Esto Ya Lo Hemos Vivido —¡Mira qué preciosidad he encontrado! —Vera sacó de la bolsa una caja con una guirnalda y la agitó ante la cara de Kiril. Su marido apartó la vista del móvil y echó un vistazo distraído al paquete. —Ajá. —¿Cómo que “ajá”? ¡Es una guirnalda de “rocío”! ¿Sabes cómo va a quedar en el árbol? Magia pura, como destellos de luz. Lo he visto en Internet, la gente sube unas fotos que parecen de cuento. Vera ya imaginaba el salón: luces tenues, el suave parpadeo de cientos de diminutas bombillas, aroma a mandarinas y a abeto. La velada perfecta de Nochevieja. Ese ambiente cálido y acogedor que tanto se esforzaba por crear en su piso. Kiril volvió a sumergirse en su pantalla. —Pues ya está, la has comprado. Vera suspiró con contención, pero no dijo nada. Total, lo importante era el resultado. El árbol ya ocupaba su esquina, listo para ser decorado. Vera abrió la guirnalda y los finos hilos de cobre llenos de lucecitas se deslizaron entre sus dedos. Precioso. Solo quedaba rodear cada rama, una a una, con cuidado. —Kiril, ¿me ayudas? Es un follón hacerlo sola. Su marido, con un suspiro teatral, se levantó del sofá, con ese aire de estar a punto de descargar un camión de ladrillos y no de colgar una guirnalda. —Coge aquí, yo empiezo por abajo —ordenó Vera. Todo fue más o menos bien durante los primeros veinte minutos. Vera colocaba el hilo entre las agujas del árbol, fijándose en que las luces quedaran bien repartidas, mientras Kiril sujetaba el árbol y le pasaba el tramo siguiente. —¿Falta mucho, Vera? Que estoy cansado… —Solo un poco más, aguanta. Pero ese “poco” se fue alargando. La guirnalda se enredaba, las luces se apelotonaban, y había que empezar de nuevo. Vera quería que quedara perfecto, y eso lleva tiempo. Kiril empezó a mirar el reloj con exageración y a suspirar sonoramente. Primero de reojo, luego a cara descubierta. —Llevamos más de una hora con esto, Vera. —¿Y? —Nada. Es un hecho. Vera se mordió el labio. No te enciendas, se dijo. No ahora. —Mejor ayúdame aquí a tensar. Kiril tiró del cable demasiado fuerte y destrozó de un tirón toda la rama que Vera acababa de terminar. —¡Con cuidado! —Si lo hago con cuidado. —¿Con cuidado? ¡Lo has estropeado! ¡Me ha llevado media hora esa rama! —¿Media hora para una rama? —resopló Kiril—. ¿Quieres unas pinzas para precisión de cirujana? Vera calló. Volvió a rehacerlo. Siguió a lo suyo. Pero al cabo de cuarenta minutos, la paciencia de Kiril llegó a su límite… —A ver, explícame, —se apartó del árbol con los brazos cruzados—, ¿por qué perdemos el tiempo con esto? —No es perder el tiempo. —Anda ya. Es una guirnalda. Se tira así y listo. Vera se giró despacio, sintiendo cómo algo ardía y pinchaba en su pecho. —Se tira y listo… Entiendo. —Hay cosas más importantes que perderse con bombillitas. —¿Como cuáles? ¿Tirarse en el sofá? ¿Hacer scroll? Kiril frunció el ceño. —Vera, no empieces. —No, Kiril, explícame tú lo importante. Porque no recuerdo que nada en casa te interese jamás. Solo