¡¡Vete de aquí!!! ¡Te digo que te largues! ¿Qué haces rondando por aquí? — exclamó doña Clotilde con estrépito, dejando sobre la mesa, bajo la frondosa higuera, una gran bandeja de empanadillas recién hechas y empujando al chico del barrio. — ¡Anda, vete de una vez! ¿Cuándo pensará tu madre en ocuparse de ti? ¡Vago! Flaco como un fideo, Alex, al que nadie llamaba por su nombre porque todos estaban acostumbrados a su apodo, lanzó una mirada a la severa vecina y se arrastró hasta el portal de su casa. La gran casona, dividida en varios pisos, apenas estaba habitada: allí vivían, en realidad, solo dos familias y media: los Fernández, los Jimeno y los Carpio — Catalina con Alex. Los últimos eran “la media”, a quienes pocos prestaban atención salvo por necesidad. Catalina no contaba mucho en el vecindario, así que tampoco se consideraba importante perder tiempo con ella. Aparte de su hijo, Catalina no tenía a nadie. Ni marido ni padres. Se defendía sola como podía y sabía. La miraban de reojo, pero en general no la molestaban; sólo de vez en cuando apartaban a Alex, a quien no llamaban nunca por su nombre propio, sino por su apodo de Saltamontes, debido a sus alargados brazos y piernas y la enorme cabeza que parecía milagro se sostuviese en su fino cuello. Saltamontes era un niño de aspecto muy poco agraciado, tímido pero bondadoso. No podía pasar junto a un crío que llorara sin arrodillarse a consolarle, aunque por eso las madres más estrictas se apresuraran a apartar a sus retoños del “Espantapájaros”. Quién era ese “Espantapájaros” Alex no lo supo hasta que su madre le regaló un libro sobre una niña llamada Dorothy, y el niño entendió el porqué del apodo. No se sintió ofendido, ni mucho menos. Más bien pensó que, si todos los que le llamaban así habían leído ese libro, sabrían también que el Espantapájaros era inteligente y bueno, ayudaba a todos y acababa siendo el sabio regente de una ciudad maravillosa. Catalina, a la que su hijo compartió su reflexión, no quiso quitarle la ilusión. Decidió dejar a Alex pensar bien de la gente… porque la vida ya era bastante dura, y su niño todavía tendría tiempo de padecerla. Su hijo era el centro de su mundo. Perdonó a su marido el abandono en la propia maternidad, y cortó en seco a la matrona cuando murmuró que el niño había nacido “distinto”. — ¡Vamos, no diga tonterías! ¡Mi hijo es el niño más guapo del mundo! — ¿Quién lo duda? — le contestaron — Inteligente… eso ya es otra cuestión… — ¡Eso ya lo veremos! — decía Catalina acariciando la carita del bebé mientras lloraba de emoción. Los dos primeros años los pasaron yendo de doctor en doctor hasta que por fin la tomaron en serio. Viajaban a la ciudad en un autobús desvencijado, y Catalina abrazaba a su hijo cubierto hasta arriba con el abrigo más grueso heredado de sus benefactores. Nunca hacía caso de las miradas de compasión y, si alguien le venía con consejos indeseados, se transformaba en una verdadera loba: — ¡Lleva el tuyo al hospicio! ¿No quieres? ¡Pues no me des consejos! Yo sé lo que tengo que hacer. Para los dos años, Alejandro había mejorado y apenas se diferenciaba de los demás niños, salvo por su aspecto: cabeza grande, delgadísimo, brazos y piernas enjutas y Catalina haciendo todo cuanto estaba en su mano para que el niño ganase peso. Privándose ella de casi todo, le daba a Alex lo mejor que podía y eso logró, al menos, que los médicos dejaran de preocuparse. Mirando cómo la esbelta, casi élfica, Catalina abrazaba a su Saltamontes, decían: —¡Hay que ver, hay madres que hay que contar con los dedos! Le amenazaba la minusvalía y ahora… ¡mírelo! ¡Un campeón! —¡Eso es, mi niño es así! —¡No lo decimos por él, Catalina, sino por ti! ¡Eres un ejemplo! Pero ella se limitaba a encogerse de hombros. ¿No es ese el deber de cualquier madre? Cuando llegó el momento de entrar en primero de primaria, Alex ya leía, sabía escribir y hacer cuentas, aunque tartamudeaba un poco; y eso, a veces, le arruinaba todos sus talentos. —¡Basta, Alex, gracias! —cortaba la maestra, cediendo la palabra a otro, y luego al quejarse en la sala de profesores de lo imposible que era escucharlo en voz alta. Por fortuna, aquella profesora se marchó pronto, y el grupo pasó a manos de doña María, ya veterana, pero aún con energía y cariño de sobra. Ella reconoció enseguida la valía de Saltamontes, aconsejó logopeda y le pidió entregar deberes por escrito. —¡Qué letra más bonita! ¡Un gustazo leerte! Alex sonreía con orgullo, y doña María leía en voz alta las respuestas de su alumno, subrayando su talento ante todos. Catalina lloraba de agradecimiento, aunque la profesora cortó cualquier atisbo de gratitud: —¡No sea boba! ¡Para eso estamos! Su hijo es estupendo y todo le irá bien, ya verá. Alex corría encantado al colegio, saltando alegre por toda la calle, lo que divertía a varios vecinos. —¡Allá va nuestro Saltamontes! ¡Ese ya nos da la señal para irnos! Qué lástima que la naturaleza le haya hecho así… ¿Por qué no se lo llevó? Catalina, claro, lo escuchaba todo. Pero pensaba que, si Dios no les había dado corazón ni alma a algunas personas, ¿qué podían hacer los demás? Mejor invertir el tiempo en cuidar la casa o plantar un rosal más junto al portal. Su “trocito de jardín”, el más bonito de la manzana, florecía con rosales y un gran lilo. Catalina adornó los escalones con trozos de azulejos sobrantes del centro cultural, que logró arrastrar en carretilla desde el otro extremo del pueblo. —¡¿Y para qué querrá todo ese trasto?! —se extrañaban. Pero en un par de semanas se sorprendieron: Catalina transformó simple escombro en una obra de arte que todos admiraban. —Esto es un monumento… —decían. Ella no prestaba atención a las reacciones de los vecinos. El cumplido que más le importaba vino de su hijo: —Mamá, qué bonito… Alex acariciaba el mosaico y se sentía feliz. Su felicidad, breve y escasa: una palabra de aliento en clase o un dulce preparado por su madre. Nada más. Sus amigos eran pocos, y menos entre las niñas, a quienes las madres vigilaban especialmente, sobre todo doña Clotilde, que tenía tres nietas: cinco, siete y doce años. —¡Ni se te ocurra acercarte! —le amenazaba con el puño—. ¡No son para ti! Nadie sabía qué le pasaba por la cabeza, pero Catalina aconsejó a su hijo no molestar a Clotilde ni a sus nietas. —¿Para qué alterarla? Se va a poner enferma… Alex aceptó y ni se acercaba. Tampoco aquel día que Clotilde preparaba la fiesta familiar. Sólo pasaba por allí, sin intención de unirse a la celebración. —¡Ay, mis pecados! —suspiró Clotilde, tapando su bandeja con un pañito bordado—. ¡Dirán que soy una tacaña! ¡Espera! Sacó un par de empanadillas