Convertida en criada: La historia de Alvetina, quien a los sesenta y tres años decidió casarse y dejar el hogar de su hijo, generando desconcierto en la familia. Entre dudas, consejos y sospechas, acabó mudándose con Yuri, su nuevo esposo, para descubrir que su papel era el de ama de casa al servicio de todos en una gran familia madrileña. Entre comidas, quejas, tareas y desencuentros, Alvetina debe tomar una decisión: seguir siendo ‘la sirvienta’ o volver junto a su verdadero núcleo familiar, donde era valorada como madre y abuela y no como empleada doméstica.

Te cuento lo que le pasó a mi amiga Rosa cuando decidió volver a casarse, porque de verdad parece historia de esas que escuchas en la sobremesa. Cuando Rosa anunció su boda, tanto su hijo Diego como su nuera Leticia se quedaron helados y no sabían ni qué decirle.

¿De verdad estáis preparados para dar un giro así a la vida, tan mayores ya? preguntó Leticia mirando de reojo a Diego.

Mamá, ¿a qué viene meterse en esos líos ahora? se notaba que Diego estaba inquieto . Entiendo que llevas muchos años sola y que todo lo has hecho por mí, pero casarte a estas alturas no tiene sentido.

Decís eso porque sois jóvenes y aún no entendéis contestó Rosa con esa calma tan suya . Tengo sesenta y tres años, y nadie sabe cuánto nos queda, pero sí tengo derecho a vivir ese tiempo con la persona que quiero.

Por lo menos no os precipitéis con los papeles intentó razonar Diego . Apenas conoces a Manuel desde hace unos meses, ¿y ya estás dispuesta a cambiarlo todo?

Es que, a nuestra edad, no se puede perder tiempo argumentaba Rosa . ¿Qué necesito saber? Es dos años mayor que yo, vive con su hija y el marido en un piso grande en Salamanca, tiene buena pensión y una casa en el pueblo.

¿Dónde pensáis vivir? no quería soltar el tema Diego Aquí no hay espacio para otra persona.

No os preocupéis, Manuel no quiere meterse en vuestra casa. Yo me mudo con él les explicó Rosa en tono tranquilo . El piso es amplio y con su hija, Ana, me llevo genial; todos somos adultos, no va a haber líos.

Diego no dejaba de darle vueltas, Leticia le pedía que aceptase y entendiese a su madre.

¿Y si somos un poco egoístas? reflexionaba Leticia . Rosa nos ayuda mucho, se queda con Alba cada dos por tres Pero tiene derecho a vivir su vida como quiera. Y si tiene la oportunidad, ¿quiénes somos nosotros para impedirlo?

Si solo fuese convivir Pero, ¿te hace falta una boda, mamá? insistía Diego . No imagino a Rosa vestida de blanco y con banquete, vamos.

Son de otra época, y seguramente les da seguridad formalizarlo intentaba razonar Leticia.

Al final, Rosa se casó con Manuel, a quien había conocido por pura casualidad un día paseando por la Plaza Mayor, y en poco tiempo se fue a vivir a su casa. Al principio iba todo bien, la familia la recibió bien, Manuel la respetaba, y Rosa estaba convencida de que por fin le tocaba disfrutar de la vida y podía saborear esa felicidad sencilla.

Pero poco a poco las cosas cambiaron. Un día, la hija de Manuel, Ana, le pidió:

¿Te importaría preparar una paella para la cena? Yo estoy hasta arriba en la clínica y tú tienes más tiempo

Rosa pilló el mensaje y se encargó de la cocina, y con eso vinieron las compras, limpiar el piso, hacer la colada y, cómo no, ir los fines de semana al pueblo.

Ahora que somos marido y mujer, la casa del pueblo es cosa de los dos decía Manuel . Ana y Pablo no pueden ir, la niña es pequeña Muchas cosas serán cosa tuya y mía.

A Rosa, la verdad, le gustaba pertenecer a una familia grande y echar un cable; venía de un matrimonio anterior donde nada funcionó, y su ex se largó cuando Diego tenía diez. De eso hacía ya veinte años y del hombre nadie supo más. Ahora sentía que, por fin, las cosas estaban bien. Las tareas y el cansancio no le molestaban, no la sacaban de quicio.

Mamá, ¿de verdad crees que puedes con la casa del pueblo? le decía Diego . A tu edad eso sube la tensión, ¿te hace falta ese trajín?

Claro que sí, además me entretiene respondía Rosa con ánimo . Seguro que recogemos mucha fruta y verdura con Manuel y os llevaremos siempre a casa.

Diego tenía sus reservas. En varios meses nunca les invitaron ni siquiera para presentarse formalmente. Solo una vez invitaron a Manuel, prometió ir, pero que si el trabajo, que si la salud siempre daba largas. Así que dejaron de insistir, aceptando que aquella nueva familia no tenía mucho interés en relacionarse.

