Mis amigos llegaron con las manos vacías a una mesa repleta y yo cerré la puerta del frigorífico – Sergio, ¿de verdad crees que con tres kilos de lomo de cerdo será suficiente? La última vez arrasaron con todo, hasta empaparon la miga del pan en la salsa. Y Luchi, además, pidió un táper para “su perro”, pero luego presumió en Instagram de mi asado como si fuese su creación. Irene retorcía nerviosa el borde del paño de cocina, contemplando el campo de batalla en que se había convertido su cocina. Eran apenas las doce del mediodía y ya no sentía las piernas. Desde las seis estaba en pie: primero al mercado, para elegir la carne más fresca; luego al súper, por alcohol bueno y delicatessen; después, trocear, cocer, freír, preparar. Su marido, Sergio, pelaba patatas junto al fregadero con resignación creciente. – ¡Irene, es demasiado! – suspiró, viendo crecer la montaña de pieles. – Tres kilos para cuatro invitados y nosotros dos. ¡Medio kilo por cabeza! Van a reventar. Además, has preparado caviar, pescado, ensaladas hasta aburrir… Si no es una boda, es solo el estreno del piso, aunque sea con retraso. – No entiendes nada – bufó Irene, mezclando la salsa espesa al fuego. – Son nuestros viejos amigos: Susi y Nacho, Laura y Toni. Hace mil que no los vemos, vienen de otro barrio, me daría vergüenza una mesa pobre. Pensarían que nos hemos creído importantes por tener piso propio y nos hemos vuelto tacaños. Irene era así. Haber nacido en Castilla la convirtió en anfitriona de raza: de abuela que con cuatro cosas y un puchero alimentaba un regimiento. Para ella, recibir con poco era una falta de respeto imperdonable. Llevaba una semana planificando menús, buscando recetas, ahorrando de la nómina para comprar el brandy caro que le gustaba a Nacho y ese vino francés que prefería Susi. – Ojalá ellos también trajeran algo – murmuró Sergio. – Cuando fue el cumple de Toni llevamos un regalo caro, nuestro vino y hasta horneaste tú el pastel. ¿Y ellos? ¿Te acuerdas cuando les visitamos? Solo había infusiones del súper y galletas duras. – No seas rencoroso – le reprendió Irene. – Aquella época estaban fatal, con la hipoteca y las obras. Ahora les va bien: Nacho ha ascendido, Laura presume de abrigo nuevo… A lo mejor traen algo: una tarta, fruta… Yo no hice postre a propósito, ya le insinué a Susi que el dulce lo pusieran ellos. A las cinco la casa brillaba; la mesa, parecía el escaparate de una charcutería gourmet. En el centro, lengua en gelatina; a su alrededor, ensaladeras con ensaladilla rusa (de lengua y colas de río, ¡no de fiambre barato!); arenques bajo tapiz de remolacha, decorados con caviar; tablas de ahumados y embutidos caseros. En el horno, el codiciado lomo asado con patatas al estilo castizo y setas. En el frigorífico, aguardaban la Finlandia, el brandy caro y tres botellas de vino. Con el último aliento, Irene se puso su mejor vestido, se arregló y se sentó a esperar el timbre. – Estoy de los nervios – confesó a Sergio, que abotonaba la camisa. – La primera reunión en casa nueva… Quiero que todo salga perfecto. A las cinco en punto, sonó el timbre. Al abrir, entró el grupo en tromba: Susi con su abrigo de visón (costaba casi la reforma entera de Irene), Nacho luciendo cazadora de cuero, Laura maquillada de evento y Toni ya algo alegre. – ¡Viva los caseros nuevos! – gritó Susi entre risas y kilos de perfume dulzón. – ¡Enseñadnos el palacio! Todos se desnudaban, Susi entregaba chaquetas y abrigos a Sergio, que no daba abasto colgándolos. Irene, sonriente, revisó de reojo: en las manos de los cuatro… nada. Ni una bolsa, ni una caja de dulces, ni una botella, ni siquiera una triste tableta de chocolate. – ¿No habéis traído…? – empezó Irene, pero se calló. Igual lo dejaron en el coche, o en el bolso algo pequeño. – ¡Irene, has adelgazado un montón! – Laura le plantó un beso sin descalzarse y se adentró en el piso. – El piso es mono, aunque sencillo. ¿Papeles para pintar? Uy, parece una oficina. Mejor habríais puesto papel satinado. – Nos gusta el minimalismo – replicó Sergio. – Pero pasad al salón, ¡que está todo listo! Nada más ver la mesa, a Nacho le brillaron los ojos: – ¡Menuda orgía culinaria! – frotándose las manos. – Ya sabía yo que el menú iba a ser espectacular. Venimos en ayunas, reservando sitio para tu asado famoso. Se acomodaron. Irene fue a la cocina por los aperitivos calientes (champiñones gratinados) y una idea le rondaba: “¿Serán tan cutres como para felicitar solo con palabras? ¿O igual han traído un sobre con dinero y por eso vienen con las manos vacías?”