comes, duermes, y ves la tele. —No es cierto. —Sí lo es. Yo me esfuerzo, invento, trato de crear algo bonito, hacer hogar… ¡A ti te da igual! ¡Te da igual todo, Kiril! —¿De verdad vas a montar un numerito por una guirnalda? —¡No monto el numerito por la guirnalda! Sino porque pasas de mí y de lo que hago, como si yo fuera un mueble. —¿Qué esfuerzo? ¿Colocar cables en las ramas? Anda ya, Vera, eso no tiene sentido. La gente normal cuelga la guirnalda en diez minutos. —¡La gente normal valora a sus mujeres! A partir de ahí, la cosa se desbordó. Vera ni se dio cuenta de cómo empezó a soltar todo lo que llevaba dentro: los calcetines tirados, la vajilla sin lavar, aquel cumpleaños en el que él se olvidó hasta la noche cuando ella ya había llorado a solas. Kiril contestaba, contraatacaba, recordando sus continuos reproches y la dificultad de simplemente estar tranquilo en su propia casa. La guirnalda de “rocío” quedó a medio poner: una parte derecha, la otra caída, una esquina colgando desangelada. El árbol parecía tan perdido y triste como aquella discusión. En algún momento los dos callaron. No porque estuvieran reconciliados, sino porque se habían quedado sin fuerzas. —No puedo más —soltó Vera, y se fue al dormitorio. La puerta se cerró en silencio, sin portazo, porque ya no quedaba energía. Allí sacó su bolso de viaje. —Me voy con mis padres —le avisó a su marido, metiendo un jersey en la bolsa. Kiril frunció el entrecejo, extrañado. —¿Solo el fin de semana? —De momento, sí. —¿Y cuándo vuelves? —No sé. No preguntó más. No la retuvo. Solo miró cómo ella se preparaba. —Vale —dijo al fin. —Vale —repitió Vera, con eco. …El sábado y el domingo los pasó con sus padres, ignorando los escasos mensajes de Kiril. “¿Cómo estás?”, sonó el móvil por la mañana. Vera miró la pantalla y la dejó sobre la mesa. “¿Hablamos luego?”, llegó por la tarde. Ni lo abrió. Que piense. Que disfrute esa casa silenciosa, y entienda cómo es para ella estar sola allí desde hace meses. …El domingo, Vera quedó con Lena y Oksana en una cafetería de la calle Mayor. Un sitio con sofás mullidos y olor a canela, perfecto para hablar de la vida. —Y va y me dice: que es una tontería, que la guirnalda se cuelga en diez minutos —Vera dio un sorbo a su café con leche—. ¿Os lo podéis creer? Lena se cruzó una mirada significativa con Oksana. —Verita, —Lena se inclinó hacia ella y sus ojos reflejaron un destello cortante—, sabes que esto solo es el principio, ¿no? —¿Cómo que el principio? —Hoy no valora tu guirnalda, mañana pasará a no valorarte a ti. Oksana asintió tan rápido que sus pendientes tintinearon. —El mío empezó igual. Con detalles. Luego resultó que todo lo que importaba era él y su comodidad. —Los hombres no cambian —sentenció Lena como si fuera la gurú de la pareja—. Es la ley de la vida. Puedes insistir lo que quieras: le da igual. Vera giró la taza en sus manos. Había algo en esa charla que le rozaba el alma. Algo nuevo… —Chicas, fue solo una bronca… —¿Solo? —Oksana soltó una