Descaro sin límites: Cuando la familia se convierte en morosa y un verano en la costa andaluza pone a prueba el matrimonio de Natalia y Nicolás

Desfachatez sin límites

A ver, Sonsoles, dime la verdad suspiró Jaime. ¿Qué más da a quién alquilemos la casa? ¿Familiares o desconocidos? El dinero en euros vale igual para todos.

Sonsoles acabó de colgar la colada en el tendedero del patio interior. Mejor haría en ayudar que en quejarse.

Jaime, mi amor respondió ella, calmada. La diferencia está clarísima: a los familiares no les sacas ni una moneda, así escurras la casa.

¿Lo dices por Rafa? soltó él, molesto. ¡Pero si Rafa es mi hermano! Te lo aseguro al cien por cien, va a pagar. ¡Ni siquiera pide descuento! Va a alquilar la casa al precio entero y para todo el verano. Así no tenemos que andar buscando inquilinos todo el tiempo.

Jaime, esta casa está al lado del Cantábrico. Te encuentro inquilinos en cinco minutos.

Entonces, explícame por qué te empeñas tanto en que la alquilemos a desconocidos.

Con desconocidos todo es sencillo: contrato, adelanto, si no pagan, a la calle, y aquí paz y después gloria. Con la familia empieza el ay, Sonsolita, que tenemos niños pequeños, ay, a ver si te lo pagamos la semana que viene, ay, rompimos la tele pero no esperarás que te paguemos por eso, ¿no?. Créeme, lo he visto muchas veces. Tú no sabes cómo acaban esas historias.

La casa la heredó Sonsoles de sus padres, que también la alquilaban en verano. Vivían en Salamanca, pero la casa costera suponía un buen extra. Sonsoles siguió la tradición, pero imponiendo una condición: ningún conocido ni familiar. Ya había visto a sus padres estafados por amigos y primos más de una vez.

¿Y cómo acababan? preguntó Jaime.

Pues acababan en que ni pagaban ni después pedían disculpas siquiera. Como si fuera obligación dejarles veranear gratis. No, Jaime. La casa es un negocio. No una hospedería gratuita para tu familia.

Hace poco, Rafa había decidido que tres meses a orillas del mar eran justo lo que su mujer y sus tres hijos necesitaban. En verano tiene menos trabajo y podía permitirse unas vacaciones largas. Pero Sonsoles no se hacía ilusiones: no pensaba soltar ni un euro.

Rafa no te pide venir gratis, Sonsoles. Él va a pagar insistía Jaime.

Siempre prometen pagar, todos.

¿Para qué meternos en estos líos? Siempre hay lista de espera de gente dispuesta a pagar el precio de mercado. Vienen, firman el contrato y yo duermo tranquila. No. Ni familia, ni amigos. Negocio es negocio, amistad aparte.

Nadie podía discutir la lógica de Sonsoles, pero Jaime tenía un as en la manga.

Está bien. No confías en Rafa. Pero, ¿confías en mí?

Ella le miró esperando el truco.

Confío. ¿Y?

Si Rafa al final no paga, yo te doy el dinero del alquiler. Yo me hago responsable. Así no pierdes nada. ¿Ves? dijo Jaime, hinchando el pecho como un héroe.

Argumento flojo, en realidad.

Magnífico. Me pagarás con dinero de la misma cuenta corriente que compartimos.

Bueno si lo quieres ver así balbuceó él, sabiendo que aquello no colaba. Busco un trabajillo, no sé, los fines de semana por la tarde. Lo que gane es solo para ti, no para los dos. ¿Te parece?

Sonsoles no se había imaginado que a Jaime le importara tanto. Si él tenía tanta fe en su hermano, quizá ella también debía confiar Solo un poco.

Convences a cualquiera le dijo, resignada. Toda la responsabilidad es tuya. Vale.

Faltaban meses para el verano. Sonsoles pudo calmarse y confiar en su marido.

Llegó junio. Y, con él, los problemas. Jaime llamaba a Rafa cada tres días para recordarle, dulcemente, que al menos pagara un mes por adelantado. Las respuestas siempre eran la misma música.

Sí, sí, Jaime, todo bien. El dinero está al caer, estoy esperando que un cliente me pague el último trabajo grande. Me lo prometió para final de mes. En cuanto caiga, pago. Perdona la demora, pero de verdad, no te preocupes.

Finales de junio. Ni un euro.

Sonsoles aguantó un mes, callada, sin reproches, sin malas caras. Confió en la gestión de Jaime. Pero al ver que seguían igual, no pudo evitar preguntarle, tras la enésima llamada:

¿Y bien? ¿Ha pagado?

Rafa sigue esperando que el cliente le pague, pero en cuanto caiga, lo primero es darnos el alquiler. Palabra.

La excusa ni se molestaba en cambiar.

Sonsoles mordió la lengua para no soltar un ya lo decía yo.

¿Qué te decía? Siempre tienen una excusa buenísima para retrasarse en pagar.

Sonsoles, es una simple coincidencia se justificó Jaime. No lo hace por fastidiar. Estas cosas pasan, mujer. Solo hay que esperar.

Claro, vamos a esperar a septiembre, cuando recojan sus tres maletas y se vayan diciendo que ya te llamarán para pagarte el verano.

