Un golpe de suerte Nicolás y su hermano mayor Arturo volvían de una ciudad cercana, a donde habían ido por asuntos de negocios. Salieron temprano y a media mañana ya lo tenían todo arreglado. Ambos hermanos todavía solteros: Arturo tiene veintiséis años, Nicolás veintitrés. Como buen hermano mayor, Arturo es el espabilado y charlatán; Nicolás, en comparación, parece mucho más discreto. —Menudo negocio hemos montado juntos —se reía Arturo—. Eres un crack, sabes tratar con los clientes, sabes convencerlos, y yo soy más impaciente… Lo quiero todo y ya. —Eso sí —asintió Nicolás—, tú vas directo al grano, pero hay que ir con cuidado. Cada persona es un mundo y necesita su propio enfoque… —Vaya, psicólogo de repente —bromeó Arturo—. El pequeño enseñando al mayor, nada menos —dijo con su amplia sonrisa blanca. —No te enseño, te lo explico —respondió Nicolás, mientras Arturo conducía. Los hermanos tienen personalidades distintas: Arturo mucho más vivaz y encantador; Nicolás, más reservado, menos protagonista. No le gusta destacar ni ser el conquistador, quizá ni le atrae esa idea. Pero es más atento, tranquilo y tierno. Desde luego no es un dejado, y si siente que una chica de verdad se interesa por él, haría lo que fuera por ella. Pero sólo si nota que ella lo necesita. Ambos solteros. Arturo estuvo a punto de casarse, incluso llegó a hablar de boda con su novia, pero a última hora se echó atrás, él mismo, sin dar explicaciones. Ahora vuelve a estar buscando; aunque las chicas revolotean continuamente a su alrededor. Arturo es alto y atractivo, sabe caer bien; a las chicas les gustan esos tipos. Nicolás conoce a casi todas las chicas con las que su hermano ha salido. Por cierto, Arturo alguna vez ha “robado” alguna chica a su propio hermano, aunque solo para coquetear. Nicolás se rige por una norma: no imponerse a nadie. Quizá le perjudique, pero sabe que si a una chica le gusta de verdad, todo irá bien. Eso sí, aún no ha sentido la chispa de un amor verdadero… Arturo sabe lo de la norma de su hermano y suele burlarse. Pero Nicolás no se deja influenciar y sigue su camino. Arturo conducía y charlaba animadamente, elogiando a su hermano menor, que solo miraba por la ventana. Ya estaban llegando a la entrada de la ciudad, cerca de casa. Pero en ese momento Nicolás comentó: —Arturo, mira, hay un coche parado en el arcén y una chica al lado, haciendo señales. El coche rojo, pequeño, y la chica también de complexión menuda. —La veo, paro —contestó Arturo—. Hay que ayudar, la hermandad del volante nunca se cancela —sonrió. Ambos hermanos bajaron del coche. —Ay, gracias por parar —sonrió la chica—. Se me ha pinchado una rueda… —Lo entiendo —le interrumpió Arturo, muy sonriente—. Y aunque no fuera la rueda, ¡a una conductora tan encantadora hay que ayudarle! La chica se rió, le gustó el halago. Nicolás suspiró, pues ella le gustó enseguida, pero su hermano ya había puesto en marcha el encanto. Al lado del activo Arturo, Nicolás se sentía invisible. Al lado de su hermano, el menor salía perdiendo en presencia. —¿Así que solo ayudáis a conductoras encantadoras? —preguntó la chica. A Nicolás le divirtió la pregunta; que se las apañe Arturo ahora. Ante ellos, una muchacha delicada y grácil con bonita sonrisa y pelo rubio claro. Arturo no se inmutó y respondió: —¡Qué va! Ayudamos a todo el mundo, cualquiera que necesite ayuda —se reía—. Recuerdo que hasta ayudamos a un chófer de autobús. Iba delante y salía tanto humo negro que ni veíamos el autobús. El chófer salió corriendo y nosotros ayudamos a los pasajeros a salir. ¿Verdad, Nicolás? —le miró a él, que bajó la mirada porque todo era inventado. La chica los miraba con admiración. Arturo