Claudia confiesa entre suspiros, en la penumbra de su salón en Madrid, que nunca quiso tener hijos. Ni siquiera le gustan los niños. Se casó a los veinte, tuvo a su hijo a los treinta. ¿Por qué lo hizo?
Ni ella lo sabe con certeza. Era lo que se esperaba, le decía su madre, Carmen, mientras le preparaba un café con leche en las mañanas frías. Nadie quiere que tengas cinco hijos, pero uno hace falta para que la familia esté completa. Todas lo hacen, deberías hacerlo también. Así podrás hacer tu vida y nadie te reprochará nada.
A lo largo de los años de matrimonio, las tías, vecinas y amigas no dejaban de mencionar la maternidad de Claudia. Era como si todo el mundo necesitara que cumpliera con su destino femenino. La abrumaban con sus comentarios, la hacían sentir extraña por no desear lo mismo.
No lo entiendodecían, los niños son la alegría del hogar. Todos la miraban con incomprensión y la urgían a tomar aquella decisión tan trascendental. Le advertían: Ya lo lamentarás cuando te hagas mayor, cuando te falte compañía y te veas sola.
Al final, Claudia cedió y trajo un hijo al mundo. Pero jamás sintió ese amor desbordante del que todos hablaban. Ningún milagro ocurrió, seguía sintiéndose indiferente. Aquella criatura rolliza no le despertaba ternura. Tampoco el niño que llegaba de la escuela con ramos enormes de claveles cada primavera. Ni siquiera el joven brillante en quien se convirtió su hijo logró despertar su afecto. Intentó todo lo que pudo para conectar, para sentir ese instinto maternal del que tanto le hablaron, pero nada funcionó.
Huía de su hijo. Se refugiaba en el trabajo, aceptando los puestos más ingratos. Cuando podía, se encerraba en la cocina a preparar una tortilla de patatas o a limpiar hasta dejar los suelos relucientes. Pero no ansiaba pasar tiempo con el niño.
Recuerdo una vezrelata Claudia con un nudo en la garganta, una amiga mandaba a su hija a pasar el verano con la abuela en Santander y luego lloraba porque la casa se le hacía inmensa y triste. Yo, en cambio, pensaba cuánto disfrutaría yo si pudiera enviar al mío lejos unos meses. Pero no podía, y a veces se me hacía cuesta arriba.
A pesar de todo, fue una madre responsable. Nunca culpó al hijo de la presión que sintió. Tuvo al niño debía educarlo, formarlo, darle lo mejor que pudiera. Y así lo hizo: leyó con él, jugó, le llevó a los tiovivos, a los parques del Retiro y al zoológico, intentó acompañarle en sus problemas, conoció a sus amigos. Luchó por ofrecerle una vida normal.
Cuando el chico tenía doce años, Claudia se divorció de su marido, Alejandro. El padre apenas se interesaba y, de cuando en cuando, le mandaba unos euros de manutención. Por fortuna, el muchacho era listo, prudente, respetuoso. Nunca dio problemas.
Le procuró una excelente educación y le ayudó a entrar en una empresa prestigiosa de Madrid. Incluso le prestó dinero para la entrada del piso que pidió con hipoteca.
Fue entoncesreconoce Claudia, ahora con una sonrisa levecuando sentí la libertad. Por fin mi hijo era autosuficiente, ya no dependía de mí. Pude empezar a vivir a mi manera, a dedicarme a cosas que siempre me habían ilusionado.
Hoy su hijo, Ignacio, tiene veintiocho años, está casado y tiene dos críos. Su nuera, Lucía, no logra entender cómo puede estar tan distante de su madre. Tu madre ni llama ni viene a ver a los niños, le reprocha. No le interesa, responde él, resignado. No hay contacto apenas, más allá de los festivos.
Claudia lo recuerda todo con una mezcla de tristeza y alivio. Mi nuera parecía pensar que podía manipularme. Si no haces lo que quiero, no verás a tus nietos más. ¿De verdad cree que eso es un castigo para mí? No quiero verlos. No necesito fingir. Y cuando lo ve, mi nuera se da cuenta de que no miento simplemente me es indiferente. Apenas nos vemos, y casi nunca lo necesito. Tal vez sea mala madre y peor abuela. No lo sé, pero no puedo ser de otra manera.
Ahora dice a sus conocidos: Si Ignacio no me llama, será que todo va bien. Si pasa algo, entonces vendrá. Lo cierto es que el hijo dedica su vida al trabajo y su madre no espera ya noticias suyas.
Ahora cada uno vive su vida. Claudia tiene un perro, Fígaro, y un pequeño huerto en las afueras de Madrid. Apenas dedica tiempo a pensar en el muchacho. Y es difícil juzgar si ha sido buena o mala madre, pues gracias a ella, el chico es un hombre de bien y ha encontrado su camino.







