Pérdida.
Román y Celia se cruzaron por primera vez en el instituto, allá por primero de Bachillerato. Él la vio una mañana cualquiera en uno de esos pasillos donde el eco de los gritos adolescentes rebota mejor que las pelotas en el patio. Celia, discreta y con los ojos escondidos bajo un bosque de pestañas imposibles, intentaba escabullirse mientras el resto de las chicas reían a mandíbula batiente y se intercambiaban cigarrillos como si fueran cromos.
A ver, chicos, tenemos compañera nueva: Celia Herrero anunció la tutora, interrumpiendo el alboroto de la clase de letras.
Celia por un segundo cruzó la mirada con Román. Desde ese instante, él supo que ahí caía un mito: había sido derrotado. Ganarse el corazón de esa muchacha no fue tarea sencilla, pero finalmente la muralla cayó, y en la graduación ya iban del brazo como novios de película de sobremesa. Desde entonces no se separaron.
Cada vez que Román se perdía en los lagos azul-claros de los ojos de Celia, sentía que sin ellos no podría vivir, como un boquerón fuera del mar.
Los años volaron más rápido que el AVE Madrid-Sevilla. Se licenciarion, encontraron trabajo y se casaron. Pensaron, como quien planea una escapada a la playa, en tener un hijo. Sin embargo, tras mil intentos y algún que otro disgusto en la consulta, Celia no conseguía quedarse embarazada. Tras varios rodeos, decidieron lanzarse al lío de la fecundación in vitro.
Y por fin, funcionó. Nueve meses después, la felicidad familiar cogió forma de bebé. La niña, a la que llamaron Alba, era un sol. Pero su alegría pronto encontró nubarrones: a Celia le diagnosticaron cáncer.
El destino, que parecía tener un sentido del humor muy torcido, quiso que mientras Alba crecía y se transformaba en el reflejo de su madre, Celia se apagaba como una vela al final de la noche.
Al cumplir Alba cinco años, su madre se fue de este mundo.
Con la muerte de Celia, algo dentro de Román se rompió. Hundido en su pena, agarró la copa como si fuese un salvavidas. Intentaba ahogar la tristeza, la rabia, y la culpa imposible de callar por pensar, muy en su fuero interno, que la niña tenía algo que ver con la enfermedad de Celia. Al fin y al cabo, el tratamiento de fertilidad había destapado el mal.
¿Por qué se fue mamá? se preguntaba Alba una y otra vez. ¿Habrá sido porque he sido mala? Y papá… ya ni me mira, creo que ha dejado de quererme murmuraba situada frente al espejo, donde se encontraba una versión desteñida de sí misma; papá está cambiado, siempre está enfadado…
Desde la cocina llegaban voces enfurruñadas y el estrépito de vasos estrellándose contra la encimera. El olor a orujo ya impregnaba cada rincón de la casa.
Otra vez va a gritarme… pensó Alba aterrorizada. Rápidamente se puso una chaquetilla fina, como quien se escapa a hurtadillas por la ventana, y salió de casa, procurando no hacer ruido al cruzar la puerta. Mejor desaparezco, no molesto más a papá…
Un otoño temprano apisonaba Madrid bajo una cúpula de plomo; la tarde se encogía deprisa, calada de lluvia y viento desapacible. Alba, con la cara azotada por el aire, caminaba entre desconocidos que sólo pensaban en guarecerse. Nadie reparaba en la niña, encogida y sola, paseando sin rumbo.
Sus tripas rugían pero ella intentaba pensar en cualquier cosa menos el hambre. A pocos metros, un hombre alto oculto tras el cuello subido de su abrigo la observó. Cuando la niña giró hacia el Retiro, el tipo la siguió discretamente.
Pero, ¿y tú qué miras? musitó Román dirigiéndose a la foto de Celia, que le devolvía desde la estantería la mirada de siempre. Me has dejado solo… gritó, mientras se arrancaba cabellos sucios y enredados.
De pronto, una ráfaga de aire fresco barrió el salón. Román levantó la cabeza y se pasó la lengua por los labios secos. Frente a él estaba Celia.
***
En el parque, poca gente. Alba, temblando, se sentó en un banco bajo la luz asfixiada de una farola. Cansada, con más dudas que certezas. De la penumbra emergió el hombre alto, sobresaltándola.
No temas, no te haré nada dijo él con voz suave, nada que ver con la de su padre, más bien melodiosa, como nanas antiguas.
Sí… respondió Alba, mordiéndose el labio para aguantar el temblor.
El desconocido la miró de arriba abajo y, sonriendo, le tendió la mano:
Pedro Villalta.
Mientras tanto, Román, perdido, no podía creer sus ojos. Trató de abrazar a Celia, pero atravesó su espectro y se dio un buen golpe contra la mesita.