preguntó enseguida: —Por cierto, ¿cómo te llamas? Yo soy Arturo y este es mi hermano Nicolás. —Encantada, soy Lilia. Tengo gato y llave, podría cambiar la rueda yo sola, pero estoy en vestido y tacones —se rió. —¡Qué me vas a contar, Lili! —exclamó Arturo—. Nico, enseñale cómo lo hacemos los auténticos maños. Nicolás sacó la rueda y mientras su hermano entretenía a Lilia, la cambiaba rezongando. Arturo contaba más historias y Nicolás pensaba: ¿De verdad se cree todo lo que dice? Mi hermano sabe cómo embaucar… Siempre igual. Si alguna vez tuve opciones de atraer a una chica delante de mi hermano, se le iban enseguida y no volvían. Sabe decir halagos, inventar historias increíbles. Como ahora… Lilia escuchaba a Arturo con los ojos abiertos, mientras él se esforzaba. “Ahora sí que se pasa de fantasma”, pensaba Nicolás. “Nunca ocurrió nada de eso. Pero a las mujeres les funciona”, miraba a Lilia. Le gustaba cada vez más, y si no fuera por Arturo… Aunque sintió algunas miradas de ella y se animó. Pero terminaron con la rueda. —Aquí tienes, Lili —Arturo no paraba—. Revisa nuestro trabajo. Y si me dictas tu número de móvil, lo apunto… —Arturo, qué ocurrente eres —dijo Lilia con sorna—. Seguro que tú solo sabes encontrar mi número. Y tú, Nicolás, gracias de verdad por tu ayuda. Ella se despidió, se subió al coche y arrancó. —¡Arturo, eres un charlatán! Lilia me gustó mucho y no me dejaste ni hablar. —Tranquilo, lo hice por ti —rió el hermano, desafiante. —Siempre igual —refunfuñó Nicolás al volver al coche. Entrando en la ciudad, Nicolás pidió parar en una tienda de carretera, se le acabaron los cigarrillos. —Para, se me acabaron los cigarros, ¿necesitas algo? —Una botella de agua mineral, de cristal —dijo Arturo. Al salir de la tienda, de repente, apareció un gran perro vagabundo, que de un salto le mordió los vaqueros por detrás y notó los dientes en la pierna, aunque fue soportable. Todo sucedió muy rápido, Arturo ni salió a tiempo del coche y el perro desapareció en unos matorrales. —¿Qué fue eso, de dónde salió ese perro? —preguntaba Nicolás, mirando la pierna, que sangraba. —No lo sé, vi que el perro se aferró a tu pantalón —respondió su hermano. Volvieron a casa. —¿Qué te ha pasado ahí, Nicolás? —preguntó la madre, viendo el pantalón roto. —Pues nada, un perro loco me atacó al salir de la tienda. Me echo un poco de betadine y listos, no duele, sólo sangra un poco. —Nicolás, nada de betadine. Tú a la clínica ahora mismo, hay que ponerte la vacuna de la rabia. Un perro callejero… No bromees con eso —le insistió asustada la madre. —Nico, haz caso a mamá —apoyó Arturo—. Te llevo. En la clínica, Arturo se quedó en el coche y Nicolás fue a la recepción, donde le indicaron a qué consulta ir. En la sala había un chico sentado; entró primero, luego Nicolás y ¡vio a Lilia! Se quedó pasmado y ella también se sorprendió. —¡Hola! —se alegró Nicolás—. Cuánto tiempo… —ambos rieron—. ¿Eres doctora? —En la mesa estaba la enfermera, que también se sorprendió. —Sí, soy doctora. ¿Y cómo me has encontrado? —Se notaba que ella también se alegró mucho—. Luego me arrepentí de no darte mi número, pero tu hermano me descolocó tanto, hablaba sin parar. —Te confieso que no lo hice a propósito, ni pensaba que te volvería a ver —dijo Nicolás—. Ha sido pura casualidad, mira —le enseñó la pierna—. Me atacó un perro. Pero también me dio pena que te fueras tan rápido… Le pusieron la vacuna y esta vez Nicolás sacó valor y pidió el número de Lilia, que se lo dictó. Ahora salen juntos. Lilia confesó un día a Nicolás: —Me gustaste desde el primer momento, pero Arturo… aunque lo vi enseguida cómo era. Nicolás es feliz porque sabe que todo irá bien entre ellos.

