El vecino de otra generación
Las mañanas de Pedro Serrano siempre empiezan igual. Silba la tetera, la radio chasca y balbucea desde la cocina sobre atascos en la M-30 y la previsión del tiempo en la Comunitat, suena el portazo de dos o tres puertas en el rellano: los vecinos saliendo rumbo al trabajo. Él ya no tiene prisa, pero la costumbre de levantarse temprano permanece, igual que la de recorrer el piso y asegurarse de que el balcón está cerrado, el gas apagado y las llaves en su sitio.
Más de treinta años lleva en su piso del octavo, en una de esas torres de nueve plantas de ladrillo visto en el extrarradio de Madrid, cerca del barrio de Usera. Sabe de memoria qué timbre corresponde a cada vecino, quién pega más fuerte el portazo, quién deja el carrito de la compra en la escalera. En su planta reina la calma. Y esa calma le resulta reconfortante. Por las noches, puede acomodarse en su butaca, poner de fondo una serie antigua y oír, tras la pared, la tos leve de la vecina del fondo, y ese rumor le ayuda a sentir el edificio vivo, pero no bullicioso.
En la finca todo sigue código propio. Si algún anuncio del tablón está torcido, Pedro lo recoloca. Una vez incluso compró celo para volver a imprimir y poner bien el cartel sobre la limpieza de la portería, todo sin erratas. En el descansillo, entre plantas, su ficus sobrevive dentro de una botella cortada a modo de maceta. Cuando llega el verano, lo saca al rellano para matar la penumbra lúgubre.
El día en que todo dio un pequeño vuelco, Pedro estaba regando el ficus. Desde abajo subía un aroma a lomo a la plancha, típico de casa dominguera madrileña. El ascensor, siempre renqueante, se detiene con su quejido, y se abren las puertas. Sale un chico, veintitantos años, con una maleta de ruedas y mochila. Lleva auriculares grandes conectados al móvil y se oye de fondo una música electrónica.
El chaval mira los números en las puertas, y finalmente se fija en Pedro.
Buenos días dice, quitándose uno de los cascos. ¿Aquí está el doscientos treinta y siete?
El doscientos treinta y siete es la siguiente, aquí la numeración va a su aire contesta Pedro Serrano.
El chaval asiente, tira de la maleta; las ruedas resuenan en el gres. El corredor se estrecha con tantas cosas y la mochila roza el brazo de Pedro.
Uy, perdone dice el chico, apresuradamente. Que voy a instalarme.
La palabra instalarme le retumba en el pecho a Pedro. En el 237 vivía Carmen Valcázar, viuda, discreta y con su gata. Hace poco, él ha oído que pensaba alquilar una habitación. Parece que aquí está el inquilino.
Pedro vuelve a su 235, cierra la puerta y se queda un rato en la entrada, atento. Se oyen muebles arrastrándose, puertas de armario golpear, y al poco, el timbre suena varias veces seguido, tal vez han llegado más. Voces jóvenes, risas rápidas.
Va a la cocina, se sirve un poco más de té (fuerte como siempre), pero lo bebe igual. Retumba en su mente la frase de Carmen: Mira, la pensión no da, que vivan, los estudiantes son tranquilos. Tranquilos.
Por la noche, entiende cuánto. Ya anochecido, bolsas de compra rozan el suelo y una puerta bate. Después, música tras la pared. Ni fuerte, pero con ese bombo que atraviesa tabiques. Pedro apaga la tele y escucha. Los graves laten regular, como un puño golpeando el pecho.
A los diez minutos, se acerca a la pared y da un golpecito. Nada. Al rato, golpea más fuerte. El bajo baja algo, pero no desaparece.
Tranquilos, sí murmura, volviendo a la butaca.
La noche resulta larga. Cerca de las doce, una puerta azota el rellano con tal ímpetu que tiembla hasta su armario. Risas y murmullos, las llaves que no atinan en la cerradura. Pedro, tumbado en la oscuridad, cuenta los latidos de su propio corazón. Recuerda los mensajes del grupo de vecinos: Por favor, respetemos el silencio desde las once. Eso, él mismo lo reenvió una vez.
A la mañana siguiente, abre la puerta y ve dos pares de deportivas, una chaqueta en la percha (donde antes sólo estaban la suya y la de Carmen) y, contra la pared, una caja de pizza.
Lo observa un momento, luego vuelve dentro. En el móvil, empieza a escribir al chat del portal: Por favor, no ocupéis el pasillo común ni olvidéis el horario de silencio. Borra. ¿Quién se ha mudado al 237? Ruido anoche. Borra otra vez. Al final, manda un escueto: Por favor, no dejéis basura en el rellano.
Enseguida recibe un emoji, después, alguien pregunta: ¿Quién ha dejado basura? Aquí todo está limpio. Carmen Valcázar ni aparece por el chat, no le gustan estas cosas.
A mediodía, coincide con ella en el ascensor, con una bolsa del mercado en la mano donde asoma una barra de pan y un manojo de perejil.
Bueno pregunta Pedro, casi en susurros, ¿ya tienes huésped?
Ah, Hugo se alegra ella. Sí, estudiante de informática. Educado, majo. No te preocupes, ya le avisé de que no arme jaleo.
Ajá asiente Pedro. Muy educado.
Esa misma tarde, intenta ver las noticias. Pero al otro lado de la pared suena de nuevo la música, esta vez con una voz prolongando cada palabra en inglés. Pedro apaga la tele, se calza las zapatillas y sale al pasillo.
Llama a la puerta. La música, amortiguada, sigue fluyendo.
En unos instantes, se gira el cerrojo. El que abre es Hugo, con camiseta y pantalón de chándal.
Buenas tardes dice, Pedro. ¿Podrías bajar el volumen? Ya es bastante tarde.
Hugo parpadea, saca el auricular colgando de su cuello.
¡Ay, claro! responde rápido. Perdone, tenía los cascos y no me di cuenta de que dejé las cajas activadas. Bajo enseguida.
Mejor apágalas suelta Pedro, seco. Aquí vivimos personas, esto no es un colegio mayor.
Entendido, no volverá a pasar.
La música se apaga. Pedro regresa, pero el enfado persiste. No darse cuenta de que tienes las cajas sonando…, rumia.
A la jornada siguiente, justo en el informativo, llaman al timbre. Es el mismo muchacho, ahora con vaqueros y un portátil bajo el brazo.
Buenas dice, algo cohibido. Venía a pedirle disculpas por ayer. Y, bueno, a preguntar. ¿A usted le funciona bien el wifi? No consigo conectarme. Carmen me dijo que lleva mucho en el piso y se maneja con todo.
Pedro piensa contestar que el wifi es cosa suya y de nadie más, pero las palabras se atragantan. Hugo espera inquieto, con el portátil apretado como si fuera un cuaderno de clase.
¿El wifi…? musita Pedro. Yo lo tengo por cable, la verdad, no entiendo mucho, ¿qué te pasa?
El router se encoge Hugo. Pongo el código y no conecta.
¿El código de mi wifi? se incomoda Pedro.
No, no, el mío. Pero Carmen contaba que a usted una vez le arreglaron el internet, pensé que igual tenía el número del técnico.
Eso sí le suena. Buscó un papelito que pegó con imán en la nevera.
Espera dice y va a la cocina. ¿Cómo te llamas?
Hugo responde el chico.
Yo soy Pedro Serrano le devuelve, mostrando el papel. Prueba a llamar aquí, él fue quien me lo arregló todo.
¡Muchísimas gracias! sonríe aliviado Hugo. Es que con las clases necesito internet para todo.
Está por marcharse, pero duda.
Si alguna vez le falla el móvil o el ordenador levanta el portátil, yo podría ayudar. De informática, entiendo.
A mí ya me funciona todo. Hasta luego corta Pedro.
Hugo se va y la puerta apenas hace ruido al cerrarse.
Esa noche, Pedro intenta aclararse con el móvil, tras una actualización han desaparecido varias aplicaciones y, tozudo, se niega a admitir la ayuda de Hugo. Pulsa y repulsa, renegando de la letra minúscula, y al final empeora todo: hasta el reloj desaparece de la pantalla principal.
Al día siguiente, el grupo del edificio hierve: que cajas del supermercado tiradas, que foto de unas deportivas en el pasillo. Pedro reconoce las de Hugo. Debajo, un mensaje: Los del 237, supongo. Otro: Vecinos, respetemos el espacio.
Pedro mira el móvil, luego escribe: Habría que hablarlo cara a cara, no sólo por mensajes. Se sorprende él mismo.
Algún tiempo después, vuelve del mercado cargado de patatas. Encuentra a Hugo sentado en la escalinata del portal, fumando, pendiente del móvil. El chico tiene a su lado una bolsa del Mercadona.
No se puede fumar en la entrada le lanza Pedro, casi automático, al pasar.
Hugo se sobresalta, esconde el cigarro, luego lo apaga presuroso.
Perdón murmura y hace ademán de apartarse.
Ya da igual gruñe Pedro. Ya lo has llenado de humo.
Suben juntos. En el ascensor viajan callados. Hugo recoge la bolsa para no tropezar con Pedro.
¿Usted lleva mucho aquí? pregunta mirando la luz del ocho.
Mucho corta Pedro.
Es que yo… se rasca Hugo la cabeza. No me acostumbro. En mi pueblo vivimos en casas, si algo molesta, lo dices y ya. Mi padre tiraba la zapatilla, pero nada de chats y fotos.
Aquí también se puede hablar responde Pedro. Pero primero recoge tus deportivas y luego reclama.
Lo haré dice Hugo, en serio.
Unos días más tarde, Pedro recibe un recibo raro: el contador del agua no ha sido registrado y le facturan el mínimo. Llama a la oficina, donde le explican que debe pasar la lectura online o le cobrarán de más. Se arrodilla en el bajo fregadero, alumbra con el móvil. Los números son minúsculos y la espalda le duele cada vez más.
Se levanta con dificultad y, recordando la oferta de Hugo, un poco a regañadientes cruza el pasillo y llama al 237.
Hugo abre rápido, con cascos pero sin música.
¿Pedro Serrano? pregunta, sorprendido.
Dijiste que sabías… bueno, necesito pasar la lectura al ayuntamiento por internet y no veo nada, la espalda
Claro se anima Hugo. Deje que coja el móvil.
Entra en casa de Pedro, se descalza y coloca las deportivas bien alineadas. Esas pequeñas cosas no pasan desapercibidas.
¿Dónde tiene el contador?
Debajo del fregadero.
Hugo se arrodilla sin más, ilumina, dicta las cifras y las sube él mismo a la web del canal.
Listo anuncia. Recibirá en breve un SMS de confirmación.
Gracias Pedro agradece, incómodo. Es que llaman y explican como si uno fuera informático.
Lo hacen con todos sonríe Hugo. Si quiere, podría instalarle una app y así lo hace fácil.
Déjalo estar se burla Pedro. Ya bastante tengo con el móvil.
No es nada complicado le anima Hugo. Si quiere, le enseño.
Y lo hace, ágil pero paciente al teclear en la pantalla. Al final, el logo de la empresa brilla en el móvil.
Cuando llegue el mes que viene, pincha aquí y listo.
Ajá asiente Pedro, sin admitir que sólo ha entendido la mitad.
Desde entonces, Pedro cambia su visión de Hugo. Aún le fastidian las noches ruidosas, los olores de comida y las risas altas, pero ya las percibe mezcladas con otra cosa: la sensación de estar conectado, aunque no lo haya buscado.
Una noche, casi a medianoche, las risas y charlas fuertes vuelven. Pedro aguanta un rato, después se pone la bata y sale al pasillo. Por el chat comunitario circulan mensajes que incitan a llamar a la policía.
Pedro, furioso, pulsa el timbre de Hugo.
La puerta tarda, las voces bajan. Aparece Hugo, detrás se asoman dos figuras jóvenes.