. Al volver, el grupo ya atacaba las ensaladas, sin esperar brindis. – ¡Qué buena la ensaladilla! – masculló Toni. – Sergio, echa un trago, ¿qué esperamos? ¡Estoy seco! Sergio sirvió vodka a los hombres y vino a las mujeres. – Por la casa nueva – brindó Nacho. – Que viváis… medianamente bien. Que no se rajen las paredes y no os inunden los vecinos. ¡Salud! Tragó de un golpe, olisqueó la manga y ya pinchaba la trucha ahumada. – Oye, Irene… ¿por qué el vodka está del tiempo? ¡Se tiene que servir helado! – Salió de la nevera, Nacho – contestó Irene con voz tensa. – Está a cinco grados, como se debe. – Sí, claro… Frío, frío tiene que ser para que no pase… Bueno, da igual, cuela. Y ¿brandy tienes para después? – Sí – planteó Irene – pero… ¿no preferís comer primero? – ¡Lo uno no quita lo otro! – rió Toni. La merienda se encendía. La comida desaparecía de los platos a velocidad de récord. Comían como si vinieran del desierto. Eso sí, todo lo criticaban. – El arenque está seco – sentenció Susi mientras repetía por tercera vez. – ¿No has puesto suficiente mahonesa? ¿Estás ahorrando? – Es mahonesa casera, no tan grasa – justificó Irene. – Bah, ¡qué tontería! – zanjó Laura. – Mejor comprar el bote, más fácil y sabroso. Y el caviar, menudo grano: ¿es de salmón? Mejor el de esturión, que es más grande. Irene cruzó una mirada con Sergio: su marido, rojo, tensando el cubierto como si estuviera en guerra. – ¿Qué tal os va a vosotros? – cambió de tema Sergio. – Susi, tengo entendido que estuviste en Dubái… – ¡Ay, Dubái, qué sueño! – exclamó Susi con pose viajera. – Hotel cinco estrellas, todo incluido, langostas, champán… De allí me traje un bolso Louis Vuitton, original, ¡doscientos mil me costó! Nacho protestó, pero le dije: ¡la vida es para vivirla! – Las mujeres, gastonas – apuntó Nacho, sirviéndose brandy a placer. – Yo pronto me pillo coche nuevo, he ahorrado. Nosotros no gastamos en tonterías, como las obras… – ¿”Tonterías”? – no entendió Irene. – Que las paredes son solo eso – explicó Laura. Nosotros llevamos diez años igual, con las de la abuela. Pero viajamos cada año, compramos ropa de marca… Lo vuestro es cemento. ¡Vivís aburridos! – Hablando de comer… – interrumpió Toni, dejándose caer sobre el mantel sucia la servilleta. – Ayer fuimos a “La Tasquita” y, madre, qué menú. Caro, pero de categoría. No como aquí, picoteando. ¿Y el plato fuerte, para cuándo? ¡Esto es puro verdeo! Irene recogía platos sucios con las manos temblando de indignación. “Se han gastado un dineral en restaurantes y en unas vacaciones, y llegan aquí a pulirse todo… ¡y ni un mal detalle nos traen! Ni una planta, ni un dulce.” Se fue a la cocina, seguida por Susi, que entró en plan “te ayudo”, pero realmente quería cotillear a gusto. – Irene, menuda mesa, pero chica, se nota que estáis pelados. Este vino… regularcillo, lo bebo yo en el campo. Podías haberte estirado, ¿no? – Es vino francés, Susi, dos mil la botella – respondió Irene con los dientes apretados. – ¡Anda ya! Te timaron. Está agrio. Oye, ¿te sobró algo para mañana? Nacho y yo seguro estaremos resacosos e igual no cocinamos. Algún táper de carne, ensalada… Como has hecho para un regimiento, si no se pierde. Irene se detuvo con el plato en la mano, la miró fijamente. – ¿Quieres que te prepare la cena para llevar? – Claro, mujer, todo el mundo lo hace. ¡Así ahorramos! – soltó Susi. – Por cierto, ¿hay postre? Me muero por algo dulce. ¿Tienes tarta? – Dije que el postre os tocaba a vosotros – le recordó Irene, seca. – ¿Yo? ¡Ni hablar! Yo estoy a dieta, no compro dulces. Pensé que tú harías uno de esos tuyos, el “Milhojas” que bordas o una tarta decente. Venimos con las manos vacías, porque aquí no falta de nada. ¡Sois ricos ya, con piso propio! Irene devolvió el plato a la encimera. El golpe del porcelán sonó como un disparo. – ¿Así que creíais que