis meses, cuando les invitaron a la boda de su sobrino favorito, Juanito. Carmen no pudo ir, pero animó a su marido a ir: era su familia, no podía faltar. Julián fingió negarse, pero todos los sabemos, la hermana se iba a enfadar o la familia iba a cotillear Más tarde, Carmen miró las fotos de la boda, subidas por los jóvenes a Facebook, y notó que había una chica que no paraba de acercarse mucho a Julián. Aquello le picó, y hasta le hizo un comentario al marido, pero él, distraído, le contestó:
¿Qué? ¿Qué chica? ¡Ah! Debe de ser amiga de la novia. No sé por qué anda siempre cerca, pero vamos, Carmen, ¿estás celosa? entonces Julián se rió. ¡Celosa! Si ni siquiera es mi tipo
Y Carmen se lo creyó, porque la chica de verdad no era el tipo de su marido, al menos ella estaba segura. Pero a la semana empezaron llamadas raras, alguien que al descolgar no decía nada, solo suspiraba. Carmen se lo contó a Julián:
A que al final son las gorrioncillas de Álvaro que me están llamando a mí.
Después de quejarse, las llamadas desaparecieron, y Carmen no lo relacionó con la conversación. Solo lo entendió más tarde, cuando Julián, que siempre había ido en vaqueros y jerséis, empezó de pronto a ponerse traje, camisas y corbata, además de gastarse el dinero en colonia buena en vez de la de baratillo de toda la vida. Y, por si fuera poco, empezó a tener cada vez más retrasos en el trabajo Cuando Carmen lo interpeló, él ni dudó en responder:
Mira, Carmen, estamos en un proyecto clave, estratégico. No sé cuánto durará, pero después Julián cerró los ojos soñador. Después nos iremos donde quieras de vacaciones, te compraré ese abrigo de piel que tanto quieres, y a Álvaro le regalo un patinete eléctrico o hasta un quad. ¿Aguantamos un poco más, no?
Desde entonces, no solo empezó a llegar tarde a casa, sino que a veces se esfumaba también en fin de semana. Que iban a ir todos juntos de escapada y justo en ese momento, llamada del jefe y mirada de culpable:
Carmen, me reclaman en la oficina. Urgente, así están las cosas
Carmen quiso buscar a la chica de la boda, tirarle del pelo y arrancarle la cara, pero para no caer en la tentación, ni lo intentó, no averiguó su nombre ni su dirección.
Medio año así volvió a Carmen casi una neurótica. Seguía entera entre la gente y con los niños, pero cuando se quedaba sola, se venía abajo. Al hablar esa tarde con Álvaro, decidió por fin:
Tengo que hablarlo ya. No quiero que Álvaro termine odiando a su padre.
Pero Julián se le adelantó. Llamó esa misma tarde y la citó en un restaurante:
Carmen, tenemos que hablar. Mejor sin que los niños escuchen.
Carmen esbozó una sonrisa triste: no quiere montar numerito, porque sabe que en público nunca se lo permitiría.
Al principio pensó en ir vestida de cualquier manera, para qué arreglarse. Luego barajó presentarse en chándal de la huerta, para darle vergüenza a él. Pero una hora y media antes de salir, cambió de opinión:
¡Voy a ponerme guapa como nunca! Que vea lo que pierde.
El taxista la miraba fijamente por el retrovisor. Al pagarle, le soltó:
Tanta belleza y tan triste No te preocupes, todo pasará.
Aquel cumplido inesperado le levantó un poco el ánimo. Carmen entró sonriendo al restaurante. Julián, con una rosa en la mano, la sorprendió: si la va a dejar, ¿para qué una flor? ¿Será la rosa para el entierro de su amor? Carmen se rió para sí de esos pensamientos tan raros.
Cenaron charlando de nimiedades. Por dentro, Carmen estaba con una especie de resorte a punto de saltar. Al final, no aguanto más:
Julián, dijiste que había algo de lo que hablar
Él asintió con la cabeza:
Sí, te lo digo ya, Carmen… se quedó callado, como cogiendo aire. A ver ¿Te molestaría si este año no nos vamos de vacaciones, ni compramos el abrigo ni el quad?