carcajada—. ¡Despierta, Verita! Es la alarma de inicio. La primera de muchas. Esto ya lo hemos vivido. —Exacto —secundó Lena—. Piénsatelo bien. ¿Para qué atarte a algo destinado a acabar mal? Vera levantó la mirada y, por un instante, lo vio claro. A los ojos de sus dos amigas brillaba algo distinto. No era compasión. No era empatía. ¿Tal vez expectación? ¿Cierta satisfacción? ¿Una pizca de envidia escondida? Lena y Oksana estaban divorciadas. Ahora vivían solas, con sus gatos y sus series interminables. Y, de pronto, Vera lo entendió: no querían ayudarla. Querían que se sumara a su “club”. —Gracias por los consejos, chicas —sonrió Vera—. Lo pensaré. Pero estaba pensando en otra cosa. …El lunes fue insoportable. Por la tarde, Vera iba en metro, contemplando su reflejo en la ventana, sin saber qué esperar al volver a casa. La llave giró en la cerradura. Abrió la puerta, entró en el recibidor… Y se quedó quieta. De la sala venía una luz cálida. Cientos de diminutas luces centelleaban en el árbol —colocadas, perfectas, preciosas. La guirnalda de “rocío” abrazaba cada rama justo como Vera había soñado. El ambiente mágico que ella tanto deseaba por fin llenaba su piso. Kiril salió del dormitorio. Cara de arrepentido, manos torpes colgando. —Vera… —¿Lo has hecho tú? —Sí… Bueno, he tenido que rehacerlo tres veces, la verdad. Resulta que sí es difícil. Vera permaneció callada. Lo miró. Al árbol. De nuevo a él. —Perdona… —Kiril avanzó un paso—. Me equivoqué. Mucho. Tú querías algo bonito y yo… Actué como un imbécil… —Kiril… —Espera, déjame hablar. El fin de semana fui a ver a mi madre. Me dio una charla buena. Me explicó que para ti es importante crear hogar. Que yo debería verlo y valorarlo. Y fallé, lo reconozco. Perdóname. Los ojos de Vera se humedecieron. —¿Te lo ha dicho doña Carmen? —Sí. Y mucho más. Sobre la importancia de los detalles. Que te estoy hiriendo y ni me doy cuenta. Las lágrimas la desbordaron. Vera no intentó pararlas. Kiril la abrazó, fuerte, de verdad. —Te he echado tanto de menos… —susurró sobre su pelo—. Estos días sin ti… Lo he pasado fatal. —Yo también… —balbuceó ella. Se quedaron así. Las luces parpadeaban, tiñendo las paredes de reflejos cálidos. …En Nochevieja, celebraron juntos. Cava, ensaladilla, mandarinas y la dichosa guirnalda “rocío”, que por fin brillaba como Vera soñaba. Campanadas, brindis, beso frente al árbol. —Feliz año, —murmuró Kiril, abrazándola. —Feliz año —sonrió Vera. Cuando Lena y Oksana supieron de la reconciliación, sus “enhorabuenas” sonaron tan falsas que a Vera le dieron ganas de reír por teléfono. “Pues nos alegramos…”, masculló Lena. “Espero que de verdad cambie”, remató Oksana, en tono incrédulo. Vera colgó y ya no volvió a llamar. Había entendido, por fin, que hay amigos que solo saben compadecer la pena ajena, porque alegrarse por la felicidad cuesta mucho más. Es fácil consolar, asentir con lástima y seguir con su vida. Pero para el verdadero bienestar, necesitas gente distinta a tu lado. Gente de verdad…

