Venga, Chispa, vamos tirando gruñó Valerio, ajustando el improvisado collar hecho con una cuerda vieja. Se subió la cremallera de la cazadora hasta la barbilla y se estremeció. Aquel febrero se había puesto especialmente cruel: agua-nieve, ráfagas de viento que te traspasaban directo a los huesos.
Chispa, una perra mestiza de pelaje rojizo desvaído y un ojo nublado, apareció en su vida hacía justo un año. Valerio venía de su turno de noche en la fábrica cuando la vio acurrucada junto a los cubos de basura, maltrecha y con un aire hambriento y el ojo izquierdo cubierto por una nube blanca. Desde entonces, inseparables.
Una voz, tan desagradable como un despertador un lunes, le cortó los pensamientos. Valerio reconoció a Fermín “el Tuerto”, el matón local veinteañero, rodeado de su tropa de adolescentes con más ego que sesos.
¿De paseo o de inspección, eh, abuelo? rió uno de los pilluelos, señalando a Chispa ¡Si parece de ultratumba con ese ojo chungo!
Voló una piedra y le dio a Chispa en el costado. La perra gimió y se refugió contra la pierna de Valerio.
Marchaos, anda dijo Valerio, tranquilo, pero con el acero reluciendo en la voz.
Uy, el manitas se nos enfada se acercó Fermín, pavoneándose A ver si no te olvidas de que aquí se hace lo que yo diga. Y los perros, con mi permiso.
Valerio se tensó. En sus tiempos por el ejército le enseñaron a resolver cosas rápido y a lo bestia, pero hacía tres décadas de eso. Ahora solo era un chapuzas jubilado y cansado, sin ganas de líos innecesarios.
Vamos, Chispa, a casa.
¡Eso es, lárgate! gritó Fermín Y la próxima vez, a tu bicho le hago un apaño definitivo.
Valerio dio vueltas a la escena toda la noche, rumiándola entre las mantas. Al día siguiente diluviaba una mezcla asquerosa de agua-nieve, y Valerio estuvo demorando el paseo. Pero Chispa plantó su hocico en la puerta y le miró con esa cara de perra buena que derrite cualquier voluntad.
Vale, vale, pero rapidito.
Callejeaban esquivando los puntos calientes habituales; no había señal de Fermín y sus muchachos ni ganas, con semejante temporadón. Valerio respiró tranquilo justo cuando Chispa se paró en seco frente a la vieja central abandonada, con la oreja tiesa y el hocico alerta.
¿Qué pasa, vieja?
Chispa gimoteó, tirando de la correa hacia los escombros. De allí salían unos ruidos extraños, entre lamentos y sollozos.
¿Eh? ¿Quién anda ahí? llamó Valerio.
Silencio, solo rompido por el viento colándose por las ruinas. Chispa insistía, con su ojo bueno lleno de nerviosismo.
¿Pero qué hay ahí, boba?
Entonces lo escuchó claro: una voz infantil, aterrada.
¡Ayuda!
Se le encogió el corazón. Soltó la correa y siguió a Chispa entre cascotes.
Ahí, medio oculto por ladrillos, estaba un chaval de unos doce años, cara desollada, labio reventado y ropa hecha jirones.
¡Virgen Santa! se arrodilló Valerio ¿Qué te ha pasado?
¿Tío Valerio? el chaval, con los ojos medio cerrados, le reconoció.
Valerio afinó la vista. Era Andrés Jiménez, el hijo tímido y reservado de la vecina del quinto.
Madre mía, Andrés, ¿qué te han hecho?
Fermín y su cuadrilla gimió el niño Pedían dinero a mi madre Yo les dije que lo contaría al municipal. Me pillaron y
¿Desde cuándo llevas aquí tirado?
Desde esta mañana. Hace un frío horrible.
Valerio se quitó la cazadora y cubrió al chaval. Chispa se acurrucó junto a él, brindándole su calor.
¿Puedes levantarte?
Me duele la pierna. Creo que está rota.
Valerio palpó con cuidado: fractura, seguro. Y vete tú a saber cómo estaría por dentro.
¿Tienes móvil?
Se lo llevaron.
Valerio sacó su viejo Nokia, marcó al 112 y describió la situación. Le prometieron una ambulancia en media hora.
Aguanta, campeón, ya llega ayuda.
¿Y si Fermín se entera de que sigo vivo? murmuró Andrés, temblando.
No te preocupes, chaval aseguró Valerio, más tajante que nunca No te va a tocar más.
Andrés le miró con asombro.
Pero si ayer tú mismo huiste de ellos.
Pero esto no es lo mismo resopló Valerio. Ayer era solo por mí y por Chispa. Ahora va en serio.
No quiso decir más. ¿Qué iba a soltar, que hace treinta años juró proteger al débil? ¿Que en Bosnia aprendió que un hombre de verdad jamás abandona a un niño en apuros?
La ambulancia llegó en veinte minutos y se llevaron a Andrés. Valerio se quedó con Chispa junto a la central, pensativo y más inquieto que nunca.
Aquella noche, la madre de Andrés, Concha, apareció hecha un mar de lágrimas y llena de agradecimientos.
Don Valerio, los médicos han dicho que un rato más en el frío y Le ha salvado la vida, ¡de verdad!
No ha sido cosa mía dijo Valerio rascando a Chispa detrás de la oreja Fue la perra la que encontró a su hijo.