Una Oportunidad Feliz

Daniel y su hermano mayor, Julián, regresaban de Salamanca a Valladolid tras cerrar unos asuntos de trabajo. Habían salido temprano y, antes de almorzar, ya lo tenían todo resuelto. Ninguno de los dos estaba casado todavía. Julián tenía veintiséis años, Daniel veintitrés. Como corresponde al hermano mayor, Julián era un buscavidas dicharachero, mientras que Daniel, a su lado, parecía mucho más reservado.

Nos ha salido redondo el negocio reía Julián. Menudo arte tienes hablando con los clientes. Convences a cualquiera, yo en cambio soy más impaciente. Quiero las cosas al momento.

Eso es verdad asintió Daniel. Tú te lanzas de frente, pero no funciona siempre así. Cada persona es un mundo, hay que saber tratarla y tú

Ya salió el psicólogo bromeó Julián. Vaya, ahora el pequeño dando lecciones al mayor y dejó escapar su amplia sonrisa de dientes perfectos.

No te enseño, solo te explico respondió Daniel, con la vista al frente, ya que era Julián quien conducía.

Sus caracteres no podían ser más distintos. Julián era mucho más rápido y simpático, Daniel, en cambio, era más callado, poco amigo de llamar la atención. Le daba vergüenza eso de ser conquistador, quizás porque tampoco le atraía. Eso sí, era atento, delicado, y si una chica le mostraba interés, era capaz de hacer cualquier cosa por ella. Pero únicamente si sentía que realmente le importaba.

Ambos solteros. Julián incluso había estado a punto de casarse, ya habían hablado de boda con su novia, pero cambió de idea en el último momento, sin dar explicaciones. Cortaron y volvió a estar disponible. Aunque siempre tenía chicas rondándole.

Julián era alto y de porte elegante, sabía cómo caer bien, exactamente el tipo que atraía a las mujeres. Daniel conocía a casi todas las chicas que Julián había presentado. Incluso, alguna vez, Julián le había intentado quitar alguna, aunque solo de broma.

Daniel se guiaba por una regla: no imponerse a nadie. Quizá por eso no ligaba demasiado, pero estaba convencido de que si gustaba a una chica, todo iría sobre ruedas. Sin embargo, aún no había sentido un amor verdadero, ese que te remueve por dentro…

Julián ya conocía la filosofía de su hermano y siempre lo vacilaba. Pero Daniel seguía con su vida, tranquilo.

Mientras Julián conducía, charlaba despreocupado y elogiaba a Daniel, quien se limitaba a mirar por la ventanilla. La entrada a Valladolid ya estaba cerca cuando Daniel observó algo.

Juli, mira, en el arcén hay un coche parado y una chica que nos hace señas.

Se trataba de un coche rojo pequeño y una joven menuda a su lado.

La veo, paro. Hay que ayudar respondió Julián con una sonrisa. La hermandad de la carretera nunca se pierde.

Ambos hermanos bajaron del coche.

Muchísimas gracias por parar sonrió la chica. Verán, se me ha pinchado la rueda…

Lo entiendo la interrumpió Julián con su sonrisa más conquistadora. Aunque no fuera la rueda, con una conductora tan encantadora como usted, no podíamos seguir de largo.

A la joven le hizo gracia el comentario, y Daniel suspiró. Le gustó mucho esa chica nada más verla, pero su hermano ya desplegaba su encanto por completo. Al lado de Julián, Daniel se sentía invisible.

¿Entonces solo ayudáis a conductoras encantadoras? preguntó la joven.

Daniel apreció el comentario. Que Julián se las apañara con la respuesta. Ella era elegante, con una sonrisa preciosa y el cabello rubio. Julián no se intimidó y contestó:

Qué va, ayudamos a todos. Recuerdo que una vez incluso a un conductor de autobús. Lo seguíamos, echaba tal humo negro que ni veíamos el autobús. Al final, el conductor salió y ayudamos a los pasajeros a salir. ¿Verdad, Daniel? miró a su hermano, que bajó la cabeza, sabiendo que Julián se inventaba la historia sobre la marcha.

La chica los miraba divertida. Julián preguntó:

Por cierto, ¿cómo se llama? Yo soy Julián y este es mi hermano Daniel.