y alcanzó a Alex. —Toma, pero ni se te ocurra volver ¡eh! ¡Hoy es fiesta! Quédate en casa hasta que venga tu madre. ¿Entendido? Alex asintió, agradecido, pero Clotilde volvió enseguida a sus preparativos: celebrar el cumpleaños de la nieta más pequeña, Lucía, con todo el boato. Y por supuesto, el enclenque Saltamontes no era bienvenido. “No hay que asustar a la chiquillería”, pensaba. Lo que había tenido que oír años atrás cuando aconsejaba a Catalina que “se deshiciera del niño”. —¿Para qué, Carmina? ¿Por qué? No vas a poder con él, se te perderá por ahí… —¿Acaso me has visto borracha? —Catalina siempre contestaba. —Eso no dice nada. Con tanta miseria… nada bueno os espera. ¡Nadie te enseñó a ser madre! ¡Tu niño solo sufrirá! ¡Deshazte de él antes de que sea tarde! Catalina cortó entonces el saludo y sólo pasaba delante de Clotilde, orgullosa de su abultada tripa. —¿Y te enfadas? ¡Si yo solo quiero ayudarte! —decía la vecina. —¡Ayuda que apesta! ¡Encima que tengo náuseas! —replicaba Catalina, acariciándose el vientre para calmar a su aún desconocido Saltamontes—. Tranquilo, nadie te hará daño… De lo que sí tuvo que soportar Alex hasta sus ocho años, nunca le contó nada a su madre. No quería que ella sufriera. Si le hacían daño, sollozaba a escondidas, pero nunca lo decía. Sabía que su madre sufriría más que él mismo. Las lágrimas del niño lo limpiaban por dentro. Y, pasados unos minutos, olvidaba la ofensa y hasta sentía lástima por aquellos adultos incapaces de comprender lo simple. Sin rencor ni odio, la vida es mucho más sencilla. A doña Clotilde Alex ya no la temía, pero tampoco le agradaba. Siempre que le amenazaba, él huía para no oír sus palabras afiladas. Y si le hubieran preguntado, les habría respondido lo que solo él sabía: le daba pena aquella mujer que gastaba sus minutos en disgusto. Nada era más valioso que los minutos; Alex lo había comprendido pronto. Todo se puede recuperar, menos el tiempo. —¡Tic-tac! —diría el reloj. Y ya. ¡No hay más minutos! Atrápalo… ¡y no lo conseguirás! Desaparece… y no hay vuelta atrás. Pero los adultos… eso no lo entienden. Encaramado en la ventana de su cuarto, Alex mordisqueaba la empanadilla y miraba a los niños corretear por el prado, entre ellos Lucía, con su vestido rosa. Alex la contemplaba fascinado, imaginándosela como una princesa o un hada. Mientras los mayores se aposentaban en torno a la mesa, los niños corrían a jugar cerca del pozo del fondo, en un prado más grande, donde la vista desde la habitación de su madre lo alcanzaba todo. Y ahí, de pronto, Alex dejó de ver el destello rosado del vestido de Lucía. Al mirar, se quedó helado: Lucía ya no estaba en el césped… Salió disparado y, aunque Clotilde le gritó desde la ventana, él no la escuchó. Sabía que algo iba mal. El prado estaba ya desierto: los críos, ajenos a la desaparición de Lucía. Alex vio el pozo y al asomarse, distinguió abajo algo claro y gritó: —¡Pégate a la pared! Echó el cuerpo sobre el borde, colgó las largas piernas y se deslizó hacia la oscuridad para no pesar sobre la niña. Saltó al pozo sabiendo que los segundos eran vitales. Lucía no sabía nadar… eso lo sabía bien. La niña, empapada y asustada, se agarró al cuello de Saltamontes. Él la sujetó y, apoyándose en los resbaladizos maderos mohosos, gritó con toda la fuerza de sus débiles pulmones: —¡Ayudadnos! Los que estaban de fiesta ni lo oían… hasta que la abuela preguntó: —¿Dónde está Lucía? El grito histérico de la anfitriona hizo saltar a todos y también a los que pasaban por la calle. Alex, mientras, agotaba las fuerzas repitiendo: —¡Mamá…! Y Catalina, que venía de camino apresurada, aceleró más, olvidando la compra, sin saludar siquiera, y sólo pensaba en llegar… Una sombra en el corazón se lo advertía. En ese instante, Clotilde cayó sobre los escalones de la casa de Catalina, presa de un ataque. Catalina corrió al patio trasero, guiada por la voz de su hijo. No hubo tiempo para reflexionar. Salió disparada a buscar una cuerda para colgar la ropa y apenas volvió, gritó: —¡Rápido, atadme! Por suerte, uno de los yernos de la vecina tenía la cabeza lo bastante clara como para ayudar. Catalina bajó y rescató enseguida a la niña. Lucía se abrazó a ella y se quedó inerte, rendida y temblorosa. Pero Alex… ¿dónde estaba Alex? Catalina rogó como nunca antes: —¡Dios mío, no me lo quites! Ella no podía ver a su hijo en la negrura. Hasta que algo resbaladizo le tocó la mano. Tiró, tiró con desesperación y, al subir, oyó apenas: —Mamá… Alex pasó dos semanas en el hospital. Lucía se recuperó antes, pero del susto y unos buenos arañazos no pasó. Alex, con la muñeca rota y los pulmones resentidos, solo pensaba en volver a casa, a sus libros y su gato. —¡Qué chico más valiente eres! Dios mío, si no llegas a estar tú… —lloraba Clotilde, cubriéndolo de besos—. ¡Pide lo que quieras! —¿Para qué? —contestó Alex encogiéndose de hombros—. Solo hice lo que debía ser hecho. ¿No soy un hombre? Clotilde no supo qué decir. Tampoco sabía que ese enclenque Saltamontes, el niño del apodo, años después conduciría un blindado repleto de heridos bajo el fuego, y que, sin mirar nombres ni bandos, haría todo lo posible para aliviar el dolor de quienes, como él, llamarían a su madre… Y a quien le pregunten por qué lo hace, Saltamontes solo contestará: —Soy médico. Hay que hacerlo. Hay que vivir. Así es lo correcto. *** Queridos lectores: En verdad, el amor de una madre no tiene límites. Catalina, pese a las dificultades y los prejuicios, amó sin medida a su hijo. Su fe en él le ayudó a convertirse en una buena persona. Un recordatorio del poder invencible del amor de los padres. Y el verdadero héroe está en el alma: Alex, “poco atractivo” por fuera, resultó un valiente que, sin dudarlo, se lanzó a salvar una vida. Su acto, y no su apariencia, definió su valía. La bondad, la valentía y la compasión son las verdaderas grandezas. Quienes menospreciaron a Catalina y su hijo se rindieron a la evidencia del heroísmo de Alex. Esta historia demuestra que los prejuicios caen ante las verdaderas virtudes, que la mayor lección es saber perdonar, no guardar rencor y hacer lo correcto aunque contigo actúen injustamente. Como dijo Alex: “Soy médico. Hay que hacerlo. Hay que vivir. Así es lo correcto”. Esta historia nos recuerda que la humanidad y la compasión vencen a la indiferencia y a la mezquindad, y que la verdadera belleza reside en el interior. Os invitamos a reflexionar: ¿Creéis que la bondad, a pesar de todo, siempre encuentra su camino y cambia el mundo a mejor? ¿Qué experiencias os han mostrado que las apariencias engañan y que la verdadera riqueza de una persona es su alma?

