Nuestros nietos son adorables, pero ya no tenemos fuerzas para ocuparnos de ellos.
Dicen que los hijos son una bendición, y lo mismo pasa con los nietos. Claro, estoy de acuerdo, pero solo cuando no son demasiados y uno puede permitirse ayudarlos. Con mi marido tenemos una hija, Catalina. Recuerdo aquella tarde calurosa de junio en Madrid cuando, con apenas diecinueve años, se acercó a nosotros en la cocina perfumada de romero y nos confesó que estaba embarazada. No tardó en tener a los mellizos, Martina y Gonzalo. Después, se casó con el chico de los ojos tristes. Pensé en ese instante que todo se ordenaría de alguna manera, como se reordena la plaza Mayor tras una fiesta.
Aquello nos cayó encima como una tormenta en agosto. Madre joven y con dos bebés. El marido de Catalina también era un chaval y ganaba poco, apenas unos euros que parecían deshacerse nada más tocar sus manos. Así que, en realidad, mi marido y yo éramos quienes sosteníamos la casa, como dos columnas gastadas de la Alhambra. Cogimos trabajos extras; algunos días me sentía como si amaneciera y anocheciera sin darme cuenta, yendo de un lado a otro sin descanso.
Durante meses, los jóvenes vivieron bajo nuestro techo en un piso antiguo de Lavapiés. La rutina era extraña: me despertaba casi dormida, con el cuerpo hecho un nudo porque había pasado la noche entera meciendo a los mellizos para que Catalina pudiera dormir. Era como vivir en un sueño de pasillos interminables y relojes sin manecillas. Mi salud empezó a tambalearse, como un barco de papel en un charco tras la tormenta.
Pasaron tres años como si nada. Los chicos salieron adelante y los niños aprendieron a decir abuela y reírse de mis chistes malos. Y entonces, como si una cigüeña traviesa bajase del cielo de La Mancha, Catalina nos dice una tarde de lluvia que vuelve a estar embarazada. No lo soporté y le sugerí, con voz temblorosa, que quizás debería pensarse no tenerlo. Pero nada, ella estaba decidida a traer al mundo a otro niño, y así fue; la historia volvió a empezar, como los cánticos de Nochebuena cada año. Otra boquita para alimentar, otra vuelta a los trabajos sin descanso, aunque esta vez mi yerno ya ganaba mejor, pero nunca lo suficiente para cinco personas.
Fue entonces cuando mi marido sufrió un derrame, y yo sentía como el corazón me chasqueaba dentro del pecho como una castañuela. Me di cuenta, con la extraña claridad que dan los sueños, de que nuestros cuerpos no podrían resistir más que la vida no puede estirarse como el chicle de fresa de la infancia. Se lo dije a Catalina: ahora os toca a vosotros buscar soluciones. Y ella, con una calma insólita, dejó caer esa frase letal en medio de la sala: estaba embarazada de nuevo, del cuarto hijo.
No había palabras, solo un silencio denso como el aire de la sierra. ¿En qué mundo pensaban vivir? ¿Pensaban que su padre y yo íbamos a poder sostener ese universo sin paredes? Ya no podemos. No sé qué hacer y temo que el vecindario nos apunte con el dedo por no cuidar a nuestra única hija. Pero, en este Madrid onírico, ya dimos de nosotros todo lo que podíamos dar.






