Llevo un año casada. Antes de la boda, mi marido me aseguró que su madre había prometido solemnemente no entrometerse en nuestra familia. De hecho, conocí a mi suegra por primera vez en el registro civil, cuando los relojes marcaban una hora extraña y las paredes parecía que susurraran en latín.
Al principio todo parecía en calma, como esas plazas en verano, medio vacías pero llenas de reflejos raros. Mi suegra cumplió su promesa… a medias. Vivimos en un piso de alquiler, pero justo al lado de la casa de sus padres, con los balcones casi tocándose como manos de viento. Mi suegra nunca me molestó de frente; sin embargo, no puso freno a su lengua con los vecinos, que iban cambiando de cara como en las fiestas de máscaras: iba diciendo por ahí que soy una ama de casa desastre, que dejo los platos sucios en el fregadero; que cuezo la carne en agua sin cambiar el caldo al principio; que hago las cosas siempre al revés… Y lo más curioso es que mi perro, Gala, recibe la carne cruda y no cocida, como si en ese detalle escondiera el secreto oscuro de las familias españolas.
En resumidas cuentastodo me sale torcido. Todo esto me lo contó mi vecina Pilar, que tiene ojos de lechuza y apariciones súbitas en las escaleras. Me quejé a mi marido, Javier, entre sueños y entre sombras. Él se echó a reír, diciéndome que no escuchase tonterías, que esas palabras se las lleva el cierzo. Al parecer, le cotilleó a su madre nuestra conversación, porque ahora el hombre, cuando me ve, cruza la calle como si el asfalto estuviera inundado de serpientes de colores. Le pregunté por qué no le gustaba a su madre. Y me contestósegún ella, no le muestro suficiente respeto. ¿Pero cómo?
Sucede que no quise asumir su modo de vida ni convertirme en reflejo de sus costumbres gastadas. ¿Por qué iba yo a dejar mi propia manera de existir, mis rarezas y mis horarios desordenados? Según mi suegra, la culpa la tiene el hecho de que no vivo en una casa propia. Entonces mi marido le preguntó:
¿Y en casa de quién vive ella?
Más tarde, Javier me dijo, con voz de quien desvela misterios:
Si viviéramos con tus padres, tu madre mandaría sobre la cocina; si viviéramos con los míos, mi madre llevaría la batuta. Pero aquí, en este piso de paredes finas, mandas tú. Así son las reglas de los espacios.
Y por eso quiero a mi maridosabe cómo hilar los pensamientos y sacar conclusiones que vuelan alto.
Conclusiones que flotan como nubes, porque dentro de poco tendremos que mudarnos temporalmente a la casa de sus padres, ese lugar donde los relojes dan la hora al revés. Y sé que ese sitio no es para mí, igual que un paraguas abierto en una iglesia. Así que, quizá, me iré a casa de mis padres, donde las cortinas huelen a jabones antiguos. Mi marido puede venir conmigo si quiere. Y si no, puede quedarse en casa de sus padres entre relojes y calendarios desordenados.







