El Valor de lo Inigualable

En la oficina más corriente de la Gran Vía, siempre se percibían los límites.

No los marcados en los mapas, sino los que se dibujan en los corazones. Zoraida Pérez, contable allí desde hace treinta años, los conocía de memoria, como la palma de su mano.

De un lado de las barricadas estaban Sergio y Carina. Su lema, nunca pronunciado en voz alta, flotaba a su alrededor: «Quiero. Dame. Y no me molestes».

Sergio simulaba una actividad frenética con maestría. Su escritorio se ahogaba bajo papeles, un camuflaje perfecto. En las reuniones hablaba a voces, lanzando palabras como «sinergia», «estrategia» y «análisis profundo».

Su talento principal consistía en apropiarse de una idea nacida del sufrimiento ajeno y presentarla a la dirección como propio genio. Tejía una red de contactos, llevaba al jefe dulces caros, recordaba el cumpleaños de su perro Chispa y siempre aparecía en el momento justo para estrechar la mano y deslumbrar con una sonrisa vacía y deslumbrante.

Carina operaba en otro frente: el de la estética y el sacrificio. Podía pasar horas diciendo que había estado pegada al informe toda la noche (cuando en realidad recorría las redes sociales), y bajo sus ojos lucían hematomas translúcidos perfectamente dibujados. Susurraba que su salud estaba «erosionada por el entusiasmo laboral» y exigía un trato especial, mejor aún, una plus «por peligrosidad». Su labor consistía en parecer que trabajaba.

Juntos formaban un dúo impecable, manteniendo el mito de su irremplazable valor. Sus salarios, sin prisa pero con certeza, se deslizaban cuesta arriba.

En el lado opuesto habitaba Alejandro. Su oficinacaverna parecía un bunker de adicto al trabajo. El reloj de la pared marcaba siempre la hora equivocada, y corregirlo era imposible. Una tautología sin salida.

Alejandro no hablaba de sinergias. Simplemente hacía.

El trabajo se le pegaba como resina. A las nueve de la noche su luz seguía encendida. Los sábados contestaba correos. Su móvil, adherido al oído como una extensión del cuerpo, escupía frases: «Lo envío ahora», «Lo termino para la noche», «Yo me ocupo de todo».

Su familia vivía en una dimensión paralela, inalcanzable. Los actos escolares de su hija que prometía «ponerse al día», el portátil que arrastraba al único picnic del año, la llamada urgente que arruinó la visita al cine.

Su esposa, María, había dejado de enfadarse hace tiempo. En sus ojos anidaba una quietud cansada, como en un salón sin limpiar donde se espera que el dueño vuelva pronto a ordenar. Pero el dueño nunca volvió; salvaba proyectos, apagaba incendios que a menudo encendía el propio Sergio. Alejandro era la columna sobre la que todo se sostenía, y se sentía orgulloso, sin percibir cómo bajo el peso de esa carga se fracturaban los cimientos de su propia vida.

Zoraida Pérez observaba esa obra eterna, sorbiendo su té vespertino. Le venían a la mente sus años jóvenes, el taller donde trabajaban hasta el sudor de la séptima, pero a las seis, al quitarse el mono, corrían a casaa los hijos, a los maridos, a sus huertos y libros. Había allí pesadez, pero también integridad. Aquí, en cambio, había una extraña descomposición. Algunos fingían trabajar y ganaban cada vez más. Otros trabajaban como si fuera el único sentido de la existencia y lo perdían todo.

Una noche, el sistema sufrió una avería. El jefe, aquel que adoraba los dulces de Sergio, desapareció súbitamente. Llegó uno nuevojoven, con ojos fríos de escáner. No se fijó en los discursos elegantes ni en la fatiga fingida. Miró los números, los procesos, el resultado concreto.

Primero se derrumbó el mundo de Sergio y Carina. Su «irremplazabilidad» se esparció bajo preguntas simples: «¿Qué ha hecho hoy? ¿Dónde está el documento? ¿Quién le supervisó?» Sus barricadas de carpetas resultaron ser papel. Sus salarios se congelaron y luego descendieron con la misma ligereza con que antes subían.

