Cuando papá trajo a casa a su nueva mujer: la historia de una familia madrileña dividida tras la muerte de mamá, entre reproches, herencias, y la llegada inesperada de Oksana, la cuidadora convertida en madrastra

El padre trajo a casa a su nueva esposa

Pero a ver, ¿cómo lo hacemos, Román? preguntaba Diego, el primero en llegar a casa de sus padres . Que ayer papá va y suelta: Estoy cansado. ¡Cansado, dice el tío! Mamá, treinta años recogiendo detrás de él, lavando calcetines, mimándole que parecía el hijo pequeño, y a los dos meses de que caiga enferma, ya está cansado.

Diego siempre fue un poco bocazas, todo hay que decirlo. De pequeño ya se llevaba a palos con el padre más que nadie, así que el cinturón solía visitarle de cuando en cuando.

Román, sentado en el taburete de la cocina, miraba su alrededor: todo seguía igual que antes de la enfermedad de su madre. Cuántas cenas aquí, cuántas cosas contadas, qué de Navidades, cumpleaños y meriendas se habían vivido en esa mesa…

¡Romeo, responde! ¿No me digas que papá no se ha pasado? ¡Cansado, dice!

Román volvió de su ensoñación.

Que sí, que me he enterado respondió distraído. ¿Qué le falta? Si vamos entre todos: cada uno con su turno, con nuestro horario. Pero claro, él piensa que nuestra presencia no basta. Que hace falta un profesional. Pues se contrata

El cuidado de la madre no se lo dejaron solo al padre, ni mucho menos. Toda la familia se implicaba. Entre los tres, se apañaban una semana para que el pobre hombre apenas estuviera solo de cuidador.

Un profesional, decía.

¿Y tú sabes lo que cuesta un profesional de esos? Diego miró fijamente a su hermano. Que no es lo mismo que tomarse un café. Aquí los precios están como el aceite de oliva, si no peores…

Eso he pensado yo. Habría que repartirlo todo a pachas. Bueno, si acaso yo pongo un poco más, ya sabes

Román era el que sacaba más dinero.

Ya, un poco más ironizó Diego. Vamos a pagar a medias, ni más ni menos. Los dos curramos, los dos ganamos, los dos repartimos. Que no quiero deberte luego nada, ¿me entiendes? Y si algún mes no me llega, pues ya me prestarás, hermano mayor… Pero te lo devuelvo, ¿eh? ¿Me prestas?

Román, igual que en el curro, ya se veía cargando con todo si hacía falta.

Estás apañado, Diego rió. Ya te presto, tranquilo. Entonces, eso, ¿decidido? Solo falta que llegue Inés

Por cierto, ¿dónde se ha metido?

Está con mamá. Le cuenta sus cosas como siempre.

Su madre, por desgracia, ya no podía responder, pero Inés seguía contándole sus historias.

Crash.

Algo cayó en el pasillo.

Ya viene Inés dijo Diego.

Normal, si no se da con la esquina, suelta el bolso, o lo que sea.

Apareció la benjamina, con ese pelo rizado suyo que parece un pompón de lana. Inés, a pesar de todo, seguía tan vital como siempre, convencida de que su madre aún se podía curar

¿De qué vais cuchicheando? ¿De lo de contratar a la cuidadora? Que ya me he enterado, papá diciendo y todo. Ni me ha llamado el hombre Pero bueno, estoy al tanto. ¿Cuánto ponemos cada uno?

Ambos hermanos se la quedaron mirando.

¿Tú de qué hablas? preguntó Román.

Ay, ¡nuestra Inesita! se burló Diego. Tú qué vas a poner, si acabas de salir de la uni. No te vamos a pedir dinero ni de broma.

Inés frunció el ceño.

¿Y eso por qué? fingió enfado antes de soltar una risita al ver que por fin los hermanos se relajaban. Pero si yo también estoy al pie del cañón, que somos una familia, ¿no? Aquí lo suyo es poner todos igual

Que sí, que sí, participas, claro dijo Román. Ale, vete a comprarte una tableta de chocolate, que ahora eres independiente económicamente. Nosotros tenemos que hablar de cosas serias de adultos.

Inés, curtida ya en estas bromas de sus hermanos, se encogió de hombros y les dejó allí con sus cosas serias.

Bueno, pues eso dijo Diego golpeando la mesa con la palma. Lo pagamos a medias. Pero justo, ¿eh? Dime cifras y vamos mirando ya las opciones.

De acuerdo. Que sea alguien de confianza, no un cualquiera.

Entre buscar anuncios en Idealista, llamar a agencias y mirar opiniones, se les fue la tarde hasta que dieron con ella: Sonsoles, 35 años, muy simpática, referencias que parecían sacadas de una peli y, sobre todo, experiencia.

Sonsoles entró en la casa y parecía de la familia. Sonriente, cariñosa, capaz de dar conversación, pero también de guardar silencio cuando hacía falta. Sabía escuchar y sabía tranquilizar, lo más importante: hacía que la madre se sintiera mejor.

