A Lola le ardían los pies de ganas de casarse. Casarse bien, se entiende. Lo de casarse mal, pues ya lo había probado y le salió rana.
En su haber tenía un hijo llamado Martín, veinte años cumplidos y mucho por aprender.
Hace un siglo, más o menos, pilló a su exmarido haciendo de las suyas. Lola volvió de un congreso adelantándose un día, y se lo encontró en calzoncillos y a carreras arreglando las sábanas con un ansia que habría envidiado hasta una señora de la limpieza del Ritz. Y quién estaba en la cocina, intentando no salpicar el fogón, era su gran amiga de toda la vida ¡en bata de Lola! Vamos, el clásico de telefilm de sobremesa, con café incluido. El divorcio fue relámpago, y la amiga cayó eliminada de todos los grupos, chats y toda red social habida y por haber. Ni quiso escarbar detalles sucios. El delito estaba claro, así que llegó el castigo. Echó a su marido con maleta en mano y prohibió a Martín hablarle. Por entonces Lola ni siquiera había soplado las velas de los treinta.
Han pasado los años. Lola defendió primero su tesis y después la doctoral. Y con cuarenta años cumplidos ya era Doctora en Filología y mandamás del departamento en la Universidad de Educación de Salamanca. Era una jefa como la copa de un pino. Durante esos diez años de soltería femenina, Lola seguía soñando con un compañero digno. Vamos, que ni de broma se veía tejiendo calcetines ni bordando servilletas.
Pretendientes, los justos y bien surtidos. Pero ninguno le llegaba realmente al alma. Uno, después de la primera cita, ya la pedía en matrimonio y de paso le pidió prestados cien euros (Si total, somos casi familia), y luego ni rastro. Otro, viudo, buscaba una madre para sus niños. De primeras, la invitó a cenar a su casa y le pidió que preparara algo rico y sencillo, lo que tú veas, pero que tenga para todos. Tres criaturas, desde bebé hasta semiadolescente. Lola cocinó, los llenó de tortilla, y luego, al llegar a casa, lloró todo lo que llevaba guardado. Pena le daba la banda, pero cargar con semejante tribu buf. Seré una egoísta, intentaba justificarse Lola.
Con cada año la cosa iba a menos. Así que, cuando ya estaba a punto de rendirse y jurarse a sí misma que eso del amor era cosa de telenovela y de amigas con menos independencia, va y aparece ÉL.
Un antiguo alumno extranjero: Yassin, de 28 años, original de Tánger, que había pasado por la facultad de Lola. Era aplicado, educado, siempre con su léxico pulcro y ese encanto exótico que hacía suspirar a media clase. Acabó graduándose, se quedó en Salamanca y montó una pequeña gasolinera. Un día, Lola paró allí por casualidad, y ¡anda, si el jefe era Yassin! Risitas, recuerdos de la uni, visita semanal a partir de entonces, que si mira qué barato el diésel, que si el mejor café de Castilla. Yassin empezó a invitarla a cenas y conciertos de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Lola, incrédula, declinaba amablemente. ¿Una cita con su exalumno? Venga ya. Pero Yassin, firme como un roble. Le recordaba lo aplicado que era en clase, y sí, también lo guapo que resultaba al pasar por el pasillo; se le caían los folios a más de una.
Por cierto, años atrás, Yassin le había regalado a Lola una cajita tallada. Dentro, una notita: Profesora Lola: ¡Estoy enamorado de usted! Bueno, Lola se puso roja, luego blanca, y luego la tiró hecha pedacitos a la papelera. Metió la cajita de nuevo en manos de Yassin y, poco menos, salió disparada del despacho.
Al día siguiente, Yassin llamó a la puerta:
Profesora Lola, perdón. No quise ofenderla. Me gusta usted de verdad.
Está bien, Yassin, vaya al aula. Empieza la clase, contestó ella.
A partir de ahí, relaciones estrictamente académicas. Ni medio roce.
Y ahora vuelve a la carga la historia. ¿Hacía caso a ese galán o lo mandaba al carajo? Ya no soy su profe, ni él mi alumno. Ahora sólo somos un hombre y una mujer. ¿Quién sabe? Y acabó dejándose llevar.
Comenzó un romance de esos breves pero intensos. La primera cita fue memorable: Yassin era delicado y divertido, una mezcla explosiva. La diferencia de edad no suponía ni un granito de arena en la playa. Lola se sentía, por primera vez, como una pipiola. Yassin, todo un caballero a la española marroquí. Ella, entre bromas y vinos, empezó a llamarle Jacobo. Y él la bautizó como Lía. Lola estaba flotando en una nube. Por fin se sentía mujer de verdad, de las de canción pop.
Yassin jamás le propuso matrimonio. Tenía planes de volver a Marruecos, y en su familia ya le rondaba un matrimonio apañado. Su madre le tenía reservada a Salima, una muchacha de 17 años, seria y de familia. Y ni de broma se planteaba Lola dejar Salamanca, a su hijo y a su madre, para irse a un sitio donde la suegra probablemente la vería como una antigüedad importada. En fin, que donde hay confianza, da asco, y donde no, ni harina. Pensó: Todo lo que tenga para dar de cariño, se lo voy a echar encima a Yassin. ¡Que luego digan que las cuarentonas no tienen pasión! Aprovecho mientras pueda y quien venga detrás, ¡que apechugue!
