A FLOR DE PIEL…
En esta familia, cada uno iba a lo suyo.
El padre, Álvaro, además de casado, solía tener alguna amante; en ocasiones, ni siquiera era la misma. La madre, Carmen, intuía las infidelidades de su marido, pero tampoco destacaba por su integridad. A ella le gustaba pasar el tiempo fuera de casa con un compañero de trabajo casado. Así, sus dos hijos quedaban librados a su suerte.
Nadie se ocupaba realmente de educarlos, de modo que la mayor parte del tiempo vagaban sin rumbo. Carmen solía decir que de la responsabilidad de sus hijos debía encargarse por completo el colegio.
Esta familia solo se reunía en la cocina los domingos al mediodía, únicamente para comer rápido y en silencio, y luego cada uno volvía a lo suyo. Así seguía la vida, sumidos en su pequeño universo, roto y pecaminoso, pero cómodo, hasta que un día ocurrió algo irreparable.
Cuando el hijo menor, Nicolás, tenía doce años, su padre Álvaro decidió, por primera vez, llevarlo al garaje como ayudante. Mientras el niño inspeccionaba las herramientas, Álvaro fue a saludar a unos amigos aficionados a los coches, que estaban cerca con sus propios vehículos.
De repente, del garaje de Álvaro salieron densas nubes de humo negro y luego lenguas de fuego. Nadie entendía nada. (Después se supo que Nicolás, por accidente, había tirado una lámpara de soldar encendida sobre una garrafa de gasolina). Todos quedaron paralizados ante el incendio; el caos reinaba. Alguien echó a Álvaro un cubo de agua por encima, y él, sin dudarlo, se lanzó dentro del garaje en llamas. La multitud se quedó helada. Segundos después, salió de aquella boca ardiente llevando en brazos a su hijo inconsciente. Nicolás tenía el cuerpo completamente quemado, salvo el rostro, que seguramente protegió con las manos. No quedaba rastro de ropa en su cuerpo.
Alguien ya había llamado a los bomberos y a la ambulancia. Nicolás fue trasladado de urgencia al hospital. ¡Seguía vivo!
Lo tumbaron directamente en la mesa de operaciones. Tras interminables horas de espera, el médico salió al encuentro de los padres y, con voz seca, les dijo:
Estamos haciendo todo lo posible e imaginable. Su hijo está ahora en coma. Hay una probabilidad entre un millón de que sobreviva. La medicina poco puede hacer. Pero, si Nicolás muestra una voluntad de vivir fuera de lo común, tal vez ocurra un milagro. Ánimo.
Álvaro y Carmen, sin pensárselo, corrieron a la iglesia más cercana. Se desató una tormenta tremenda. Los padres, empapados, no veían nada a su alrededor; solo existía la urgencia de salvar a su hijo.
Mojados hasta los huesos, Álvaro y Carmen cruzaron la puerta del templo por primera vez en su vida. Había poca gente y reinaba la calma. Al ver al párroco, se acercaron tímidamente.
Padre, nuestro hijo se muere, ¡ayúdenos! sollozó Carmen.
Me llamo padre Ignacio, hijos míos. Ya lo veo Cuando el miedo aprieta, volvéis a Dios, ¿verdad? Decidme, ¿habéis pecado mucho?
Bueno la verdad, no hemos matado a nadie musitó Álvaro bajando la mirada ante los ojos inquisitivos de padre Ignacio.
¿Y el amor? ¿Por qué habéis matado vuestro amor? Está tendido a vuestros pies. Entre marido y mujer no cabe ni un hilo, pero entre vosotros cabe un tronco de olivo y ni os rozáis Ay, hijos míos
Recen con fuerza a San Nicolás, patrón de los niños. Pedid por la salud de vuestro hijo. Pero recordad: todo depende de la voluntad de Dios, no protestéis contra el cielo. A veces, el Señor da lecciones duras porque de otro modo no entenderíais. Camináis hacia la perdición sin daros cuenta. Es tiempo de rectificar. Solo el amor salva.
Álvaro y Carmen, calados de lluvia y lágrimas, escuchaban la amarga verdad del sacerdote con el alma encogida.