Mucho gusto, me llamo Maite. Tengo gato y llave, podría cambiar la rueda yo misma, pero con vestido y tacones, no me apetece rió.

¡Maitecita, faltaría más! exclamó Julián. Dani, enséñale cómo lo hacemos en Valladolid, que somos unos profesionales.

Daniel cambió la rueda mientras Julián entretenía a Maite con sus historias. Daniel pensaba:

¿En serio se cree todo lo que le cuenta? Mi hermano sabe crear ambiente Siempre pasa igual: si tengo alguna posibilidad con una chica delante de Julián, su atención acaba centrada en él y yo desaparezco. Sabe decir piropos, inventa cosas, no para de hablar. Como ahora…

Maite escuchaba a Julián con interés. Daniel la miraba cada vez más cautivado, y creyó notar algún que otro cruce de miradas. Cuando terminaron de cambiar la rueda, Julián insistió:

Bueno, Maitecita, ya puede seguir su camino. ¿Me da su número de móvil?

Julián, eres todo ingenio sonrió Maite. Creo que podrías averiguarlo tú solo. Daniel, te agradezco de corazón la ayuda.

Maite subió al coche, sonrió y se marchó saludándolos con la mano.

Juli, eres un charlatán. Me ha gustado mucho Maite y apenas me dejaste decir palabra.

Tranquilo, si yo lo hago por ti se rio Julián con su sonrisa descarada.

Lo de siempre… resopló Daniel mientras subía al coche.

Al entrar en Valladolid, Daniel pidió parar en una tienda de barrio para comprar tabaco.

Párate, que se me han acabado los cigarrillos. ¿Te hace falta algo?

Una botella de agua mineral, pero que sea de cristal respondió Julián.

Al salir de la tienda, de repente una enorme perra callejera se abalanzó desde una esquina y le mordió los vaqueros por detrás, pillándole también la pierna, aunque no fue grave. Todo sucedió tan rápido que ni Julián salió del coche hasta que la perra se perdió entre los arbustos.

¿Y eso de dónde ha salido? preguntó Daniel, revisando la herida donde ya brotaba sangre.

Yo qué sé, macho. Solo he visto cómo te agarraba el pantalón contestó Julián.

Volvieron a casa.

Daniel, ¿qué te ha pasado ahí? preguntó su madre, al ver el pantalón roto.

Nada, una perra loca me ha mordido saliendo del ultramarinos. Me pondré un poco de yodo y ya

Daniel, nada de yodo. Hay que ir a urgencias ya. Hace falta poner la vacuna contra la rabia. ¡Era una perra callejera! Esto no se bromea insistió preocupada su madre.

Haz caso a mamá apoyó Julián. Venga, te llevo.

Llegaron al centro de salud, Julián se quedó en el coche y Daniel entró a preguntar en información, le indicaron a qué consulta ir.

Al llegar a la puerta, vio un chico sentado y, tras él, entró Daniel… y para su sorpresa, allí estaba Maite. Ambos se quedaron boquiabiertos.

¡Hola! exclamó Daniel. ¡Cuánto tiempo! se rieron los dos.

Así que eres médico dijo Daniel, mientras una enfermera también les miraba con cara de sorpresa.

Sí, médico. ¿Y cómo me has encontrado aquí? preguntó Maite. Quedaba claro que a ella también le alegraba verlo. Luego me arrepentí de no haberte dado mi número, pero tu hermano me despistó del todo.

Sinceramente, ha sido pura casualidad, yo ya pensaba que era cosa del pasado dijo Daniel, enseñando la pierna. Me ha mordido una perra callejera. Aunque confieso que me quedé triste cuando te fuiste tan rápido

Maite le aplicó la vacuna y Daniel, con valor, le pidió el número de teléfono. Maite, esta vez, se lo dictó.

Ahora Daniel y Maite son pareja. Un día, ella le confesó:

Me gustaste desde el primer momento, pero Julián… enseguida le pillé el truco.

Daniel es feliz, convencido de que todo irá bien entre ellos. Y ha aprendido que, por mucho que los demás brillen, siempre llega la oportunidad para quienes saben esperar, ser ellos mismos y no rendirse.

