Estaba decidida: ¡Jamás volveré a dejar a mi hijo con ella!.
Hasta hace poco, consideraba a mi suegra una mujer sensata. Sin embargo, en tan solo tres días, esa imagen se difuminó como pintura bajo la lluvia.
Dejamos a nuestro pequeñísimo hijo, apenas tenía unas semanas de vida, en casa de sus abuelos, mientras nosotros, sedientos de descanso, decidimos hacer una escapada de tres días. Yo buscaba desconectar de las tareas domésticas, mi marido de la presión del trabajo.
Antes de depositar a nuestro hijo en las manos de mi suegra, invertí dos horas en escribir un manual detallado. Preocupada sobre todo por la alimentación y la rutina diaria, incluí juegos y ejercicios tempranos, el contacto de la pediatrala doctora Carmen, que se encontraba siempre al teléfono y, en caso de necesidad, acudiría de inmediato.
Preparé además todo para mis suegros: potitos, pañales, un botiquín improvisado, juguetes y cuentos.
El viaje tuvo la textura de una neblina extraña: los días desaparecieron y al volver, la realidad fue aún más irreal. Nos recibió un niño oprimido, con la mirada escurridiza y silente. Mi suegra, que corrió a saludarnos, gritó: ¡Cuidado, no resbales con la alfombra, hija!. En una esquina permanecía la bolsa con víveres que habíamos llevado. A su lado, otra con los cuentos.
Observé todo eso, sumida en el aturdimiento de los sueños, y mi suegra, anticipando mis pensamientos, comenzó a explicar:
Hemos decidido no volver al centro de Madrid.
Sombrilla.
Ahora, comeremos todos juntos.
¿Cómo, juntos?
Que el niño debe acostumbrarse a la comida de los adultos, Lucía. La papilla es para niños mimados
¿Leíste las indicaciones que te dejé?
Me puse, pero madre mía, cuánta letra
¿Y cuándo dormía por el día?
Es que no quiso siesta, estaba entretenido con los tapones y las cajas, y de merienda le hice una chuletilla.
¿Una chuleta? ¿De cerdo?
Fresquísima, fuimos esta mañana a la carnicería y trajimos lomo. ¡Le encantó, estaba jugosísima!
Me quedé atónita. ¡El bebé comiendo chuletas en vez de dormir la siesta! Después descubrimos aún más rarezas. Para ahorrar dinero, mi suegra pensó que los pañales eran un lujo (¡qué caros, por Dios!), así que sólo le cambiaba uno al despertar y otro antes de dormir. Olvidó los cuentos y dejó a mi hijo jugar solo, con las ventanas y el balcón herméticamente sellados (para evitar el maldito resfriado por corriente), convenciéndole de que, antes de dormir, lo mejor era pasar dos horas con los ojos cerrados.
Aquel retiro surrealista en casa de la abuela supuso después un mes entero de trabajo para restaurar a nuestro hijo a su estado original. Tuvimos que poner disciplina: fuera chocolate, fuera dulces. El sueño fue lo más difícil de corregir. Tras diez días logramos reparar el horario, aunque al caer la noche, el niño sigue haciendo su pequeño circo.
Sombrilla.
Reafirmé mi postura: ¡Nunca más aquí!. Mi marido me apoyó, aunque, contrariamente a mí, nunca se atrevió a confesarle a su madre la magnitud de nuestro desconcierto.
Queridas madres, pensadlo siete veces antes de dejar a vuestros hijos unos días con las abuelas. En los sueños, nada es lo que parece.