Pero Sonsoles, tú no pierdes nada. Yo buscaré un segundo empleo.

¿Tú? ¿En serio? ¿Cuándo empiezas?

Jaime se vino abajo.

Dale un par de semanas más, anda. Si no paga, pues lo pagaré yo, si tanto te importa.

Tú solito te metiste en este compromiso para demostrarme que tu hermano es de fiar. Ahora demuéstralo.

El ambiente en casa se volvió gélido. Jaime apenas hablaba.

Julio, un calorazo insoportable. Sonsoles pillaba a Jaime a menudo ojeando ofertas de trabajo en internet, pero nunca llamaba a nadie.

Jaime, hoy es treinta. Dos tercios del verano han pasado y seguimos con la cuenta a cero euros le recordaba Sonsoles.

Rafa todavía no ha podido pagar, pero

Cuando se pueda, se podrá.

Lo va a pagar, de verdad. En cuanto le paguen esos clientes, nos hace la transferencia y dice que nos dará algo extra por las molestias.

No me lo creo más. Fuiste su avalista, tú dijiste: Te lo pago. Pues págalo. ¿Dónde está ese trabajillo?

Jaime ya tenía claro que buscarse un segundo curro era menos romántico que lo que había prometido de palabra. Es más fácil prometer, más duro trabajar doble.

Lo busco, pero no hay cosas decentes. No me veo cargando cajas, con mi espalda.

Pues busca las fuerzas para mandarle a tu hermano a cargar cajas. Te comprometiste. O buscas empleo hoy, o llamo yo misma a Rafa: si el viernes no tengo al menos la mitad, que recojan y se vayan, y lo demás lo resuelvo en el juzgado.

A Jaime le resbaló una gota de sudor frío.

¡No le llames! ¿Al juzgado? ¿Pero qué va a decir mamá? ¿Tú sabes lo que va a pensar la familia? ¿Que denuncio a mi hermano?

Rafa no quiere pagar, Jaime no quiere cumplir su promesa, pero tampoco quiere juicio. Y de pronto decide que la culpable de todo es Sonsoles.

Pues mira que poco te importa que yo me parta el lomo en dos turnos solo para devolverte ese dinero, mujer. ¡Así te preocupas por tu marido!

Nadie te obligó, Jaime. Te ofreciste tú solo.

¡Pero no sabía que Rafa iba a dejarnos tirados!

Yo sí lo sabía zanjó Sonsoles. Porque lo he visto demasiadas veces. Pero tú no me escuchaste.

¡Ya me he dado cuenta! Jaime adoptó pose de mártir. Pero tú, Sonsoles, tampoco me lo pones fácil. Me exiges cumplir, como si no te importase mi salud. Si me da algo, ¿qué? ¿Vas a exigir igualmente tus euros aunque caiga enfermo?

No te pido nada que no prometiste TÚ.

¡Vale! gritó Jaime. Que me busque la vida para pagarte la deuda de Rafa. ¡Eso es lo que quieres!

Se hundió en su derrota y, al final, sí que se fue a trabajar de repartidor algunas tardes. Pero no se le quitó el amargor ni la mirada de lobo hacia Sonsoles.

Todo esto es por tu culpa le soltó una noche.

¿Por la mía?

¡Sí!

Pues a ver si así aprendes resopló Sonsoles. Está muy bien quedar de generoso con el dinero de tu mujer. Ahora pagas tú por tu hermano, y saca tus conclusiones.

En el fondo, Sonsoles quería seguir creyendo que Rafa tendría un momento de remordimiento y pagaría antes de irse. Y, como por arte de magia, una tarde llamó Rafa. Pero no a Jaime. A ella.

¿Sería posible? ¿Iba a pagar?

Mira, Sonsoles, verás, tengo un favor que pedirte

Rafa, no tengo tiempo para tus favores. Deberíais haber pagado agosto y aún debo reclamar julio. Ya no es cosa mía, es asunto de Jaime, que se puso de avalista.

Sí, Jaime me lo ha dicho. Pobrecito, cómo le maltratas. Pero escucha, tengo un problemón: se me ha averiado el coche y me he gastado todo en el taller. Tengo que llevarme a la familia y bueno, el alquiler ya lo hablamos luego, ¿vale?

Previsible.

Sonsoles colgó sin decir más.

Jaime, que había oído la conversación desde la puerta, comprendió todo al verle la cara.

Vale admitió, avergonzado. Me equivoqué confiando tanto en él. Pero tú no me perdonas ni un fallo. Sólo me empujas más y más

¿Qué querías? ¿Que sonriera y te dijera: No pasa nada, cariño, que disfruten el verano, que ya sobreviviré yo? Insististe en pagar tú.

Sí, insistí refunfuñó él. Pero no esperaba que te importara tan poco que tuviera que matarme trabajando. ¿Es que piensas en mí?

¿Y tu hermano piensa en ti?

Es buena persona, solo que le ha salido todo mal

Sí, sí. Buenísima persona, dejando el marrón y a ti de cabeza de turco, mientras yo, que reclamo lo mío, resulto ser la mala.

Jaime bajó la cabeza. El ambiente en casa quedó en vilo. Y, por primera vez, su matrimonio se tambaleaba sin remisión.

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Pensaban que solo era la señora de la limpieza… ¡Fijaos en sus caras!