El resorte estaba a punto de estallar, pero Julián siguió:
Hoy cobré y resulta que con la prima me han pagado casi el doble. Estaba pensando Álvaro ya tiene 16 y en nada se hace independiente. ¿Y si invertimos ese dinero en comprarle un piso? Si nos metemos en un proyecto nuevo, puede ser su regalo de los 18. ¿Qué te parece?
Ya, Julián quiso responder tranquila Carmen, pero de repente se quedó en blanco. ¿Un piso? ¿Qué piso?
¿No te lo he contado? Estás tontorrona últimamente Carmen, ¿qué te pasa?
Después Julián la lio parda. En el restaurante se contuvo, pero al salir, ya dejó salir los gritos:
¡Pero tú estás mal de la cabeza! ¿Cuál es la amante? ¿Cuándo he sido infiel? ¡Te lo expliqué mil veces, que era un proyecto importante! ¡Tú ni protestaste, yo presumiendo de mujer comprensiva! Y mira la comprensiva cómo piensa lo peor del tonto de su marido
Volvieron paseando hasta casa, Julián hablando indignado y Carmen sonriendo por dentro de felicidad. Todo lo que él le echaba en cara, le sonaba ahora a música celestial. Cuando llegaron, Julián por fin se calmó. Mirándola, dijo:
¿Ves? Te dije que eres mi única. ¿Acaso alguna vez te he engañado?
Para Álvaro, el día había sido horrible. La confesión de su madre por la mañana le dejó descolocado. Llegó tarde al entrenamiento, el entrenador le echó la bronca, en el partidillo le dieron una buena porque estaba empanado. Discutió con su mejor amigo por una tontería y luego estuvo horas vagueando por la ciudad. Quería que alguien le buscase pelea, poder soltar toda la rabia. Pero como no se cruzó con ningún chulo, volvió a casa y vio, de lejos, a una pareja besándose. Rápido reconoció el abrigo de su madre, y le hervía la sangre. Acusaba a su padre de traición, ¡y mira! Cerró el puño, y se acercó
Anda, hijo sonrió Julián, algo cortado. Estábamos aquí
Qué bien cuando todo acaba bien, ¿verdad?

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7 − six =

La traición Pedro alzó la mano para despedirse: —Bueno, Ramona, ya me voy. Le haré la transferencia a tu madre, no te preocupes. La puerta se cerró tras él y Ramona, de pronto desbordada por las lágrimas, se sentó pesadamente en el taburete. —Mamá, ¿qué te pasa? —preguntó su hijo al entrar en la cocina—. ¿Ha pasado algo? —Nada —dijo Ramona, avergonzada por su debilidad—. No es nada grave, hijo, sólo estoy de mal humor y me aburro sin los chicos. Joan y Cristina están de vacaciones en casa de la abuela. —No, —replicó Dominico con convicción—, uno no llora así sólo por mal humor, y hablas con tus hermanos por teléfono todos los días. No soy un crío, mamá, algo entiendo. Ramona miró a su hijo de dieciséis años, que ya era más alto que ella, y súbitamente dijo en voz alta lo que ni siquiera se atrevía a admitir ante sí misma: —Creo que papá nos va a dejar pronto —añadió, explicando con la mirada a la pregunta muda de su hijo—. Me está engañando. Ya casi medio año… Dominico no supo cómo reaccionar. Pensó que a su madre le habría pasado algo en el trabajo o en la calle, tal vez alguna pelea con una amiga. Pero… ¿su padre? ¿Cómo podía ser eso? Sintió una oleada de rabia, y su madre lo notó: —Dominico, no hace falta. Estas cosas son de adultos, ya lo entenderás. Tu padre es bueno, pero al corazón no se le puede mandar. Aunque hablaba, Ramona no creía sus propias palabras. Quería gritar, romper