María del Pilar se despierta a las tres de la madrugada, sobresaltada por la insistente vibración de su viejo móvil sobre la mesilla.
Parpadea, extrañada, sin entender quién puede llamarla a esas horas intempestivas. Al ver la pantalla, siente cómo el corazón se le acelera de golpe: la llama su hijo.
¿Hola…? ¿Dieguito, qué pasa? pregunta María del Pilar con la voz llena de miedo. ¿Por qué llamas tan tarde?
Mamá, perdona por despertarte… Es que mira, venía ahora de trabajar, y… titubea Diego después… no sé qué hacer.
¿Después qué, hijo? ¡Habla ya, no me asustes! ¿Acaso quieres que me dé un infarto?
Pues eso, que… aquí, justo aquí hay algo tirado en la carretera. ¿Me puedes aconsejar? Es la primera vez que me ocurre y estoy algo perdido.
Tras unos segundos de silencio, María del Pilar pregunta temblorosa:
No entiendo… ¿Quieres decir que atropellaste a alguien? ¿Está muerto? el teléfono casi se le cae de las manos por los nervios.
No, no creo que esté muerto responde Diego. Y tampoco fui yo. Alguien más lo ha hecho. Y no es una persona.
¿No es una persona? ¿Entonces quién es?
Un perro… Un pastor alemán, creo. Todavía respira, pero muy mal. ¿Qué hago, mamá? Aquí en Valladolid no hay veterinarios de guardia. Y tú siempre has estado más cerca de los animales que yo.
Diego observa al perro, que sigue tumbado al borde del arcén.
A la luz de los faros se ve claramente cómo su abdomen apenas sube y baja, respirando con dificultad. Tiene los ojos tan tristes, como si supiera que va a morir.
Al menos respira… Eso es buena señal, piensa el chico, apretando el móvil contra la oreja.
*****
Tres días antes.
Mamá, ¿otra vez con lo mismo? ¿No tienes en qué entretenerte? ¿Para qué te complicas la vida alimentando a esos gatos de la calle? protesta Diego, que pasa un momento por casa de su madre y la pilla repartiendo pienso a los gatos en la puerta del bloque. Antes nunca fue así de compasiva.
Desde que se jubiló, a María del Pilar le ha dado muy fuerte por los gatos. Una afición casi obsesiva. Lo cuenta y gesticula ante todos, sin sentir vergüenza.
Hola, hijo dice ella, incorporándose mientras le saluda. Si avisabas que venías, te preparaba algo rico.
Parece que lo rico ya se lo has dado a tus gatos resopla Diego.
No entiende por qué su madre dedica tanto dinero y energía a los animales de la calle. Ya tiene cuatro gatos recogidos en casa en menos de un año. Hubiera bastado. Pero María del Pilar no piensa parar.
Ella sigue alimentándolos, impertérrita. Los gatos son su debilidad, su amor irracional. Pero tampoco ignora a los perros. Incluso da migas a las palomas que se agrupan en el contenedor.
Los vecinos, a escondidas, la han apodado “madre Teresa”.
A Diego le molesta que los vecinos miren raro a su madre y cuchicheen, algunos incluso se tocan la sien insinuando que está loca.
Hijo, que piensen lo que quieran dice ella serenamente al notar la incomodidad en Diego mientras los demás se ríen. Hay tan poca bondad en el mundo que intento añadir un poco más.
Observa a los gatos que devoran el pienso.
¿Ves? ¿Qué tienen de bueno en la calle? Nada de nada. Por eso quiero darles aunque sea una pizca de amor. Para que no piensen que sobran en el mundo. ¿No recuerdas lo que decía tu abuela?
Pero si ya tienes cuatro gatos, ¿no te parece suficiente? se asombra Diego.
No se trata de suficiente o demasiado, hijo. Si fuera por mí, los tendría a todos, pero ya ves, mi piso es pequeño y la pensión no es la de un diputado. Así que cuido de los que puedo, y al resto intento ayudarles. Aunque digan que estoy loca, no voy a dejar de hacerlo. Hay que dar buen ejemplo.
¿Buen ejemplo?
Claro… Si alguien lo ve, quizá le entre la ocurrencia. Al fin y al cabo, somos responsables de quienes domesticamos. Y más aún, somos personas. Debemos cuidar de nuestros hermanos pequeños, porque si no lo hacemos nosotros, no lo hará nadie.
Diego intenta entenderla, de verdad. Pero sigue creyendo que tanta compasión no es sana. Y aún comprendería más si ayudara a personas necesitadas, pero… ¿animales?
No le molestan los gatos ni perros callejeros, en realidad, solo piensa que no hay que exagerar.
Pero tres días después todo cambia radicalmente.
Aquel día regresa del trabajo bien entrada la noche, algo raro en él, pero es que el restaurante donde sirve ha tenido una jornada imposible. Y aún así, agradece la brisa de conducir solo por las avenidas silenciosas de Valladolid.
Hoy, Diego pisa el acelerador más de lo normal. No suele hacerlo, pero la carretera, vacía y ajena, le tienta. Sin embargo, su breve aventura termina pronto.
Frena a tiempo al ver el bulto extendido en el asfalto. Se queda un minuto mirando el parabrisas, apretando el volante nervioso. Cuando logra serenarse, baja del coche y corre hacia el perro.
Basta una mirada. El animal ha sido atropellado. Quizá por alguien con tanta prisa como él, o por un conductor borracho.
Ahora eso no importa. Hay que ayudar al perro. Pero, ¿cómo?