Romi, sonrió Celia con tristeza, ni te dejé ni quería marcharme, la vida tuvo otros planes. Nadie es culpable de esto, y menos aún nuestra hija.
Román, frotándose la ceja, se quedó quieto frente al espectro.
Nuestra hija es lo único que queda de nosotros. Yo ya no puedo volver, pero ella te necesita. No la pierdas como me perdiste a mí…
Mientras escuchaba a Celia, Román sintió aflojarse ese nudo asqueroso en el pecho. Se echó a llorar, al fin.
Siempre estaré cerca; ahora, date prisa, Alba está en peligro apremió la voz de Celia, antes de desvanecerse como humo.
Román salió disparado hacia la puerta.
El Retiro… susurró Celia, y cuando Román miró atrás ya no quedaba ni rastro.
Con el corazón aporreando el pecho, se lanzó a correr, notando que el cuerpo poco entrenado y muy castigado le recordaba cada mala decisión de los últimos meses.
En el parque, mientras tanto, Pedro Villalta conversaba con Alba en un ambiente tan normal que nadie habría sospechado. Parecían un padre y una hija cualquiera. Cuando la niña se relajó, Pedro le ofreció un caramelo, que ella, confiando, se comió sin pensar.
Tienes frío. Ven, vamos a tomar un té calentito con pastas Pedro le ofreció la mano.
El último recuerdo que Alba tenía de su padre cogiéndole la mano era ya de otro tiempo.
No parece malo… pensó Alba, echando un último vistazo al hombre sonriente. Dudó unos instantes, pero aceptó. De repente, el suelo empezó a dar vueltas y las piernas le fallaron. Pedro, como si estuviera esperando, la atrapó. Un pequeño llavero con un unicornio rosa cayó desapercibido de su bolsillo.
Román, mientras tanto, había recorrido la mitad del Retiro sin rastro de la pequeña. Sudando a mares y con el cerebro en caos, empezaba a entender el daño causado. Suena una alarma en su cabeza.
Una farola, un banco vacío… Pero se detuvo en seco. En el asfalto mojado relucía el llamativo llavero de Alba.
A lo lejos, el ladrido de un perro le erizó la piel. Corrió tras el sonido.
¡Aparta a este demonio! gritaba Pedro Villalta, con Alba inerte sobre el hombro, mientras trataba de esquivar la embestida de un enorme rottweiler.
Una joven, bajita y decidida, forcejeaba con el animal, que no pensaba soltar el rastro.
Perdón, no sé qué le pasa, nunca se había puesto así… ¡Archie! tiraba ella de la correa desesperada, pero el perro ni caso.
¡Detente, desgraciado! una voz estalló entre los arbustos. Román apareció fuera de sí. ¡Devuélveme a mi hija, cabrón!
En ese instante, Archie se zafó.
***
Alba despertó en el hospital tras varias lavativas y goteros milagrosos. El caramelo llevaba regalo sorpresa. Herido por Archie y apaleado por Román, Pedro Villalta también acabó en Urgencias, pero escoltado por la Policía Nacional. Resultó ser un viejo conocido por delitos contra menores. Mejor ni pensar a dónde llevaba a Alba… aunque, por suerte, nunca lo sabrá.
La joven del perro, Elena, no tardó en visitar a la niña acompañada de Román. Más tarde contaría que en el Retiro, justo antes de todo, una mujer de ojos azules acarició al perro y le susurró algo; tras eso, Archie salió disparado y la condujo directa hasta Alba.
Alba se recuperó rápido, y tras unas cuantas pruebas médicas fue dada de alta. Román jamás volvió a probar una copa y se esforzó en ser un padre ejemplar y cariñoso. Elena se volvió asidua en casa. Nunca confesó que la mujer misteriosa del parque era la Celia de la foto que presidía el salón.
Princesa, sal que tenemos visita gritó Román mientras globos de colores flotaban por el techo. Elena apareció en el umbral.
Hoy Alba cumplía seis años y, créanme, era el mejor cumpleaños de su vida. Correteaba en un vestido rosa con mil capas como una mariposa coqueta. Elena escondía algo tras la espalda.
Felicidades, sol. Tengo una sorpresa para ti dijo con una sonrisa traviesa.
Alba aplaudió, brincando de emoción. De repente, la sorpresa de Elena ladró.
Te presento a Bruce en sus brazos tenía un cachorro regordete de rottweiler.
Ahora sí, Celia podía descansar tranquila; sus amores estarían bien. Un soplo de aire delicado acarició las caras felices de salón. La mamá de Alba se alejaba rumbo al cielo, bajo un Madrid luminoso.






