¡Javier, esta ha sido la gota que ha colmado el vaso! ¡Se acabó, nos divorciamos! Y no te molestes en arrodillarte como tanto te gusta, porque esta vez no va a servir de nada. Mi voz temblaba, pero mi resolución era de acero. Había puesto punto final a nuestra historia.
Javier, por supuesto, no me creyó ni por un segundo. Pensaba que todo volvería a ser como siempre: él se disculpa, me compra otro anillo, me pide perdón llorando y yo, con el corazón blando, termino cediendo. Así funcionábamos, hasta ahora. Pero este era el final. Mis dedos, llenos de sortijas, mostraban al mundo una mujer casada pero vacía de vida. Javier bebía y cada vez se hundía más en la copa.
Y pensar que todo empezó de la manera más romántica.
Mi primer marido, Diego, desapareció sin dejar rastro. Ocurrió en los noventa, tiempos oscuros en Madrid. Diego nunca fue fácil de tratar. Le gustaba meterse en todos los líos. Como suele decirse, tenía ojos de lince pero alas de gorrión. Si algo no era de su agrado, la casa entera temblaba. Estoy convencida de que Diego encontró su final en alguna reyerta de aquellas. Ninguna noticia suya jamás. Me quedé sola con dos hijas: Inés tenía cinco años, Pilar sólo dos. Pasaron cinco años desde aquella desaparición tan turbia.
Pensé que perdería la cabeza. Amaba a Diego, con su temperamento explosivo incluido. Éramos uña y carne, un solo ser. Cuando lo perdí, juré que sólo viviría para criar a mis hijas. Me dí por vencida conmigo misma. Sin embargo
No fueron años fáciles. Trabajaba en una fábrica y me pagaban con planchas. Había que venderlas en El Rastro los fines de semana si quería llevar algo de comida a casa. Los inviernos en Madrid no perdonan, y aquel día, tiritando de frío en el mercadillo, se me acercó un hombre.
¿Pasa frío, señora? preguntó con voz cálida el desconocido.
¿Se nota? contesté bromeando, aunque apenas podía juntar palabras, los dientes castañeteaban. Pero algo en él irradiaba calor.
He dicho una tontería, lo sé. Mire, ¿le apetece entrar a una cafetería a tomar algo caliente? Yo le ayudo con las planchas que le sobren
Bueno, vamos. Si no, me muero aquí mismo, congelada dije, casi sin voz.
No fuimos a ningún café. Armé valor, me lo llevé cerca de mi portal, le pedí que cuidara la bolsa de las planchas mientras yo recogía a las niñas del colegio. Corrí con el frío mordiendo mis piernas, pero por dentro sentí una calidez nueva y acogedora. Al regresar con las niñas, desde lejos vi a Javier (él mismo se presentó). Fumaba, dando pequeños pasos, nervioso. Me decidí: Le invito a un té y ya se verá.
Javier subió las planchas hasta el sexto piso hoy toca avería en el ascensor, pensé amargamente y bajó tan rápido que casi ni coincidimos en la escalera.
¡Espere, mi salvador! No puede irse sin una taza de té. Le agarré del abrigo con mi mano helada.
No quiero molestar miraba de reojo a las niñas.
Vamos, coja usted de la mano a las chiquillas y yo adelanto a calentar el agua.
No quería dejarlo marchar. Él ya era alguien cercano. Entre sorbo y sorbo de té, Javier me ofreció trabajo como su asistente. Lo que me pagaría en un mes superaba lo que sacaba vendiendo las planchas en todo un año.
Acepté sin dudar; de hecho, me entraban ganas de besarle las manos del agradecimiento.
Javier estaba divorciándose por segunda vez. Tenía también un hijo de su primer matrimonio.
Y así comenzó todo
Poco tiempo después nos casamos. Javier adoptó oficialmente a mis niñas. Era como un sueño, todo salía redondo. Compramos un piso enorme en Chamberí, lo llenamos de muebles y electrodomésticos de calidad. Después levantamos una casita en la sierra. Cada verano, vacaciones en la Costa Brava: ni en sueños imaginé tanta felicidad
Siete años de dicha sin nubes. Tal vez, cuando Javier tocó el cielo, se permitió mirar demasiado dentro de la botella. Al principio no le di importancia: trabajaba mucho, ¿qué tiene de malo relajarse con una copa? Pero cuando comenzó a pasarse de copas en horario de trabajo, empecé a alarmarme. Ninguna súplica servía.