aquí sobraba todo? ¿Que éramos ricos? – ¡Claro! Si pagáis hipoteca, hacéis obras… Aquí hay pasta. Nosotros aún ahorramos para veranear. Anda, saca la carne, los chicos se mueren de hambre. Irene, muda, recordó los préstamos para Susi, las mudanzas gratis para Nacho, la costumbre de llegar vacíos pero irse con los tuppers llenos, invitar una vez cada cinco años poniendo croquetas congeladas… Se acercó al horno, olisqueó el aire al romero y ajo; vio la tarta de frambuesas carísima en el frigo, un capricho para sorprender aunque acordasen lo del postre. Pero cerró el horno. Apagó el gas. Apretó la puerta del frigorífico. – No habrá carne – anunció, firme. – ¿Cómo? ¿Se quemó? – exclamó Susi. – No. Simplemente, no la habrá. Irene entró en el salón. Los hombres debatían política, Sergio con cara de funeral. – Queridos invitados – dijo Irene, su voz sonaba como una cuerda de guitarra en tensión – la fiesta se ha terminado. Todos enmudecieron. Nacho congeló el vaso en el aire. – Irene, ¿qué dices? Si ni siquiera nos has dado el asado. ¡Lo prometiste! – Lo prometí. Pero he cambiado de opinión. – ¡Pero si estamos hambrientos! ¡Los entrantes son para picar! ¡Saca la carne! – Ahí se queda. Y vosotros… cogéis vuestras cosas, os ponéis el abrigo y os vais a casa. O al restaurante ese tan caro. Allí os saciarán. – ¿Se te ha ido la olla? – chilló Toni. – Sergio, controla a tu mujer. ¡Esto es una falta de respeto a los invitados! Sergio se levantó despacio. Miró a su mujer, después al grupo. Vio el temblor de Irene, el brillo de las lágrimas. Y comprendió todo. – Irene no está borracha. Irene está cansada – replicó Sergio – Vinisteis aquí sin ni un mísero detalle, os habéis bebido mi brandy, habéis criticado la comida de mi mujer, tachado nuestro vino de malo, y de nuestra casa, una oficina. ¿Y ahora reclamáis carne? – ¡Pero era broma! – aulló Susi. – ¡Olvidamos traer el pastel, pero trajimos alegría! – ¿Alegría gratis, a nuestra costa? – preguntó Irene. – Se acabó, gracias. Yo pasé toda la mañana cocinando, gastando medio sueldo para haceros felices. Y vosotros no sois más que unos aprovechados. Viajáis a Dubái, pero os cuesta gastar unos euros en bombones para la anfitriona. – ¿Así que nos echas en cara la comida? ¡Pues ahogaos con ella! ¡Vámonos! ¡No vuelvo a pisar esta casa! ¡Avariciosos! – gritó Nacho. – Por favor – dijo Sergio abriendo la puerta – y no olvidéis vuestros táperes. Vacíos. Se marcharon con estruendo, Susi chillando que nunca volvería a ser amiga de Irene, que contaría a todos su “tacañería histérica”, Laura protestando por la noche “estropeada”, los chicos, maldiciendo. Cerrada la puerta, el silencio fue absoluto. Irene miraba el desastre de platos y manchas en el mantel. Sergio le rodeó los hombros. – ¿Estás bien? – preguntó quedo. – Me tiemblan las manos – respondió ella. – Sergio, ¿he sido tacaña? ¿Debería haber callado y servido la comida? Al fin y al cabo, eran invitados… – No, Irene. Has empezado a respetarte. Estoy orgulloso de ti. Hubiese hecho yo lo mismo. Ellos han cruzado la línea. Irene suspiró y se refugió en él. – ¿Y la carne? – preguntó Sergio con sorna al cabo de un rato – ¿de verdad está ahí? Porque huele que alimenta. Irene, por fin, se echó a reír de corazón. – Sí, Sergio. Y la tarta, también. Una enorme, con frutas. Se sentaron entre los platos sucios y apartaron lo indispensable. Irene sacó del horno la carne dorada, la tarta, y sirvió ese “vino ácido” que resultó ser un delicioso Burdeos. – Por nosotros – brindó Sergio. – Por que solo entren en nuestra casa quienes vengan con el corazón abierto, y no con la cuchara vacía. Cenaron el mejor asado de sus vidas, en el mejor silencio. Al rato, sonó el móvil de Irene. Susi escribía: “¡Vaya tía! Aquí estamos en el McDonald’s muertos de hambre por tu culpa. Perdona algo, ¿no te da vergüenza?”. Irene sonrió, pulsó “bloquear”, lo mismo con los cuatro contactos. La agenda se quedó en cuatro amigos menos. El aire, en su casa, ganó espacio. Y la nevera, nave llena de manjares, no guardaría ni una migaja para quien no la mereciese. Porque la verdadera amistad va en doble sentido, y a veces un frigorífico cerrado es la mejor forma de respetarse a uno mismo.