cosas, pero en vez de eso intentaba convencer a su hijo mayor de perdonar y comprender a su padre. Sin embargo, el chico cerró los puños: —¡Que se vaya si quiere, viviremos sin él! ¿Por qué tiene que quedarse en casa si ha jurado y ha fallado? —Hijo, dices que ya no eres un crío, pero te comportas como un niño. Todos tienen derecho a equivocarse, ¿verdad? Tu padre se dará cuenta de que sólo fue un desliz y que nosotros somos su verdadera familia… —Mamá —el “maduro” Dominico se quebró de repente—, ¿por qué ha hecho esto? Ya nunca podré respetarle como antes. —Todo se arreglará, hijo —Ramona acarició su mano—. Pero no se lo digas a tus hermanos, ¿vale? —Tú tampoco, —Dominico se secó las lágrimas—. No queremos que su fe en el hermano mayor se tambalee. Ramona miró el reloj: —¿No tienes que irte al entrenamiento? Dominico saltó: —¡Ay, llego tarde! ¡Maldición! Al quedarse sola, Ramona se quedó pensativa. Conversar con su hijo le había dado fuerzas, pero ahora volvía a sentirse herida. —¿Cómo ha podido traicionar todo lo que teníamos? Cuando conoció a Pedro, él era despreocupado, siempre rodeado de chicas a las que llamaba “pajarillas”. Cuando Ramona le dijo que no pensaba ser una más, Pedro le respondió serio: —¿Por qué “una más”? Sólo tú, para toda la vida. Y ella le creyó, ilusa… Diecisiete años juntos creyó que tuvo suerte. ¡Y él! A pesar de los tres hijos y tantas cosas vividas en “la salud y la enfermedad”, al final la traicionó. Todo empezó hace medio año. Quizá antes, pero no lo notó… Hace seis meses les invitaron una boda, se casaba Pedrito, el sobrino favorito de su marido. Ramona no podía ir, pero dejó ir a Pedro, diciendo que no podía faltar. Pedro se quejó de forma protocolaria, pero la familia lo requería… Después Ramona miró las fotos, y vio que una chica se acercaba mucho a Pedro en todas. Algo le pinchó por dentro y lo comentó, pero Pedro, distraído, zanjó: —¿Qué? ¿Qué chica? ¡Ah! Seguramente una amiga de la novia. No sé por qué siempre está cerca, pero tranquila, Ramona. ¿Me tienes celos? —Pedro sonrió—. ¡Celos! Y ni siquiera es mi tipo. Le creyó, porque la chica realmente no era de su estilo, ella lo sabía. Pero a la semana empezaron llamadas raras, silencios al teléfono. Ramona se lo contó a Pedro: —Oye, me llaman y se quedan calladas, suspiran. ¡Ya hasta las “pajarillas” de Dominico lo intentan! Tras decírselo, las llamadas cesaron, pero ella no lo relacionó con la charla. Lo entendió mucho después, cuando Pedro, que odiaba el traje, empezó a vestir con chaqueta y corbata, y perfumarse con colonias modernas, dejando de usar esas de antaño. A la vez, cada vez más tarde en el trabajo… Cuando Ramona preguntó, Pedro respondió sin dudar: —Es, Ramona, el gran proyecto, estratégico. No sé cuánto durará, ¡pero después! —Pedro cerró los ojos soñador—. ¡Después tendremos de todo, viajaremos donde quieras, tendrás ese abrigo de piel que querías y a Dominico le compraré un dron o hasta un quad! Aguanta, ¿sí? Seguir leyendo El anillo Juegos en familia Desde ese día Pedro ya no sólo llegaba tarde, a veces tampoco aparecía los fines de semana. Solo planeaban salir los siete a la sierra, ¡y una llamada y esa mirada de culpable! —Ramona, me llaman del trabajo. Hay prisa, ya sabes… Ramona quiso buscar a esa chica de las fotos de la boda, arrancarle de los pelos, arañarle