Lunes, 19 de diciembre

¡Mira qué maravilla he encontrado! Marina sacó una caja de una bolsa y la agitó con emoción delante de mi cara.

Por fin levanté la vista del móvil y le eché un vistazo distraído a la caja.

Ajá respondí sin mucho interés.

¿Cómo que ajá? ¡Es rocío! ¿Sabes lo bonito que quedará en el árbol? Será magia pura. Como si la luz chispease entre las ramas. Lo he visto en las fotos de Instagram, ¡la gente hace maravillas!

Marina ya visualizaba el salón: la luz tenue, el centelleo cálido de centenares de mini luces, el olor a mandarinas y a pino. La Nochevieja perfecta. Ese ambiente acogedor que tanto se ha esforzado en crear en nuestro piso de Madrid.

Me volví a sumergir en el móvil.

Ya lo has comprado pues vale.

Marina suspiró con discreción y se guardó las palabras. No quiso hacer una escena. Lo importante es el resultado, me dije.

El árbol, ya plantado en su rincón, nos esperaba. Marina abrió la caja y las finísimas hebras de cobre, salpicadas de leds, se deslizaron entre sus dedos. Faltaba solo envolver cada rama con delicadeza.

Luis, ayúdame, anda. Es complicado hacerlo sola.

Dejé el móvil a regañadientes y me levanté del sofá. Avancé hacia el árbol con una pesadez como si me hubieran pedido descargar sacos de yeso, no colocar una guirnalda.

Sujeta aquí. Yo empiezo por abajo ordenó Marina.

Durante los primeros veinte minutos, todo fue medianamente bien. Marina pasaba el cable entre las agujas del árbol con esmero. Yo sujetaba el tronco y le daba cuerda al siguiente tramo de luces.

¿Falta mucho? Estoy ya agotado

Un poquito de paciencia, que ya casi está contestó ella.

Ese poquito resultó ser eterno. La guirnalda se enredaba, las luces se apelotonaban. Marina quería que quedara perfecto, y eso exigía tiempo.

Empecé a mirar el reloj, primero de reojo y luego ya sin disimulo. Los suspiros fillaban la estancia.

Llevamos ya una hora larga con esto

¿Y qué pasa?

Nada. Sólo lo digo.

Marina se mordió los labios. Yo notaba la tensión, pero ninguno cedía.

Sujeta aquí, por favor, que necesito tensar este lado.

Tiré del cable un poco más fuerte de la cuenta y parte de lo que ella acababa de colocar se vino abajo.

¡Cuidado!

Que estaba teniendo cuidado

¿Teniendo cuidado? ¡Me has deshecho el trabajo de media hora!

¿Media hora una sola rama? ¿Quieres unas pinzas? Para precisión de cirujano resoplé, picado.

Marina calló y recomenzó la tarea, sin mirarme. La paciencia desaparecía.

Tras otros cuarenta minutos, se hartó ella y también yo.

Explícame para qué sirve todo esto, Marina. ¿Por qué gastamos tanto tiempo en una tontería?

No es ninguna tontería.

Sí que lo es. Es una guirnalda como cualquier otra. Se puede poner en dos minutos y ya está.

Me miró fijo. Noté cómo hervía algo dentro de ella.

Claro, se puede poner y ya está Qué fácil te parece todo.

Hay cosas más importantes que estar enredándonos con lucecitas.

¿Como qué? ¿Tumbarte a ver la tele y mirar el Twitter?

Fruncí el ceño.

No empieces

Sí, empieza y explícamelo: ¿qué es lo tan importante? Nunca muestras interés por nada en casa. Nada te importa, Luis, sólo el sofá, la siesta y la Liga.

Eso no es verdad.

¿Ah, no? Yo me esfuerzo, quiero que tengamos algo bonito, un hogar de verdad. Y tú, ni fu ni fa. ¡Te da igual todo, Luis!

¿De verdad vas a montar una escena por una guirnalda?

No es la guirnalda, ¡es cómo pasas de mí! De mis ideas, de lo que intento aquí.

Pero si sólo es pasar cablecitos por las ramas, Marina, por favor. La gente las pone en diez minutos.

La gente decente valora a sus esposas.

La discusión arrancó desde ahí y acabó en todos los problemas: mis calcetines por el suelo, los platos sin fregar, mi olvido de su cumpleaños el año pasado, cuando me acordé a última horacuando ya la había visto llorar en silencio. Yo aguantaba el chaparrón y recordé, a mi vez, sus reproches continuos, su interminable exigencia de perfección.

La guirnalda rocío quedó como estaba: medio colgada, una parte bien, otra torcida y un rincón casi descolgado, como un adorno triste. El árbol, testigo mudo de nuestra pelea, parecía aún más desangelado.

Llega un punto en que los dos callamos. No es reconciliación, es puro agotamiento.

Ya no puedo más soltó Marina, y se encerró en la habitación.

La puerta se cerró suavemente. Ni siquiera hubo portazo: no le quedaban energías.

La vi sacar la maleta de viaje.

Me voy a casa de mis padres me anunció mientras metía un jersey en la bolsa.

¿El fin de semana?

De momento, sí.

¿Y cuándo vuelves?

No lo sé.

