Ve al Ayuntamiento y pide lo que quieras dijo Tomasa encogiéndose de hombros. Aunque
Se dio cuenta de que ella también tenía una participación en la casa.
¡Vámonos juntas! añadió Tomasa. ¡Mi marido igual me echa de la vivienda!
Así se convirtieron en dueñas de un piso de una habitación en las afueras de Segovia, con una vista pintoresca al bosque centenario que se asomaba por la ventana. No era gran cosa, pero al menos tenían techo.
¡Me vale lo que tu marido esté ocupado! Dile que me lleve al centro de cirugía estética golpeó la tía Tomasa la mesa con el puño.
Tía Tomasa, él tiene trabajo murmuró Begoña.
¡Que se tome una libreta! espetó la tía con desdén. ¿No lo entiendes?
¿Te pago yo el taxi? ofreció Begoña.
¿Te crees rica ahora? sonrió la tía. ¿O es que tienes dinero de sobra para quemar?
Tía, dime cuánto cuesta y lo pago, ¡incluso el taxi! insistió Begoña.
¿El taxi? frunció la tía. ¿Y el taxista me llevará al consultorio? ¿El abrigo me servirá para la guardarropa? ¿Y después me esperará?
Pero solo me pediste que me acompañaras se quedó sin palabras Begoña.
¿Tu marido no sabe ni que una mujer necesita ayuda? se indignó Tomasa. ¡Mira a quién has escogido!
Óscar es un buen tipo defendió Begoña. Hablaré con él y me lleva, pero tiene curro y no podrá largarse mucho tiempo.
¡Yo no voy a bailar! replicó Tomasa con su tono habitual. Te dije claramente que necesito llegar al cirujano, a la cita, ¿cómo voy a ir sin compañía?
Pero tú vas a una clínica de cirugía estética, no por una enfermedad objetó Begoña.
¡Exacto! lanzó Tomasa. ¡Para mí es cuestión de vida o vida normal!
Si no me opero la nariz, mi vida será un desastre insoportable, peor que una enfermedad. Cada vez que me miro al espejo me duele el alma.
Begoña bajó la mirada.
¿Y sabes qué me preocupa? Que el doctor pueda decir que tengo contraindicaciones. No puedo ir sola, necesito apoyo, y es un calvario ir a sitios así sin acompañante.
¿Te llevo yo? propuso Begoña, ofreciendo pagar ida y vuelta en taxi.
¡Pues claro! refunfuñó Tomasa. Déjame que piensen que tengo un joven galán esperándome.
Pero él es mi marido se asombró Begoña.
No importa desestimó Tomasa. Quiero que todos crean que me quiero quedar más guapa para mi chico. ¡Qué capricho!
Begoña se encogió de hombros, incrédula.
Y pídele que me entregue la pluma, que me mire como si fuera su querida… añadió Tomasa.
Dudo que acepte respondió Begoña.
¡No me importa su opinión ni la tuya! gritó Tomasa. ¡Haz lo que te dije!
No discuto contestó Begoña, resignada.
Recuerda a quién le debes la vida. Si no fuera por mí, no tendrías nada amenazó la tía, señalando con el dedo. Convence a tu marido; en tres horas debo estar en la clínica.
¿Cómo le voy a convencer? sollozó Begoña.
No es asunto mío despidió Tomasa. Te salvé de una suerte peor. No me arrepiento de haberte criado, aunque no haya sido fácil. ¡Haz lo que te dije y no me hagas dudar de mi decisión!
Begoña recordaba cada palabra que la tía le había lanzado a lo largo de los años, mientras la criaba y la educaba.
***
Begoña nunca vio a Tomasa sonreír, ni siquiera una mueca de satisfacción. Su rostro perpetuamente gruñón se volvió la norma. Decían que no se podía beber agua del espejo, pero el carácter de Tomasa tampoco era dulce. Desde pequeña, la constante presencia de esa figura sombría parecía normal.
Aun así, la tía nunca mostró ninguna señal de cariño, aunque el hecho de haber criado sola a su sobrina indicaba que no todo estaba perdido. No estaba obligada, pero lo hizo: la alimentó, la vistió, la educó. Eso demostraba que, de alguna forma, todavía tenía algo de bondad.
Recuerda mi bondad, que si no fuera por mí no estarías en la calle ni en un orfanato le recordaba Tomasa. Te he aguantado, te he sufrido, pero nunca te he abandonado.
Begoña aceptó, sin otra opción.
Tomasa y Sofía habían quedado huérfanas cuando Tomasa ya vivía sola y Sofía estaba a punto de mudarse al piso de estudiantes. Sus padres llevaban una vida desordenada, pero, por alguna razón, nunca les quitó la patria potestad. Tomasa se casó a los dieciocho, mientras Sofía aún era una niña.
Un día, un incendio arrasó la casa familiar, matando a los padres y a cinco vecinos más. El único techo que quedó fue el modesto piso donde las dos hermanas terminaron sin nada.
Nos vamos a divorciar dijo Tomasa. No puedo quedarme.
¿Y a dónde? preguntó Sofía, que había escapado al granero para esconderse de los amigos de sus padres.
Ve al Ayuntamiento respondió Tomasa, encogiéndose de hombros. Aunque
Se dio cuenta de que también tenía una participación en la vivienda.
