Cada amor tiene su propio modo: La historia de Anita, el viento de septiembre y los bollitos mágicos que curan el corazón

Cada amor tiene su propia forma

Lucía salió al portal de su casa en Segovia y enseguida se estremeció; el viento otoñal le calaba hasta la piel por debajo de su fina camiseta. No había cogido el abrigo. Cerró el portón y se quedó de pie en la acera, mirando alrededor sin prestarle atención a las lágrimas que corrían por sus mejillas.

Lucía, ¿por qué lloras? se sobresaltó al ver a su vecino, Martín, un muchacho de unos años más que ella, con el pelo desordenado sobresaliendo por la nuca.

No lloro, es que… murmuró Lucía, mintiendo sin convicción.

Martín la observó en silencio antes de tenderle tres caramelos que sacó del bolsillo de sus vaqueros.

Toma, pero no digas nada o vendrá todo el barrio a pedírmelos. Anda, vuelve a casa la advirtió con seriedad.

Gracias… susurró Lucía Pero no tengo hambre, es solo que…

Martín ya se marchaba, con paso tranquilo, sabiendo perfectamente lo que le ocurría. Todo el vecindario sabía que el padre de Lucía, Gabriel, bebía. Solía ir al único ultramarinos de la calle Real a pedirle fiado a la señora Manuela, que se enfadaba, pero terminaba cediendo.

No entiendo cómo no te han echado aún solía reprocharle por lo bajo Debes ya una fortuna… Pero Gabriel salía rápido, rumbo al bar, y gastaba el dinero en vino.

Lucía regresó a casa. Era temprano; ese día por una afonía de la maestra, faltaron dos clases en la escuela. Tenía nueve años. En casa, pocas veces había comida de verdad; no se atrevía a decírselo a nadie, temía que si lo hacía la sacarían de casa y acabaría en un centro de menores. Decían cosas terribles de esos sitios, y además, ¿quién cuidaría de su padre? Era mejor así, aunque la nevera estuviera vacía.

Aquel septiembre era especialmente frío en Castilla. Lucía tenía una cazadora vieja y unos zapatos que si llovía se empapaban. Al llegar, encontró a su padre dormido en el sofá, vestido, con los botines puestos, roncando. En la mesa de la cocina dos botellas vacías, y otra más bajo la mesa. Buscó en la alacena: ni una corteza de pan.

Se zampó de golpe los caramelos de Martín y se sentó a estudiar. Cruzó sus piernas sobre el taburete, abrió el cuaderno de matemáticas y fijó la vista en los ejercicios. Pero no lograba concentrarse. Fuera, el viento azotaba los árboles, arrastrando hojas doradas por el patio.

Desde la ventana se divisaba el huerto, antaño rebosante de vida con su frambuesa y sus fresas; ahora estaba cubierto de malas hierbas y hasta el manzano, seco. Su madre, Carmen, cuidaba aquel rincón con esmero, horneaba pan dulce y tartaletas de manzana. Pero aquel agosto, su padre recogió todas las manzanas apresuradamente y las vendió en el mercado del Acueducto.

Hace falta dinero gruñó sin mirarla a los ojos.

Gabriel no siempre fue así. Solía ser un hombre alegre, salía con Carmen y Lucía a buscar níscalos a la sierra, veían juntos películas en la tele, desayunaban churros y leche caliente. Carmen llenaba la cocina de olor a magdalenas. Pero todo cambió cuando la madre enfermó. Se la llevaron al hospital y ya no regresó.

El corazón de mamá no aguantó explicó Gabriel, rompiendo a llorar. Lucía también sollozó y se abrazó a él fuerte.

Después, su padre pasaba horas mirando la foto de Carmen, hasta que el ruido de una botella lo distraía. Comenzó a frecuentar el bar, y hombres extraños aparecían en casa, charlaban alto y reían demasiado. Lucía se refugiaba en su cuarto diminuto, o salía fuera a sentarse detrás del seto.

Suspirando, volvió a los deberes. Los terminó rápido tenía facilidad para el estudio. Luego recogió todo y se tumbó en su camita. Siempre estaba allí su peluche viejo, un conejo que su madre le compró hace años, al que Lucía llamó Peluso. De blanco pasó a ser gris de puro manoseado, pero seguía siendo su favorito. Lo abrazó quedamente.

Peluso, ¿recuerdas a mamá?

El conejo guardaba silencio, pero Lucía estaba segura de que sí la recordaba. Cerró los ojos y le vinieron aquellas estampas de felicidad algo borrosas, pero llenas de luz: su madre, Carmen, con el delantal, el moño alto atado con gracia, trasteando con la masa.

Hija, vamos a hacer bollitos mágicos.

¿Bollitos mágicos, mamá? Lucía se asombraba.

