La nieta.
Desde el primer día de su vida, a Lucía nunca la quiso su madre, Sandra. Para ella, la niña era como un mueble más en el piso de Madrid. Ni le iba ni le venía.
Las discusiones con el padre de Lucía, Álvaro, eran constantes. Y cuando él regresó con su esposa legítima, Sandra perdió del todo los papeles.
¿Que se ha ido? ¡Nunca pensó dejar a su fregona! ¡Me ha destrozado los nervios, mentiroso! gritaba por teléfono. ¿Y ahora me deja con su cría? ¡La tiro por la ventana o la abandono en la estación con los mendigos!
Lucía se tapó los oídos y lloró por lo bajo. Tragaba el desamor de su madre como una esponja.
Me da igual lo que hagas con esa niña. Ni siquiera estoy seguro de que sea mía. ¡Adiós! respondió Álvaro al otro lado de la línea.
Sandra, casi fuera de sí, lanzó la ropita de Lucía en una bolsa, metió también los papeles y, sujetando de la mano a la niña de cinco años, se subió a un taxi.
Ya verán, ya, repetía en su mente, altiva, mientras dictaba al taxista la dirección.
Iba a dejar a la niña en Torrelodones, donde vivía la madre de Álvaro, Carmen Herrero. Al taxista le desagradó esa mujer tan soberbia que contestaba de malos modos a la niña asustada.
Mamá, quiero ir al baño susurró Lucía, encogida.
Al oírla, Sandra soltó tal grito, que al taxista le hervía la sangre por dentro. Él tenía una nieta de esa edad de su hijo. Su nuera hacía de todo por la niña, ni levantarle la voz.
Aguanta. Ya irás con tu abuela la educada.
Sandra se giró hacia la ventanilla. Las narices se le ensanchaban de rabia.
Tenga cuidado, señora, que, como siga así, la bajo a usted y llevo a la niña a servicios sociales.
¿Perdona? ¡Cállate ya, anda! ¡Ahora resulta que eres defensor de niñas! Como te ponga una denuncia porque mirabas raro a mi hija o me hiciste proposiciones, ¿a quién crees que creerán? ¿A un taxista o a una madre llorosa? Es mi hija, la crío como quiero. Así que calladito, y conduce.
El hombre apretó la mandíbula. Mejor no discutir con una loca así. Daba pena la niña.
Hora y media después, llegaron.
Espera aquí, no tardo dijo Sandra. Pero enseguida oyó cómo el taxi arrancaba de golpe.
¡Ya llegarás andando, víbora! gritó desde el coche.
Sandra escupió y soltó una maldición.
¡Menudo cerdo! Tiró de Lucía y entró a paso rápido al jardín, dando una patada a la verja.
¡Toma! Aquí tienes a tu tesoro, haz lo que quieras. Tu hijo dio permiso. Yo no la quiero. soltó con su voz ronca y se largó dando portazos de tacones.
Carmen la miraba, sin saber qué decir.
¡Mamá! ¡Mamita! ¡No te vayas! lloriqueó la pequeña, restregándose lágrimas con los puñitos sucios.
La niña rompió a correr tras su madre, que ya estaba en la calle.
¡Déjame, ya! Vete con tu abuela, vive con ella bramó Sandra, quitándose los deditos aferrados a su falda de cuadros.
Los vecinos empezaban a asomarse. Carmen, llevándose la mano al pecho, corrió detrás de la nieta hecha un mar de gritos.
Ven, cielo. Ven conmigo. Mi niña bonita… le caían lágrimas por la cara surcada de arrugas. Apenas sabía nada de ella.
Álvaro nunca le contó nada del desliz.
No te haré daño, no tengas miedo. ¿Quieres que te prepare unas tortitas? Tengo nata fresca susurraba Carmen, llevándose a la niña al interior de la casa.
Desde la verja, Carmen vio cómo Sandra se subía a un coche cualquiera y desaparecía, dejando tras de sí sólo polvo en el aire.
Nunca supieron más de ella. Carmen recibió a la nieta con alegría, como un regalo de Dios. Jamás dudó de que era suya, tan parecida al pequeño Álvaro, que apenas visitaba a su madre y estaba a punto de quedar en el olvido.
Te sacaré adelante, Lucía. Te daré todo lo que pueda.
Y la crió entre amor y cuidados. La llevó al primer día de Primaria. El tiempo pasó volando.
Ya estaba en segundo de Bachillerato; la graduación llegaba. Lucía se había convertido en una joven hermosa, amable y de buen corazón, lista y leída. Quería estudiar Medicina, aunque por ahora sólo podía acceder al ciclo superior.
Me da pena que mi padre no me reconozca… suspiraba Lucía, abrazando a Carmen. Por las noches, les gustaba sentarse en el porche, viendo el atardecer.
Carmen acariciaba los cabellos de la nieta, temblándole la mano. ¿Qué podía decir? Álvaro se negaba a implicarse con Lucía. Su relación con la esposa se había encarrilado, y tenían un hijo juntos al que adoraba. Pero despreciaba a Lucía y cuando venía, no perdía ocasión de menospreciarla.
¡Desarrapada eres tú! estalló un día Carmen. Sólo vienes el día que cobro la pensión, a sacarme euros. Tú y tu mujer trabajáis, pero aquí vienes a pelar a tu madre. ¡Vete, y no vuelvas! Mejor así.
¿Así me hablas? Pues cuando te mueras, ni a tu entierro iré gritó Álvaro, metiendo a su hijo Samuel en el coche y marchándose, no sin dedicarle a Lucía una última mirada de odio. Y nunca volvió.