Hoy me apetecía dejar constancia de lo ocurrido, quizá para releerlo algún día y no volver a tropezar con la misma piedra. Todo empezó con una pregunta habitual de Carmen, mi mujer, mientras preparaba el gran convite para la cena de inauguración de nuestra nueva casa en Valladolid.

Ramón, ¿tú crees que con tres kilos de lomo de cerdo va a ser suficiente? Ya sabes cómo son cuando vienen: en la última reunión no dejaron ni las migas del pan y, mira, Lucía incluso pidió un táper, dizque para su perro ¡y luego subió fotos a Instagram de mi asado, como si fuera suyo!

A Carmen nunca le faltaba esa preocupación por si el festín quedaba corto. Llevaba toda la mañana de un lado a otro: primero a la plaza del Mercado para elegir buena carne, después al supermercado del barrio en busca de un Ribera del Duero decente y ese brandy que tanto le gusta a Miguel. Desde las seis estaba en pie. La cocina parecía zona de guerra, y entre tanto bártulo, yo pelando patatas, algo resignado.

Carmen, mujer, ¿cuánto vas a preparar? Tres kilos de carne dan hasta para rebañar le dije, lavando las patatas. Somos cuatro invitados y nosotros dos. Si nos ponemos a sumar, sale medio kilo por persona. ¡Van a reventar! Has traído marisco, varios entrantes, ensaladas No celebramos una boda, sólo queremos mostrarles el piso, aunque sea con retraso.

Ella agitó la cuchara, removiendo la salsa en la sartén, sin dejar de mirar los canapés.

No lo entiendes insistió. Es que vienen Pilar y Miguel, y Lucía con Antonio. Hace meses que no nos vemos. Es feo poner una mesa de pobre, ahora que tenemos piso nuevo. Ya sabes cómo es esta gente: ya estarán pensando que nos hemos vuelto tacaños desde que firmamos la hipoteca.

La hospitalidad en Carmen es un asunto genético. Lo heredó de su abuela, esa mujer capaz de invitar a comer a media compañía del cuartel sólo con patatas y huevos, y aún así sobrar comida. Para ella, recibir visitas es sinónimo de banquete, cueste lo que cueste.

Bueno, ojalá esta vez se estiren un poco murmuré. Cuando fue el cumpleaños de Antonio, llevamos regalo, vino, y tú hiciste un brazo de gitano. ¿Y ellos? ¿No recuerdas aquella tarde que pasamos por su casa de sorpresa? Infusiones de sobre y rosquillas rancias.

No seas rencoroso, Ramón me cortó. Aquello fue en mala época, iban justos por la reforma y la hipoteca. Ahora las cosas les van mejor. Miguel tiene puesto nuevo, Lucía se compró abrigo y no para de presumir Seguro que traen algo. Yo les insinué lo del postre: a ver si se presentan con tarta o fruta.

A las cinco de la tarde, la casa relucía y el salón era digno de portada en una revista gourmet: en el centro, un plato de lengua en escabeche, rodeado de ensaladilla con gambas, bacalao ahumado, canapés de cecina, jamón ibérico cortado a cuchillo y queso manchego. El horno conservaba el asado de lomo con patatas al estilo castellano, y en la nevera reposaban varias botellas de vino y ese brandy Gran Reserva, que a mí me duele más en el bolsillo que en el hígado.

Carmen, agotada pero radiante, se puso su vestido favorito y se sentó a esperar, nerviosa.

Me tiemblan las manos confesó mientras abotonaba mi camisa. Es la primera vez que vienen aquí. Quiero que salga perfecto.

El timbre sonó puntual, a las siete en punto. Salió disparada a abrir. Allí estaban: Pilar con su abrigo nuevo, Lucía luciendo maquillaje de artista, Miguel con pose de ejecutivo y Antonio, con las mejillas ya coloradas.

¡Eso sí que es entrar en una mansión! bromeó Pilar, inundando el recibidor de su perfume caro. Venga, enseñadnos el castillo.

Mientras me hacen entrega de abrigos, reparo en un detalle: todos vienen con las manos vacías. Ni una bolsa de pasteles, ni una botella, ni siquiera crespones de pan. Carmen, por educación, no pregunta. Quizá lo guardan en el coche, pensé. O prefieren sorprendernos más tarde.

Lucía fue la primera en hacer un comentario mientras miraba los alisados del salón:

Qué minimalista Yo hubiese apostado por papel pintado de damasco. Esto parece una oficina.

Intenté defendernos discretamente.

Nos gusta la sencillez. Pasad, la mesa está puesta.

Al ver la mesa, a Miguel se le iluminaron los ojos.

¡Madre mía, Carmen! Así da gusto venir. He guardado ayuno todo el día para tu asado. Sabía yo que aquí se come bien.

Sin esperar a nada, todos se sentaron. Yo apenas pude servir las bebidas cuando Antonio ya atacaba la ensaladilla.