Padre Ignacio les señaló el icono de San Nicolás. Junto a la imagen, Álvaro y Carmen se arrodillaron, rezaron con desesperación, lloraron, y hicieron promesas…
Todas las aventuras extramatrimoniales quedaron en el olvido, tachadas del pasado. Repasaron su vida, letra a letra, hilo a hilo.
A la mañana siguiente, llamó el médico: Nicolás había salido del coma.
Álvaro y Carmen ya estaban junto a la cama de su hijo. Nicolás abrió los ojos y trató de sonreír al verles, aunque la mueca reflejaba un dolor adulto en su cara infantil.
Mamá, papá, por favor, no os separéis susurró el niño.
¿De dónde sacas eso, hijo? Estamos juntos le respondió Carmen, acariciando su mano caliente e inmóvil. Nicolás hizo una mueca de dolor y ella se apartó enseguida.
Lo he visto, mamá. Y además, mis hijos se llamarán como vosotros continuó Nicolás.
Álvaro y Carmen se miraron de reojo, pensando que su hijo deliraba. ¿Qué hijos, si ni siquiera podía mover un dedo? ¡Estaba atado a la cama, tan débil, que bastante tenía con sobrevivir!
No obstante, a partir de ese momento, Nicolás comenzó a mejorar. Toda la familia volcó sus recursos y energías en su recuperación. Álvaro y Carmen vendieron su casa en la sierra. Fue una lástima que el garaje y el coche se hubieran quemado por completo aquel día; si no, habrían podido venderlos también y tener más dinero para la rehabilitación de Nicolás. Pero lo importante es que el niño seguía vivo. Los abuelos hicieron todo lo posible por ayudar.
La desgracia unió a la familia.
Incluso el día más largo tiene su final.
Pasó un año.
Nicolás estaba en un centro de rehabilitación. Ya podía andar y valerse por sí mismo. Allí, Nicolás se hizo amigo de una niña, Lucía, que también había sufrido las consecuencias de un incendio. A Lucía, solo le había quedado marcado el rostro.
Después de varias operaciones, la niña evitaba mirarse en el espejo. Tenía miedo. Sentía vergüenza de sus cicatrices.
Nicolás sintió gran ternura por Lucía. Había en ella una luz especial; le atraía su sabiduría precoz y la fragilidad que transmitía. Nicolás solo quería protegerla.
Todas las horas libres entre sesiones las pasaban juntos. Tenían mucho en común: conocían el dolor, el miedo, la desesperación, pastillas amargas, pinchazos y batas blancas. Compartían temas de los que nunca se cansaban de hablar.
Y el tiempo fue avanzando.
Nicolás y Lucía celebraron una boda sencilla.
Tuvieron dos hijos preciosos: primero, una hija, Inés; tres años después, un hijo, Santiago.
Con el tiempo, cuando por fin la familia pudo respirar tranquila, Álvaro y Carmen tomaron la decisión de separarse. La terrible experiencia de Nicolás les había dejado exhaustos; ya no podían convivir. La pareja se sentía vacía, y cada uno, por fin, deseaba tranquilidad lejos del otro.
Carmen se fue a casa de su hermana, en un pueblo a las afueras de Madrid. Antes de marcharse, pasó por la iglesia para recibir la bendición de padre Ignacio. En los últimos años, había acudido varias veces a agradecerle la salvación de su hijo. El sacerdote le corregía:
Dale gracias a Dios, Carmen.
El padre Ignacio no aprobaba la partida.
Si te resulta imprescindible, vete, descansa. La soledad a veces ayuda. Pero regresa, mujer. Marido y mujer son uno solo le aconsejó con ternura.
Álvaro quedó solo en el piso. Sus hijos, ya casados, vivían por su cuenta.
Incluso a la hora de visitar a sus nietos, los ex-cónyuges se organizaban para no coincidir.
Y así, cada uno, por fin, alcanzó su propio rincón de paz.
La vida, caprichosa, nos enseña a veces con dolor lo que antes ignoramos por comodidad: solo el amor y la unión salvan lo que de verdad importa. No debe hacer falta una tragedia para recordarnos qué papel jugamos en la vida de nuestra familia, pues incluso cuando todo parece en calma, las heridas de la indiferencia suelen ser las más profundas y costosas de curar.