¡Vete de aquí! ¡Que te vayas, te digo! ¡¿Qué haces rondando por aquí, muchacho?! Clotilde Martín estampó con estrépito en la mesa, bajo la sombra generosa del manzano, una fuente humeante de empanadillas recién hechas y apartó de un empujón al crío del vecino ¡Anda, largo! ¡A saber cuándo tu madre decidirá vigilarte! ¡Zángano!

El aludido, Julio o mejor dicho, Grillo, que ya nadie se acordaba de su nombre de pila, mira con resignación a la temible señora Clotilde y arrastra sus larguísimas piernas hacia su propio porche.

La casa enorme, separada en varios pisos, estaba apenas habitada. Básicamente convivían dos familias y media: los Delgado, los Sánchez y los Carvajal es decir, Rocío y su hijo Grillo.

Esa media familia ni pinchaba ni cortaba en la vida vecinal. Nadie les prestaba atención, salvo cuando había que tirar de ellos por pura necesidad práctica. Rocío, pobrecita, no era una figura clave y por supuesto a gastar tiempo en ella, poco.

Aparte de Julio, no tenía a nadie en el mundo. Sin pareja, ni padres, ni perro que le ladrase. Apañaba como podía y el vecindario le miraba de reojo, aunque rara vez se metían mucho, salvo para echar de la acera a su hijo, al que llamaban Grillo, por su físico larguirucho, brazos larguísimos y cabeza enorme equilibrada sobre un cuello de tallo fino.

Grillo era de todo menos agraciado: tímido y escuálido, pero un bonachón empedernido. No podía pasar sin consolar a cualquier niño que llorase, aunque la buena acción le costara algún tirón de oreja de madres airadas temerosas de un Espantapájaros cerca de sus angelitos.

¿Por qué Espantapájaros? Eso Julio no lo pilló hasta que Rocío le regaló un libro de cuentos sobre una tal Dorothy. Entonces comprendió el apodo: el tal Espantapájaros resultaba ser el alma buena y sabia de la historia, el que ayuda a todos y fíjate acaba gobernando una ciudad preciosa.

Pero dolido, lo que se dice dolido, no se sentía en absoluto. Julio pensaba, convencido, que quienes le llamaban así seguro habían leído el mismo libro. Y si el Espantapájaros era inteligente y bueno, pues eso se acababa notando.

Rocío escuchó la deducción y decidió que, mira, para qué estropearle la ilusión: mejor que el niño piense bien de la gente, que ya tendrá tiempo de tragarse la realidad cucharón en mano.

Y después de todo, en el mundo hay ya bastante maldad. Que disfrute de su niñez, anda

A su hijo, Rocío lo adoraba. Olvidada la traición del padre de Julio, se hizo cargo de su suerte ya en el hospital, con genio y fuerza, incluso cortando en seco a la comadrona, que cuchicheaba sobre el niño que no había salido como debía.

¡Vamos, anda! ¡Mi hijo es el chaval más guapo del mundo, dígalo quien quiera!

Sí, mujer pero de listo, va a ir justito

¡Eso está por ver! y mientras le acariciaba el rostro al bebé, Rocío sollozaba.

Dos años estuvo de médico en médico y consiguió que tomasen en serio lo de su hijo. Se recorría la ciudad con Julio pegado a la falda, sudando en el viejo autobús interurbano, ignorando miradas compasivas, y si alguien se atrevía a meter baza, respondía sin compasión:

¡Pues entrégate tú al orfanato! ¿No? Pues tus consejos te los guardas, que lo mío lo hago yo.

Para los dos años, Julio se había puesto casi al día: más fuerte y espabilado, y apenas se distinguía ya de otros niños. Pero lo de guapo no: la cabeza seguía siendo torpona, brazos y piernas como palillos, y la flacura, a pesar de los esfuerzos culinarios de Rocío.

Ella se privaba de todo, dándole siempre lo mejor, lo que no podía por menos que agradecerse en ese cuerpecito cada vez menos frágil. Y aunque los médicos ya no le señalaban por extrañeza, sí que meneaban la cabeza, apuntando a la proeza materna.

