Diario de Ramón, 18 de Julio
La boda terminó con alegría aquí en el pueblo, un evento que siempre despierta fiesta en las calles de cualquier aldea castellana. Esta vez fueron Clara y Tomás los que se casaron. Aquí, cuando hay motivo para celebrar, basta con una sobremesa improvisada bajo los soportales de cualquier casa para que las risas y las canciones revuelvan el aire.
Clara y Tomás decidieron instalarse desde el principio separados de sus familias, en la casa de la abuela de Tomás, una construcción de piedra con tejas rojas en las afueras. Tomás trabajaba de repartidor con su furgoneta Renault, llevando productos de la capital a las dos tiendas del pueblo.
No estuvieron saliendo mucho tiempo, apenas dos meses. Tomás siempre supo que esa chica sencilla, de sonrisa tranquila, sería la esposa cariñosa y fiel que él buscaba. Así lo decidió una tarde bajo la sombra de un olivo.
Clara, ¿te casarías conmigo? le preguntó Tomás, sin darle muchas vueltas.
¿Tan pronto? respondió ella, con rubor.
¿Y para qué esperar? Si nos conocemos desde críos, sólo que yo salí del instituto un par de años antes. Venga, Clara, ¿te animas?
Claro que sí dijo ella, y lo abrazó con la mirada llena de esperanza.
La madre de Clara se sorprendió mucho al enterarse de la noticia.
Hija, este Tomás va muy deprisa. No sé si es amor verdadero lo que siente. Y tú, ¿estás segura de quererle?
Sí, me gusta mucho, mamá.
Bueno, que no te equivoques, Clara. El marido debe ser una pared sólida para una mujer.
En nuestro pueblo se rumoreaba últimamente que Luis, el hijo de Tía Rosario, estaba echado a perder. Buen chico, serio y trabajador, aunque siempre muy tímido, ahora se le veía demasiado a menudo con los del bar, esos que sólo saben gastar el día entre copas de vino en la plaza.
Rosario, ¿qué sucede con tu Luis? se asombraba la gente. Era un buen cosechero, y ahora mira, si sigue así lo echan del trabajo, seguro.
Durante meses, no se le vio sobrio. La madre, preocupada, luchó por hacerlo entrar en razón, pero nada daba resultado. Llegó la época de la siega, y Luis ni siquiera fue al campo. Lo despidieron de la cooperativa, después de años de ser el más entendido con las máquinas.
¿Qué le habrá pasado a Luis? comentaba doña Carmen, la señora mayor del banco de la plaza. Antes era un buen chico y ahora lo veo tambaleando por la calle
Rosario ya ni sabía qué pensar. Entró en casa y lo encontró tirado en el sofá murmurando algo. Se acercó a escuchar.
Clara, Clarita ¿por qué te casaste, Clara? Yo te quiero
¿Será que es por Clara la cartera? se sobresaltó Rosario. ¿Luis está enamorado de ella y nadie se enteró? Si nunca se le vio detrás de ninguna, será su timidez.
Ese día, mientras Clara repartía el correo, Rosario la interceptó.
Clara, ¿por qué te fuiste con Tomás y dejaste a Luis de lado? Mira cómo está, igual bebe por tu culpa. ¿Por qué jugaste con mi hijo?
Clara se quedó de piedra. Apenas reaccionó y, ya repuesta, acertó a decir:
Tía Rosario, ¿por qué cree eso? Yo apenas crucé palabra con Luis, alguna vez dos frases y ya. Jamás hubo nada.
No disimules insistió Rosario. Hoy te nombro, le escuché llorar por ti. No tuvo valor para decírtelo, siempre se lo tragó
Créame, no sabía nada. Ni me miraba apenas
Es tan tímido
Hablaré con él, tía. Se lo prometo.
Dos días después, Clara encontraba a Luis entre la cuadrilla de siempre, sentados en la barrera, vaciando botellas de vino barato.
Vaya panda, dijo en voz alta al detenerse. Y tú, Luis, ¿por qué andas aquí? Tengo que hablar contigo.
Los otros desaparecieron escabulléndose. Él bajó la cabeza y ella se sentó a su lado.
A ver, ¿desde cuándo esto?
¿El qué?
Que me quieras
¿Cómo lo sabes?
Lo intuí, vámonos. Cuéntamelo.
Desde la ESO, Clara admitió al fin Luis.
Ella se quedó sorprendida.
Luis, cuando uno ama de verdad a otra persona, le desea lo mejor y sigue siendo digno. Esto que haces no te ayuda ni a ti ni a tu madre, sólo le das disgustos. Todos hablan de cómo has caído; ¿piensas seguir así?