Esto está de muerte decía, empujando a que sirva más vino. Ramón, hazme el favor, que vengo seco.

Bebimos un brindis rápido, sin demasiado entusiasmo por su parte.

Por vosotros y vuestra casa dijo Miguel, ojalá no se os caigan los techos y los vecinos no sean unos pesados. Salud.

Apenas tomaron el primer bocado, comenzaron las críticas. Pilar ponía pegas a la ensaladilla:

Le falta mayonesa, Carmen, ¿te habrás ahorrado? Mi madre la hace más cremosa.

La preparo casera, así es más ligera defendió mi mujer.

Bah, tonterías de modernas, con la de bote sale mejor. Y la cecina, ¿es de León? La noto poco curada.

Me crucé una mirada con Carmen, que ya estaba encendida.

Intenté cambiar de tema.

Miguel, ¿te marchas de viaje otra vez? pregunté.

Pues justo, vuelvo de las Canarias. Lujo absoluto: spa, bufé libre, y me gasté un dineral en una cartera de piel. Pero oye, hay que darse caprichos, la vida son dos días.

Nosotros sí que sabemos intervino Lucía. Este año nada de aburridos muebles ni cocinas nuevas. Preferimos gastar en ropa y buenos restaurantes. ¡Vosotros estáis obsesionados con la casa, así no se vive!

Antonio zanjó el debate, limpiándose los labios con la servilleta, que dejó caer sobre el mantel:

Estuvimos ayer en el ‘Botín’. Eso sí que es cocina de categoría, aunque el menú nos salió por un pastizal. Pero merece la pena, no como esto de andar guisando en casa. Carmen, ¿falta mucho para la carne? Que las ensaladas no quitan el hambre

En la cocina, Carmen se movía nerviosa cuando Pilar entró, según ella, para ayudar.

Ay, Carmen, con razón estáis tan agotados chismorreó. El vino, normalito, ¿no? Nosotros lo compramos mejor para la playa. Oye, ¿tú podrías preparar un táper? Seguro sobra carne y ensaladilla, y mañana me da una pereza cocinar Además, para dos da para varios días.

Carmen se quedó parpadeando, paralizada.

¿Un táper para llevarte comida?

Claro, siempre lo hacemos. Así ahorramos rió Pilar. Por cierto, ¿hay postre bueno? ¿Una tarta? Pensé que tú prepararías tu famoso roscón.

Pero dijiste que traías tú el postre le recordó Carmen, baja la voz.

¿Yo? Pero qué cosas dices. Yo ya no tomo dulce, lo suponía por ti: con casa nueva, seguro que lo tenías todo. ¡Si ahora sois los ricos!

Carmen, en silencio, cerró el horno y la puerta de la nevera. Salió decidida al salón.

Queridos, la cena ha terminado.

Todos giraron la cabeza.

¿Cómo que ha terminado? Carmen, ¡falta la carne! protestó Miguel.

No habrá carne. Se queda en el horno. Agradecemos la visita, pero creo que ya es hora de que os marchéis. Quizá en ‘Botín’ os traten mejor.

Ramón, dile algo a tu mujer interpeló Antonio, que ya nos echa de la casa.

Me levanté y miré a Carmen, a punto de romper a llorar.

Carmen tiene razón. Habéis venido con las manos vacías, criticando la casa, la comida, el vino y aún esperáis que os llenemos el táper. Hoy se acabó.

¡Nos dejas con hambre! ¡Y encima nos insultas! bramó Lucía. Nunca más volveremos.

Salieron hablando alto, ofendidos, dejando la casa como un cuadro: copas vacías, migas y manchas de tinto en el mantel.

Carmen se derrumbó en mis brazos.

Ramón, ¿he sido muy dura? ¿Soy una egoísta?

Para nada. Has hecho bien en ponerles el límite. Estoy orgulloso de ti. Ya era hora de dejar de ser alfombra para quien sólo viene a aprovecharse.

Sonrió y, por primera vez en toda la velada, nos sentamos juntos, rodeados del desastre, y sacamos el asado y la tarta que había escondido. Brindamos con el tinto mediocre y comimos como reyes.

Poco después, el móvil de Carmen vibró. Pilar le había escrito: Eres de lo peor. Estamos ahora en el McDonalds. Por tu culpa cenamos basura. Ya te vale.

Carmen leyó, y, tras una carcajada, borró y bloqueó a todos. La agenda quedó más ligera. La casa llena de aire fresco, la mesa preparada para los próximos días y, sobre todo, una lección grabada a fuego: la verdadera amistad no entra con las manos vacías, ni con el corazón cerrado.

Hoy sé que a veces, la mejor manera de respetarse es saber cuándo cerrar el frigorífico.