No pregunté más. Ni el porqué ni el para qué. La observé hacer la maleta, eso es todo.

Vale dije al fin.

Vale respondió ella.

El sábado y el domingo los pasó en casa de sus padres, ignorando mis mensajes. ¿Estás bien?, ponía uno por la mañana. Ni respuesta. ¿Podemos hablar?, escribí por la tarde. Mi móvil, mudo.

Que se calme. Que note el silencio. Que sepa cómo es sentirse solo en casa, me repetía.

El domingo, Marina quedó con Leticia y Asunción en una cafetería de la Gran Vía. Un sitio pequeñito, con bancos tapizados y olor a canela: el escenario perfecto para confidencias.

Y va y me dice, ‘normalmente la gente pone estas luces en diez minutos’ contaba Marina entre trago y trago de café con leche. ¿Os lo podéis creer?

Leticia lanzó una mirada significativa a Asunción.

Marina, mujer Leticia se inclinó hacia Marina, y sus ojos mostraban una chispa extraña, ¿eres consciente de que esto es solo el principio?

¿A qué te refieres?

Que hoy desprecia tu guirnalda, y mañana, te despreciará a ti.

Asunción asentía con tal ímpetu que le tintineaban los pendientes.

El mío hacía igual. Primero tonterías, y después nada importa salvo su comodidad aportó.

Los hombres no cambian sentenció Leticia como quien recita un oráculo. Puedes esforzarte años y años y les da exactamente lo mismo.

Marina giraba la taza entre las manos. Allí, notó algo diferente. Una sensación incómoda…

Chicas, vais demasiado lejos. Es sólo una pelea…

¿Solo una? rió Asunción. Marina, espabila. Esto es una señal de aviso. Lo hemos vivido todas.

Tal cual añadió Leticia. Piénsalo bien. ¿Para qué luchar por lo que ya está condenado?

Y de repente, Marina vio en sus ojos algo revelador: no preocupación genuina, ni tristeza. Algo previsible, un punto de malicia. ¿Una alegría oculta? ¿Ganas de que fuera una más del club?

Las dos, separadas y con gatas, maratones de Netflix y domingos interminables. Sentí que lo que menos deseaban era ayudar: sólo pretendían arrastrarla a su mundo.

Gracias por los consejos, chicas respondió Marina con sonrisa forzada. Lo pensaré.

Aunque ya estaba pensando en otra cosa.

El lunes fue eterno. Por la tarde, Marina volvía en metro, mirando su reflejo en el cristal, nerviosa por el regreso a casa.

Metí la llave, abrí la puerta, entré al recibidor…

Y me quedé quieto.

Del salón llegaba una luz suave. Docenas de pequeños focos brillaban en el árbol: todo perfecto, recto, como a Marina le gustaba. La guirnalda rocío su sueño abrazaba cada rama.

Salí de la habitación y me acerqué.

Marina

¿Lo has hecho tú?

Sí… Bueno, sí. La he puesto. Tres veces, para ser sincero. No es fácil, la verdad.

Marina me miraba fijamente. Y al árbol. Y otra vez a mí.

Perdona di un paso y la miré a los ojos. Me equivoqué. Mucho. Querías que fuera bonito, y yo… me comporté como un idiota.

Luis…

Espera, déjame acabar. El fin de semana fui a casa de mi madre. Ella me… bueno, me puso en mi sitio. Me explicó que para ti es fundamental crear un hogar, y que yo no lo estaba valorando. Perdona, sinceramente.

Vi a Marina secarse los ojos rápido.

¿Te lo dijo tu madre?

Sí, Teresa me lo dijo. Y muchas otras cosas. Lo importantes que son los detalles. Que sin querer, a veces, te hago daño.

Las lágrimas le caían, sin que intentara ocultarlas. Me acerqué y la abracé, fuerte, de verdad.

Te he echado de menos le susurré al oído. Estos días sin ti han sido un infierno.

Y yo a ti contestó.