¿Y ahora qué hacemos? Concha se asomó nerviosa al pasillo. Fermín no va a parar. El policía dice que sin pruebas lo de Andrés no vale nada.
Todo irá bien le respondió Valerio, sin creérselo del todo.
La noche la pasó sin pegar ojo, dándole vueltas a cómo proteger al chaval y, de paso, al resto de niños del barrio. A la mañana siguiente, la respuesta se le apareció tan clara como una tortilla sin sal.
Se enfundó su uniforme de gala del ejército de esos con medallas que relucen más que la peineta de una fallera y sacó también las condecoraciones de combate. Se miró al espejo. Soldado era, aunque algo veterano.
Vamos, Chispa, que tenemos faena.
La cuadrilla de Fermín, como de costumbre, montaba guardia junto a la tienda. En cuanto vieron llegar a Valerio, empezaron a mofarse.
Mira quién viene, el general en persona gritó uno, descojonándose ¡Falta la cabra!
Fermín bajó del banco, con su media sonrisa insolente:
¿Qué pasa, yayo? ¿De desfile?
Mi tiempo empieza ahora respondió Valerio, avanzando sin miedo.
Cuéntame, ¿qué pintas aquí, vestido de circo?
Defender a los que no pueden. Proteger mi barrio de tiparracos como tú.
Fermín rompió a reír.
Pero si eso son cosas de tebeos, pureta. ¿Quién va a creerte?
Andrés Jiménez. Te suena, ¿verdad?
La mueca de superioridad se evaporó por un momento.
No sé de qué hablas.
Pues acuérdate. Porque va a ser el último niño al que le pongáis una mano encima.
¿Tú me amenazas, vejestorio?
Te aviso mantuvo Valerio, firme.
Fermín se acercó, mostrando una navaja.
Te vas a enterar, abuelo, de quién manda aquí.
Valerio aguantó el tipo; los reflejos seguirían ahí, aunque dormidos.
Aquí manda la ley.
¿Qué ley ni qué narices? ¿Te ha elegido alguien?
Mi conciencia me eligió.
Y entonces, la escena se le fue de las manos a todos. Chispa, hasta entonces hecha un ovillo a su lado, se irguió, el pelo del lomo erizado y un gruñido impresionante retumbando en el aire.
Tu perra es una chufa comenzó a burlarse Fermín
Cuidado con la perra. Ha estado en Bosnia conmigo, era rastreadora de minas y huele a los cobardes a kilómetros presumió Valerio, con tal convicción que convenció hasta a Chispa, quien empezó a mostrar los dientes con pose de heroína canina.
Localizó veinte bombas y ni un solo error continuó Valerio ¿Tú crees que no podrá con un camello de tres al cuarto?
Fermín dio un paso atrás. Sus chicos, también congelados.
Ahora escúchame bien avanzó Valerio un paso más A partir de hoy este barrio es seguro. Paso revista diaria, y mi perra busca gamberros. Así que
No hizo falta decir más. El mensaje estaba claro.
¿Me vienes a asustar, yayo? intentó Fermín recuperar su teatro Te llamo a quien sea
Llama a quien quieras le cortó Valerio Pero yo tengo contactos mejores. ¿Cuántos me deben favores desde la mili? ¿A cuantos conozco en la cárcel?
Pura inventiva, pero la seguridad de Valerio era tal, que coló como una paella valenciana sin chorizo.
A partir de ahora, me llamarán Valerio el Bosnio. Y no toquéis más a los críos.
Se dio la vuelta con dignidad de general recién retirado. Chispa le siguió, cola alta y aire de Reina Sofía.
Silencio sepulcral a la espalda.
Tres días después, Fermín y sus esbirros ni se veían por el barrio.
Valerio sí cumplió: patrulla diaria con Chispa, que ahora parecía tan importante como un guardia civil con tricornio.
Andrés salió del hospital al cabo de una semana, la pierna renqueante pero buen ánimo. Ese mismo día fue a buscar a Valerio.
Don Valerio, ¿puedo ayudare en las patrullas? preguntó el chaval, ojos ilusionados.
Habla con tu madre, y si da el visto bueno
Concha no puso pegas, incluso pareció más aliviada de que el chiquillo tuviera a quién admirar.
Así nació la patrulla: Valerio, Andrés y Chispa, recorriendo calles al atardecer. Un espectáculo que no se perdía ni una abuela tras la ventana.
Chispa era la estrella. Los niños le acariciaban y hasta las madres perdieron el miedo a contagiarse. Había algo en ese animal, una nobleza irremediable.
Valerio contaba historias de antiguas hazañas y de la verdadera amistad. Los chavales escuchaban con los ojos y el alma.
Un día, al acabar la ronda, Andrés preguntó:
Don Valerio, ¿alguna vez ha tenido miedo?
Muchas veces, chaval admitió Incluso ahora.
¿De qué?
De no llegar a tiempo, de no dar la talla.
Andrés acarició la cabeza de Chispa.
Cuando sea mayor, yo también quiero ayudar. Y tener un perro como ella. Así de valiente.
Claro sonrió Valerio Casi tan valiente como ella.
Chispa solo meneaba la cola, satisfecha.
En el barrio todos les conocían: Ahí va la perra de Valerio el Bosnio. Los buenos siempre la reconocen.
Y Chispa patrullaba orgullosa, sabiendo que ya no era simplemente una perra callejera. Era la guardiana del barrio.