¡Hay pocas madres así, eh! ¡Amenazaba con quedarse para siempre tullido y mire cómo está! ¡Un héroe, oiga, un hacha!

Eso, mi chico lo es. Pero vamos, que la admirable es usted, Rocío, ¡eso no se ve todos los días!

Ella no entendía a santo de qué tanto elogio. Digo yo, ¿no es la obligación de una madre querer y cuidar a su hijo? ¿Dónde está el mérito? Lo normal: hacer lo que toca.

Para cuando llegó el día de empezar el cole, Julio leía corrido, sabía sumar y escribir, pero se le pegaba un poco la lengua. Aquello casi le arruinó los talentos: su primera profe, Lucía, agradecida pero exasperada, terminaba cortándole:

¡Gracias, Julio, suficiente! y pasaba la lectura a otro compañero.

Luego cotilleaba en la sala de profesores lo divino que era el chaval, pero que tenerle que escuchar leer o recitar era una tortura. Por suerte, su reinado escolar duró dos cursos: se casó y se fue de baja maternal, y el grupo de Grillo cayó en manos de otra maestra, Francisca Andrade.

Francisca ya estaba en su veteranía docente y seguía teniendo la mano de siempre con los niños. Cazó la personalidad de Grillo a la primera, habló con Rocío y la envió a un buen logopeda, y permitió al chaval entregar los trabajos por escrito.

¡Qué letra más bonita tienes! ¡Cómo me gusta leerte!

Julio se venía arriba, y Francisca leía con orgullo sus respuestas en voz alta, presumiendo del alumno tan especial que tenía.

Rocío lloraba de agradecimiento. Hubiera besado esas manos que, casi sin interés, le daban cariño a su hijo. Pero Francisca cortó de raíz cualquier intento de agradecimiento:

¡Pero tú estás loca! ¡Esto es mi trabajo! Ese muchacho es estupendo, ¡ya verás que le va a ir fenomenal!

Julio iba al cole dando saltos, provocando la risa de los vecinos.

¡Mira, el Grillo dando brincos! Una señal de que el relevo ya viene Madre mía, y dicen que hay injusticias en la vida. ¿Quién lo habrá dejado quedarse?

Lo que pensaba el vecindario, Rocío lo intuía. Pero discutir nunca ha sido lo suyo. Opinaba que si a alguien le falta alma o corazón, de poco sirve insistir en que sea buena persona.

Por eso, prefería invertir el tiempo en arreglar su casa o plantar otra rosa junto a la entrada.

El patio era grande, con parterres bajo cada ventana y un pequeño jardín en la trasera, y a nadie se le ocurría poner vallas: había pacto tácito del espacio frente al portal para cada piso.

El trocito de Rocío era el más vistoso: rosas por doquier, una gran lila y la escalera adornada con trozos de azulejo que había mangado con permiso del director del centro cultural. Allí hacían obras y la montaña de azulejo roto, brillando al sol, le pareció a Rocío un tesoro de otro mundo.

¡Dame ese azulejo! irrumpió en el despacho del director.

¿Qué azulejo, Rocío, qué estás diciendo?

¡El roto! ¡Regálamelo!

El director se echó unas risas, pero le dejó llevarse los cacharros. Montó en la carretilla prestada por un vecino la montaña de pedazos, con Grillo sentado encima, orgulloso de la cabalgata de madre.

¡Y para qué quiere esos trastos! se preguntaban las vecinas.

Pero unos días después, al ver la maravilla que había dejado Rocío, se quedaron ojipláticas.

Nunca había puesto un pie en un museo, nunca pisó una iglesia bizantina ni admiró frescos griegos. Pero el gusto lo tenía bueno y, a falta de mármoles, levantó una entrada digna de portada de revista.

¡Virgen santa, menudo arte tiene la chica!

A Rocío le daban igual las opiniones; sólo una contaba:

Mamá, qué bonito

Julio repasaba los azulejos con un dedo, feliz como un delfín, mientras su madre no lograba contener las lágrimas.

Al fin y al cabo, que su hijo sonriera era lo único importante.

Motivos de alegría no le sobraban: alguna felicitación en el cole, un capricho en casa y las caricias y piropos de Rocío asegurando que tenía un hijo maravilloso. Con eso le bastaba.

Amigos, pocos; ni tenía cuerpo para seguir a los chicos corriendo detrás de un balón, ni las niñas se le acercaban. La que peor fama le dio fue Clotilde, la de las tres nietas de cinco, siete y doce años.

¡Ni se te ocurra acercarte a ellas! le amenazaba alzando el puño. No están hechas para ti, chaval.

¿En qué pensaba aquella melena permanenteada? Misterio. Rocío, por si acaso, había pedido a Julio que se apartase de Clotilde y de sus nietas.

Para qué darle disgustos, que lo mismo le da un jamacuco

Julio asentía y ni pisaba el radio de acción de la vecina. Y cuando Clotilde se preparaba para una fiesta, Julio pasaba de largo sin ganas de sumarse a la algarabía.

¡Ay, qué cruz la mía! decía Clotilde, cubriendo la fuente de empanadillas con un paño bordado. Seguro que alguien va diciendo que soy una tacaña ¡Anda, espera!

Cogió dos empanadillas, alcanzó a Julio y le soltó:

¡Toma y ni se te ocurra aparecer por el patio! ¡Estamos de celebración! ¡Quietecito en casa hasta que vuelva tu madre!

Julio asintió, dándole las gracias, pero Clotilde ya estaba pendiente de la llegada de su enjambre de nietos, hijos, primos y demás familia. Era el cumpleaños de su nieta favorita, Lucía, y quería celebrarlo por todo lo alto. El hijo de la vecina, enclenque y cabezón, ni en pintura lo pensaba admitir en la fiesta.

Que ni se le ocurriera asustar a los críos con los ojos saltones, que se le iban a quedar sin dormir

Clotilde aún recordaba cuando intentó convencer a Rocío de abandonar al niño.

¡Rocío, alma de cántaro! ¿Te vas a quedar con la criatura? No vas a poder sacarlo adelante. Acabará borracho perdido debajo de un puente

¿Me has visto a mí con una copa en la mano alguna vez? respondía Rocío tan fresca.

Eso no quiere decir nada. Tus penurias tienen mal camino. ¡Tus padres no te dejaron suficiente y el niño tampoco va a ver un euro! ¡No sabes ni lo que es ser madre! ¡No te han enseñado! ¡Libéralo, mientras puedas!

¿Qué más quieres que haga? ¡Que te dé vergüenza lo que dices, siendo madre!

¡Yo he sacado adelante a los míos! ¿Tú qué le das? ¡Nada! Ahí lo dejo

Desde entonces Rocío ni saludaba. Caminaba registrando con orgullo su gran barriga, deforme y curiosa, sin mirar siquiera hacia la vecina.

Qué rabieta me coges, criatura, pero si lo digo por tu bien murmuraba Clotilde.

¡Pues su bien huele fatal y vas a hacer que vomite! respondía Rocío acariciando su tripa. No te preocupes, pequeño. Nadie te va a hacer daño.

Lo que ocurrió en los ocho años de vida de Julio, el niño nunca se lo contó a su madre. La protegía. Si le hacían daño, lloraba solo, en silencio. Sabía que si Rocío lo supiera, sufriría más. Las penas le resbalaban como el agua a los patos; ni rencor, ni rabia. Las lágrimas limpiaban el alma y a la media hora ya ni recordaba de quién era el dolor. Al final, sentía pena por esos adultos que, de cosas simples, no se enteraban de nada.

Sin enfados se vive mucho más ligero

A Clotilde ya no la temía desde hacía tiempo, aunque no le caía bien. Ante cada amenaza del dedo y cada palabra cortante y cruel, Grillo echaba a correr para no ver aquellos ojos ni escuchar aquellos cuchillos verbales.

Si la vecina le hubiera preguntado, se habría sorprendido mucho: él, sencillamente, la compadecía. Le daba pena cada segundo que desperdiciaba en enfadarse.

Porque los minutos eran para Julio el mayor tesoro del mundo. Se dio cuenta hace tiempo: nada es tan valioso ni tan fugaz. Todo se puede recuperar, menos el tiempo.

¡Tic-tac! le dice el reloj.

Y ya está. Fugaz. No lo cazas, no vuelve. Por mucho euro o peseta, imposible de comprar. Ni a trueque del envoltorio de caramelo más bonito.

Pero los adultos no terminaban de pillar la importancia del reloj.

Desde el alféizar de su cuarto, Julio mordisqueaba su empanadilla, observando cómo danzaban en la pradera trasera las nietas de Clotilde y otros críos invitados al cumple de Lucía. La protagonista revoloteaba en su vestido rosa, tan brillante que a Julio le parecía una princesa de cuento o un hada encantada.

Los adultos charlaban a su bola en la mesa de la entrada, mientras los niños, una vez cansados, se fueron a corretear con el balón hasta el pozo viejo, que tenía buen trozo de césped alrededor.

Julio, en cuanto vio la manada moverse, corrió a la ventana del dormitorio de su madre, desde donde el prado y el pozo se veían de maravilla. Y se quedó allí quieto, disfrutando y aplaudiendo por los que se divertían, hasta que empezó a oscurecer.

Algunos niños empezaron a volver, otros iniciaron juegos nuevos. Y sólo la niña vestida de rosa daba vueltas cerca del viejo pozo, llamando la atención de Grillo.

Sabía que el pozo era peligroso; Rocío le lo repitió mil veces:

El brocal está podrido. Nadie saca agua de allí, pero sigue habiendo. Si te caes, ¡ni te oyen! Ni te asomes, por favor.

¡No lo haré!

El momento exacto del accidente se le escapó: justo cuando Lucía se perdió de su vista al borde del pozo, él se distrajo con los chicos y, al buscar de nuevo, el vestido rosa había desaparecido.

Julio, como un resorte, salió corriendo al porche, comprobó en segundos que Lucía no estaba tampoco con los mayores y, sin pensar, fue directo al patio trasero, esquivando los exabruptos de Clotilde:

¡Te he dicho que te quedes en casa!

A los niños del césped, Lucía les importaba lo justo; ni notaron su ausencia, ni repararon en que Grillo subió en dos saltos al pozo, divisando al fondo el pañuelo rosado:

¡Pégate a la pared!

Temiendo golpearla, Grillo se tumbó en la boca del pozo, colgó las piernas y, arañándose la tripa contra las maderas podridas, se deslizó en la oscuridad.

Saltó sabiendo que, para Lucía, el tiempo corría en contrano sabía nadar.

Eso Julio lo sabía muy bien, que en la playa del pueblo ya había visto a la abuela peleándose para enseñarla a flotar. La nieta nada, el susto mucho, y el pequeño Grillo siempre de más a menos en las preferencias de la señora.

En ese pozo maloliente y oscuro, Lucía se abrazó a él como una lapa, tragando agua fría.

¡Todo está bien! ¡No te asustes! Estoy aquí contigo le rodeó el cuello. ¡Aguanta! Yo voy a pedir ayuda.

Sus manos resbalaron por las piedras mojadas y Lucía, nerviosa, hacía peso. Pero Julio, sin saber cuánto tiempo aguantaría, tomó aire y gritó tan fuerte como pudo:

¡Ayuda!

Él no podía saber que los niños ya se habían largado nada más caer el sol, ni si escucharía algún adulto. Ni si aguantaría él mismo.

Pero tenía claro que esa niña, tan ridícula y bonita en rosa, debía vivir. Que en el mundo hay pocas cosas tan valiosas como una Lucía y como un minuto.

Al principio no le escuchó nadie.

Clotilde, paseando la bandeja del asado triunfal, busca a la nieta para lucirse y se queda en blanco:

¿Dónde está Lucía?

Ni los adultos, ya alegres tras varias copas de vino, se enteraron de la histeria. Hasta que Clotilde, de un grito, paralizó al vecindario.

Julio aún tuvo fuerzas para gritar una vez más:

¡Mamá!

Y Rocío, regresando de trabajar, aceleró el paso sin saber por qué, olvidó el pan, dejó a las cotillas en el mostrador y cruzó el pueblo restando importancia a sus sandalias nuevas, convencida de que debía correr.

Entró en el patio justo cuando Clotilde se derrumbaba en el escalón de la puerta de Rocío. Esta, sin pensarlo mucho, corrió al patio trasero, y el eco del grito de Julio la llevó al lugar exacto.

¡Estoy aquí, hijo!

