Otra vez volverá con la amante. Relato
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A petición de mi madre, al final tuve que terminar con Lidia. A decir verdad, tampoco entendía bien su modo de vivir. Y mi madre insistió, remarcó lo que consideraba importante y hasta me dio pruebas de que Lidia no era una chica decente con la que casarse.
Yo mismo sentía que aquello no iba a ninguna parte. Lidia trabajaba de presentadora y animadora, siempre de acá para allá; que si una boda, que si un cumpleaños, que si en restaurantes o bares. Mi madre, al saber esto, se indignó mucho.
Tú eres un hombre formal, vendes sofás y colchones. Te vas por la mañana, vuelves por la noche, como debe ser. Pero esta Lidia tuya, por la mañana seguirá durmiendo y ni te recibirá al volver del trabajo, llegará a casa de madrugada. Vendrá oliendo a tabaco, alcohol y a hombres ajenos. ¿Eso te hace falta? ¡Se le ve en la mirada lo poco respetable que es y cómo sonríe!
Mi madre sólo la vio una vez, pero ya tenía su veredicto.
Y, claro, me dejé convencer. Sufría y sentía celos cada vez que ella se arreglaba para salir a trabajar de noche; aquello me parecía indecente o raro.
La opinión de mi madre acabó de reafirmarme. Ella, aunque quejica, nunca se equivoca.
Al año me casé con una bibliotecaria llamada Carmen.
A mi madre le gustó de inmediato. Discreta, tranquila, hacendosa.
Eso sí es una buena esposa; fíjate en ella. No se pinta para ir al trabajo, viste con recato, ni una gota de descaro, los jerséis cerrados, las faldas por la rodilla. Por la tarde vuelve corriendo a casa y cómo te mira a los ojos se deshacía mi madre. Oro puro, hijo, ahora sí apruebo tu elección, Antoñito
Mi madre es una gran mujer, aunque la vida no le fue fácil.
Nunca fue guapa, trabajó humilde muchos años en Correos. Siempre soñó con tener familia, pero al cumplir los treinta y cinco, Emilia (así se llama mi madre), entendió que probablemente no se casaría. Decidió tener un hijo sola, aunque en el fondo no le parecía respetable.
Así vine yo al mundo, Antonio, bautizado como mi abuelo.
Al principio mis abuelos ayudaron a cuidarme, pero cuando faltaron, nos quedamos solos mi madre y yo.
Siempre la quise mucho y la ayudé en todo lo que podía. Eso sí, nunca destaqué en los estudios, pero me esforzaba. Tras el instituto, cursé un ciclo y empecé a trabajar en una tienda de muebles.
Mi madre estaba orgullosa de mí: iba al trabajo de traje y el dinero no faltaba. Y ahora, por fin, había conocido a una buena chica: Carmen. Los jóvenes seríamos felices, vendrían los hijos y ella tendría sus ansiados nietos
La boda fue sencilla, en casa. No teníamos familia y por mi parte solo vinieron mi compañero del trabajo, Miguel, y un amigo del colegio, Tomás. Del lado de Carmen, sus padres y dos amigas de la biblioteca; ¿qué falta hace tantas amigas si lo que toca es hacer familia?
Total, que mi madre, al fin, respiró tranquila: ya había cazado a su hijo, gracias a Dios, con una buena muchacha
Ahora Carmen me esperaba cada tarde con la cena caliente. Eso sí, cocinaba todo soso y repetitivo, lo hacía por costumbre: a su padre le sentaba mal la comida fuerte. Y Carmen era tan pausada y callada que apenas sonreía y se pasaba la vida leyendo. Despreciaba la televisión, y abuela Emilia tuvo que ver sus telenovelas favoritas con el volumen bajito. Ni soñábamos con empanadillas de carne o con ese arroz picante que tanto anhelábamos Carmen lo prohibía todo, que si fritos, que si guisos, que si nada de especias.
En casa reinaba un silencio y una blandura que me apagaban el alma…
Pasados seis meses, un día me quedé tarde en el trabajo, apagué el móvil y ni fui a dormir a casa.
Carmen, rota, pidió el día libre, hizo una maleta y se fue con sus padres. Me dijo a mi madre, con amargura,
Creí que su hijo era un hombre decente, pero me ha traicionado…
Resultó que la dócil y dulce Carmen tenía carácter de piedra cuando tocaba. Pero yo ni intenté convencerla; sólo pude disculparme por no haber sido lo que esperaba.
Dónde estabas, dime, me preguntaba Emilia, y acabé confesándole la verdad.
Mamá, fue que Lidia vino a la tienda buscando un sofá. Ella no sabía que yo ahora trabajaba aquí.
¿No sabía? ¡Seguro que vino a propósito, para hacerte la vida imposible! protestó mi madre.
No, mamá, no sabes nada. Sólo fui a acompañarla y aclarar las cosas, pero fue ella quien me echó le respondí.
Me echó, ya Ésa es vieja estrategia, para que la vayas a buscar de rodillas. No me veas a esa chica, Antonio, te arruinará la vida los ojos de Emilia estaban llenos de miedo; de verdad temía que volviera a liarme con esa buscavidas
Pero no sabes, mamá, es más complicado…intenté explicar, pero Emilia me cortó.