Siempre he sido una mujer con espíritu de aventura. Creí que, si teníamos un hijo juntos, Javier dejaría el alcohol. Ya tenía treinta y nueve años; mis amigas se reían cuando escuchaban mis planes.
¡Venga, Lucía! Si tú te animas, igual hasta nosotras nos planteamos ser madres a los cuarenta bromeaban.
Yo siempre decía lo mismo:
Si renunciáis a un niño que ya está en camino, os arrepentiréis toda la vida. Pero si dais a luz, incluso sin planearlo, no hay espacio para el remordimiento.
Javier y yo tuvimos gemelas. Cuatro niñas en casa. Él no dejó de beber, pero yo aguantaba y aguantaba. Entonces se me metió entre ceja y ceja que necesitábamos campo y animales, un nuevo modo de vida. Así Javier estaría ocupado y no habría hueco para la bebida. Vendimos piso y casa de veraneo, compramos un chalé en un pueblo cerca de Segovia y abrimos una cafetería estupenda. Javier se convirtió en cazador: se compró una escopeta y todos los cachivaches necesarios. La sierra estaba llena de caza.
Todo fue bien hasta que una noche, completamente borracho, Javier enloqueció. No sé qué demonio le poseyó, pero arrasó la casa: rompió platos, muebles, y hasta disparó al techo. Agarré a las niñas y huímos a casa de los vecinos. Horrible.
A la mañana siguiente, volvió la calma. Regresamos sigilosamente. Al ver aquel destrozo, sentí que el alma se me desplomaba. Lo peor fue que las niñas fueran testigos de aquello: todo roto, sin sillones, sin platos, sin camas. Javier dormía hecho un guiñapo en el suelo.
Recogí lo poco que quedó y, en fila, nos fui con mis hijas a casa de mi madre, que vivía en ese mismo pueblo.
Ay, Lucía, ¿qué hago yo con este ejército de chicas? Anda, vuelve con tu marido. En los matrimonios hay de todo. Lo que pasa, pasará, y todo se convertirá en simple harina decía mi madre entre lamentos.
Ella tenía claro que mientras el marido fuera guapo, lo demás se aguantaba.
A los pocos días apareció Javier. Fue entonces cuando le puse fin a todo. Por cierto, ni recordaba la que había liado. No creyó ni una palabra de lo que le conté. Me dio igual. Rompí todos los lazos, quemé los puentes. No sabía cómo iba a seguir, pero decidí que prefería pasar hambre a terminar muriendo a manos de un marido fuera de sí.
Tuve que vender la cafetería por cuatro duros, necesitaba salir del pueblo cuanto antes. Nos mudamos a una aldea cercana, a una casita diminuta. Mis hijas mayores empezaron a trabajar; al tiempo, gracias a Dios, se casaron. Las gemelas cursaban quinto de primaria. Todas querían al papá Javier, así que seguían en contacto con él y, por ellas, yo me enteraba de cómo le iba. Javier rogó y suplicó mil veces que volviese. Incluso las niñas me insistían: mamá, no seas cabezona; papá ha cambiado, ha pedido perdón, piensa en ti, ya tienes una edad. Pero yo era firme. Sólo quería vivir tranquila y sin sobresaltos.
Pasaron dos años.
Empecé a echar de menos a Javier. La soledad me iba comiendo por dentro. Todas las sortijas que me regaló acabaron en el Monte de Piedad, y ni siquiera pude recuperarlas después. Qué pena. Recordé mi vida pasada, reflexioné En casa, tuvimos amor. Javier adoró siempre a las niñas, me mimaba, sabía pedir perdón. Tuvimos nuestra familia. Cada uno es feliz a su manera. ¿Qué más quería?
Las mayores ya sólo llamaban por teléfono, nunca venían a verme. Se entiende, la juventud tira. Pronto volarían también mis gemelas y yo me quedaría sola. Las chicas, como los gansos: crecen, echan plumas y vuelan.
Al final, convencí a las gemelas para que averiguaran cómo estaba su padre. ¿Tendría ya otra mujer? Ellas investigaron y me contaron todo: vivía y trabajaba en otra ciudad, Sevilla. Ni una gota de alcohol, ningún compromiso, completamente solo. Les dejó su dirección por si querían visitarle.
Así que, bueno llevamos juntos de nuevo cinco años.
Ya os lo decía: en el fondo, soy una aventurera.