la cara, pero para no caer en tentaciones, ni intentó averiguar su nombre y dirección. Medio año de esa vida había convertido a Ramona en una neurótica. Entre la gente y con los hijos aún fingía, pero a solas se hundía. Hoy, tras hablar con su hijo, tomó una decisión firme: —Hay que hablarlo. ¡Tengo que hacer algo para que Dominico no le odie a su padre! Pero Pedro se le adelantó. La llamó y la citó en un restaurante: —Ramona, tenemos que hablar. Mejor sin los niños. Ramona sonrió triste: no quiere escándalo, sabe que en público no se lo permitirá. Al principio pensó ir vestida normal, ¿para qué arreglarse? Luego pensó en ir del huerto, que a Pedro le diera vergüenza. Pero hora y media antes cambió de opinión: —¡Tengo que estar más guapa que nunca! ¡Que vea lo que pierde! El taxista la observó por el retrovisor y al pagar le soltó: —Guapa y tan triste… No te preocupes, todo irá bien. El piropo inesperado le animó algo; entró en el restaurante sonriendo. Pedro le esperaba con una rosa, lo que la desconcertó: si se va, ¿para qué la flor? ¿Un símbolo, una ofrenda fúnebre para su amor? Ramona sonrió: ¿por qué le venían esas ideas tan teatrales? Cenaron hablando de trivialidades. Dentro de Ramona, un resorte invisible estaba a punto de saltar. Finalmente no aguantó más: —Pedro, decías que había que hablar… Él asintió: —Sí. Al grano, Ramona: verás —calló un momento, como reuniendo valor—. He estado pensando… ¿te molestaría si este año no viajamos de vacaciones, ni compro abrigos ni quad? El resorte iba a saltar, pero Pedro siguió: —Verás, hoy cobramos casi el doble con bonus. Así que he pensado, Dominico cumple 16, pronto se independizará. ¿Y si con ese dinero le compramos un piso de inversión? Para cuando cumpla 18 lo tendrá. ¿Qué te parece? —Vale, Pedro… —Ramona quiso responder calmada, pero se quedó helada—. ¿Un piso? ¿Qué piso? —¿No me escuchas? Llevas meses despistada, Ramona. ¿Qué te pasa? Después Pedro gritó. En el restaurante se contuvo, pero en la calle le soltó todo: —¿¡Te has vuelto loca?! ¿Qué amante, qué infidelidad? Te lo he explicado: proyecto importante, puedo atascarme. Nunca protestaste; hasta dije a todos lo comprensiva que eres. ¡Y mira qué “comprensiva”: ¡me pones los cuernos con tus sospechas! Volvieron andando hasta casa, Ramona escuchando y sonriendo, sintiendo su regañina como música celestial. Frente al portal, Pedro se calmó: —¿No te dije que sólo te encontré a ti? ¿No te he sido fiel toda la vida? … Para Dominico, el día no fue bueno, la confesión de la mañana le afectó. Llegó tarde a entrenar, recibió un rapapolvo del entrenador, estuvo lento, discutió con un amigo y deambuló sin rumbo por la ciudad, buscando pelea para sacar la rabia que tenía dentro. No podía empezar él la bronca, su conciencia se lo prohibía. Pero al no encontrar ningún gamberro, volvió a casa y vio a una pareja besándose. Reconoció enseguida el abrigo de su madre y hervía de rabia. Culpaba a su padre… ¡y, sin embargo, ella! Cerró los puños y se acercó… —Anda, hijo —Pedro sonrió quizá algo perplejo—. Nosotros aquí, ya ves… … Qué bien que a veces todo acaba bien, ¿verdad?
VEINTE AÑOS BUSCANDO PERSONAS DESAPARECIDAS EN LOS BOSQUES Y DEVOLVIÉNDOLAS A SUS HOGARES. PERO CUANDO ENCONTRÉ EN LA SIERRA A LA HIJA DE 14 AÑOS DE UN ALTO FUNCIONARIO, POR PRIMERA VEZ EN MI VIDA DIJE POR RADIO: