¿Por qué cambié a mi esposa por otra mujer?
Otra vez me tocó fregar los platos. Llevaban ya tres días apilados en el fregadero. Ni una taza limpia quedaba. Esperé, esperé… ¿Qué podía hacer? Llegué del trabajo hambriento, de mal humor y agotado. Pero antes de poder cenar, tuve que limpiar todos los cacharros, porque no había ni un plato en el que comer.
Y tampoco había nada hecho para cenar. Puse la tetera y llené una olla con agua en la vitrocerámica. Por lo menos podía cocer unas salchichas. Tenía muchísima hambre. Jamás pensé que me vería así ¡Y pensar en el guiso tan rico que preparaba Inés! Ojalá pudiera cenar uno de esos platos ahora
¡Y las tortitas! Y los profiteroles rellenos. Y las costillas, los platos tan especiales Además, ¡qué orden y limpieza había en casa! Al volver del trabajo todo resplandecía. Había un aroma fresco por todas partes. Y ahora
¿Por qué no me di cuenta antes? Pensé que a mi Inés no le interesaba nada más que fregar y cocinar
Un día conocí a Lucía. Guapísima, con minifalda y tacones altísimos. Salía de un centro de estética. Arreglada, única y espectacular. En aquel momento pensé que
Mi Inés no iba a peluquerías, nunca gastaba en su pelo, ni siquiera le gustaba teñírselo. Y tampoco le interesaba demasiado la ropa de moda. Aunque siempre fue delgada y preciosa. Sencillamente, todas esas cosas de mujeres no le llamaban la atención. Siempre en vaqueros y zapatillas. Salía corriendo a la tienda o iba de un lado a otro en casa.
¡Estoy enamorado de otra! le solté a Inés cuando llegué a casa. No quiero seguir engañándote.
Inés seguía montando nata para un pastel. Ni se giró. Y yo no vi que sus ojos rebosaban lágrimas
Me pesaba que a mi lado hubiera solo un ama de casa, no una mujer de verdad. Por eso pensé que sería mejor estar con Lucía. Y ahora aquí estoy, fregando platos, barriendo el suelo y limpiando. No he aprendido realmente a cocinar, y por las noches sueño con las tortitas de Inés
Lucía no friega porque se ha hecho la manicura y no quiere estropearla. Está tumbada en el sofá, hojeando una revista; luego se marcha a la peluquería a peinarse. Hay vestidos tirados por el suelo, y los tacones ya los he tropezado más de una vez. No sabe qué ponerse para ir a la estética.
¿Por qué cambié a mi esposa por esta chica tan perezosa? Quizá debería cocer un poco de pasta Tengo tanta hambreMe miré en el reflejo de la ventana, los platos chorreando agua en mis manos, y me vi solo. Solo de verdad, por primera vez en años. Lucía me lanzó una mirada distraída desde el sofá y bostezó. De repente, lo supe: no era Inés quien había sido invisible para mí, sino yo quien había sido ciego ante ella.
Pensé en su risa clara cuando cocinábamos juntos, en sus brazos cálidos cuando el mundo era frío. Eché de menos su complicidad en las noches de películas y su forma tranquila de convertir el caos en hogar. Seguí fregando, pero el nudo en mi estómago no era de hambre, sino de arrepentimiento.
Aquella noche, mientras Lucía dormía con una mascarilla puesta, escribí un mensaje. No tenía perdón, lo sabía, pero aun así lo envié: Inés, si algún día quieres cenar tortitas con alguien que ha aprendido lo que vales, aquí estaré. Si no, gracias por enseñarme, por quererme, por ser tú.
Apagué la luz, hundí la cara entre las manos y, por primera vez en mucho tiempo, lloré de verdad. Porque solo cuando perdí a Inés, entendí que ser especial nunca fue cuestión de apariencias, sino de amor. Y quizás, alguna vez, podría reconstruir algo bueno de las ruinas que yo mismo provoqué.
Al menos, esa noche, lavé los platos con esmero y dejé la cocina reluciente, sabiendo que, aunque Inés no volviera, ahora sí era capaz de valorar, y cuidar, todo lo que antes no supe ver.







