VIDA EN ORDEN
Mira, Clara, te prohíbo hablar con tu hermana y su familia, ¡que queda claro! Ellos a lo suyo y nosotros a lo nuestro. ¿Que has vuelto a llamar a Inés? ¿Te has quejado de mí, acaso? Te lo advierto, no me busques, me apretó Álvaro el hombro con fuerza.
Yo, como solía, me iba a la cocina sin decir palabra. Se me escapaban las lágrimas, de esas que escuecen. Jamás me quejé a mi hermana sobre mi vida con Álvaro. Simplemente charlábamos, ¿sabes? Tenemos a nuestros padres mayores, de los que preocuparnos, temas para rato. Eso a Álvaro le ponía de los nervios. No soportaba a mi hermana Inés. En su casa había paz y hasta holgura, nada que ver con lo que yo vivía con Álvaro.
Cuando me casé con él, nadie era más feliz que yo. Álvaro me conquistó de una forma que nunca pensé. Ni siquiera me importaba que fuese más bajito que yo un palmo, vamos, ni reparé en su madre, que se plantó en la boda a duras penas de pie. Años más tarde, comprendí que mi suegra era, directamente, alcohólica.
Yo, ciega de amor, no veía ni lo malo. Pero al año de casados, se me empezaron a caer las vendas de los ojos. Álvaro bebía más que el vino de Valdepeñas, volvía a casa tambaleándose y, después, llegaron los líos de faldas. Yo trabajaba de enfermera en el Hospital de La Paz, cobrando poco más que el sueldo mínimo. Álvaro prefería pasar el día de bar en bar, rodeado de amigotes.
Proveer en casa ni se le pasaba por la cabeza. Y si al principio soñaba con niños, ahora me bastaba con cuidar de Aquiles, mi gato azul ruso. Se me quitó el afán de tener hijos con un marido bebedor. Aunque, en el fondo, seguía queriendo a Álvaro.
¡Ay, Clara, eres tonta perdida! ¿No te das cuenta de que tienes a media plantilla detrás de ti y tú, nada, como si llevaras gríngolas, cegada con ese tapón? ¿Qué le ves? Te pasas la vida con moratones, ¿crees que no nos damos cuenta, ni debajo del maquillaje más caro se te disimulan? Déjalo ya, que no sea que una noche te mate, me soltaba mi amiga y compañera de hospital, Maruja.
Y sí, Álvaro perdía el control a menudo y, sin razón, me pegaba. Una vez lo hizo tan fuerte que no pude ir ni a mi turno de día. Además, me encerró en casa y se llevó la llave. Desde entonces, le cogí auténtico pánico. El corazón se me aceleraba sólo con oír la llave girando en la puerta, pensando: seguro que me odia porque no le di un hijo, porque soy mala esposa, por lo que sea Así que ni siquiera me defendía cuando me maltrataba, cuando me insultaba o me humillaba, aguantaba todo. Y, ¿por qué seguía queriéndole?
Recuerdo a su madre, la madre de Álvaro, con voz de bruja, diciéndome:
Clara, hazle caso a tu marido, quiérele mucho, olvídate de tu familia y de esas amigas tuyas, que no te llevan a buen puerto.
Y yo la obedecía. Dejé de quedar con amigas, corté con la familia, todo por él. Totalmente a su merced.
Me gustaban esos momentos en los que Álvaro, después de una pelea, me pedía perdón llorando, de rodillas, besándome los pies. La reconciliación era dulce, como un caramelo. Llenaba la cama de pétalos de rosa que olían a cielo. En esos instantes, sentía que volaba, como si el mundo desapareciera Claro, sabía bien que las rosas se las mangaba del jardín del colega del bar, cuya mujer las cultivaba con mimo. Y luego su marido las regalaba a los colegas bebedores por cuatro duros. Y nosotras, claro, nos derretíamos por un ramo y perdonábamos cualquier cosa.
¿Sabes? Seguramente habría seguido con Álvaro toda la vida, reconstruyendo los pedazos de mi paraíso inventado cada vez que se rompía. Hasta que sucedió algo inesperado
Déjale, Clara, tengo un hijo de Álvaro. Tú eres estéril, no puedes tener hijos. Así, sin anestesia, una desconocida se me plantó en la puerta para exigirme que dejara a mi marido, por el supuesto bien de su hijo.