Sé que tienes razón, pero me duele
Luis, eres un hombre, tómatelo con coraje. Mira que tampoco soy tanta cosa, ni guapa ni ordenada; pregúntale a Tomás. Siempre dejo la casa manga por hombro, mis piernas son torcidas y soy muy cabezota. Lo tuyo, amigo, es un amor imaginario. Dale una alegría a tu madre y deja la bebida, ya encontrarás un amor que sea para ti.
Clara se marchó. Luis la vio alejarse susurrando:
Eres la mejor, aunque no lo creas.
Al poco, Clara pasó por la tienda del pueblo y reconoció el coche de su marido.
Qué raro, Tomás tenía que estar en Valladolid todavía pensó mientras entraba.
En el mostrador no había nadie, pero en seguida salió María, la dependienta, con las mejillas encendidas y el pelo descolocado.
Clara, ¿vienes a por algo?
No, sólo vi el coche de Tomás fuera, creí que seguía en la ciudad.
Ah Se le estropeó la furgoneta, fue a buscar una pieza al taller.
Vale, me voy entonces.
El verano seguía su curso, los grillos no callaban por la noche. Clara repartía la prensa, las cartas, las pensiones, pero ya no veía ni rastro de Luis por ninguna parte. Un día, entregando el ABC a Rosario, preguntó:
Tía Rosario, ¿qué es de Luis? No se le ve.
En casa anda. Ha dejado de beber. Trabaja haciendo leña, arreglando el corral, nada de vino y de amigos borrachos, antes los echó del patio.
Me alegro mucho, todo mejorará. Quiere decir que se puede salir de todos los baches.
Gracias, Clara, fue esa charla que tuviste con él. Me lo contó.
Clara rió y siguió con su ruta. Al volver a la tienda, vio de nuevo el coche de Tomás. Subió deprisa los peldaños y se quedó inmóvil: Tomás y María estaban abrazados y besándose, tan concentrados que ni la oyeron entrar.
Perdón, no quería interrumpir dijo, y ellos se separaron de golpe.
Clara, luego hablamos en casa murmuró Tomás, sin mirarla a los ojos, mientras María la miraba desafiante.
No hace falta, ya lo veo todo claro. Clara salió corriendo.
En casa, su madre trató de consolarla.
Te lo advertí, hija. Tomás no era trigo limpio. Pero tranquila, siempre se puede empezar otra vez. Todo irá bien, Clara.
La noticia del divorcio corrió de boca en boca más que una tormenta. En los pueblos nadie guarda secreto, y ya se sabía que Tomás tenía un lío con María antes de casarse.
Rosario regresó a casa desde la tienda.
Luis, ¿sabes qué? Clara y Tomás se separan, él se líó con María. Así que levanta ese ánimo y vuelve a la cooperativa. Ramón, tu encargado, me dijo que te readmiten si quieres, que te ha visto centrado.
Ya lo imaginaba sobre Tomás, mamá. Pero no era mi sitio meter las narices ahí. Clara nunca me hubiera creído
No tardó mucho en circular otra noticia.
¿Has oído? Luis y Clara la cartera se casan, qué buena pareja comentaba doña Carmen junto a la panadería. Rosario no cabe en sí de la alegría, hasta parece rejuvenecida.
Así es, Luis ha dejado la bebida, será buen marido, ya ves lo que puede una buena mujer asintió la vecina Ana.
Tomás y María se lo buscaron, en el fondo nunca dejó de quererla, pero ya verá, la María le dará problemas añadió Carmen sentenciosa.
Luis regresó a su casa y se sentó a la mesa. Clara trajinaba en la cocina: sacó el puchero de cocido, puso croquetas y, del horno, una empanada humeante. Se sentó sonriente.
Menudo festín, Clarita decía Luis con la boca llena. Y eso que decías que eras mala para la casa
Ya ves, Luis, sigo siendo un desastre se reía Clara.
Luis miró alrededor, la cocina reluciente, todo en orden, y sentenció:
Yo siempre supe que eres la mejor.
Y encima estoy embarazada anunció ella de repente. Luis se puso de pie, sorprendido y con lágrimas en los ojos.
¿De verdad? ¡Qué felicidad! ¡Sabía que eras la mejor! la abrazó fuerte y la colmó de besos.
Clara dio a luz a una niña, y tres años después a un varón. Todos felices, especialmente la suegra Rosario, que adoraba a su nuera y a los nietos. Y así la vida siguió su curso, tranquila y sencilla, como se vive en Castilla.
Hoy, al repasar todo esto, he aprendido que las heridas también curan, y que la verdad y la sencillez abren puertas hacia la felicidad genuina. Confiar en el tiempo y en las personas limpias de corazón es la mejor enseñanza que he podido guardar de aquellos días.






