¡Aquí está el vestido! ¿Puedes creer que lo tiré aquí?

¡Vaya, aquí está el vestido! ¿Puedes creer que lo haya tirado aquí?
¡Aquí está mi vestido! ¿Ahora dirás que lo metí yo a la basura? exclamó Clara, palideciendo como la leche mientras abría el cubo.
Casi cada día, Clara se repetía la misma preguntasin encontrar jamás respuesta: ¿qué había visto ella en Sebas?
A simple vista, Sebas era de lo más anodino, un príncipe que hasta daba vergüenza presentar a las amigas, tanto que estas seguían creyendo que Clara vivía sola.
De hecho, la única persona que sabía que convivía con un hombre era su hermana Teresa, que llevaba el secreto como un tesoro.
Sebas no le bajaba la luna ni las estrellas: trabajaba de tornero en una fábrica de Madrid.
A veces, sentada frente a la tele, Clara pensaba que ya era hora de dejar la relación.
Eso sí, justo cuando se decidía, Sebas llegaba con un ramo de flores o cualquier detallito, y ella volvía a posponer la ruptura ad calendas graecas.
Antes de conocer a Clara, Sebas ya había estado casado. El idilio marital duró dos meses, pero la entonces esposa acabó embarazada y llegó una niña al mundo.
Cuando conoció a Clara, la niña tenía ya doce años. Hasta el momento, Clara no se había molestado en conocer ni lo más mínimo a la hija de Sebas.
La oportunidad llegó justo antes de su cumpleaños, que pensaba celebrar en un bar con las amigas.
Clara dijo Sebas con cara de niño pillado, resulta que mi ex se va un mes por trabajo y me ha suplicado que me quede con la niña
¿¡Un mes!? frunció el ceño Clara, poco entusiasmada con semejante regalo por su cumpleaños.
Sí, un mes entero
¿Y su madre se piensa que aquí se alimenta a una niña con lo puesto? ¿Va a pasar la manutención al menos?
Ni un duro me ha mandado, ya sabes cómo va la cosa se encogió Sebas.
Juraría que tú le pagas la pensión religiosamente. ¿Así que la cría a vivir aquí y la madre encantada de la vida cobrando la pensión?
No se va a hacer rica con mi sueldo rió Sebas, quitándole hierro.
¿Y tú te imaginas a la niña aquí? ¿Quién la va a llevar al cole? ¿Y cuidarla? ¿Por qué te metes en follones ajenos?
Es mi hija se extrañó Sebas. ¿Quieres que le dé la patada?
No olvides que aquí no vives solo: ¡esto es MI piso! Podías haberme preguntado primero. Y además, ¡es mi cumpleaños! No quiero que nadie me lo amargue zanjó Clara.
No veo por qué mi hija tendría que molestar se defendió Sebas, con cara de perro apaleado.
Estoy segura de que esto acaba en catástrofe cruzó los brazos ella, convencida ya de su mala suerte.
Sebas intentó endulzarle la píldora, quitando hierro al asunto, pero lo cierto es que al día siguiente apareció en casa una niña mofletuda, con más maquillaje que la presentadora del telediario y unos doce años que parecían dieciséis.
La criatura miró a Clara como si esta fuera un mueble y, sin saludar, se dirigió a su padre:
¿Dónde está mi habitación?
Dormirás en la cocina medio sonrió Sebas, intentando ser simpático.
La niña puso cara de acelga y salió corriendo al baño a llorar.
¿Pero esto qué es? protestó Clara a Sebas. ¡Menuda desvergonzada! Menos mal que he decidido celebrar mi cumple en un bar. Por cierto, tú no vengas.
¿Perdona? se quedó de piedra Sebas. Pensaba que por fin iba a conocer a tus amigas. Llevamos más de medio año juntos, Clara
Te quedas con la niña le soltó Clara, encantada de no tener que presentar a Sebas ante sus amigas, cuyos novios parecen salir de un catálogo de zapatillas deportivas.
Ah, vale resopló Sebas con resignación. Desde ese día, apenas le dirigió la palabra.
Al día siguiente, Clara se centró en la operación cumpleaños.
Plancha en mano, dejó su vestido de cóctel preparado desde la mañana.
Sebas ni mú. Ni una felicitación al despertar.
Ella hizo como que no lo notaba: Esta noche será mía, pensó.
Al volver del trabajo, lista para vestirse, vio horrorizada que el vestido había desaparecido.
¿Dónde está mi vestido? bramó entrando en la cocina, donde la niña, Lucía, estaba tumbada en la cama plegable jugando al móvil.
Clara la ignoró y estiró la mano, cogiendo el móvil.
¡Dámelo! gritó Lucía, justo cuando Sebas entraba a la carrera.
¿Qué pasa aquí? ¡Devuélvele el móvil! ordenó Sebas, todo digno.
¿Dónde está mi vestido? insistió Clara, entre dientes.
Yo no toqué tu vestido Lucía entornó los ojos con sorna. Está flipando la tía esta, si sólo me odia.
¿Le devuelves el móvil o te lo digo más claro? intervino Sebas, ya cabreado.
Sí, seguro, ¡te va a confesar ahora mismo! ironizó Clara, lanzando el móvil al suelo en un gesto de rabia.
Pantalla rota, Lucía en llanto, Clara salió a vestirse con lo primero que pilló y puso rumbo al bar para celebrar su cumpleaños.
Allí, entre cañas y risas, lo tuvo claro: había que terminar ya lo de Sebas.
Clara volvió a casa con los primeros rayos de sol. Sebas se levantó al oír la puerta.
¿Has visto qué hora es?
¿Ahora te pones en padre estricto? Fuera bromas, he decidido dejarlo. Por la mañana os quiero fuera.
¿Ahora encima me culpas de todo? rio Sebas, sarcástico.
Has roto el móvil de Lucía
¡Y ella me ha birlado el vestido! Clara casi perdió la compostura.
Mi hija no ha tocado nada, lo juro por mi vida. Y si hay que aclararlo, lo aclaro Sebas estaba que trinaba.
Clara puso los ojos en blanco. No tenía ganas de escuchar más excusas.
Para aliviar tensiones, se sirvió el resto de una botella de vino que tenía en el armario.
Al primer trago, puso cara de asco y casi lo escupió en el suelo.
¿Y esto qué es, champú? ¿Vas a decir que lo he echado yo? ironizó, y al abrir el cubo de basura, se quedó a cuadros. ¡Y aquí está mi vestido! ¿Ahora dirás que lo he tirado yo?
¿Vas a usar esto como excusa para dejarme? ¡Ya sabía yo que lo llevabas planeando tiempo! explotó Sebas. Si no hubiera sido hoy, hubieras encontrado cualquier pretexto.
Clara levantó las cejas, sorprendida. Lo cierto es que tenía razón.
He puesto un micro en el salón. ¡He escuchado todas tus charlas con tu hermana, lo sé todo! proclamó Sebas, muy digno.
¡Madre del amor hermoso! Así que por eso te enterabas siempre de todo Clara se echó las manos a la cabeza, repasando todas las veces que había hablado de él con su hermana, sus amigas, sus padres. En fin, hasta aquí hemos llegado.
Esta vez, Sebas se quedó callado. Sabía lo que había: aquello, como diría su abuela, no tenía mayor recorrido.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

five + eleven =