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Un golpe de suerte Nicolás y su hermano mayor Arturo volvían de una ciudad cercana, a donde habían ido por asuntos de negocios. Salieron temprano y a media mañana ya lo tenían todo arreglado. Ambos hermanos todavía solteros: Arturo tiene veintiséis años, Nicolás veintitrés. Como buen hermano mayor, Arturo es el espabilado y charlatán; Nicolás, en comparación, parece mucho más discreto. —Menudo negocio hemos montado juntos —se reía Arturo—. Eres un crack, sabes tratar con los clientes, sabes convencerlos, y yo soy más impaciente… Lo quiero todo y ya. —Eso sí —asintió Nicolás—, tú vas directo al grano, pero hay que ir con cuidado. Cada persona es un mundo y necesita su propio enfoque… —Vaya, psicólogo de repente —bromeó Arturo—. El pequeño enseñando al mayor, nada menos —dijo con su amplia sonrisa blanca. —No te enseño, te lo explico —respondió Nicolás, mientras Arturo conducía. Los hermanos tienen personalidades distintas: Arturo mucho más vivaz y encantador; Nicolás, más reservado, menos protagonista. No le gusta destacar ni ser el conquistador, quizá ni le atrae esa idea. Pero es más atento, tranquilo y tierno. Desde luego no es un dejado, y si siente que una chica de verdad se interesa por él, haría lo que fuera por ella. Pero sólo si nota que ella lo necesita. Ambos solteros. Arturo estuvo a punto de casarse, incluso llegó a hablar de boda con su novia, pero a última hora se echó atrás, él mismo, sin dar explicaciones. Ahora vuelve a estar buscando; aunque las chicas revolotean continuamente a su alrededor. Arturo es alto y atractivo, sabe caer bien; a las chicas les gustan esos tipos. Nicolás conoce a casi todas las chicas con las que su hermano ha salido. Por cierto, Arturo alguna vez ha “robado” alguna chica a su propio hermano, aunque solo para coquetear. Nicolás se rige por una norma: no imponerse a nadie. Quizá le perjudique, pero sabe que si a una chica le gusta de verdad, todo irá bien. Eso sí, aún no ha sentido la chispa de un amor verdadero… Arturo sabe lo de la norma de su hermano y suele burlarse. Pero Nicolás no se deja influenciar y sigue su camino. Arturo conducía y charlaba animadamente, elogiando a su hermano menor, que solo miraba por la ventana. Ya estaban llegando a la entrada de la ciudad, cerca de casa. Pero en ese momento Nicolás comentó: —Arturo, mira, hay un coche parado en el arcén y una chica al lado, haciendo señales. El coche rojo, pequeño, y la chica también de complexión menuda. —La veo, paro —contestó Arturo—. Hay que ayudar, la hermandad del volante nunca se cancela —sonrió. Ambos hermanos bajaron del coche. —Ay, gracias por parar —sonrió la chica—. Se me ha pinchado una rueda… —Lo entiendo —le interrumpió Arturo, muy sonriente—. Y aunque no fuera la rueda, ¡a una conductora tan encantadora hay que ayudarle! La chica se rió, le gustó el halago. Nicolás suspiró, pues ella le gustó enseguida, pero su hermano ya había puesto en marcha el encanto. Al lado del activo Arturo, Nicolás se sentía invisible. Al lado de su hermano, el menor salía perdiendo en presencia. —¿Así que solo ayudáis a conductoras encantadoras? —preguntó la chica. A Nicolás le divirtió la pregunta; que se las apañe Arturo ahora. Ante ellos, una muchacha delicada y grácil con bonita sonrisa y pelo rubio claro. Arturo no se inmutó y respondió: —¡Qué va! Ayudamos a todo el mundo, cualquiera que necesite ayuda —se reía—. Recuerdo que hasta ayudamos a un chófer de autobús. Iba delante y salía tanto humo negro que ni veíamos el autobús. El chófer salió corriendo y nosotros ayudamos a los pasajeros a salir. ¿Verdad, Nicolás? —le miró a él, que bajó la mirada porque todo era inventado. La chica los miraba con admiración. Arturo preguntó enseguida: —Por cierto, ¿cómo