El mundo de Alejandro se vino abajo más silencioso, pero más temible. El nuevo jefe, al valorar su eficiencia, llegó a la conclusión lógica: «Si él solo sostiene tres departamentos, así debe ser. ¿Para qué contratar a más gente?». La carga sobre Alejandro se triplicó. Y, mientras tanto, su hija fue al hospital con apendicitis.

Zoraida entró a su oficina al atardecer para entregarle un expediente. Alejandro, frente a un ordenador que zumbaba como una colmena, sostenía el móvil con un mensaje de su esposa. Sólo tres líneas: «Ale, Liza está en el hospital. Todo ha salido bien. No te preocupes, lo hemos superado. María».

No lloró. Simplemente contempló esas palabras y luego la montaña de tareas sin terminar en la pantalla. En sus ojos, siempre fijos en la pantalla, el plan, la fecha límite, surgió al fin una comprensión aguda, como una cuchilla.

Había perdido. Había cavado sin descanso, olvidando a su familia, y al final quedó en un charco roto. Su irremplazabilidad se volvió una trampa. Aquellos a quienes había despreciado por pereza y palabrería tenían ahora una vida más plena. Sergio encontraba tiempo para el tenis; Carina, para los spas. Ellos vivían. Él sólo tenía la oficina.

Zoraida, sin decir palabra, dejó ante él su taza de té. «Bébela, hijo», susurró. «El trabajo es como un pantano. Cuanto más te revuelves, más te absorbe. A veces hay que quedarse quieto un instante y mirar qué árbol está a tu alcance».

A la mañana siguiente, Alejandro llegó tarde al trabajo por primera vez en diez años. Llevaba a su hija al hospital la misma lechuza de peluche que había prometido comprar hacía cinco años.

El mundo de la oficina, desprovisto de su principal soporte, no se derrumbó. Se estremeció, crujió, como un viejo vapor que lleva encima una caja imposible de levantar.

Las dos primeras horas en la Gran Vía, 47, fueron como una pequeña histeria. El nuevo jefe llamaba cada quince minutos. Alejandro miraba la pantalla titilante con el nombre «Ramón Eduardo», y colocaba el móvil boca abajo. Un dolor salvaje, dulceamargo, le atravesaba el pechocomo arrancarse un pedazo de carne viva, aunque ese pedazo ya estaba podrido. Conducía por la ciudad matutina, y el aroma de la tapicería gastada se mezclaba ahora con el dulzor de la nueva mascota de felpa.

Ya estaba en la habitación del hospital cuando el teléfono vibró otra vez. Alejandro lo apagó sin mirar. Liza, pálida pero sonriendo, apretaba su mano. María, en silencio, lo abrazó por la espalda, apoyando su mejilla contra su hombro como queriendo evitar que se disolviera en la corriente habitual de llamadas y urgencias.

En la oficina empezó un espectáculo extraño y mudo. Sin Alejandro, los procesos se paralizaron. Sergio corría de despacho en despacho con aire de salvador, pero ante cualquier pregunta sobre archivos, contraseñas o contratos, levantaba los brazos: «Eso lo lleva Alejandro, él siempre lo tenía». Carina, al recibir una tarea que habitualmente pasaba a Alejandro, confesó que le empezaba una migraña por la sobrecarga y salió al pasillo, cerrando la puerta de golpe.

Al mediodía, Ramón Eduardo convocó a Zoraida Pérez. Irritado, pero ya no helado, más bien desconcertado.

Zoraida, ¿qué ocurre? ¿Dónde está Alejandro? El sistema se ha quedado atascado.

La mujer ajustó sus gafas colgadas de una cuerda. Habló en voz baja, casi para sí, mirando hacia la pared más allá del jefe.

El sistema, Ramón, siempre ha dependido de una sola persona. Pero una persona no es un sistema. Su cuerda de paciencia puede romperse. Su hija está en el hospital. ¿Acaso eso no pesa más que nuestro informe trimestral?