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Mis amigos llegaron con las manos vacías a una mesa repleta y yo cerré la puerta del frigorífico – Sergio, ¿de verdad crees que con tres kilos de lomo de cerdo será suficiente? La última vez arrasaron con todo, hasta empaparon la miga del pan en la salsa. Y Luchi, además, pidió un táper para “su perro”, pero luego presumió en Instagram de mi asado como si fuese su creación. Irene retorcía nerviosa el borde del paño de cocina, contemplando el campo de batalla en que se había convertido su cocina. Eran apenas las doce del mediodía y ya no sentía las piernas. Desde las seis estaba en pie: primero al mercado, para elegir la carne más fresca; luego al súper, por alcohol bueno y delicatessen; después, trocear, cocer, freír, preparar. Su marido, Sergio, pelaba patatas junto al fregadero con resignación creciente. – ¡Irene, es demasiado! – suspiró, viendo crecer la montaña de pieles. – Tres kilos para cuatro invitados y nosotros dos. ¡Medio kilo por cabeza! Van a reventar. Además, has preparado caviar, pescado, ensaladas hasta aburrir… Si no es una boda, es solo el estreno del piso, aunque sea con retraso. – No entiendes nada – bufó Irene, mezclando la salsa espesa al fuego. – Son nuestros viejos amigos: Susi y Nacho, Laura y Toni. Hace mil que no los vemos, vienen de otro barrio, me daría vergüenza una mesa pobre. Pensarían que nos hemos creído importantes por tener piso propio y nos hemos vuelto tacaños. Irene era así. Haber nacido en Castilla la convirtió en anfitriona de raza: de abuela que con cuatro cosas y un puchero alimentaba un regimiento. Para ella, recibir con poco era una falta de respeto imperdonable. Llevaba una semana planificando menús, buscando recetas, ahorrando de la nómina para comprar el brandy caro que le gustaba a Nacho y ese vino francés que prefería Susi. – Ojalá ellos también trajeran algo – murmuró Sergio. – Cuando fue el cumple de Toni llevamos un regalo caro, nuestro vino y hasta horneaste tú el pastel. ¿Y ellos? ¿Te acuerdas cuando les visitamos? Solo había infusiones del súper y galletas duras. – No seas rencoroso – le reprendió Irene. – Aquella época estaban fatal, con la hipoteca y las obras. Ahora les va bien: Nacho ha ascendido, Laura presume de abrigo nuevo… A lo mejor traen algo: una tarta, fruta… Yo no hice postre a propósito, ya le insinué a Susi que el dulce lo pusieran ellos. A las cinco la casa brillaba; la mesa, parecía el escaparate de una charcutería gourmet. En el centro, lengua en gelatina; a su alrededor, ensaladeras con ensaladilla rusa (de lengua y colas de río, ¡no de fiambre barato!); arenques bajo tapiz de remolacha, decorados con caviar; tablas de ahumados y embutidos caseros. En el horno, el codiciado lomo asado con patatas al estilo castizo y setas. En el frigorífico, aguardaban la Finlandia, el brandy caro y tres botellas de vino. Con el último aliento, Irene se puso su mejor vestido, se arregló y se sentó a esperar el timbre. – Estoy de los nervios – confesó a Sergio, que abotonaba la camisa. – La primera reunión en casa nueva… Quiero que todo salga perfecto. A las cinco en punto, sonó el timbre. Al abrir, entró el grupo en tromba: Susi con su abrigo de visón (costaba casi la reforma entera de Irene), Nacho luciendo cazadora de cuero, Laura maquillada de evento y Toni ya algo alegre. – ¡Viva los caseros nuevos! – gritó Susi entre risas y kilos de perfume dulzón. – ¡Enseñadnos el palacio! Todos se desnudaban, Susi entregaba chaquetas y abrigos a Sergio, que no daba abasto colgándolos. Irene, sonriente, revisó de reojo: en las manos de los cuatro… nada. Ni una bolsa, ni una caja de dulces, ni una botella, ni siquiera una triste tableta de chocolate. – ¿No habéis traído…? – empezó Irene, pero se calló. Igual lo dejaron en el coche, o en el bolso algo pequeño. – ¡Irene, has adelgazado un montón! – Laura le plantó un beso sin descalzarse y se adentró en el piso. – El piso es mono, aunque sencillo. ¿Papeles para pintar? Uy, parece una oficina. Mejor habríais puesto papel satinado. – Nos gusta el minimalismo – replicó Sergio. – Pero pasad al salón, ¡que está todo listo! Nada más ver la mesa, a Nacho le brillaron los ojos: – ¡Menuda orgía culinaria! – frotándose las manos. – Ya sabía yo que el menú iba a ser espectacular. Venimos en ayunas, reservando sitio para tu asado famoso. Se acomodaron. Irene fue a la cocina por los aperitivos calientes (champiñones gratinados) y una idea le rondaba: “¿Serán tan cutres como para felicitar solo con palabras? ¿O igual han traído un sobre con dinero y por eso vienen con las manos vacías?”