El hombre disfrutaba de su raro día libre y, como buen madrileño, estaba recuperando horas de sueño cuando, de repente, sonó el timbre. ¿Quién demonios venía a molestar tan temprano? Con medio ojo abierto y el pijama de cuadros, abrió la puerta y se encontró con una señora mayor que, por cierto, no le sonaba de nada. Parecía un poco asustada.
¿A quién busca, señora? preguntó el hombre, sin mucho entusiasmo.
¿De verdad no reconoces a tu propia madre, hijo?
¿Mamá? Pero… ¡Pasa, anda! balbuceó, como quien ve un fantasma.
Recordaba perfectamente aquel fatídico día cuando le arrebataron a su madre. Esperó años, convencido de que algún día aparecería en el centro de menores donde vivió y lo llevaría a casa. Eventualmente el dolor se fue apagando. Terminó el instituto, luego la universidad, y finalmente montó su propio negocio en Madrid. Cuando le preguntaban por sus padres, respondía que habían fallecido (gran drama efectista). Aprendió a apañárselas solo y confiar únicamente en sí mismo. Autoconfianza, independencia y solvencia económica, cualquier rastro de su pasado quedaba bien disimulado, como buen castellano.
La mujer, por su parte, no recordaba ni en qué año la despojaron de la patria potestad. De joven, no se privó de nada, y el vino y los chupitos no ayudaron precisamente a su cerebro. Incluso tuvo una temporada en la cárcel, donde pensó en su hijo aunque el amor nunca fue lo suyo, sólo le daba algo de pena.
No fue hasta que nació su segundo hijo, Roberto, que le despertaron los instintos más maternales. Hubiera defendido al chaval como una leona, pero del primero ni se acordaba. Por el pequeño haría todo lo posible: no había sacrificio demasiado grande por verlo feliz.
El hijo menor salió a la madre, para qué negarlo. No tardó en pasearse por los centros de acogida, y a los 15 ya coleccionaba sentencias con la facilidad que otros coleccionan cromos de fútbol. Primero condena suspendida, luego cárcel. La madre, curtida en trifulcas, intentaba evitar que el chico acabase entre rejas, sabiendo de sobra cómo es la vida tras los barrotes. Y al enterarse de que al mayor le iba bien en la vida, se puso a buscarlo como si ofrecieran un premio en metálico.
Ahora estaba sentada en la casa de su hijo mayor, lloriqueando, tocándole el brazo, contándole sus aventuras y cómo suplicaba a Dios todos los días por el reencuentro. Él la escuchaba. Algo dentro le decía que mejor mantener las distancias. A pesar de todo, le alquiló un piso, le dio unos euros y le aseguró ayuda. Pero, precavido como buen castellano, no le quitaba el ojo.
Unos días antes de Navidad, el hombre fue al centro de menores de Salamanca donde se había criado. Llevaba juguetes y algo de comida. Allí se le acercó una cuidadora mayor.
Tu madre vino buscando tu dirección.
Sí. Gracias por ayudarla.
Pero ten cuidado. Quiere salvar a su hijo pequeño. Lo único que busca es dinero. No confíes, no te quiere, ni nunca te ha querido.
¿Tengo un hermano?
Sí, pregúntale tú mismo.
Se le hizo un nudo en la garganta. Le costaba respirar. No podía creer que su madre quisiera traicionarle otra vez. Pero, como buen español, se sobrepuso y fue a buscar respuestas. La madre no esperaba semejante interrogatorio y no quería decir nada del hermano menor, temiendo que el mayor le retirara la ayuda.
Días después, el hombre sufrió una paliza monumental. Los matones confesaron a la Guardia Civil que la madre les había pagado para acabar con él. Su idea era quedarse con la herencia y asegurarle a Roberto una vida cómoda y sin preocupaciones.
En el juzgado, la madre lloró, pidió el perdón de su hijo mayor. Pero él ya tenía sus conclusiones.
He vivido antes sin madre y viviré ahora también susurró, con lágrimas en los ojos y el orgullo castizo intacto.