Basta, Antonio, me tienes el corazón en vilo
Tras separarme de Carmen, no levanté cabeza por mucho tiempo.
Cuando, al fin, apareció otra chica, mi madre incluso se alegró; a este paso, no iba a conocer nietos.
Alicia llevaba poco trabajando conmigo en la tienda de muebles, también de dependienta.
Mamá, hemos decidido no casarnos todavía; vamos a convivir primero, por si acaso le anuncié a Emilia, pero ya eso no le gustó.
Y cuando vio que Alicia era desordenada, vaga, y que encima la echaron por tratar mal a los clientes, mi madre se escandalizó.
Alicia pasaba los días tirada en el sofá con el móvil, café en mano, y simulando buscar trabajo.
¿Por qué mi hijo tenía tan mala suerte?, se preguntaba Emilia, frustrada ante aquella tercera chica.
Y cuando Alicia anunció que se casaría pronto conmigo, mi madre explotó por fin:
No te cases con él. Siempre acaba volviendo con esa otra. Ya tiene una querida de hace años, y hasta un hijo suyo. Va a verla y le pasa dinero. Siempre vuelven y se pelean y se reconcilian, ¿lo entiendes?
Alicia solo se rio, convencida de que Emilia lo decía por celos, que no soportaba que Antonio la quisiera y la mantuviese.
Emilia sintió una mezcla de lástima y resignación por la tercera chica de su hijo. Al final, levantó las manos con cansancio:
Vivid lo que queráis; me tenéis harta ya…
Sin embargo, en secreto, fue a buscar a Lidia, quería saber qué pasaba, por qué Antonio no podía olvidarla y traía a casa a cualquiera
No sabía el número de piso de Lidia, pero tuvo suerte: justo al acercarse al portal, vio salir a Lidia de la mano con un niño pequeño.
Emilia se quedó de piedra.
¡Era aún peor de lo que imaginaba! Lo intuyó al decirle a Alicia lo del hijo, y el corazón se lo confirmaba.
El niño que llevaba Lidia era la viva imagen de Antonio de pequeño. No hacían falta pruebas: los mismos ojos claros y traviesos, las mismas orejas, la misma nariz, la sonrisa ¡un calco!
Lidia, por favor, detente, necesito hablar contigosuplicó Emilia, temblándole las rodillas.
¡Resulta que tenía un nieto y ni lo sabía!
Lidia la reconoció, puso cara de resignación, pero se paró.
Buenos días, Emilia, la escucho.
Pero, ¿cómo es esto, Lidia? Yo no sabía nada… Y Antonio, ¿él lo sabe?, no puede ser… Mi hijo no es así…balbuceó Emilia intentando defender a su hijo.
Tranquila, él no sabía nadadijo secamente Lidia, intentando marcharse, pero Emilia insistió:
Antonio te quiere, la culpa fue mía, le llené la cabeza. No le cierres la puerta, hablad aunque seapidió Emilia, sin apartar la mirada del niño, idéntico a su Antonio.
¿Cómo se llama el pequeño?preguntó ella, con un hilo de voz, tan apenada que Lidia se ablandó.
Se llama Marcos. Vámonos, Marcos, que tengo que trabajar en una fiesta infantil y él siempre me acompaña, no tengo a nadie más.
Pero… yo estoy aquí. Soy su abuelapropuso Emilia, pero Lidia no dijo nada, se dio la vuelta y se fue con Marcos.
¿Mamá, has ido a ver a Lidia? me preguntó Antonio a los días.
Durante ese tiempo, ni se enteró de que Alicia ya nos había dejado.
Mamá, gracias. Lidia me ha perdonado. Ya me deja ver a mi hijo, y voy a conseguir que se case conmigo.
Miré a mi hijo entre sorprendido y emocionado.
Siempre pensé que era un calzonazos, que le faltaba carácter, y por eso yo le guiaba tanto. Pero ahora lo notaba distinto y sólo pude decir:
Bien hecho, hijo. Perdóname a mí también. Por la felicidad merece la pena luchar, incluso… incluso contra tu madre.
Antonio y Lidia
Antonio y Lidia pronto se casaron. Viven en casa de ella, pero la abuela Emilia viene a cuidar a Marcos mientras los padres trabajan. A veces el niño pasa los fines de semana con la abuela.
Y lo mejor, dentro de poco tendrán una niña. Emilia ya sueña con achuchar a su nietecita desde el primer día.
Ahora ya no se mete en sus vidas, ni falta que hace. Lidia resultó una anfitriona estupenda y Antonio es feliz como nunca; siempre tiene una sonrisa en la cara.
Qué bueno fue hacer caso a mi instinto; supe que solo con Lidia mi hijo sería realmente feliz.
No se puede construir la felicidad de uno pisoteando la vida ajena, ni escoger la esposa de un hijo, ni decidir por él con quién ha de vivir.
Que se case con la mujer sin la que simplemente no pueda respirar. Ese es el mayor aprendizaje que me llevo.