Nos quedamos así un rato largo. La luz de las luces rozaba la pared con cálidas sombras.

Recibimos el año juntos. Cava, ensaladilla rusa, mandarinas y la rocío iluminando por fin como había soñado Marina. Campanadas, copas chocando y un beso entre los destellos.

Feliz año, Marina dije abrazándola.

Feliz año, Luis me devolvió la sonrisa.

Cuando Leticia y Asunción supieron que nos habíamos reconciliado, sus felicitaciones sonaron más falsas que nunca. Nos alegramos por ti, murmuró Leticia. Ojalá cambie de verdad, soltó Asunción, dejando claro que no se lo creía.

Marina colgó y no volvió a llamar.

Entendí de pronto que hay quienes solo saben compadecerse del sufrimiento ajeno, porque la felicidad les cuesta. Es más fácil lamentar, asentir con pena, y marcharse a sus vidas. Para ser feliz necesitas a personas que te acompañen de verdad. A los tuyos.

Hoy lo tengo más claro que nunca. Y pienso cuidar esa luz cálida, como el rocío sobre las ramas, todos los días que me queden.

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five × three =

Esto Ya Lo Hemos Vivido —¡Mira qué preciosidad he encontrado! —Vera sacó de la bolsa una caja con una guirnalda y la agitó ante la cara de Kiril. Su marido apartó la vista del móvil y echó un vistazo distraído al paquete. —Ajá. —¿Cómo que “ajá”? ¡Es una guirnalda de “rocío”! ¿Sabes cómo va a quedar en el árbol? Magia pura, como destellos de luz. Lo he visto en Internet, la gente sube unas fotos que parecen de cuento. Vera ya imaginaba el salón: luces tenues, el suave parpadeo de cientos de diminutas bombillas, aroma a mandarinas y a abeto. La velada perfecta de Nochevieja. Ese ambiente cálido y acogedor que tanto se esforzaba por crear en su piso. Kiril volvió a sumergirse en su pantalla. —Pues ya está, la has comprado. Vera suspiró con contención, pero no dijo nada. Total, lo importante era el resultado. El árbol ya ocupaba su esquina, listo para ser decorado. Vera abrió la guirnalda y los finos hilos de cobre llenos de lucecitas se deslizaron entre sus dedos. Precioso. Solo quedaba rodear cada rama, una a una, con cuidado. —Kiril, ¿me ayudas? Es un follón hacerlo sola. Su marido, con un suspiro teatral, se levantó del sofá, con ese aire de estar a punto de descargar un camión de ladrillos y no de colgar una guirnalda. —Coge aquí, yo empiezo por abajo —ordenó Vera. Todo fue más o menos bien durante los primeros veinte minutos. Vera colocaba el hilo entre las agujas del árbol, fijándose en que las luces quedaran bien repartidas, mientras Kiril sujetaba el árbol y le pasaba el tramo siguiente. —¿Falta mucho, Vera? Que estoy cansado… —Solo un poco más, aguanta. Pero ese “poco” se fue alargando. La guirnalda se enredaba, las luces se apelotonaban, y había que empezar de nuevo. Vera quería que quedara perfecto, y eso lleva tiempo. Kiril empezó a mirar el reloj con exageración y a suspirar sonoramente. Primero de reojo, luego a cara descubierta. —Llevamos más de una hora con esto, Vera. —¿Y? —Nada. Es un hecho. Vera se mordió el labio. No te enciendas, se dijo. No ahora. —Mejor ayúdame aquí a tensar. Kiril tiró del cable demasiado fuerte y destrozó de un tirón toda la rama que Vera acababa de terminar. —¡Con cuidado! —Si lo hago con cuidado. —¿Con cuidado? ¡Lo has estropeado! ¡Me ha llevado media hora esa rama! —¿Media hora para una rama? —resopló Kiril—. ¿Quieres unas pinzas para precisión