No necesitó deducciones: ese pozo le quitaba el sueño desde que era madre. Había pedido mil veces taparlo o cerrarlo mejor, pero nadie escuchó.

Sin tiempo para pensar, volvió a la casa por la cuerda de tender, la lanzó con fuerza y gritó:

¡¡Rápido, ayuda aquí!!

Por suerte, uno de los yernos de Clotilde estaba lo bastante sobrio como para entender que eso era una emergencia. Preparó el lazo en un segundo y se lo ató a Rocío:

¡Adelante! ¡Yo te sostengo!

Lucía se le colgó del cuello de inmediato, temblando pero viva, y Rocío creyó que se desmayaba sólo de pensar lo que podía haber pasado.

De Julio no había ni rastro en la negrura… hasta que, al borde de la desesperación, Rocío rezó igual que años atrás en el hospital:

¡Dios mío, no me lo quites!

Con la mano tanteando en el agua helada, casi sin aliento, tocó algo delgado, lo agarró y tiró con fuerza: era Julio, azulado y casi sin fuerzas.

¡Tira, tira! gritó.

Al salir ya a la superficie, oyó aliviada un hilo de voz:

Mamá

Después de dos semanas en el hospital provincial, Julio volvió convertido en héroe.

A Lucía la mandaron a casa antes; susto, dos rasguños y un vestido menos. A Julio le tocó un hueso roto y esfuerzos para respirar, pero con su madre tan cerca y el peligro ya pasado, sólo soñaba con volver a casa, a sus libros y al gato.

¡Ay, hijo mío! ¡Si no llegas a estar tú! lloraba Clotilde, abrazando el cuerpo escuálido de Julio. Lo que quieras, ¡todo!

¿Para qué? respondía encogiéndose de hombros. Yo sólo hice lo que tenía que hacer. ¿No soy un hombre?

Clotilde, sin palabras, le abrazó otra vez. Lo que nadie imaginaba es que ese Grillo flaco y torpe, con el mote pegado para siempre, acabaría, años después, conduciendo una ambulancia atestada de heridos bajo el fuego. Y, sin distinción, haría cuanto pudiera para aliviar el dolor de otros que pidieran, como él una vez, a su madre.

Y si alguna vez, en los pasillos de un hospital, alguien le pregunta por qué ayuda tanto, aunque le trataran mal de niño, Grillo responde sin pensárselo:

Soy médico. Es lo que toca. Hay que ayudar. Es lo justo.

***

Queridos lectores:

No cabe duda de que el amor de una madre no conoce límites.

Rocío, a pesar de las críticas y el recelo, nunca dejó de querer a su hijo Julio. Su entrega y fe le permitieron desarrollarse y convertirse en una persona buena y sensata. Es un recordatorio de la fuerza invencible del amor materno.

Al final, el verdadero héroe es quien lo es por dentro: Julio, con aspecto de Grillo, fue quien no dudó en lanzarse al pozo para salvar a una niña. Su hazaña no su apariencia fue la que definió quién era. Así se demuestra que la bondad, el coraje y la compasión son las verdaderas señales de grandeza.

Incluso los vecinos más duros acabaron reconociendo el valor de Rocío y su hijo tras aquel acto valiente. La historia deja claro que los prejuicios caen cuando se encuentran con el ejemplo verdadero, y el mejor aprendizaje es saber perdonar y hacer el bien, aunque no te hayan tratado igual.

Como dice Julio: Soy médico. Es lo que toca. Hay que ayudar. Es lo justo.

Esta historia nos impulsa a recordar que la humanidad y el cariño siempre vencen a la indiferencia y la ira, y que la belleza real, la que cambia el mundo, está dentro.

Y ahora, una pregunta para ti:

¿Crees que la bondad, a pesar de todo, siempre encuentra la forma y mejora el mundo? ¿Recuerdas alguna ocasión en la que la apariencia engañó y la riqueza auténtica de alguien resultó estar dentro?