Claro reía Carmen Los haremos en forma de corazón, y al comerlos hay que pedir un deseo para que se cumpla.

Lucía ayudaba, con las manos llenas de harina. Le salían los corazones torcidos, pero Carmen sonreía y decía con dulzura:

Cada amor tiene su propia forma.

El calor del horno, el aroma de la vainilla, los bollitos aún humeantes… y luego, los tres juntos tomando chocolate. Lucía apretó más fuerte el peluche y se secó las lágrimas.

Mamá… Qué falta me haces susurró.

El sábado por la tarde, sin clases, Lucía decidió salir a caminar. Su padre seguía tirado en el sofá. Se puso una sudadera debajo de la cazadora y tomó el camino hacia el pinar. Al borde del barrio quedaba una casa antigua donde vivía el abuelo Tadeo antes de morir. Le quedaba un huerto y frutales.

Lucía ya había ido varias veces allí. Se colaba por un hueco en la valla y recogía manzanas de suelo y a veces peras, diciéndose a sí misma:

No robo, solo recojo lo que a nadie le importa.

Del abuelo Tadeo apenas tenía recuerdos: hombre canoso, bondadoso, repartía fruta a los niños y, si llevaba, alguna golosina.

Al saltar la valla, escuchó una voz:

¡Eh, tú! Lucía se giró asustada. Una mujer elegante en abrigo estaba en el porche. Se le cayeron las frutas de las manos.

La mujer se acercó.

¿Quién eres?

Soy Lucía… no robo, solo cojo lo que cae al suelo… Pensaba que aquí ya no vivía nadie…

Yo soy Isabel, la nieta de Tadeo. Llegué ayer y ahora viviré aquí. ¿Hace mucho que vienes a por frutas?

Desde que murió mamá… la voz de Lucía se quebró.

Isabel la abrazó.

Vamos dentro, cariño. Te prepararé algo caliente; me llamo Isabel Fernández, y cuando seas mayor seguro te dirán Lucía también.

Isabel comprendió enseguida la situación de la niña. La casa olía a limpio y a sopa. Lucía se quitó los zapatos; a pesar de la timidez, el hambre era más fuerte. Se sentó a la mesa de cuadros, templada y acogedora. Isabel le sirvió sopa de pollo y pan.

Come todo lo que quieras; si te quedas con hambre, hay más le animó la mujer.

Lucía no se hizo de rogar. Al minuto, su bol estaba vacío y todo el pan desaparecido.

¿Quieres repetir?

No, gracias, ya estoy bien.

Pues ahora, una tacita de té dijo Isabel, sonriente, destapando una cestita de bollos. La casa se impregnó de olor a vainilla; los bollos en forma de corazón. Lucía tomó uno y, al probarlo, murmuró:

Bollitos como los de mi mamá…

Después de comer, Lucía se veía relajada y con las mejillas encendidas. Isabel le preguntó:

Cuéntame, ¿dónde vives? ¿Con quién? Luego te acompaño a casa.

Está aquí cerca, solo son cuatro casas, yo puedo ir sola…

No, te acompaño contestó Isabel seria.

El hogar de Lucía rezumaba desorden y dolor. Gabriel dormía en el sofá, rodeado de botellas, ceniceros y trapos. Isabel miró alrededor y negó con la cabeza.

Ya entiendo, pequeña… Vamos, vamos a limpiar un poco.

Se pusieron las dos manos a la obra: la mesa quedó recogida, las botellas en una bolsa, los visillos abiertos, el felpudo sacudido.

No le diga a nadie cómo está mi casa. Mi padre es bueno, solo anda perdido desde mamá rogó Lucía, temblando Si se enteran, me mandan lejos, y yo quiero estar aquí. Él solo necesita tiempo…

Isabel la abrazó y juró guardar el secreto.

Pasó el tiempo. Lucía iba a clase con trenzas limpias y un abrigo azul nuevo, mochila reluciente y botas que no calaban. Un día, en el patio, Pilar, su compañera, le preguntó:

Lucía, ¿es verdad que tu padre se ha casado otra vez? Ahora estás guapísima. Y esas trenzas…

Sí, ahora tengo otra madre, la tía Isa respondió Lucía con el pecho hinchado de orgullo.

Gabriel había dejado el vino, gracias a Isabel. Paseaban juntos al mercado, él siempre bien vestido, ella elegante, ambos sonrientes, y Lucía siempre en medio, feliz.

Los años pasaron en un suspiro. Lucía ya era universitaria y, al volver en vacaciones, cruzaba la puerta gritando:

¡Mamá, ya estoy en casa!

Y salía Isabel corriendo a abrazarla:

Bienvenida, mi profesora, bienvenida y ambas reían, radiantes de alegría. Y al anochecer, Gabriel volvía del trabajo también sonriente, feliz de verlas.

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