de cirujana? Vera calló. Volvió a rehacerlo. Siguió a lo suyo. Pero al cabo de cuarenta minutos, la paciencia de Kiril llegó a su límite… —A ver, explícame, —se apartó del árbol con los brazos cruzados—, ¿por qué perdemos el tiempo con esto? —No es perder el tiempo. —Anda ya. Es una guirnalda. Se tira así y listo. Vera se giró despacio, sintiendo cómo algo ardía y pinchaba en su pecho. —Se tira y listo… Entiendo. —Hay cosas más importantes que perderse con bombillitas. —¿Como cuáles? ¿Tirarse en el sofá? ¿Hacer scroll? Kiril frunció el ceño. —Vera, no empieces. —No, Kiril, explícame tú lo importante. Porque no recuerdo que nada en casa te interese jamás. Solo comes, duermes, y ves la tele. —No es cierto. —Sí lo es. Yo me esfuerzo, invento, trato de crear algo bonito, hacer hogar… ¡A ti te da igual! ¡Te da igual todo, Kiril! —¿De verdad vas a montar un numerito por una guirnalda? —¡No monto el numerito por la guirnalda! Sino porque pasas de mí y de lo que hago, como si yo fuera un mueble. —¿Qué esfuerzo? ¿Colocar cables en las ramas? Anda ya, Vera, eso no tiene sentido. La gente normal cuelga la guirnalda en diez minutos. —¡La gente normal valora a sus mujeres! A partir de ahí, la cosa se desbordó. Vera ni se dio cuenta de cómo empezó a soltar todo lo que llevaba dentro: los calcetines tirados, la vajilla sin lavar, aquel cumpleaños en el que él se olvidó hasta la noche cuando ella ya había llorado a solas. Kiril contestaba, contraatacaba, recordando sus continuos reproches y la dificultad de simplemente estar tranquilo en su propia casa. La guirnalda de “rocío” quedó a medio poner: una parte derecha, la otra caída, una esquina colgando desangelada. El árbol parecía tan perdido y triste como aquella discusión. En algún momento los dos callaron. No porque estuvieran reconciliados, sino porque se habían quedado sin fuerzas. —No puedo más —soltó Vera, y se fue al dormitorio. La puerta se cerró en silencio, sin portazo, porque ya no quedaba energía. Allí sacó su bolso de viaje. —Me voy con mis padres —le avisó a su marido, metiendo un jersey en la bolsa. Kiril frunció el entrecejo, extrañado. —¿Solo el fin de semana? —De momento, sí. —¿Y cuándo vuelves? —No sé. No preguntó más. No la retuvo. Solo miró cómo ella se preparaba. —Vale —dijo al fin. —Vale —repitió Vera, con eco. …El sábado y el domingo los pasó con sus padres, ignorando los escasos mensajes de Kiril. “¿Cómo estás?”, sonó el móvil por la mañana. Vera miró la pantalla y la dejó sobre la mesa. “¿Hablamos luego?”, llegó por la tarde. Ni lo abrió. Que piense. Que disfrute esa casa silenciosa, y entienda cómo es para ella estar sola allí desde hace meses. …El domingo, Vera quedó con Lena y Oksana en una cafetería de la calle Mayor. Un sitio con sofás mullidos y olor a canela, perfecto para hablar de la vida. —Y va y me dice: que es una tontería, que la guirnalda se cuelga en diez minutos —Vera dio un sorbo a su café con leche—. ¿Os lo podéis creer? Lena se cruzó una mirada significativa con Oksana. —Verita, —Lena se inclinó hacia ella y sus ojos reflejaron un destello cortante—, sabes que esto solo es el principio, ¿no? —¿Cómo que el principio? —Hoy no valora tu guirnalda, mañana pasará a no valorarte a ti. Oksana asintió tan rápido que sus pendientes tintinearon. —El mío empezó igual. Con detalles. Luego resultó que todo lo que importaba era él y su comodidad. —Los hombres