¡No me lo creo! Lárgate de aquí, anda le grité, sin más.
Álvaro intentó salir del paso como pudo.
¡Dime que no es tu hijo! le solté, sabiendo que él nunca renegaría de un hijo suyo.
Álvaro calló. Con eso me lo dijo todo
Clara, nunca te veo sonreír ¿hay algo que te pase? me preguntó un día don Germán Muñoz, el director del hospital, que yo, hasta entonces, ni creía que reparara en mí.
Todo bien, jefe, respondí, muerta de vergüenza.
Pues cuando todo va bien, la vida es maravillosa me dijo, dejándome pensando.
Germán, se rumoreaba, se había divorciado porque su mujer le puso los cuernos. Vivía solo, tenía cuarenta y dos años, algo calvito, gafas Pero cuando pasaba a mi lado, no sé qué tenía, que despertaba en mí algo que no había sentido en tiempo. Olía a colonia varonil, de esa que te hace girar la cabeza.
Era imposible no sentirse atraída por el encanto sobrio de Germán. Salía corriendo de su despacho, porque temía caer en la tentación. Después de su frase, eso de que la vida es maravillosa si todo va bien, no pude evitar pensar que la mía era justo lo contrario. Y el tiempo pasa tan rápido que ni te da para pensar bien en qué hacer.
No me lo pensé más. Me largué de casa y me fui a vivir con mis padres. Mi madre, al verme en la entrada, flipó:
¡Clara! ¿Qué ha pasado? ¿Te ha echado Álvaro?
No, mamá. Luego te explico, ni valor tuve de contarle la verdad, de todo lo que había tragado.
Poco tiempo después, la madre de Álvaro me llamaba gritando, insultando y maldiciendo a voz en grito. Pero yo ya respiraba hondo, con el pecho bien alto, por fin renovada. Bendito Germán.
Álvaro intentó asustarme, me buscaba, hasta me seguía por la calle. Pero ya no tenía poder sobre mí.
Álvaro, no gastes las fuerzas conmigo. Dedícaselas a tu hijo, que te necesita. Nuestra historia está cerrada. Adiós, se lo dije tranquila, tal cual.
Volví a acercarme a Inés, a mis padres. Me sentí por primera vez yo misma, no una marioneta.
Mi amiga Maruja lo notó enseguida:
¡Pero, Clara, hija, qué cambio! Estás radiante, ¡de novia total!
Y, mira por dónde, Germán me propuso matrimonio:
Clara, ¿nos casamos? Te lo prometo, no te arrepentirás. Sólo te pido que fuera del hospital me llames sólo por mi nombre, sin don ni nada eso tan formal.
¿Pero me quieres, Germán? le pregunté, asombrada por la pregunta.
Ay, perdona, se me olvida que las mujeres necesitáis palabras. Pues sí, creo que te quiero, aunque yo soy más de hechos, me dijo, besándome la mano.
Acepto, Germán. Estoy segura de que podré quererte mucho, y ahí no cabía en mí de alegría.
Diez años han pasado volando.
Germán me demuestra su amor todos los días. No me besa los pies, ni me promete el cielo con palabras vacías como Álvaro; simplemente, se desvive por mí, cuida de mí, me sorprende con gestos de esos que sólo tienen los hombres generosos de verdad. No tuvimos hijos juntos; será verdad que soy una flor de estufa. Pero Germán nunca se lamentó, nunca me lo reprochó.
Clara, igual el destino es que nos quedemos los dos solos. Yo contigo tengo más que suficiente, me decía siempre que me veía triste por no haber podido ser madre.
Su hija me regaló una nieta, Carolina, que se ha convertido en nuestro mayor tesoro.
¿Y de Álvaro? Acabó perdiéndose del todo en el alcohol; no llegó ni a los cincuenta años. Su madre aún la veo de vez en cuando por el mercado, me fulmina con la mirada, pero sus dardos ya ni me rozan. Me da pena, la verdad.
Y aquí estoy, con Germán, viviendo una vida tranquila, riéndome con él por las mañanas, y pensando, de corazón, que, sí, la vida cuando va bien, es preciosa.