Así que mientras todo iba bien, Rosa lo vivía con ilusión. Pero el trabajo no paraba de aumentar, y al final empezó a pesarle. Manuel, cada vez que iban al pueblo, se quejaba de la espalda, del corazón, y ella le cuidaba mientras se encargaba sola de arrancar ramas, limpiar hojas y tirar basura.

¿Otra vez cocido? protestaba Pablo, el yerno de Manuel . Ayer ya cenamos lo mismo, pensé que hoy sería distinto.

Hoy no tuve tiempo y no he podido comprar nada se excusaba Rosa . Estuve lavando cortinas y colgándolas; acabé agotada y me tumbé un rato.

Ya, pero yo no soy fan del cocido apartaba el plato Pablo.

Mañana Rosa nos hará una cena de campeonato saltaba Manuel entre risas.

Y, efectivamente, al día siguiente Rosa se pasaba medio día en la cocina preparando la cena, que luego desaparecía en veinte minutos. Después recogía, y así todos los días. Lo peor era que tanto Ana como Pablo empezaron a quejarse por todo; y Manuel se posicionaba con ellos, poniendo a Rosa como culpable.

Pero yo también me canso, y no entiendo por qué tengo que hacerlo todo sola acabó diciendo Rosa una vez enfadada.

Eres mi esposa y tienes que mantener el orden en casa le recordaba Manuel.

Como esposa debería también tener derechos, no solo obligaciones soltó Rosa, ya llorando.

Al rato se calmaba y volvía al trajín, intentando agradar, mantener la paz. Pero un día se desbordó. Ana y Pablo tenían cena en casa de unos amigos y querían dejarles la niña.

La pequeña puede quedarse con el abuelo o venir con vosotros, porque yo hoy pienso ir a felicitar a mi nieta en su cumpleaños dijo Rosa tajante.

¿Por qué tenemos que acomodarnos todos a lo que tú quieres? espetó Ana, molesta.

No tenéis que hacerlo, igual que yo tampoco tengo ninguna obligación con vosotros les refrescaba Rosa . Ya lo avisé el martes, que mi nieta celebra el cumpleaños y ni caso. Ahora pretendéis que no vaya y encima me tocó quedarme aquí otra vez.

Así no se puede, de verdad se enfadó Manuel . Ana tenía planes y ahora se le fastidian; total, tu nieta es pequeña, no pasa nada si la felicitas mañana.

No pasa nada si vamos los tres ahora a ver a mi familia, o te quedas tú con la niña esta noche hasta que yo vuelva protestaba Rosa, firme.

Ya decía yo que esta boda iba a acabar mal soltó con mala leche Ana . Cocina regular, limpia mal, y encima solo piensa en sí misma.

¿De verdad piensas eso después de todo lo que he hecho aquí estos meses? preguntó Rosa a Manuel . Dímelo claro, ¿me buscabas como esposa o como empleada para complacer a todos?

No es justo, ahora me pones como el malo parpadeaba Manuel, molesto . No busques bronca sin motivo.

Solo pido que me respondas. Y si así piensas, me voy, porque no acepto tratar así mis tareas aquí dejó claro Rosa.

Si es lo que quieres, haz lo que veas. Pero en mi casa esto no se consiente presumía Manuel, cruzado de brazos.

Pues entonces, aquí se acabó. Me voy recogió sus cosas y se largó.

¿Me aceptáis de vuelta a la abuela revoltosa? aparecía con la maleta y el regalo de su nieta . Me casé y he vuelto, no me preguntéis nada por ahora, solo decidme si tengo sitio.

Por supuesto corrieron a abrazarla Diego y Leticia . Tu antigua habitación te espera, estamos contentísimos.

¿Contentos de verdad? quiso oír Rosa esas palabras.

¿Y por qué no iban a estar contentos los que te quieren? le respondió Leticia.

Y ahí Rosa supo que en casa nunca fue una criada. Ayudaba, cuidaba a Alba, pero Diego y Leticia nunca abusaron ni le exigieron nada fuera de lo normal. Allí era madre, abuela, suegra, y sobre todo parte de la familia. Rosa volvió a casa para siempre, pidió ella misma el divorcio y decidió no volver a hablar del mal trago.

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Convertida en criada: La historia de Alvetina, quien a los sesenta y tres años decidió casarse y dejar el hogar de su hijo, generando desconcierto en la familia. Entre dudas, consejos y sospechas, acabó mudándose con Yuri, su nuevo esposo, para descubrir que su papel era el de ama de casa al servicio de todos en una gran familia madrileña. Entre comidas, quejas, tareas y desencuentros, Alvetina debe tomar una decisión: seguir siendo ‘la sirvienta’ o volver junto a su verdadero núcleo familiar, donde era valorada como madre y abuela y no como empleada doméstica.
¿Por qué no nos dejas tu piso? Pronto voy a dar a luz y tú sigues viviendo sola.