. Al volver, el grupo ya atacaba las ensaladas, sin esperar brindis. – ¡Qué buena la ensaladilla! – masculló Toni. – Sergio, echa un trago, ¿qué esperamos? ¡Estoy seco! Sergio sirvió vodka a los hombres y vino a las mujeres. – Por la casa nueva – brindó Nacho. – Que viváis… medianamente bien. Que no se rajen las paredes y no os inunden los vecinos. ¡Salud! Tragó de un golpe, olisqueó la manga y ya pinchaba la trucha ahumada. – Oye, Irene… ¿por qué el vodka está del tiempo? ¡Se tiene que servir helado! – Salió de la nevera, Nacho – contestó Irene con voz tensa. – Está a cinco grados, como se debe. – Sí, claro… Frío, frío tiene que ser para que no pase… Bueno, da igual, cuela. Y ¿brandy tienes para después? – Sí – planteó Irene – pero… ¿no preferís comer primero? – ¡Lo uno no quita lo otro! – rió Toni. La merienda se encendía. La comida desaparecía de los platos a velocidad de récord. Comían como si vinieran del desierto. Eso sí, todo lo criticaban. – El arenque está seco – sentenció Susi mientras repetía por tercera vez. – ¿No has puesto suficiente mahonesa? ¿Estás ahorrando? – Es mahonesa casera, no tan grasa – justificó Irene. – Bah, ¡qué tontería! – zanjó Laura. – Mejor comprar el bote, más fácil y sabroso. Y el caviar, menudo grano: ¿es de salmón? Mejor el de esturión, que es más grande. Irene cruzó una mirada con Sergio: su marido, rojo, tensando el cubierto como si estuviera en guerra. – ¿Qué tal os va a vosotros? – cambió de tema Sergio. – Susi, tengo entendido que estuviste en Dubái… – ¡Ay, Dubái, qué sueño! – exclamó Susi con pose viajera. – Hotel cinco estrellas, todo incluido, langostas, champán… De allí me traje un bolso Louis Vuitton, original, ¡doscientos mil me costó! Nacho protestó, pero le dije: ¡la vida es para vivirla! – Las mujeres, gastonas – apuntó Nacho, sirviéndose brandy a placer. – Yo pronto me pillo coche nuevo, he ahorrado. Nosotros no gastamos en tonterías, como las obras… – ¿”Tonterías”? – no entendió Irene. – Que las paredes son solo eso – explicó Laura. Nosotros llevamos diez años igual, con las de la abuela. Pero viajamos cada año, compramos ropa de marca… Lo vuestro es cemento. ¡Vivís aburridos! – Hablando de comer… – interrumpió Toni, dejándose caer sobre el mantel sucia la servilleta. – Ayer fuimos a “La Tasquita” y, madre, qué menú. Caro, pero de categoría. No como aquí, picoteando. ¿Y el plato fuerte, para cuándo? ¡Esto es puro verdeo! Irene recogía platos sucios con las manos temblando de indignación. “Se han gastado un dineral en restaurantes y en unas vacaciones, y llegan aquí a pulirse todo… ¡y ni un mal detalle nos traen! Ni una planta, ni un dulce.” Se fue a la cocina, seguida por Susi, que entró en plan “te ayudo”, pero realmente quería cotillear a gusto. – Irene, menuda mesa, pero chica, se nota que estáis pelados. Este vino… regularcillo, lo bebo yo en el campo. Podías haberte estirado, ¿no? – Es vino francés, Susi, dos mil la botella – respondió Irene con los dientes apretados. – ¡Anda ya! Te timaron. Está agrio. Oye, ¿te sobró algo para mañana? Nacho y yo seguro estaremos resacosos e igual no cocinamos. Algún táper de carne, ensalada… Como has hecho para un regimiento, si no se pierde. Irene se detuvo con el plato en la mano, la miró fijamente. – ¿Quieres que te prepare la cena para llevar? – Claro, mujer, todo el mundo lo hace. ¡Así ahorramos! – soltó Susi. – Por cierto, ¿hay postre? Me muero por algo dulce. ¿Tienes tarta? – Dije que el postre os tocaba a vosotros – le recordó Irene, seca. – ¿Yo? ¡Ni hablar! Yo estoy a dieta, no compro dulces. Pensé que tú harías uno de esos tuyos, el “Milhojas” que bordas o una tarta decente. Venimos con las manos vacías, porque aquí no falta de nada. ¡Sois ricos ya, con piso propio! Irene devolvió el plato a la encimera. El golpe del porcelán sonó como un disparo. – ¿Así que creíais que aquí sobraba todo? ¿Que