No habrá boda
¿Por qué estás hoy tan callado? le pregunté a Diego. Habíamos quedado en que el sábado miraríamos muebles para el dormitorio. Pero te noto distinto, como apagado. ¿Pasa algo?
Diego sabía que tenía que hablar ahora o nunca. Mejor ahora.
Lucía Quería comentarte algo. Sobre la boda.
Llevaba esperando esta conversación mucho tiempo. Quedamos en hacer algo sencillo, pero yo veía que Diego deseaba organizarme una boda de verdad, con invitados, fotógrafo, banquete ¡Cuánto la ansiaba!
Anda, ve al grano. Creo que ya sé por dónde vas sonreí.
Pero Diego soltó:
Que si la aplazamos Vamos a aplazar la boda.
No era desde luego la charla que había imaginado.
¿Aplazarla? me dio un vuelco el corazón. ¿De qué va esto? ¿Por qué ahora? Si hace nada elegimos las invitaciones Fuiste tú quien las miró Ya discutimos a quién invitaríamos. ¿Es que te has arrepentido?
Me temía la típica escena de película en la que suelta que ya no siente lo mismo.
Pero Diego no siguió el guion.
Es que el dinero va mal ahora balbuceó. Me deben la nómina y ahorrar se nos da fatal Y Llevamos seis meses conviviendo apenas. ¿No ves que es pronto?
¿Pronto? repetí atónita. Diego, llevamos tres años juntos. ¡Tres años de relación y seis meses viviendo juntos! ¿Y eso es pronto para ti?
Diego ya no tenía esa cara de susto.
No empieces, Lucía. No quiero discutir. Es solo una pausa. No es que no quiera casarme contigo, pero la boda cuesta mucho.
Vale Entonces firmemos en el registro civil, solos, luego lo celebramos solo con amigos.
Lucía, entonces no tendríamos una boda de verdad.
¡Que le den a la boda de verdad!
Pero era tu ilusión
Sobreviviré.
Por dentro pensaba: qué excusas tan raras.
Lucía
Dímelo claro. ¿Ha pasado algo? ¿No estás seguro de que me quieres? ¿O has conocido a otra? Porque eso de es que la boda es cara me suena muy flojo.
Diego negó con la cabeza.
Que no, Lucía, te lo juro. Solo quiero que todo sea perfecto, ¿lo entiendes? Y ahora mismo no puedo darte una boda ideal. Y sí, llevamos poco tiempo bajo el mismo techo. Hay que ver si de verdad encajamos
Su argumento era razonable pero algo dentro de mí no dejaba de darme vueltas. Rara vez Diego intentaba convencerme con tanto ahínco. Y él, precisamente él, fue quien más insistió en casarnos sin esperar mucho.
Aun así fingí que le creía.
Desde aquel día, Diego dejó de ser solo mi novio, parecía el novio perfecto. Estaba pendiente de todo, procuraba detalles que antes ni notaba, como intentando compensar por la boda aplazada. Siempre me preguntaba en el súper qué prefería, fregaba los platos sin protestar Pero su ánimo era sombrío. No era solo que estuviera pensativo; andaba mustio, suspiraba por las noches mirando el techo y, cuando preguntaba, solo soltaba: Nada, es el cansancio.
Intenté no presionarle. Después, después, después, me repetía la voz interior.
Un par de semanas después, nos invitaron a cenar los padres de Diego. No me apetecía nada ir. Sabía que saldría el tema de la bodaél ni lo mencionaba yay sus padres preguntarían y sería incómodo.
Pero no quedaba más remedio.
La boda salió, claro.
¿Y cuándo nos vais a dar la alegría? preguntó su madre cuando el padre se fue a ver la tele. Ya hemos encontrado el restaurante, mesa para veinte. ¿Hago la reserva?
Diego tenía la misma expresión agria que yo. ¿Reservar? No va a haber nada.
Mamá, ya lo dijimos, lo hemos aplazado gruñó él.
¿Aplazado? ¿Por qué? ¿Falta dinero? Diego, hijo, ¿acaso no podías haber previsto esto?
Después de cenar, mientras los hombres se entregaban a su fascinación con el radiocasete estropeado, fui al baño a refrescarme.
Impecable. Casi parecía un quirófano, ni rastro de polvo ni cosméticos solo gel y champú. Su madre guardaba los potingues todos en su dormitorio. Siempre me sorprendía lo meticulosa que era.
Al secarme la cara, afiné el oído Las paredes aquí parecen megáfonos con los secretos ajenos. Diego, de vuelta en la cocina, hablaba con su madre. Y entonces escuché…
Diego, ¿no estarás pensando en dejar a Lucía?
Me quedé helada. ¿Qué? No quería engañarme. Acerqué la oreja, con cuidado.
Mamá, ya te lo he dicho. Hemos aplazado. Pero no lo hemos dejado.
Eso es una excusa bufó Carmen. Te veo sufrir. ¿Para qué la quieres? Esa no es de esposa. Una esposa escucha a su marido, pero esta ¿Para qué casarte si en un año acabaréis separados?
Yo la quiero, mamá susurró Diego.
Casi me enterneció.
Pero la siguiente frase de su madre borró toda dulzura.