A Inés, que no le cobraban ni un céntimo (¡Eres nuestra Inesita!), le encantaba venir a menudo. Era su manera de echar una mano. Pero sobre todo, extrañaba mucho a la madre de antes, aquella que charlaba, reía Más que los hermanos, casi, que ya planeaban boda y le veían menos el lado absolutamente esencial a esa tristeza. Así que Inés venía, le contaba lo primero que se le ocurría y se sentía menos sola.

***

Pasó algo más de un año. Ese año se llevó a su madre.

Y mira tú por dónde: un solo miembro puede juntar una familia entera. Sin la madre, parecía como si tampoco quedara familia. Hablaban lo justito, menos que antes, y el padre, ni visitas, ni intención de verles.

Hasta que la semana pasada les llamó y dijo que el sábado ni se les ocurriera hacer planes.

Por eso estaban allí.

Inés, Román, Diego. Hacía poco que cumplieron los cuarenta días. Habían hecho la misa por su madre sin el padre, que ni se presentó. Inés pidió a sus hermanos que no lo agobiaran, que seguro que para él era tan doloroso que ni podía recordarla, ni celebrar nada.

Me alegro de que hayáis venido hoy tosió el padre. Tengo algo que deciros. A los tres.

Román y Diego se miraron con la sensación de que se venía tormenta.

¡Papá, a la hora que haga falta venimos! soltó la siempre dulce Inés.

Sí, sí, gracias asintió el padre. Pero no os he llamado por gusto. Quiero presentaros a mi prometida.

Eso sí que no había manera de creérselo. Más fácil era asumir que al padre se le había ido la olla, o peor aún, que ellos estaban soñando. ¿Prometida? ¿Ahora? ¿Hace nada que fueron los cuarenta días?

¿Qué prometida? Diego lo dijo casi susurrando.

¿Vas en serio, papá? Román no alcanzaba a comprender que se pudiera bromear con semejante tema.

Pero lo peor fue ver que su padre no bromeaba.

Nicolás, que así se llamaba, ni se enteró del berrinche. Hizo un gesto para que pasara alguien.

Sonsoles, ¡entra ya!

Entró. Sonsoles. Sí, esa Sonsoles que contrataron para cuidar a su madre. Eso sí, la timidez y humildad del principio se habían esfumado. Ahora se notaba que esta casa ya la sentía suya.

¿Sonsoles? Inés, boquiabierta, como si le costara juntar las piezas, repitió el nombre. No puede ser

Sí, Sonsoles sonrió Nicolás. Vamos a vivir juntos. Sé que os sorprende, ni yo mismo imaginaba que ocurriría tan pronto, pero Sonsoles se muda aquí.

Vamos, que lo mismo podría haberles escupido a la cara. El efecto habría sido casi idéntico. El primero en saltar fue Román, el mayor, que no dejó pasar ni un segundo para recordarle a su padre que se le estaba yendo de las manos.

¿Es una broma? dijo saltando por encima de las piernas de Diego, que seguía en el sillón, medio tumbado. ¿Cuándo empezó esto? ¿Hace cuántos meses? ¿Mientras mamá estaba allí, enferma, tú ya? ¿De verdad tienes la cara de contarlo ahora? ¿No te parece que hay límites?

Diego, rápido, se interpuso para que Román no hiciera una locura.

¡Román, calma! Inés se puso delante de su padre. Con la mala leche que se gastaba Román cuando de verdad le sacaban de quicio, igual Nicolás acababa contando baldosas del portal de una patada. Normalmente era sensato y comedido, pero cuando reventaba aguas.

¿Calma? Román forcejeaba. ¡Que me soltéis! A este hombre que se dice mi padre voy a explicarle un par de cosas, a ver si le entran

Y después da la vuelta y se las explica otra vez.

¡Tranquilo, Román! Diego forcejeaba para apartarle.

Romanito, no le pegues suplicaba Inés. Papá solo se ha liado ¿verdad que no vas a vivir con ella? Papá, no puedes vivir con Sonsoles

Pero el padre solo tenía ojos para Sonsoles. Por lo general, chicas así ni le miraron en sus años mozos, y ahora, con más de cincuenta, tras una vida de matrimonio sin pasión, tampoco esperaba gran cosa. Pero Sonsoles le miró, le hizo caso y Nicolás se sintió adolescente: ¡por fin se casaba por amor!

No lo entendéis musitó él. A lo mejor, es que lo he esperado toda la vida

Román soltó a Diego, rodeó a Inés y agarró al padre por el cuello del jersey:

¿Esperado? ¿Esperar a que se muriera mamá?

A encontrar el amor.

¿El amor? ¿Con mamá no había amor? Román casi lo levanta del suelo.

No. Se quedó embarazada, tú venías en camino Me casé, y ya está. ¡Dejadme por lo menos ser feliz en la vejez! No lo entendéis

Román le soltó.

Diego aprovechó para meter baza:

¿Que no entendemos el qué, papá? ¿Que necesitas otra mujer? ¿Y mamá qué? ¿Dónde queda ella en esto?

¿Y qué hago, vivir de luto hasta el paseíllo final?