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sixteen − ten =

¡¡Vete de aquí!!! ¡Te digo que te largues! ¿Qué haces rondando por aquí? — exclamó doña Clotilde con estrépito, dejando sobre la mesa, bajo la frondosa higuera, una gran bandeja de empanadillas recién hechas y empujando al chico del barrio. — ¡Anda, vete de una vez! ¿Cuándo pensará tu madre en ocuparse de ti? ¡Vago! Flaco como un fideo, Alex, al que nadie llamaba por su nombre porque todos estaban acostumbrados a su apodo, lanzó una mirada a la severa vecina y se arrastró hasta el portal de su casa. La gran casona, dividida en varios pisos, apenas estaba habitada: allí vivían, en realidad, solo dos familias y media: los Fernández, los Jimeno y los Carpio — Catalina con Alex. Los últimos eran “la media”, a quienes pocos prestaban atención salvo por necesidad. Catalina no contaba mucho en el vecindario, así que tampoco se consideraba importante perder tiempo con ella. Aparte de su hijo, Catalina no tenía a nadie. Ni marido ni padres. Se defendía sola como podía y sabía. La miraban de reojo, pero en general no la molestaban; sólo de vez en cuando apartaban a Alex, a quien no llamaban nunca por su nombre propio, sino por su apodo de Saltamontes, debido a sus alargados brazos y piernas y la enorme cabeza que parecía milagro se sostuviese en su fino cuello. Saltamontes era un niño de aspecto muy poco agraciado, tímido pero bondadoso. No podía pasar junto a un crío que llorara sin arrodillarse a consolarle, aunque por eso las madres más estrictas se apresuraran a apartar a sus retoños del “Espantapájaros”. Quién era ese “Espantapájaros” Alex no lo supo hasta que su madre le regaló un libro sobre una niña llamada Dorothy, y el niño entendió el porqué del apodo. No se sintió ofendido, ni mucho menos. Más bien pensó que, si todos los que le llamaban así habían leído ese libro, sabrían también que el Espantapájaros era inteligente y bueno, ayudaba a todos y acababa siendo el sabio regente de una ciudad maravillosa. Catalina, a la que su hijo compartió su reflexión, no quiso quitarle la ilusión. Decidió dejar a Alex pensar bien de la gente… porque la vida ya era bastante dura, y su niño todavía tendría tiempo de padecerla. Su hijo era el centro de su mundo. Perdonó a su marido el abandono en la propia maternidad, y cortó en seco a la matrona cuando murmuró que el niño había nacido “distinto”. — ¡Vamos, no diga tonterías! ¡Mi hijo es el niño más guapo del mundo! — ¿Quién lo duda? — le contestaron — Inteligente… eso ya es otra cuestión… — ¡Eso ya lo veremos! — decía Catalina acariciando la carita del bebé mientras lloraba de emoción. Los dos primeros años los pasaron yendo de doctor en doctor hasta que por fin la tomaron en serio. Viajaban a la ciudad en un autobús desvencijado, y Catalina abrazaba a su hijo cubierto hasta arriba con el abrigo más grueso heredado de sus benefactores. Nunca hacía caso de las miradas de compasión y, si alguien le venía con consejos indeseados, se transformaba en una verdadera loba: — ¡Lleva el tuyo al hospicio! ¿No quieres? ¡Pues no me des consejos! Yo sé lo que tengo que hacer. Para los dos años, Alejandro había mejorado y apenas se diferenciaba de los demás niños, salvo por su aspecto: cabeza grande, delgadísimo, brazos y piernas enjutas y Catalina haciendo todo cuanto estaba en su mano para que el niño ganase peso. Privándose ella de casi todo, le daba a Alex lo mejor que podía y eso logró, al menos, que los médicos dejaran de preocuparse. Mirando cómo la esbelta, casi élfica, Catalina abrazaba a su Saltamontes, decían: —¡Hay que ver, hay madres que hay que contar con los dedos! Le amenazaba la minusvalía y ahora… ¡mírelo! ¡Un campeón! —¡Eso es, mi niño es así! —¡No lo decimos por él, Catalina, sino por ti! ¡Eres un ejemplo! Pero ella se limitaba a encogerse de hombros. ¿No es ese el deber de cualquier madre? Cuando llegó el momento de entrar en primero de primaria, Alex ya leía, sabía escribir y hacer cuentas, aunque tartamudeaba un poco; y eso, a veces, le arruinaba todos sus talentos. —¡Basta, Alex, gracias! —cortaba la maestra, cediendo la palabra a otro, y luego al quejarse en la sala de profesores de lo imposible que era escucharlo en voz alta. Por fortuna, aquella profesora se marchó pronto, y el grupo pasó a manos de doña María, ya veterana, pero aún con energía y cariño de sobra. Ella reconoció enseguida la valía de Saltamontes, aconsejó logopeda y le pidió entregar deberes por escrito. —¡Qué letra más bonita! ¡Un gustazo leerte! Alex sonreía con orgullo, y doña María leía en voz alta las respuestas de su alumno, subrayando su talento ante todos. Catalina lloraba de agradecimiento, aunque la profesora cortó cualquier atisbo de gratitud: —¡No sea boba! ¡Para eso estamos! Su hijo es estupendo y todo le irá bien, ya verá. Alex corría encantado al colegio, saltando alegre por toda la calle, lo que divertía a varios vecinos. —¡Allá va nuestro Saltamontes! ¡Ese ya nos da la señal para irnos! Qué lástima que la naturaleza le haya hecho así… ¿Por qué no se lo llevó? Catalina, claro, lo escuchaba todo. Pero pensaba que, si Dios no les había dado corazón ni alma a algunas personas, ¿qué podían hacer los demás? Mejor invertir el tiempo en cuidar la casa o plantar un rosal más junto al portal. Su “trocito de jardín”, el más bonito de la manzana, florecía con rosales y un gran lilo. Catalina adornó los escalones con trozos de azulejos sobrantes del centro cultural, que logró arrastrar en carretilla desde el otro extremo del pueblo. —¡¿Y para qué querrá todo ese trasto?! —se extrañaban. Pero en un par de semanas se sorprendieron: Catalina transformó simple escombro en una obra de arte que todos admiraban. —Esto es un monumento… —decían. Ella no prestaba atención a las reacciones de los vecinos. El cumplido que más le importaba vino de su hijo: —Mamá, qué bonito… Alex acariciaba el mosaico y se sentía feliz. Su felicidad, breve y escasa: una palabra de aliento en clase o un dulce preparado por su madre. Nada más. Sus amigos eran pocos, y menos entre las niñas, a quienes las madres vigilaban especialmente, sobre todo doña Clotilde, que tenía tres nietas: cinco, siete y doce años. —¡Ni se te ocurra acercarte! —le amenazaba con el puño—. ¡No son para ti! Nadie sabía qué le pasaba por la cabeza, pero Catalina aconsejó a su hijo no molestar a Clotilde ni a sus nietas. —¿Para qué alterarla? Se va a poner enferma… Alex aceptó y ni se acercaba. Tampoco aquel día que Clotilde preparaba la fiesta familiar. Sólo pasaba por allí, sin intención de unirse a la celebración. —¡Ay, mis pecados! —suspiró Clotilde, tapando su bandeja con un pañito bordado—. ¡Dirán que soy una tacaña! ¡Espera! Sacó un par de empanadillas y alcanzó a Alex. —Toma, pero ni se te ocurra