éramos ricos? – ¡Claro! Si pagáis hipoteca, hacéis obras… Aquí hay pasta. Nosotros aún ahorramos para veranear. Anda, saca la carne, los chicos se mueren de hambre. Irene, muda, recordó los préstamos para Susi, las mudanzas gratis para Nacho, la costumbre de llegar vacíos pero irse con los tuppers llenos, invitar una vez cada cinco años poniendo croquetas congeladas… Se acercó al horno, olisqueó el aire al romero y ajo; vio la tarta de frambuesas carísima en el frigo, un capricho para sorprender aunque acordasen lo del postre. Pero cerró el horno. Apagó el gas. Apretó la puerta del frigorífico. – No habrá carne – anunció, firme. – ¿Cómo? ¿Se quemó? – exclamó Susi. – No. Simplemente, no la habrá. Irene entró en el salón. Los hombres debatían política, Sergio con cara de funeral. – Queridos invitados – dijo Irene, su voz sonaba como una cuerda de guitarra en tensión – la fiesta se ha terminado. Todos enmudecieron. Nacho congeló el vaso en el aire. – Irene, ¿qué dices? Si ni siquiera nos has dado el asado. ¡Lo prometiste! – Lo prometí. Pero he cambiado de opinión. – ¡Pero si estamos hambrientos! ¡Los entrantes son para picar! ¡Saca la carne! – Ahí se queda. Y vosotros… cogéis vuestras cosas, os ponéis el abrigo y os vais a casa. O al restaurante ese tan caro. Allí os saciarán. – ¿Se te ha ido la olla? – chilló Toni. – Sergio, controla a tu mujer. ¡Esto es una falta de respeto a los invitados! Sergio se levantó despacio. Miró a su mujer, después al grupo. Vio el temblor de Irene, el brillo de las lágrimas. Y comprendió todo. – Irene no está borracha. Irene está cansada – replicó Sergio – Vinisteis aquí sin ni un mísero detalle, os habéis bebido mi brandy, habéis criticado la comida de mi mujer, tachado nuestro vino de malo, y de nuestra casa, una oficina. ¿Y ahora reclamáis carne? – ¡Pero era broma! – aulló Susi. – ¡Olvidamos traer el pastel, pero trajimos alegría! – ¿Alegría gratis, a nuestra costa? – preguntó Irene. – Se acabó, gracias. Yo pasé toda la mañana cocinando, gastando medio sueldo para haceros felices. Y vosotros no sois más que unos aprovechados. Viajáis a Dubái, pero os cuesta gastar unos euros en bombones para la anfitriona. – ¿Así que nos echas en cara la comida? ¡Pues ahogaos con ella! ¡Vámonos! ¡No vuelvo a pisar esta casa! ¡Avariciosos! – gritó Nacho. – Por favor – dijo Sergio abriendo la puerta – y no olvidéis vuestros táperes. Vacíos. Se marcharon con estruendo, Susi chillando que nunca volvería a ser amiga de Irene, que contaría a todos su “tacañería histérica”, Laura protestando por la noche “estropeada”, los chicos, maldiciendo. Cerrada la puerta, el silencio fue absoluto. Irene miraba el desastre de platos y manchas en el mantel. Sergio le rodeó los hombros. – ¿Estás bien? – preguntó quedo. – Me tiemblan las manos – respondió ella. – Sergio, ¿he sido tacaña? ¿Debería haber callado y servido la comida? Al fin y al cabo, eran invitados… – No, Irene. Has empezado a respetarte. Estoy orgulloso de ti. Hubiese hecho yo lo mismo. Ellos han cruzado la línea. Irene suspiró y se refugió en él. – ¿Y la carne? – preguntó Sergio con sorna al cabo de un rato – ¿de verdad está ahí? Porque huele que alimenta. Irene, por fin, se echó a reír de corazón. – Sí, Sergio. Y la tarta, también. Una enorme, con frutas. Se sentaron entre los platos sucios y apartaron lo indispensable. Irene sacó del horno la carne dorada, la tarta, y sirvió ese “vino ácido” que resultó ser un delicioso Burdeos. – Por nosotros – brindó Sergio. – Por que solo entren en nuestra casa quienes vengan con el corazón abierto, y no con la cuchara vacía. Cenaron el mejor asado de sus vidas, en el mejor silencio. Al rato, sonó el móvil de Irene. Susi escribía: “¡Vaya tía! Aquí estamos en el McDonald’s muertos de hambre por tu culpa. Perdona algo, ¿no te da vergüenza?”. Irene sonrió, pulsó “bloquear”, lo mismo con los cuatro contactos. La agenda se quedó en cuatro amigos menos. El aire, en su casa, ganó espacio. Y la nevera, nave llena de manjares, no guardaría ni una migaja para quien no la mereciese. Porque la verdadera amistad va en doble sentido, y a veces un frigorífico cerrado es la mejor forma de respetarse a uno mismo.
Por qué Carlos ya no le dice a su esposa lo que quiere cenar