Ver con tus propios ojos
Después de una tragedia terrible, tras perder en un accidente a su marido y a su hija de seis años, Jimena vagó por corredores grises y sin tiempo. Una neblina de pena la empapó durante largos meses en una clínica cerca de Segovia. No quería mirar ni al sol ni a persona, salvo la voz constante de su madre, Flora, que tejía palabras en el aire como si se pudiera zurcir el corazón roto de su hija.
Un día, tras el desayuno insípido y la ventana empañada, Flora susurró entre el olor a manzanilla:
Jimenita, el negocio de Alfonso va a la deriva. Apenas flota, y Simón ya casi no puede con todo. Me llamó para que te lo dijera. Es buen hombre, pero el negocio
Esas palabras fueron una aguja bajo la piel dormida de Jimena.
Sí, mamá. Hay que hacer algo. Seguro que mi Alfonso se alegraría si yo sigo su obra. Qué suerte, ¿verdad?, que me enseñó tantas cosas, como si supiera que un día tendría que hacerlas yo sola.
Jimena pensó y repensó entre nubes de recuerdos. Al final volvió al despacho, logró que la empresa familiar no naufragase. Pero ninguna prosperidad servía de antídoto: su añoranza por la niña perdida era un farolillo encendido en la niebla.
Hija mía le dijo Flora una noche en que los azulejos parecían grises, deberías pensar en adoptar. Una niña que lo haya tenido aún más difícil que tú. Le darás una vida mejor, y así tú también sanarás.
Tras revolver el consejo de su madre entre las sábanas, Jimena supo que tenía razón. Quizá nadie sustituía a su sangre, pero en aquel eco salmantino de sueños, tomó un tren a un orfanato de Toledo.
Allí estaba Estrella. Nació casi ciega, sus padres aun de apellido largo y carrera universitaria huyeron del reto y del amor, temiendo la carga como quien teme a los dragones de los grutescos barrocos. Fue bautizada Estrella por una enfermera que creyó en milagros, aunque la niña apenas captaba matices de sombra y luz sobre las baldosas frías. Descubrió las letras por el tacto, adoraba los cuentos de hadas esperando que algún ser bondadoso atravesara su universo nublado.
Un día, cuando Estrella tenía casi siete años, se apareció su hada: vestida de seda, con perfumes de Madrid y una tristeza brillante como la plata antigua. Estrella no podía ver del todo ese destello, pero la sintió cálida.
La directora del centro frunció el ceño ¿para qué quiere usted una niña con problemas médicos? pero Jimena, recelosa, evitó explicaciones y soltó frases formales: tenía recursos y ganas de ayudar.
Una educadora trajo a Estrella de la mano. Sobre sus bucles dorados, con ojos infinitos y opacos, Jimena sintió, como en un sueño lúcido, que encontraba lo propio, lo buscado.
¿Quién es? siseó Jimena, sin apartar la mirada.
Nuestra Estrella sonrió la cuidadora. Dulce y risueña.
Estrella. Es mía decidió Jimena en voz baja, sin lógica ni argumento, solo certeza de sueño.
Entre las dos creció una melancolía luminosa. Jimena volcó su vida en Estrella, buscó los mejores especialistas: quizás una operación le devolvería algo de vista. El futuro viajaba lento, pero había esperanza. Antes de la escuela, la sometieron a cirugía. Mejoró levemente, dependía de las lentes, pero la vida amanecía entre colores nuevos.
Jimena prosperó en el trabajo, era próspera y bella, aunque desdeñaba el cortejo de los hombres: todo su amor y mundo estaban con su hija.
Estrella creció hasta ser tan hermosa que parecía inspirar a los pintores del Prado. Cursó sus estudios en la Universidad Complutense, agradecida y sencilla, y luego trabajó ya en la firma familiar. Jimena la protegía de pretendientes con más interés en herencias que en cariño auténtico: siempre daba a entender que nadie se enriquecería a costa de su hija.
Pero el amor llegó. Estrella se enamoró de Sergio incluso Jimena, siempre suspicaz, no le vio fisuras, aprobó los encuentros y rápidamente llegó la propuesta de matrimonio. Mientras se preparaban los detalles, se planeó una operación definitiva para después de la boda: tal vez por fin vería el mundo con nitidez.