Vamos juntas propuso. Igual mi marido me echará del piso.
Así consiguieron un apartamento de una habitación en la periferia de Segovia, con vista al bosque. No era lujoso, pero servía.
Tomasa trabajaba, Sofía estudiaba. Todo parecía ir bien, hasta que Sofía decidió casarse de golpe.
¡Estás loca! protestó Tomasa. Óscar no tiene nada, ni dinero para alquilar. ¿Vas a traerlo aquí?
Tomita, sacaremos un préstamo y trabajaremos un poco prometió Sofía.
Seis meses después:
¡Estáis todos locos! escupió Tomasa. ¿Qué hijos? ¿A dónde los llevaremos?
Los niños vendrán se justificó Sofía.
Lo lograremos prometió Óscar.
Dios mío suspiró Tomasa. Si ella no tiene cabeza, encontró a otro igual. ¿Cómo vamos a acomodarnos?
Lo veremos contestó Óscar.
Cuando nació Begoña, la situación se volvió insoportable.
¡Familia, basta! gritó Tomasa. No soporto más sus llantos. Además, tengo que trabajar y reducir el número de personas en este piso.
¿Qué hacemos? preguntó Óscar.
¿Quién de nosotros es hombre? replicó Tomasa. ¿Tomaste esposa? ¿Tuviste hijos? ¡A trabajar!
Yo lo haría con gusto titubeó Óscar, pero el sueldo no llega.
¡Ya basta de estar tirados en el sofá! vociferó Tomasa. En la capital siempre se necesitan manos. ¡A ponerse las pilas!
Óscar se marchó, enviando dinero durante un año y medio. Después llegó una carta.
Elegiste un marido de lujo exclamó Tomasa. Lo mantendrá el Estado durante diez años. ¿Y a nosotras qué?
Esperaré murmuró Sofía.
¡Ya has hecho suficiente! replicó Tomasa. Son diez años, ¿qué esperas?
El divorcio se volvió casi formal, pero Sofía no encontró salida. Pasaron seis meses más sin dinero.
Madre heroína espetó Tomasa, ¿cómo vas a alimentar al niño? Podemos pasar hambre, pero al menos no moriremos de hambre.
No gritó Sofía. ¡Ni bajo ninguna circunstancia!
¿Y tú qué propones? preguntó Tomasa. Gritar no lo pueden todos, pero haz que haya dinero.
¿Qué puedo hacer? respondió Sofía.
Piensa con la cabeza refunfuñó Tomasa. Lo único que puedo hacer es quedarme con Begoña mientras tú trabajas en turnos.
¿Dónde? preguntó Begoña.
Donde sea contestó Tomasa. Una amiga tiene trabajo en la fábrica de pescados de la costa de Cantabria. Es duro, pero paga bien.
Muy lejos
O el orfanato
Sofía optó por el trabajo en la costa cantábrica para mantener a su hermana y a su hija.
Cuando Begoña tenía nueve años, la tía Tomasa le dijo:
Tu madre desapareció. Ahora somos solo nosotras dos. Yo seré tu madre y tu padre. ¡Sobreviviremos!
Begoña no recordaba a su padre y solo tenía vagos recuerdos de su madre. La tía siempre estaba allí, y si Tomasa quisiera, nadie sabría que era su tía. Pero ella insistía: ¡Soy tu tía, nada más!
Le repetía a Begoña que, aparte de ella, no tenía a nadie, y que debía estar agradecida porque nunca la había tirado a la calle ni al orfanato. También le recordaba que, al menos, no pasaba hambre ni caminaba descalza.
Así, Begoña aprendió a ser agradecida y a asumir responsabilidades de adulta: cuidar de la casa, ayudar a su tía, y trabajar como dependienta en una tienda.
Sin embargo, el corazón joven de Begoña no dejó de latir con rebeldía. El amor la impulsó a desafiar a su tía.
Me voy con mi marido anunció.
¡Qué mala! gritó Tomasa, lanzando todo tipo de reproches. Pero al final tuvo que ceder, porque por primera vez Begoña no le obedecía.
Cuando descubrió que Román, el marido de Begoña, era programador y ganaba bien, la tía reapareció con una sonrisa forzada.
Ahora Begoña se veía obligada a ayudar a la tía, a la vez que su esposo le colaboraba con los favores que Tomasa necesitaba.
Una tarde, mientras Begoña cerraba la tienda, escuchó el timbre. Al abrir la puerta, se encontró con dos desconocidos: un hombre recién afeitado y una mujer canosa, de unos cuarenta y tantos años.
¡Somos tu madre y tu padre! exclamó la mujer.
La tía Tomasa dice que ya no están murmuró Begoña.
Eso no lo dice ella replicó el hombre. Apenas han llegado.
La mujer extendió la mano, pero era rígida, sin vida. El hombre sacó un pañuelo y secó sus lágrimas, entregándole una foto. En la imagen aparecían una cochecita de bebé que Tomasa había vendido con mucho esfuerzo, y al lado, el hombre y la mujer jóvenes, ahora los que estaban en la puerta.
Pero la tía Tomasa balbuceó Begoña.
Llegaremos a ella amenazó el hombre.
Pasen dejó pasar Begoña a los extraños, mientras su casa volvía a llenarse de otro tipo de drama, pero al menos ya no estaba sola.







