Después de doce años de matrimonio, mi esposa me propone que invite a otra mujer a cenar y al cine conmigo.
Me dice: Te quiero, pero sé que hay otra mujer que también te ama, y seguro que le encantaría pasar tiempo contigo.
La otra mujer de la que habla mi mujer es mi madre. Ella lleva diecinueve años viuda.
Con el trabajo y nuestros tres hijos, apenas tengo tiempo para verla de vez en cuando.
Esta noche la llamo para invitarla a cenar y a ver una película.
¿Ha pasado algo? ¿Está todo bien? pregunta enseguida.
Mi madre siempre teme malas noticias cuando alguien llama tarde.
Solo he pensado que hoy podríamos pasar un buen rato juntos le digo.
Se queda un momento callada y luego contesta: Me encantaría.
El viernes, al salir del trabajo, paso a recogerla y siento algo de nerviosismo. Al aparcar delante de su portal, la veo esperando en la entrada, con el abrigo echado sobre los hombros. Me doy cuenta de que también parece un poco nerviosa.
Lleva el pelo recogido en suaves rizos y un vestido que se compró para su último cumpleaños.
Les he contado a mis amigas que mi hijo me va a llevar esta noche a cenar y están que no se lo creen dice con una sonrisa al subirse al coche.
Vamos a un restaurante, no es lujoso, pero sí acogedor y bonito. Mi madre se agarra de mi brazo, caminamos como si fuera doña Sofía.
Al sentarnos a la mesa, le tengo que leer la carta, porque solo ve las letras grandes.
A mitad de lectura, levanto la mirada y la encuentro observándome con una sonrisa nostálgica.
Cuando eras pequeño, yo era la que te leía la carta en los bares me dice.
Ahora me toca a mí devolverte el favor le contesto.
Charlamos y reímos mucho durante la cena. Parece una noche sencilla, hablamos de lo último que ha pasado en nuestras vidas. Nos enredamos tanto que llegamos tarde al cine.
De camino a su casa, me dice: Quiero repetir. La próxima vez, invito yo.
Acepto encantado.
Al volver a casa, mi mujer me pregunta cómo ha ido.
Genial, mucho mejor de lo que imaginaba le respondo.
Unos días después, mi madre fallece de un infarto fulminante.
Todo ocurre tan deprisa, que me quedo sin oportunidad de hacer nada más por ella.
A los pocos días, recibo un sobre con el recibo del restaurante en el que cenamos juntos. Añadido hay un papelito: He dejado pagada nuestra próxima cena juntos.
La verdad, no sé si podré sentarme a cenar contigo otra vez. Pero he pagado para dos personas: tú y tu mujer.
No creo que jamás pueda explicarte lo mucho que significó para mí esa cena que compartimos.
Hijo mío, te quiero.