no cambian —sentenció Lena como si fuera la gurú de la pareja—. Es la ley de la vida. Puedes insistir lo que quieras: le da igual. Vera giró la taza en sus manos. Había algo en esa charla que le rozaba el alma. Algo nuevo… —Chicas, fue solo una bronca… —¿Solo? —Oksana soltó una carcajada—. ¡Despierta, Verita! Es la alarma de inicio. La primera de muchas. Esto ya lo hemos vivido. —Exacto —secundó Lena—. Piénsatelo bien. ¿Para qué atarte a algo destinado a acabar mal? Vera levantó la mirada y, por un instante, lo vio claro. A los ojos de sus dos amigas brillaba algo distinto. No era compasión. No era empatía. ¿Tal vez expectación? ¿Cierta satisfacción? ¿Una pizca de envidia escondida? Lena y Oksana estaban divorciadas. Ahora vivían solas, con sus gatos y sus series interminables. Y, de pronto, Vera lo entendió: no querían ayudarla. Querían que se sumara a su “club”. —Gracias por los consejos, chicas —sonrió Vera—. Lo pensaré. Pero estaba pensando en otra cosa. …El lunes fue insoportable. Por la tarde, Vera iba en metro, contemplando su reflejo en la ventana, sin saber qué esperar al volver a casa. La llave giró en la cerradura. Abrió la puerta, entró en el recibidor… Y se quedó quieta. De la sala venía una luz cálida. Cientos de diminutas luces centelleaban en el árbol —colocadas, perfectas, preciosas. La guirnalda de “rocío” abrazaba cada rama justo como Vera había soñado. El ambiente mágico que ella tanto deseaba por fin llenaba su piso. Kiril salió del dormitorio. Cara de arrepentido, manos torpes colgando. —Vera… —¿Lo has hecho tú? —Sí… Bueno, he tenido que rehacerlo tres veces, la verdad. Resulta que sí es difícil. Vera permaneció callada. Lo miró. Al árbol. De nuevo a él. —Perdona… —Kiril avanzó un paso—. Me equivoqué. Mucho. Tú querías algo bonito y yo… Actué como un imbécil… —Kiril… —Espera, déjame hablar. El fin de semana fui a ver a mi madre. Me dio una charla buena. Me explicó que para ti es importante crear hogar. Que yo debería verlo y valorarlo. Y fallé, lo reconozco. Perdóname. Los ojos de Vera se humedecieron. —¿Te lo ha dicho doña Carmen? —Sí. Y mucho más. Sobre la importancia de los detalles. Que te estoy hiriendo y ni me doy cuenta. Las lágrimas la desbordaron. Vera no intentó pararlas. Kiril la abrazó, fuerte, de verdad. —Te he echado tanto de menos… —susurró sobre su pelo—. Estos días sin ti… Lo he pasado fatal. —Yo también… —balbuceó ella. Se quedaron así. Las luces parpadeaban, tiñendo las paredes de reflejos cálidos. …En Nochevieja, celebraron juntos. Cava, ensaladilla, mandarinas y la dichosa guirnalda “rocío”, que por fin brillaba como Vera soñaba. Campanadas, brindis, beso frente al árbol. —Feliz año, —murmuró Kiril, abrazándola. —Feliz año —sonrió Vera. Cuando Lena y Oksana supieron de la reconciliación, sus “enhorabuenas” sonaron tan falsas que a Vera le dieron ganas de reír por teléfono. “Pues nos alegramos…”, masculló Lena. “Espero que de verdad cambie”, remató Oksana, en tono incrédulo. Vera colgó y ya no volvió a llamar. Había entendido, por fin, que hay amigos que solo saben compadecer la pena ajena, porque alegrarse por la felicidad cuesta mucho más. Es fácil consolar, asentir con lástima y seguir con su vida. Pero para el verdadero bienestar, necesitas gente distinta a tu lado. Gente de verdad…
¡Andrés Vital, por favor! ¡Se lo ruego! ¡Ayúdeme! – La mujer se arrojó a los pies del alto hombre ve…