¡El informe debe estar listo para el viernes! alzó la voz el jefe.

Y la hija, según parece, necesitaba atención ayer replicó con la misma calma Zoraida. Le ha puesto una carga triple. El hombre no es inmortal. No se rompería, quizá, si supiera por qué. Pero ya no lo sabe.

Alejandro volvió sólo después del almuerzo. Entró a su cavernaoficina, pero no se sentó. Se quedó de pie en medio del bunker, contemplando la pantalla ardiente, los cientos de mensajes sin leer, la silla hundida por años de uso. Luego tomó de su escritorio el único objeto personal: una foto descolorida enmarcada, donde él, María y la pequeña Liza reían en alguna pradera. La foto parecía sacada de hace una vida entera.

Ramón Eduardo apareció en la puerta, listo para reprender, exigir, presionar. Pero al ver el rostro de Alejandro, no encontró vacío, sino una extraña serenidad. No había la habitual tensión. Había cansancio, sí, pero también una nueva determinación.

Alejandro, ¿qué ocurre? ¡Tenemos una rotura en todos los frentes!

Sí respondió Alejandro, sin más. Una rotura. Porque solo hay un frente, y yo estoy solo en él. No trabajaré horas extra hoy. Ni mañana. A mi hija le operaron y la necesito como nunca. A mi mujer le hace falta su marido. Y a usted, Ramón, le hace falta contratar a otra persona, o dos. Porque este sistema está enfermo. Se sostiene sobre un único tornillo agotado. Yo ya no seré ese tornillo.

Lo dijo sin invocaciones, sin crisis, como quien declara una quiebra contable. En ese silencio, tras sus palabras, se oyó el zumbido de una impresora y el timbre lejano de algún teléfono.

Ramón Eduardo lo miró, y en sus ojos fríos de escáner hubo un leve temblor. Calculó rápido, evaluó el coste de la inactividad, la pérdida del proyecto y la probabilidad de sustituir a Alejandro. Una fórmula inesperada surgió: un nuevo empleado ahora era más barato que el colapso total.

Apaga el ordenador ordenó Ramón, y su voz perdió el tono metálico, quedando meramente empresarial. Vete a casa. Pero el lunes quiero de ti un plan claro de reparto de tareas y una lista de requisitos para el nuevo puesto.

Alejandro asintió. No agradeció. No fue una muestra de bondad, sino un nuevo trato. Por primera vez, sus límites personales aparecían en el contrato.

Salió del despacho. En la gran sala se habían congregado todos: Sergio con su falsa participación, Carina con su curiosidad, Zoraida estirando su mano entumecida. Esperaban una explosión o el retorno humillado a sus escritorios.

Alejandro simplemente pasó de largo, se dirigió al vestuario, tomó el abrigo que permanecía allí desde otoño hasta primavera, agarró su maletín.

Todo lo mejor dijo al vacío, sin mirar a nadie, y empujó la pesada puerta.

En la Gran Vía caía la primera nevada. Copos blancos, lentos, se fundían en el asfalto oscuro, borrando las manchas sucias del día anterior. Alejandro se detuvo, alzó la mano. Un copo helado se derritió en su piel, una sensación simple, casi infantil, de la realidad.

Miró alrededor. Qué belleza Un pensamiento surgió, tímido e inexperto, como la primera palabra tras largo silencio.

Avanzó hacia su casa, hacia aquella vida que había dejado de sentir. Le esperaba el crujido de la nieve bajo sus botas, la promesa de leer en voz alta a su hija, los ojos mudos de su esposa. Tendría que reaprenderrespirar con plenitud, escuchar el silencio entre palabras, simplemente existir. No funcionar.

Pero había dado el primer y más importante paso: salió del pantano. Se quedó quieto, encontró aquel árbol al que aferrarse. Ese árbol era él mismo. Alejandro. Ya no sólo el «Chávez» de la oficina en la Gran Vía, 47. Un nombre que casi había dejado de pronunciar. Ahora debía recordarlo.

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