¡No! bramó Diego; Román apoyaba la cabeza contra la pared, como si fuera a vomitar. ¡No! Pero papá, que no han pasado ni dos meses, que todo esto ha sido en esta misma cama Ni lo puedo decir en voz alta.

Lógicamente, al padre eso no lo detuvo. Mientras discutían, Sonsoles miraba al padre y sonreía. Y, cuando él se emborronaba por las acusaciones de sus hijos, le bastaba ver a Sonsoles para volver a sonreír. Esto es amor, decían ellos; lo demás, pamplinas.

Al final, Román y Diego, incapaces de digerir nada más, se plantaron:

Nos largamos Román le lanzó a su padre una mirada cargada de desprecio.

Inés, vámonos Diego la cogió de la mano.

Chicos Inés intentó hablar en el portal. Igual no deberíamos ser tan duros. ¿Y si es amor de verdad? Entiendo que mamá se ha ido hace nada, pero igual Sonsoles es lo único que le mantiene a flote.

Pero no coló ni una.

¿Amor? Diego se detuvo y le dedicó una media sonrisa torcida. A eso, Inés, se le llama de otra forma. Y lo sabes. No le ha dado un arrechucho romántico a estas alturas.

Pero insistió Inés. Es nuestro padre.

El que traicionó a nuestra madre estando aún viva. El que no ha tenido el mínimo pudor. Vamos, ni disimulo: podía haberse escondido los primeros meses

Dicen de Inés que era buena chica. A pesar de idolatrar a su madre, dejar tirado a su padre le parecía demasiado cruel. No le visitaba porque sus hermanos le insistían, pero lo pasaba fatal.

Nicolás, en cambio, tan tranquilo.

Cuando los hijos comenzaron a contestar de nuevo al teléfono, lo primero que surgieron fueron los favores, que parecían más órdenes que otra cosa: hay que arreglar esto, ir a poner aquellos papeles al día, en fin No hablaban realmente, pero le ayudaban.

Un día, Román y Diego acudieron a ayudarle a montar un armario y, sin venir a cuento, Nicolás suelta:

Qué pena no haber conocido a Sonsoles antes. Habéis tenido una madre pero con Sonsoles habríais tenido otra mejor.

En ese instante, Diego (que tenía una bolsa con tornillos en la mano) la estampó contra la mesita de cristal, rompiéndola en mil pedazos. Los tornillos volaron como confeti. El mueble se llenó de grietas.

Ya está bien Román dejó el destornillador. Se acabó. Papá, recapacita, por favor. ¡Es de mamá de quien hablas, hombre!

No me levantéis la voz, que os desheredo Nicolás se puso gallito.

Mejor no sacar el tema dinero. Mal para él.

¿Seguro? Román sonrió. La casa era de mamá, por ley nos toca repartirla entre cuatro. Más te conviene que seamos amigos, que igual hasta te vemos en la calle si no.

Nicolás se calló en seco. Las herramientas quedaron tiradas. Los hijos se largaron.

No volvieron más por allí. Pero ya los tres se veían vendiendo su parte del piso. Si para el padre ya no eran ni familia, ni falta que les hacía.

Inés, como siempre, a lo suyo, pero sin dejar su decencia de lado.

Chicos les decía, podemos no hablar con él. Pero no le vamos a dejar tirado, viejo y a palo seco, en una pensión…

Inés, nuestro diente de león, creía que todo se podía arreglar. Y así, fue a casa de su padre a convencerle de que pidiera perdón a sus hermanos. La idea era una utopía, pero a Inés le daba igual.

Cuando llegó, encontró el caos.

Sonsoles, luciendo los pendientes de la madre, tiraba a bolsas de basura las cosas de su madre. Fotos, vestidos, muñecos de punto hechos por ella… todo dentro de sacos.

¿Sonsoles, qué haces…? tartamudeó.

Nada, quitando trastos. Kiko te espera, ¿eh? ¿Dónde te metes?

Si Inés hubiera imaginado que las cosas de su madre acabarían en la basura, se las habría llevado a casa sin pestañear…

¡No toques eso! Inés la sujetó del brazo, haciéndole soltar el saco. ¡Esto era de mi madre!

Es anticualla. ¿Para qué lo queremos?

La sujetó.

Sí, Inés, eran de tu madre, pero no está dijo su padre entrando. Y aquí no se va a guardar nada treinta años.

Inés recogió lo que no habían tirado todavía.

No quiero volver a saber de ti le espetó a su padre, fulminándole con la mirada.

Pronto, Inés, Román y Diego vendieron sus partes: dos habitaciones de tres. A Nicolás le tocó quedarse solo, condenado a compartir piso con desconocidos. Y por cómo pintaba la cosa, el futuro prometía pesadillas.

Y porque somos buenos le soltó Román. Te hemos dejado la habitación propia. Que lo sepas, lo tienes más que merecido.

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Cuando papá trajo a casa a su nueva mujer: la historia de una familia madrileña dividida tras la muerte de mamá, entre reproches, herencias, y la llegada inesperada de Oksana, la cuidadora convertida en madrastra
— Míchel, llevamos cinco años esperando. Cinco. Los médicos dicen que no podremos tener hijos. Y ahora esto…