¿Sabes, últimamente no puedo quitarme algo de la cabeza y quería contártelo. Mira, tengo ya 75 años y desde hace un tiempo me ronda una preocupación constante.
Tengo dos hijas y solamente un piso en Madrid, y, sinceramente, no sé cómo hacerlo bien, ¿a quién dejo en el testamento el piso? No quiero que, cuando ya no esté, mis hijas se peleen y acaben sin hablarse. He escuchado más de una historia así y, la verdad, no hay nada peor que la familia discutiendo por cosas materiales.
Joaquín, mi marido, y yo siempre hemos intentado criar a nuestras hijas, Carmen y Pilar, de la misma manera, dándoles cariño, atención, y procurando que todo fuera igual para las dos. Nunca hubo líos, pero es verdad que Carmen, la mayor, se independizó demasiado pronto, se fue a vivir con el novio a los 19. Y, claro, fue una sorpresa cuando nos dijo que estaba embarazada. Joaquín y yo, junto con los padres del chico, les insistimos para que se casaran. Al poco, vino nuestro nieto a alegrarnos la casa.
Pero te puedes imaginar, el matrimonio fue un desastre y no duró ni dos años. El marido de Carmen, en pocas palabras, se largó sin mirar atrás cuando el niño acababa de cumplir un año. Así que no íbamos a dejarla sola con un crío. Se vino a vivir conmigo y con Joaquín, menos mal que teníamos dos habitaciones. Pilar, la pequeña, justo había empezado Derecho en la Complutense, así que estaba en el colegio mayor y apenas venía a casa.
La verdad, Carmen nunca mostró mucho interés por el piso ni por casarse de nuevo. Decía que estaba centrada en su carrera, aunque nosotros no lo entendíamos muy bien, porque trabajaba de cajera en Mercadona. Pero fue su elección, y nunca le faltó un plato de comida ni a ella ni al niño.
Siempre intentamos ayudarles como buenamente podíamos, con lo que ganábamos, además de parte de mi pensión. Por otro lado, Pilar, la menor, sí que tuvo más suerte. Se casó con Jorge con 23 años, responsable y con los pies en la tierra. Cogieron una hipoteca y están todos estos años pagándola juntos. Nosotros les echamos una mano, aunque tampoco podíamos darles mucho dinero, teniendo a Carmen y el nieto en casa, y mi pensión no daba para más.
Más tarde Joaquín cayó enfermo. Las dos intentaron ayudar en lo que pudieron, tanto con dinero como acompañándole. Pero Joaquín falleció hace diez años, y desde entonces Carmen y mi nieto siguen viviendo conmigo, mientras Pilar y Jorge continúan con la hipoteca de su piso.
Y, claro, ahora noto que llega mi momento de despedirme, y sigo sin saber qué hacer con el piso. ¿A quién se lo dejo? Carmen no tiene casa y Pilar aún está pagando la suya. Si ayudo a una, la otra puede sentirse desplazada. Y la verdad, ¿no sería mejor sentarme a hablar con las dos, sinceramente? Dímelo tú, porque yo ya no sé qué pensar…