volver ¡eh! ¡Hoy es fiesta! Quédate en casa hasta que venga tu madre. ¿Entendido? Alex asintió, agradecido, pero Clotilde volvió enseguida a sus preparativos: celebrar el cumpleaños de la nieta más pequeña, Lucía, con todo el boato. Y por supuesto, el enclenque Saltamontes no era bienvenido. “No hay que asustar a la chiquillería”, pensaba. Lo que había tenido que oír años atrás cuando aconsejaba a Catalina que “se deshiciera del niño”. —¿Para qué, Carmina? ¿Por qué? No vas a poder con él, se te perderá por ahí… —¿Acaso me has visto borracha? —Catalina siempre contestaba. —Eso no dice nada. Con tanta miseria… nada bueno os espera. ¡Nadie te enseñó a ser madre! ¡Tu niño solo sufrirá! ¡Deshazte de él antes de que sea tarde! Catalina cortó entonces el saludo y sólo pasaba delante de Clotilde, orgullosa de su abultada tripa. —¿Y te enfadas? ¡Si yo solo quiero ayudarte! —decía la vecina. —¡Ayuda que apesta! ¡Encima que tengo náuseas! —replicaba Catalina, acariciándose el vientre para calmar a su aún desconocido Saltamontes—. Tranquilo, nadie te hará daño… De lo que sí tuvo que soportar Alex hasta sus ocho años, nunca le contó nada a su madre. No quería que ella sufriera. Si le hacían daño, sollozaba a escondidas, pero nunca lo decía. Sabía que su madre sufriría más que él mismo. Las lágrimas del niño lo limpiaban por dentro. Y, pasados unos minutos, olvidaba la ofensa y hasta sentía lástima por aquellos adultos incapaces de comprender lo simple. Sin rencor ni odio, la vida es mucho más sencilla. A doña Clotilde Alex ya no la temía, pero tampoco le agradaba. Siempre que le amenazaba, él huía para no oír sus palabras afiladas. Y si le hubieran preguntado, les habría respondido lo que solo él sabía: le daba pena aquella mujer que gastaba sus minutos en disgusto. Nada era más valioso que los minutos; Alex lo había comprendido pronto. Todo se puede recuperar, menos el tiempo. —¡Tic-tac! —diría el reloj. Y ya. ¡No hay más minutos! Atrápalo… ¡y no lo conseguirás! Desaparece… y no hay vuelta atrás. Pero los adultos… eso no lo entienden. Encaramado en la ventana de su cuarto, Alex mordisqueaba la empanadilla y miraba a los niños corretear por el prado, entre ellos Lucía, con su vestido rosa. Alex la contemplaba fascinado, imaginándosela como una princesa o un hada. Mientras los mayores se aposentaban en torno a la mesa, los niños corrían a jugar cerca del pozo del fondo, en un prado más grande, donde la vista desde la habitación de su madre lo alcanzaba todo. Y ahí, de pronto, Alex dejó de ver el destello rosado del vestido de Lucía. Al mirar, se quedó helado: Lucía ya no estaba en el césped… Salió disparado y, aunque Clotilde le gritó desde la ventana, él no la escuchó. Sabía que algo iba mal. El prado estaba ya desierto: los críos, ajenos a la desaparición de Lucía. Alex vio el pozo y al asomarse, distinguió abajo algo claro y gritó: —¡Pégate a la pared! Echó el cuerpo sobre el borde, colgó las largas piernas y se deslizó hacia la oscuridad para no pesar sobre la niña. Saltó al pozo sabiendo que los segundos eran vitales. Lucía no sabía nadar… eso lo sabía bien. La niña, empapada y asustada, se agarró al cuello de Saltamontes. Él la sujetó y, apoyándose en los resbaladizos maderos mohosos, gritó con toda la fuerza de sus débiles pulmones: —¡Ayudadnos! Los que estaban de fiesta ni lo oían… hasta que la abuela preguntó: —¿Dónde está Lucía? El grito histérico de la anfitriona hizo saltar a todos y también a los que pasaban por la calle. Alex, mientras, agotaba las fuerzas repitiendo: —¡Mamá…! Y Catalina, que venía de camino apresurada, aceleró más, olvidando la compra, sin saludar siquiera, y sólo pensaba en llegar… Una sombra en el corazón se lo advertía. En ese instante, Clotilde cayó sobre los escalones de la casa de Catalina, presa de un ataque. Catalina corrió al patio trasero, guiada por la voz de su hijo. No hubo tiempo para reflexionar. Salió disparada a buscar una cuerda para colgar la ropa y apenas volvió, gritó: —¡Rápido, atadme! Por suerte, uno de los yernos de la vecina tenía la cabeza lo bastante clara como para ayudar. Catalina bajó y rescató enseguida a la niña. Lucía se abrazó a ella y se quedó inerte, rendida y temblorosa. Pero Alex… ¿dónde estaba Alex? Catalina rogó como nunca antes: —¡Dios mío, no me lo quites! Ella no podía ver a su hijo en la negrura. Hasta que algo resbaladizo le tocó la mano. Tiró, tiró con desesperación y, al subir, oyó apenas: —Mamá… Alex pasó dos semanas en el hospital. Lucía se recuperó antes, pero del susto y unos buenos arañazos no pasó. Alex, con la muñeca rota y los pulmones resentidos, solo pensaba en volver a casa, a sus libros y su gato. —¡Qué chico más valiente eres! Dios mío, si no llegas a estar tú… —lloraba Clotilde, cubriéndolo de besos—. ¡Pide lo que quieras! —¿Para qué? —contestó Alex encogiéndose de hombros—. Solo hice lo que debía ser hecho. ¿No soy un hombre? Clotilde no supo qué decir. Tampoco sabía que ese enclenque Saltamontes, el niño del apodo, años después conduciría un blindado repleto de heridos bajo el fuego, y que, sin mirar nombres ni bandos, haría todo lo posible para aliviar el dolor de quienes, como él, llamarían a su madre… Y a quien le pregunten por qué lo hace, Saltamontes solo contestará: —Soy médico. Hay que hacerlo. Hay que vivir. Así es lo correcto. *** Queridos lectores: En verdad, el amor de una madre no tiene límites. Catalina, pese a las dificultades y los prejuicios, amó sin medida a su hijo. Su fe en él le ayudó a convertirse en una buena persona. Un recordatorio del poder invencible del amor de los padres. Y el verdadero héroe está en el alma: Alex, “poco atractivo” por fuera, resultó un valiente que, sin dudarlo, se lanzó a salvar una vida. Su acto, y no su apariencia, definió su valía. La bondad, la valentía y la compasión son las verdaderas grandezas. Quienes menospreciaron a Catalina y su hijo se rindieron a la evidencia del heroísmo de Alex. Esta historia demuestra que los prejuicios caen ante las verdaderas virtudes, que la mayor lección es saber perdonar, no guardar rencor y hacer lo correcto aunque contigo actúen injustamente. Como dijo Alex: “Soy médico. Hay que hacerlo. Hay que vivir. Así es lo correcto”. Esta historia nos recuerda que la humanidad y la compasión vencen a la indiferencia y a la mezquindad, y que la verdadera belleza reside en el interior. Os invitamos a reflexionar: ¿Creéis que la bondad, a pesar de todo, siempre encuentra su camino y cambia el mundo a mejor? ¿Qué experiencias os han mostrado que las apariencias engañan y que la verdadera riqueza de una persona es su alma?
Una abuela está arreglando el juguete favorito de su gato, mientras el felino espera pacientemente y… Desplázate hacia abajo para descubrir lo que ocurrió después…