Montones de destino
Me llamo Javier Rodríguez y soy abogado, treinta y cinco años cumplidos en Madrid. Siendo sincero, detesto la Nochevieja. Para mí ese día nunca ha sido celebración, sino una auténtica maratón.
El ajetreo, la búsqueda del regalo perfecto para compañeros con los que apenas coincido fuera del bufete, las formalidades Y, por supuesto, la temida cena de empresa. Este año a la dirección le dio por tirar la casa por la ventana: alquilaron todo un club campestre en las afueras, como si fuésemos altos ejecutivos de una multinacional.
Conduje mi impecable coche negro por la M-40, escuchando un podcast sobre las últimas reformas fiscales, y mentalmente repasaba mi plan para sobrevivir la velada: aparecer durante una hora, brindar con una copa de cava, charlar cortésmente con los jefes y escabullirme a casa en cuanto pudiera.
Al llegar, el club era una colmena revolucionada: gente en ropa llamativa riendo y saludando a voz en grito, como si estuviesen concursando por quién aparentaba más entusiasmo.
Me serví mi copa y me aposté contra la pared, como un centinela. Observaba la feria de sonrisas forzadas sintiéndome como un marciano aterrizado en un planeta donde la única ley es fingir felicidad por decreto.
***
Entonces la vi. No era la más llamativa ni la más ruidosa. Solitaria, junto a la ventana, contemplaba la ventisca que azotaba el campo madrileño. Llevaba un vestido azul marino sencillo, y en lugar de alcohol, sorbía zumo de naranja. Pero no tenía pinta de estar triste ni excluida. Más bien parecía abstraída en sus propios pensamientos.
Me sorprendí, porque reflejaba justo cómo me sentía yo.
Noche complicada para lanzarse de vuelta a la autovía le solté sin pensarlo, acercándome sigilosamente.
Giró el rostro y me sonrió. Pero no de ese modo fingido, sino una sonrisa cálida, genuina.
Pero míralo contestó, señalando el exterior. Con la ciudad tapada de nieve, parece que los problemas quedan ocultos bajo el manto.
No era la respuesta que esperaba.
Javier me presenté.
Estrella contestó, estrechando mi mano, de contabilidad. Creo que alguna vez coincidimos en el ascensor.
Guardamos silencio. Pero era de ese que acoge, no molesta.
La ventisca arreciaba. Al poco, por megafonía, anunciaron que las carreteras estaban impracticables. Nadie podría volver a Madrid esa noche.
Un suspiro colectivo de frustración recorrió el local. Mis planes habían volado por los aires.
Bueno, letrado, ¿listo para pasar la noche en una cama plegable? me dijo Estrella con ironía.
Mi profesión no me ha preparado para esto respondí, forzando una sonrisa. ¿Y tú?
Siempre llevo conmigo un buen cargador y un libro. Así que preparada para cualquier desastre bromeó.
Y fue exactamente esa noche, sin agendas y sin máscaras, cuando realmente conversamos.
Descubrí que Estrella adoraba el cine clásico en blanco y negro, y aunque yo lo aborrecía, acepté ver una película si ella me explicaba su encanto.
Por otro lado, confesé que soñaba con dejar mi trabajo y abrir una pequeña cafetería; Estrella, entre risas, reveló que pintaba en acuarela, pero jamás enseñaba sus cuadros.
Acabamos charlando en un rincón apartado, olvidando el bullicio, bebiendo té caliente de un termo (¡ella también había traído uno!) en vez de cava.
Ella me contó anécdotas de su gato, obsesionado con cazar copos de nieve tras el cristal; yo le hablé de mi abuela y su receta de roscón de reyes.
Cuando el reloj marcó la medianoche, no gritamos ¡Feliz Año! Nos miramos simplemente, compartiendo el mismo pensamiento.
Feliz año nuevo, Javier susurró Estrella.
Feliz año, Estrella le respondí en voz baja.
Aquella noche no dormimos en habitaciones lujosas, sino en una sala común, en dos camas supletorias que trajeron los encargados para los atrapados en la nevada. Charlamos en voz baja hasta casi el amanecer, mientras afuera seguía cayendo la nieve.
Por la mañana, al despejarse los caminos, salimos fuera. De pronto el mundo era sólo blanco, limpio y silencioso. El sol deslumbraba reflejado en los montones de nieve.
¿Y ahora? le pregunté.
Tomaré el autobús. Me apetece volver así a casa.
Si quieres, te acerco en coche
Me miró divertida, los ojos llenos de luz.
¿Y si te digo que prefiero andar y disfrutar de este mundo silencioso hasta la parada?
Entonces supe que aquello no había sido casualidad.
Era el principio de algo nuevo. De algo auténtico.
Pues te acompaño dije, esta vez con certeza.
Y caminamos sobre la nieve intacta, juntos, el primer día del año, dejando unas huellas que conducían a un futuro tan incierto como esperanzador.
Y después de todo esto, entendí algo: a veces, el mejor regalo de la vida llega cuando menos esperas. Basta con atreverse a salir del guion y dejarte envolver por la nieve.