te llamas? Yo soy Arturo y este es mi hermano Nicolás. —Encantada, soy Lilia. Tengo gato y llave, podría cambiar la rueda yo sola, pero estoy en vestido y tacones —se rió. —¡Qué me vas a contar, Lili! —exclamó Arturo—. Nico, enseñale cómo lo hacemos los auténticos maños. Nicolás sacó la rueda y mientras su hermano entretenía a Lilia, la cambiaba rezongando. Arturo contaba más historias y Nicolás pensaba: ¿De verdad se cree todo lo que dice? Mi hermano sabe cómo embaucar… Siempre igual. Si alguna vez tuve opciones de atraer a una chica delante de mi hermano, se le iban enseguida y no volvían. Sabe decir halagos, inventar historias increíbles. Como ahora… Lilia escuchaba a Arturo con los ojos abiertos, mientras él se esforzaba. “Ahora sí que se pasa de fantasma”, pensaba Nicolás. “Nunca ocurrió nada de eso. Pero a las mujeres les funciona”, miraba a Lilia. Le gustaba cada vez más, y si no fuera por Arturo… Aunque sintió algunas miradas de ella y se animó. Pero terminaron con la rueda. —Aquí tienes, Lili —Arturo no paraba—. Revisa nuestro trabajo. Y si me dictas tu número de móvil, lo apunto… —Arturo, qué ocurrente eres —dijo Lilia con sorna—. Seguro que tú solo sabes encontrar mi número. Y tú, Nicolás, gracias de verdad por tu ayuda. Ella se despidió, se subió al coche y arrancó. —¡Arturo, eres un charlatán! Lilia me gustó mucho y no me dejaste ni hablar. —Tranquilo, lo hice por ti —rió el hermano, desafiante. —Siempre igual —refunfuñó Nicolás al volver al coche. Entrando en la ciudad, Nicolás pidió parar en una tienda de carretera, se le acabaron los cigarrillos. —Para, se me acabaron los cigarros, ¿necesitas algo? —Una botella de agua mineral, de cristal —dijo Arturo. Al salir de la tienda, de repente, apareció un gran perro vagabundo, que de un salto le mordió los vaqueros por detrás y notó los dientes en la pierna, aunque fue soportable. Todo sucedió muy rápido, Arturo ni salió a tiempo del coche y el perro desapareció en unos matorrales. —¿Qué fue eso, de dónde salió ese perro? —preguntaba Nicolás, mirando la pierna, que sangraba. —No lo sé, vi que el perro se aferró a tu pantalón —respondió su hermano. Volvieron a casa. —¿Qué te ha pasado ahí, Nicolás? —preguntó la madre, viendo el pantalón roto. —Pues nada, un perro loco me atacó al salir de la tienda. Me echo un poco de betadine y listos, no duele, sólo sangra un poco. —Nicolás, nada de betadine. Tú a la clínica ahora mismo, hay que ponerte la vacuna de la rabia. Un perro callejero… No bromees con eso —le insistió asustada la madre. —Nico, haz caso a mamá —apoyó Arturo—. Te llevo. En la clínica, Arturo se quedó en el coche y Nicolás fue a la recepción, donde le indicaron a qué consulta ir. En la sala había un chico sentado; entró primero, luego Nicolás y ¡vio a Lilia! Se quedó pasmado y ella también se sorprendió. —¡Hola! —se alegró Nicolás—. Cuánto tiempo… —ambos rieron—. ¿Eres doctora? —En la mesa estaba la enfermera, que también se sorprendió. —Sí, soy doctora. ¿Y cómo me has encontrado? —Se notaba que ella también se alegró mucho—. Luego me arrepentí de no darte mi número, pero tu hermano me descolocó tanto, hablaba sin parar. —Te confieso que no lo hice a propósito, ni pensaba que te volvería a ver —dijo Nicolás—. Ha sido pura casualidad, mira —le enseñó la pierna—. Me atacó un perro. Pero también me dio pena que te fueras tan rápido… Le pusieron la vacuna y esta vez Nicolás sacó valor y pidió el número de Lilia, que se lo dictó. Ahora salen juntos. Lilia confesó un día a Nicolás: —Me gustaste desde el primer momento, pero Arturo… aunque lo vi enseguida cómo era. Nicolás es feliz porque sabe que todo irá bien entre ellos.
Mi hermanastra me pidió que cosiera vestidos para sus seis damas de honor, pero se negó a pagarme los materiales y mi trabajo.