Sergio era atento, un galán de novela, aunque por momentos Jimena sentía, como quien en un sueño nota cosas absurdas que no puede narrar, cierta falsedad. Un día, a mediodía, la pareja visitó un restaurante campestre donde planeaban la celebración. Sergio dejó su móvil sobre la mesa y salió deprisa al oír la alarma de su coche. Estrella, sola, titubeó mientras el móvil vibraba una y otra vez. Finalmente contestó: la voz de la madre de Sergio, doña Engracia, irrumpe fuerte y cruel, creyendo hablar con su hijo:
Hijo, ya sé cómo librarnos de la ciega. Una amiga me reserva unas vacaciones en los Pirineos. Tras la boda, llévate a la ilusa esa y di que quieres ver las montañas. En el sendero… haz que accidentalmente tropiece. Tú te marchas, vas a la guardia civil y describes todo con emoción. Que crean que fue un accidente. Antes de que le operen y empeoren las cosas. Hay mucho dinero en juego, hijo… Piensa y actúa.
Engracia colgó. El móvil ardía en las manos de Estrella.
Un instante atrás era prometida feliz; de golpe, el salón giraba como en los laberintos de Dalí. Sergio no sabía nada. De pronto entró él, sonriendo:
Sería una gata, no hay rastro en el coche… dijo.
Su teléfono volvió a sonar: Claro, claro, Raúl, voy ya respondió y a Estrella: Tengo que salir corriendo a la oficina. Espera aquí con tu madre.
Estrella, encogida, lloró. Llamó a Jimena:
Mamá, ven enseguida. No puedo contártelo ahora, solo ven. Por favor.
Unas lágrimas se mezclaban con el té que le sirvió la administradora, Clara, que la reconoció enseguida.
Estrella, ¿qué ocurre? Sergio salió pitando y tú…
Nada, Clara. Espero a mi madre, ya llegará.
Jimena llegó tan rápido como el viento en la autopista. Se sentó frente a Estrella, tomó sus manos.
¿Qué ha pasado, cielo? ¿Quién quiere hacerte daño?
Sergio y su madre susurró Estrella. He escuchado todo con estos mismos oídos. Ella le ordena matarme, antes de que me operen. Dejarme caer en los Pirineos, para quedarse con el dinero…
Jimena palideció. El restaurante se hacía pequeño, irreal. Mientras pensaban qué hacer, llamó Sergio:
¿Todo bien? ¿Hablasteis sobre la decoración?
Jimena contestó con voz helada:
Hola, Sergio, cambio de planes. Mejor que te vayas despidiendo de tus vacaciones en los Pirineos… con accidente incluido. Lo sabemos todo. Y si el móvil llega a la policía, no importa lo que borres: lo pueden recuperar. Sabes lo que te digo.
Al otro lado, silencio. Sergio balbuceó:
No… ha sido mi madre…
Muy valiente, escudarte en mamá. Olvídanos, Sergio.
Al día siguiente, Sergio desapareció de Madrid. Acusó a su madre de todo y huyó con dinero, mientras Engracia partió a casa de una amiga en Santander. Temía la cárcel, temían la vergüenza pública.
Todo fue tan delirante que parecía un mal sueño. Pero en la clínica oftalmológica de Salamanca, Estrella fue operada. Jimena le hacía sombra y apoyo, todavía con el vendaje en los ojos. El joven doctor, don Álvaro Gutiérrez, la cuidaba con esmero; el cirujano, con manos expertas, la acompañaba en cada control. Álvaro ruborizaba visiblemente ante la belleza de Estrella, bajo la mirada atenta y celosa de Jimena.
El día que retiraron el vendaje, Álvaro le llevó un ramo de rosas. Estrella parpadeó, vio los colores y las formas, y el rostro radiante de su médico en medio de la luz.
¡Veo, mamá! ¡Veo de verdad! lloró Estrella, y Álvaro se apresuró a consolarla.
Debía llevar gafas siempre, pero era poca carga comparada con el milagro de la visión.
Todo se volvió nítido y real: pronto celebraron la boda bajo los arcos góticos de Toledo. Un año después, nació una niña con los ojos grises de su padre y la sonrisa de la abuela Flora. Estrella por fin habitaba un sueño de alegría, protegida por un amor verdadero, lejos ya del sobresalto y la traición.
Gracias por cruzar este sueño despierto. Que la suerte camine a tu lado.