¿Que la quieres? Esa muchacha es muy lista, Diego. ¡Te lo dije! Ni siquiera es tu esposa aún y ya te ha enfrentado a nosotros. Has dejado de ayudar a tu hermana, no vienes a la casa del pueblo Te está cambiando, y no para bien.
Me quedé pegada a los azulejos, helada. ¿Que yo lo había alejado de su familia? Si siempre he procurado ser educada con sus padres, incluso cuando Don Ignacio criticó mi corte de pelo. ¡Aguanté sin decir nada!
Jamás le forcé a nada, al contrario: yo le animaba a estar con su familia, porque sé lo mucho que significan para él.
En fin: la boda no se aplazaba por dinero. Todo era por culpa de la madre, que me sonreía falsa y luego cuchicheaba en mi contra.
Salí del baño.
¡Lucía, justo a tiempo! sonrió Carmen. Hablábamos de que no debéis retrasar el registro. Se es joven solo una vez, pero vivir juntos sin el papeleo yo no lo apruebo.
Qué amable.
Por supuesto, Carmen respondí. No tardaremos, en cuanto ahorremos un poco, al registro civil. ¿A que sí, Diego?
Claro, Lucía, cuenta con ello dijo él enseguida.
Esa noche, volviendo a casa, Diego intentó abrazarme, pero yo me iba apartando. No sabía cómo empezar a hablar. ¿Merece la pena? Si no me deja por sus padres, es que me quiere. Pero la boda no se celebra.
Estuviste raro cuando tu madre empezó a hablar dije, mirando cómo las luces del río desaparecían tras el coche.
¿Yo? Solo que insiste con la boda y
No mientas. Ella no insiste con la boda. Ella es la que no la quiere. Dice que la he puesto en tu contra. Hasta pretende que rompamos.
Diego apretó el volante, nervioso.
¿Lo oíste? Mira, Lucía, mi madre teme quedarse sin hijo cuando me case. Lo típico, ¿no? No te lo tomes a pecho, ya se le pasará.
No me dolían las palabras de su madre que no quería soltar a su niño. Lo que me dolía era que Diego no me defendió. Prefirió ceder, no discutir con ella.
El tema de la boda quedó suspendido. Diego iba por la casa de morros y, si yo sacaba el tema del futuro, solo respondía: Bueno, ya veremos
Entonces tuve en mis manos su móvil desbloqueado.
Solo miro la hora me decía. No voy a leer nada solo de reojo
En la pantalla, el último mensaje era de su hermana, Marta. Solo dos años menor que yo, pero se comporta como si tuviese doce. Ni estudios, ni trabajo, vive con los padres y aún gasta de ellos.
El mensaje era claro:
Está visto que no veré un euro. Otra vez dominado. Haz tu vida con esa muchacha, si te importa más que la familia.
Lo leí dos veces. Otra vez dominado.
De pronto me vino a la memoria un día antes de la pausa de la boda. Marta volvió a pedirle dinero y, sin poder evitarlo, le solté a Diego:
Diego, tiene veintiséis años, aún vive en casa y te pide dinero para caprichos. ¿No va siendo hora de que trabaje? Nuestro presupuesto no da para todos.
No quería involucrarme, pero en la economía doméstica, yo también aporto. No tengo por qué mantener a su familia. Diego asintió, sin ganas sí, tienes razón, Lucía. Hay que poner límites.
Ahora comprendía quién llevaba la campaña en mi contra.
Cogí el móvil de Diego, copié el mensaje de Marta y me lo envié a mi propio número. Una prueba más. Puse el teléfono donde lo encontré.
Diego entraba en casa quitándose el abrigo:
He traído pan y tu chocolate favorito, el de almendras. ¿Qué tal si cenamos?
Diego le interrumpí.
¿Esperabas a otro? bromeó.
Pero yo no sonreí.
¿Qué te escribe tu hermana Marta? le solté.
Diego, raudo, entró en modo defensivo:
¿Has mirado mi móvil mientras no estaba?
El clásico: distraer y acusar.
No importa lo que hice. Quiero que me lo expliques ahora.
Durante unos segundos su cara pasó de la rabia a la preocupación.
No le hagas caso, Lucía. Está inmadura, se ofende de todo.
¿Por qué? ¿Por pedirle que madure?
Siempre tiró de mí. Está acostumbrada al dinero fácil, le costará dejarlo. Se le pasará.
¿Ella puso a tus padres en mi contra?
Bueno sí confesó Diego. Intenté explicarles que es nuestro dinero, que Marta debe espabilar Pero mi madre salta: Lucía te ha manejado, te olvidas de la familia por ella. Pero yo no pienso eso
Pero aplazaste la boda Vale, ella maneja a tu familia. Eso lo entiendo. Yo no puedo lidiar con ellos. Pero tú, ¿quieres realmente casarte conmigo? ¿O solo aplazas porque no te atreves a decirle que no a tu madre?
¡Claro que quiero casarme contigo! Solo que ahora no puedo Quizá más adelante cuando todo se calme
Ahí lo tuve claro.
Mira, Diego, lo he entendido. No quiero casarme con alguien que duda de sus sentimientos y tiembla ante un estornudo de su hermana. Mejor que hayamos cancelado la boda.