Que Dios le juzgue, Lucía murmuró Carmen, levantándose. Vamos a tomar una tila, que mañana es tu graduación.
El verano voló entre el huerto y llegó el momento de marchar a Madrid para estudiar.
No podremos transportar todo decía Carmen. Le pediré a Víctor, el vecino, que nos lleve hasta la residencia.
Junto al portal, Lucía abrazó largo a su abuela.
Eres mi alegría, estudia mucho. Pronto sólo dependerás de ti. Yo ya soy vieja, me queda poco…
Lucía reprimió las lágrimas.
¡No digas eso, abuela! Si eres una señora en todo su esplendor.
Carmen sonrió y, al despedirse, le pidió a Víctor que la llevase a la notaría. Firmó los papeles y volvió tranquila a su pueblo.
Lucía iba cada fin de semana a verla, preocupada por su salud, estudiosa, soñando con sacar matrícula y llegar a la universidad. Estaba convencida de que podría alargar la vejez de su abuela.
Luego empezó a ir menos. Se enamoró de un compañero, Javier. Él era formal y también quería entrar en la facultad.
Carmen, feliz, celebró la boda de ambos, sobria y pequeña en un café del barrio. Por parte de la novia, sólo asistió la abuela.
Abuela, eres para mí mi madre y mi padre, todo. Me diste calor, casa y amor. Has cuidado de mí, me has criado… la voz de Lucía se quebraba. Me diste un hogar. Te quiero, abuela, gracias por todo.
Lucía se arrodilló ante Carmen y se abrazó a ella, agradecida y sin querer pensar que un día le faltaría.
Los invitados se emocionaron; más de una lágrima rodó.
Levanta, Lucía, me da apuro… susurró Carmen, rebosando orgullo.
¿Pero qué apuro? dijo Javier. ¡Eres la matriarca de nuestra familia! Bienvenida.
La fiesta estuvo llena de brindis por la felicidad de los jóvenes y la salud de Carmen, quien había criado a una chica admirable.
Carmen se fue apagando poco después. Como si, habiendo cumplido su deber, su cuerpo ya quisiera descansar.
Lucía y Javier se turnaban para cuidarla, viajando del pueblo a la ciudad, compaginando con las clases.
Un día, Carmen agarró fuerte la mano de su nieta y le dijo:
Cuando yo falte, vendrán los buitres: mi hijo y su mujer. Defiéndete. Hace años dejé la casa a tu nombre, ante notario, todo en regla.
Abuela…
No digas nada. Nunca tuviste madre ni padre de verdad. Yo hice lo que pude. Y me voy tranquila, sabiendo que tendrás tu propio hogar. Vendéis la casa y os compráis un piso en Madrid con Javier.
Lucía sólo pudo llorar, incapaz de hablar.
La abuela aguantó año y medio más, bien cuidada, y una noche se fue en paz, sin sufrimiento.
Tal y como predijo, cuarenta días después aparecieron Álvaro y familia.
A desalojar. Mientras vivió mi madre, podías quedarte. Ya no está, así que fuera sentenció Álvaro.
Lucía, aturdida, veía esos rostros: la esposa de Álvaro, que era la primera vez que veía; su hermano Samuel, mascando chicle y tasando la casa con la mirada, soñando cómo convencería a los padres de vender y comprarse un coche. No de lujo, pero al menos uno propio.
Llegó Javier de hacer la compra y se topó con los visitantes.
¿Y este quién es? ¿Ya traes novios aquí? vociferó Álvaro.
Javier pasó de largo y dejó la bolsa en la mesa.
Soy su marido. ¿Y usted quién es? No recuerdo habernos presentado.
Álvaro se puso rojo de rabia.
¡Fuera los dos! gritó, señalando la puerta.
Primero, ¿por qué ese tono? Segundo, Lucía es la dueña legal. ¿Quiere ver la escritura de donación? Javier le miró con ironía.
¿Qué donación? balbuceó Álvaro.
Álvaro, esa bruja drogó a tu madre. Hay que llevar esto a juicio. ¡A juicio! la esposa de Álvaro lo agitaba del brazo.
¡Lucharé, demostraré que ni eres hija mía ni nieta de mi madre! bramaba Álvaro.
Haz las maletas, desarrapada. Haré todo para echarte masculló Samuel. Su rabia por quedarse sin coche crecía.
Se marcharon, dejando un vacío amargo. Lucía se dejó caer al suelo, llorando en silencio. ¿Por qué tanto odio? Su padre jamás le llevó un caramelo de niña, y ahora quiere quitarle lo único que le queda.
¿Es que viven tan mal? ¿Acaso no tienen dónde ir? Javier, sólo me queda esto de mi abuela… sollozaba Lucía.
Javier la abrazó con decisión.
Mañana lo ponemos en venta, si no, no te dejarán en paz. Ya lo dijo Carmen: vendemos y nos vamos a Madrid.
Nunca imaginé vender tan pronto… Aquí ha pasado toda mi infancia…
La casa se vendió rápidamente. La compró una familia acomodada que suspiraba por un chalé cerca del bosque. Ni regatearon. La finca era grande, con árboles frutales, alejada de la carretera, la chimenea miraba al pinar y al fondo del jardín, una pérgola cubierta de parra. Una casa sólida y bonita.
Lucía y Javier compraron un pequeño piso céntrico y, poco después, esperaban su primer hijo, a quien querían con locura.
Por las noches, Lucía pensaba en Carmen: Gracias, abuela, me diste la vida….







