Hace poco, tras veinticinco inviernos, asistí a una reunión de antiguos alumnos. Os contaré lo que aprendí, o al menos, lo que mi sueño me dejó al despertar…
Tengo cuarenta y tres años, aunque en el sueño no tenía edad, solo un reloj de sol en la muñeca. He formado una familia en Madrid: un esposo que parece salido de las páginas de un libro viejo y dos hijos tan sabios como duendes castellanos. Puedo afirmar, sin temor al eco, que he alcanzado casi todos los anhelos de mi adolescencia. Hijos brillantes y bellos, un marido que me mira como si siempre fuera primavera.
Durante décadas no supe nada de mis antiguos compañeros. En los días de la escuela, yo era invisible tras unas gafas demasiado grandes y mi cara era como un mapa de granitos: una pequeña geografía de inseguridad. Ya sabéis en España, cuántos miramos de reojo al diferente, y las bromas, lejos de ser dulces, a veces son tan frías como el viento de la meseta. Sufrí mucho; la crueldad infantil nunca falta en los recreos empedrados.
Tras la selectividad, mis compañeros establecieron que cada cinco años habría una cita oficial para coincidir y contarnos si la vida nos había dado sopas o tortas. La primera reunión, cuando tenía 23 años, fue en Salamanca. Todos éramos jóvenes y esbeltos, como jamones en sus mejores años, pero la velada acabó mal: recuerdo una gresca surrealista en la que salieron volando incluso croquetas de jamón.
No volví. Pero decidí que, dos décadas después, regresaría, como quien busca el sabor de un vino olvidado en la bodega.
Así, con el alma entre sueños, llegué a los 43. Se acercaba ese día pactado, y la curiosidad soplaba fuerte. Logré contactar con viejos compañeros milagro de los grupos de WhatsApp quienes, entre sorprendidos y incrédulos, aceptaron mi presencia.
Quedamos en un restaurante antiguo de Toledo, donde las paredes olían a ajo y cotilleo. Al entrar, lo primero que flotó ante mis ojos fue la visión de aquellos que antes me hostigaban: ahora lucían barbas desaliñadas, camisas arrugadas de mercadillo y barrigas hinchadas como odres de vino barato.
Durante esa cena onírica, sentí que todos los comentarios giraban sobre mi vida. Hablaban de lo guapa y feliz que parecía, de lo bien que me iba, como si creyendo que la fortuna es contagiosa por cercanía. Pero yo no compartía su entusiasmo, ni su interés teatral; la realidad tenía sabor a vino peleón.
Cogí el bolso, me disculpé diciendo que tenía que coger el último tren a Atocha, y salí rodando como una aceituna sobre un mantel.
Desperté, y las lecciones me pesaban como piedras en el bolsillo: los que antaño fueron los guays del instituto, en la vida no habían cruzado más allá de los muros de sus propias rutinas. Ni pareja, ni sueños nuevos. Comprobé también, bajo la luz onírica, que juzgar a alguien por su apariencia es, al fin y al cabo, como mirar el mundo a través de un vaso de gazpacho: todo es distorsión.
Así fue mi extraño sueño. Ahora os invito a dejar vuestros comentarios y contarme si alguna vez subisteis, dormidos o despiertos, a este tren de los reencuentros.