Diego está bloqueado, sin saber qué hacer nunca tuvo perro ni experiencia parecida.
Por eso recurre a su madre. No hay a quién más.
*****
¿Dieguito, qué ocurre? pregunta María del Pilar al contestar la llamada a las tres de la mañana. ¿Por qué llamas a estas horas?
Mamá, perdona por despertarte, pero venía de trabajar y… contesta Diego, nervioso después… No sé qué hacer…
¿Después? ¡Habla! ¿O quieres matarme de un susto?
Pues eso… está aquí tirada en la carretera. ¿Puedes aconsejarme algo?
Silencio.
No entiendo… ¿Has atropellado a una persona? ¿A muerto? María del Pilar, aterrorizada, casi deja caer el móvil.
No, no he matado a nadie aclara Diego. Y tampoco era una persona. Alguien la dejó así, creo. Es un perro.
¿Un perro? ¿Pero respira?
Un pastor alemán. Sin dueño, por lo que parece. Respira, pero le cuesta mucho. Mamá, aquí en Valladolid no hay veterinarios de guardia. ¿Qué hago? Seguro que tú sabes mejor.
Diego vuelve a mirar al perro tendido en el arcén. A la luz de los faros ve que el animal sigue vivo, respirando con esfuerzo. Tiene una mirada tan triste como para llorar.
Mientras respire, hay esperanza, piensa Diego, apretando el móvil.
¿Qué hago, mamá? repite. ¿No conoces a algún veterinario?
No, cariño, ya me gustaría. Y es cierto que aquí no hay clínicas veinticuatro horas. Llevarlo a otro sitio, con esas heridas, sería arriesgado. Escucha, tráelo a casa.
¿A tu piso? ¿Lo dices de verdad?
Por supuesto. ¿Qué te sorprende? ¿Otra vez tienes miedo de lo que dirán los vecinos?
No, solo que ya tienes cuatro gatos. ¿Y si le hacen daño?
Por eso mismo, hijo, son gatos, no tigres. No pasará nada. No pierdas tiempo. Súbelo con cuidado al coche y tráemelo. Yo preparo lo que pueda. Al menos le daremos primeros auxilios.
*****
Media hora después, Diego sube a pulso al perro por la escalera hasta el cuarto.
El coche y la ropa de Diego acaban hechos un desastre, pero por primera vez le da igual. Solo piensa en salvar al animal, como si fuera una persona.
Aquí, colócalo aquí, despacio indica María del Pilar, señalando el sofá del salón, forrado con sábanas viejas.
Ella no es veterinaria, ni ayudante siquiera, pero de tantas visitas a la clínica ha aprendido lo básico. Ahí ve su oportunidad.
Diego busca en internet los pasos a seguir. Su móvil moderno ayuda, mientras el de su madre apenas sirve para llamar.
Finalmente, y tras varios intentos, logran frenar la hemorragia del perro. El animal parece respirar con algo de alivio.
Incluso los gatos contribuyen, por increíble que suene.
Al principio, se acercan desconfiados, pero pronto, al notar el ambiente, se relajan. Se tumban junto al perro y ronronean como motores diminutos. El perro se duerme arrullado por su compañía. Se duerme, sí, no pierde el conocimiento descansa.
Mejor así, piensa Diego, pues así, al menos, no siente dolor (los gatos algo harán con sus patas curativas, bromea).
Mamá, ¿crees que se pondrá bien? pregunta Diego, pasando una mano sobre el lomo del animal.
Seguro sonríe María del Pilar. Las heridas no son graves. Y sabes una cosa le mira atenta, si este perro ha logrado despertar en ti compasión por los animales, por algo fue a cruzarse contigo.
Bueno, mamá, no puedo dejarlo ahí tirado admite Diego, avergonzado. Eso no sería humano.
Eso mismo digo, hijo. Hace tres días no entendías por qué daba de comer a los gatos, y ahora te desvelas por cuidar a un perro. Y si no me equivoco, no lo vas a devolver a la calle, ¿o sí?
Supongo que no… Diego baja la mirada. Todo esto le resulta raro, pero increíblemente grato.
Se siente, por fin, persona…
*****
Al alba, Diego lleva al perro a la clínica veterinaria. Llega a primera hora y, al ver cómo entra cargando al animal, la gente que hacía cola se aparta sin decir palabra. Nadie tiene que explicarles nada.
En ese instante, Diego comprende de verdad que no hay nada malo en amar y cuidar a los animales. Que quienes lo hacen se vuelven mejores personas: más bondadosos, más humanos. Al perro, a quien decide llamar Rufián, le curan y pronto anda de nuevo. Desde entonces, Diego visita a su madre cada fin de semana para pasear juntos… Bueno, juntos no: van él, María del Pilar, Rufián y los gatos que ella alimentaba, que ahora se apuntan también.
Los vecinos observan sorprendidos esa extraña comitiva y siguen cuchicheando, algunos se ríen, pero ya no le importa. Solo siente gratitud.
Gracias a Rufián, que se cruzó en su camino. Gracias a su madre, que le dio ejemplo.
Gracias también a las personas que en la clínica les hicieron hueco sin dudar. Porque, al fin y al cabo, el mundo se vuelve un poco mejor desde detalles así.
Y ahora, digan lo que digan, Diego tiene claro que, como su madre, en cuanto pueda ayudará a quien lo necesite, sea un gato, un perro o una persona.
Esta es la historia.







