El viaje hacia la felicidad: Un nuevo comienzo para dos enamorados

El viaje hacia la felicidad: Un nuevo comienzo para dos enamorados.
Sofía, llena de ilusión, emprendía su camino hacia su amado, sintiendo que volaba sobre las alas de la felicidad. Por fin, su hijo había terminado el bachillerato y había logrado plaza en la Universidad Complutense de Madrid. Ahora, tras años de espera y sacrificios, ella y su marido podían comenzar su vida juntos.
Aquel mismo día que despidió a su hijo rumbo a la residencia universitaria, Sofía no lo dudó un instante: compró un billete de autobús y partió hacia Javier. Su matrimonio apenas llevaba dos años, pero entre los dos había una complicidad tan intensa como si se conocieran desde siempre.
No todo había sido sencillo en su historia. El inicio fue complicado y ambos atravesaron muchas tormentas. Sin embargo, el destino parecía prometerles una vida compartida. Al menos, eso creía Sofía con certeza.
Se conocieron hace ocho años, cuando Sofía aún cicatrizaba las heridas de su divorcio con el primero marido, Andrés. Durante largo tiempo no dejó entrar a nadie en su vida, pero Javier fue capaz de colarse poco a poco en su corazón. Incluso con él, Sofía se mostró reticente. Javier tuvo que esforzarse por demostrarle que no era como Andrés.
Tras seis meses de encuentros furtivos y cenas bajo la luz de las farolas en La Latina, decidieron irse a vivir juntos. Javier se mudó al piso de Sofía, pues su pequeño apartamento en Vallecas era demasiado estrecho para convivir en familia. Sofía tenía un hijo de diez años, Lucas; tranquilo y respetuoso, pero no le fue sencillo encontrar la palabra justa para el padrastro. Juegos de mesa, tardes de domingo poco a poco, se fue tejiendo el lazo entre ellos.
Pasaron tres años de convivencia cuando Javier empezó a hablar de casarse. Sin embargo, Sofía no veía sentido en acudir al Registro Civil. Creía que los papeles sólo suponían una carga; que, ni para hombres ni para mujeres, protegían del engaño. Ella era feliz como estaba, y temía perder esa tranquilidad.
Javier aceptó al principio, pero pronto descubrió que esa vida no le bastaba. Quería ver a Sofía convertida en su esposa, con todas las letras. Finalmente, la situación la llevó a un ultimátum: o se casaban, o cada cual por su camino.
A Sofía no le gustaba verse presionada y, dolida, eligió la separación. Y así fue, durante medio año.
Durante ese tiempo, Javier se mudó a Valencia, donde un viejo amigo le ofreció un trabajo mejor pagado. Rara vez regresaba a Madrid, quizá cada dos meses para visitar a sus padres. Y fue en una de esas vueltas cuando volvió a encontrarse con Sofía, por casualidad, en el parque de El Retiro.
Sofía paseaba, parecía tan serena, como si el mundo le sonriera. Pero cuando sus ojos se cruzaron con los de Javier, ambos volvieron a sentir aquel amor antiguo y profundo. Ninguno de los dos pudo ocultar lo que les ardía en el pecho.
Retomaron la relación, esta vez a distancia. A veces era ella quien viajaba a Valencia, otras veces él venía a Madrid. Cada encuentro era un delirio de emoción y ternura, planeado con esmero, pero siempre repleto de pasión.
Sus citas eran mensuales, rara vez dos veces en el mismo mes. Javier le insistía en que se mudase con él. Había conseguido comprar un piso de dos habitaciones en Ruzafa, aunque seguía pagando la hipoteca.
Sofía deseaba de corazón ese paso, pero entonces no podía cambiar su vida de golpe. Su hijo era adolescente y necesitaba su atención constante. Además, la madre de Sofía estaba enferma y requería sus cuidados. Durante más de dos años, Sofía luchó por su recuperación; finalmente, la salud de su madre mejoró.
¡A vivir! le dijo el médico satisfecho en la última visita al hospital.
María Teresa, su madre, ya no la necesitaba a diario, pero Lucas empezaba secundaria y no quería cambiar de colegio. Le pidió a su madre que esperara hasta acabar los estudios. Tocó alcanzar un compromiso, como tantas veces.
El verano que Lucas iba a pasar a bachillerato, Sofía y Javier finalmente se casaron en una sencilla ceremonia civil en el Ayuntamiento de Valencia. Ver la felicidad de Javier hizo que Sofía lamentase no haber aceptado antes, aunque ahora no valían los lamentos.
La vida seguía siendo una especie de matrimonio de fin de semana, si no fuera por los cientos de kilómetros que los separaban.
Ahora, Lucas ya había sido admitido en la universidad y Sofía, orgullosa de su hijo, por fin se atrevía a poner en orden su vida personal. No dijo nada a Javier de su plan: quería sorprenderle mudándose a Valencia de pronto.
Javier intuía que aquel día llegaría, pero desconocía la fecha exacta.
Sofía hizo la maleta, tomó el autobús y partió rumbo al reencuentro. Quería que ese día quedara grabado para siempre en el recuerdo de su marido. Se imaginaba a sí misma con un conjunto de encaje, esparciendo pétalos de rosa sobre la cama recién hecha, preparando una cena exquisita y esperando la llegada de Javier tras la jornada laboral.
El autobús avanzaba y Sofía soñaba con los detalles, convencida de que Javier estaría entusiasmado con la sorpresa. Pero fue ella quien, inesperadamente, recibió la sorpresa.
Al abrir la puerta del piso con su llave, un escalofrío la recorrió. Una joven de pelo rojo y ojos azules la miraba fijamente. Era guapa, radiante y muy joven.
¿Quién eres? le preguntó Sofía, manteniendo la voz firme.
Me llamo Covadonga. ¿Tú debes de ser Sofía? Perdona, me marcho de inmediato.
¿Cómo que te marchas? ¿Quién eres? exigió Sofía, casi temblando.
Por favor, no te enfades. Soy la novia de tu marido.
¿La novia de mi marido? balbuceó Sofía.
Con una determinación que nunca creyó tener, Sofía cerró la puerta suavemente tras de sí, dejando atrás todo lo que pensaba que era suyo, y supo en ese instante que comenzaba una nueva vida, sola, quien sabe a dónde, pero libre.

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Alba ya no siente resentimiento, solo perplejidad