Un día, desahogándose con su madre, se lo soltó:
Mamá, a este chico le voy a querer hasta que me duela el alma. Que se prepare, que conmigo va a quedar agotado.
Su madre, muy de la escuela de la posguerra, la tenía clara:
¡Pero Loliña! ¿Tú para qué te metes en follones con extranjeros? ¿Te faltan Jacos en España? Y tu ex lleva diez años llamando al telefonillo. ¿No ves que quiere volver contigo? Le podrías perdonar, hija, por Martín, al menos.
¡Mamá, que me puso los cuernos a lo bestia, ¿recuerdas?!
Sí, hija, pero se arrepiente un ciento y la madre. ¿Y tú? ¡Con tanto estudiar, te olvidaste de él, y dejas solo a un hombre, y cualquier lagarta te lo levanta!
Ah, pero tú tampoco perdonaste a papá, que bien que también se arrepintió.
Ay, hija, no compares: el tuyo se fue antes de verte nacer y con tres churumbeles de la otra en la maleta. Que ni de broma me lo traía a casa. Tu Jacobo sólo anda suelto y esperando. Martín le adora, por cierto.
Que no, mamá, que no me voy a casar con Yassin. Ya dejará él primero, que yo no puedo. Y luego veremos
Ay, hija, hasta la burra vieja le tira a la cebada suspiró su madre.
Al cabo de tres años, Yassin le dijo adiós:
Seguiremos en contacto, mi querida Lía.
Lola ya se lo esperaba, pero aún así, en el fondo, le escocía tenerlo que devolver a una jovencita marroquí. De despedida, Yassin le devolvió la cajita tallada, esta vez con un anillo dentro, dos ángeles abrazando un corazón de diamante.
Mi corazón se queda contigo, Lía susurró Yassin, antes de volar de vuelta a Tánger.
Pasado un año, Yassin le mandó una foto de boda: Ella es mi mujer, Salima. Al siguiente, otra: Mi segunda esposa, Mariam. Yassin, muy entusiasta, le explicaba por WhatsApp que en Marruecos es legal eso de tener varias esposas. Lola, mirando los informes sentimentales de su exnovio, ni pizca de celos. Bah, ¿qué sabrán las polluelas de amor fogoso? Eso sí, el gesto tristón de Yassin en las fotos le resultaba hasta divertido. Aún le haría tilín, quizás. Pero vamos, que amor viejo, brilla poco cuando viene uno nuevo.
Y así, se acabó el cuento. Página pasada. Martín, mientras, también se casó y trajo una nuera a casa. Cuando nació la nieta, Lola pidió que la llamaran Lía. Por perpetuar la leyenda del amor cañí y abrasador.
Incluso, fíjate tú, Lola acabó perdonando (o más bien apiadándose de) su exmarido. Culpa pagada, culpa olvidada. Dimitri venía medio arrastrándose, y la suegra supo convencer a Lola:
Ya escarmentó. ¿Y quién no mete la pata, hija? El pecado va saltando de persona en persona, y casi nadie se resiste a las tentaciones.
Y así viven Lola y Dimitri, intentado no separarse ni una semana seguida. Ahora la gran Doctora en Filología cose en punto de cruz, y le teje a su nieta Lía unos calcetines con dibujos árabes, que son la envidia del parquecito de Salamanca. Anda que no es rara la vidaCuando cae la noche en Salamanca y en el reloj suenan las campanadas, Lola sale al balcón con una manta y una copa pequeña de anís. Observa el correr de la vida bajo las farolas. Martín, que ya ha aprendido a tropezar y levantarse, le manda mensajes: Mamá, eres la mejor abuela del mundo. Dimitri, desde el sillón, le tararea una canción rusa de amor y remienda sus errores como cose un botón: con manos torpes pero empeño tierno. Lía se agarra a su falda y pide un cuento de ogros y princesas. Y Lola sonríe, porque al final cada hilo suelto de su historia el amor breve, el perdón largo, la pasión fugaz, las lágrimas y hasta los síes a destiempo bordaron juntas una manta tan cálida que ninguna herida se queda fría.
El viento de la plaza le trae un eco de juventud y una risa extranjera, quizás de algún alumno perdido. Lola cierra los ojos y se siente, por fin, bien casada. Casada consigo misma, con su vida llena de surcos y relámpagos, con esa familia que armó entre tropiezos, y con ese amor que ya no arde en los pies, sino que la envuelve suave como calcetines tejidos a mano en una tarde de invierno.
Y mientras alrededor todo sigue, Lola deja que la luna le acaricie, segura de algo: el amor, de verdad, es un oficio de costura. Puntada a puntada. Aunque una no sepa nunca cómo va a quedar el dibujo final.