Pedro Serrano… empieza Hugo.
¿Tú has visto la hora? dice Pedro, firme y bajo. Aquí duerme gente, algunos con tensión, otros madrugan. ¿A ti te gustaría tener ruido al lado?
Hugo baja la vista.
Perdón, de verdad. Ahora mismo se van. No caímos, lo siento.
Eso, nunca piensas. Como si todo el bloque se adaptara a tu marcha.
La chica detrás de Hugo habla: Ya nos vamos, de verdad, perdone.
Vale, pero sin follones. Ya han hablado de la poli en el chat.
No pasará otra vez asegura Hugo.
Se hace el silencio. Pero Pedro no queda aliviado; más bien, la pesadumbre se le pega al pecho.
Al día siguiente, vuelve Pedro de Correos y se encuentra a Hugo en el cuarto de basura, mirando el cartel del reciclaje.
Buenos días se adelanta Hugo. Sólo quería disculparme otra vez por el ruido. No sabíamos que se escuchaba tanto.
Las paredes son papel contesta Pedro. Se oye todo.
Guardan silencio, Hugo arruga las bolsas en sus manos.
¿Vive usted solo? de pronto pregunta.
Puede que lo diga sin malicia, pero a Pedro le escuece.
¿Y a ti qué? reacciona brusco.
Nada se retrae Hugo. Carmen decía que lleva aquí mucho… Yo, nada, cosas mías.
Piensa en tus cosas corta Pedro y se larga al ascensor.
Se ve en el espejo: pelo blanco, arrugas, labios prietos. ¿A qué viene saltarle así?, se reprocha en silencio.
A las semanas, un sábado de primavera, amanece Pedro con ruido de gotas. Sale al pasillo y ve agua goteando desde el techo, formando un charco. Apoya un barreño, avisa a la comunidad. Por el grupo circulan fotos de techos mojados, quejas de cables empapados.
Mientras acude con trapos, llaman. Es Hugo, con una palangana.
¿También le cae? pregunta.
Ahora sí suspira Pedro, señalando el charco.
En mi cuarto gotea sobre la regleta, la he desenchufado por si acaso. Carmen ha ido a protestar al ayuntamiento. Pensé por si necesitaba ayuda para mover muebles.
Entre los dos, apartan el armario del agua y ponen otro barreño. Hugo lo hace sin esfuerzo, Pedro lo nota pero no se rinde.
No, deje, que no soy tan viejo todavía.
Cuando por fin llegan los del canal y cortan la bajante, se va el agua, pero la mancha y el olor persisten. Se sientan en la cocina, cada uno con su taza. El pelo de Hugo mojado, la camiseta y el agua oxidada.
En mi casa, cuando el tejado se empezó a filtrar, mi padre lo arregló él solo, maldiciendo todo el tiempo. Yo ya vivía fuera. Me lo contó luego dice Hugo mirando por la ventana.
¿Por qué te fuiste? pregunta Pedro, sorprendiéndose de su interés.
A estudiar. Allí sólo hay un colegio, aquí entré en la pública a informática. Mis padres: Ve, no lo desaproveches. Pero esto es otro mundo. La ciudad va a toda prisa, nadie se saluda. En la residencia era todo un lío. Aquí, al menos, esperaba estar tranquilo.
Tranquilo… Pedro suelta una risa seca. Vaya.
Sonríen.
Lo intento, de verdad. Sólo… a veces parece que uno vive en un museo. O en una biblioteca, por el silencio.
¿Y qué tiene eso de malo? pregunta Pedro.
Nada. Es que, si está demasiado en silencio, uno piensa demasiado.
Se quedan callados, Pedro fijándose en su taza mientras, de fondo, un vecino taladra.
Así que informático, ¿eh?
Bueno, lo intento. Pero aprieto más los dientes que las teclas. La primera evaluación casi no la paso. Algunas veces dudo: si estaría mejor en casa, trabajando. Pero entonces mi padre diría que soy un blando.
Eso a los padres se les da bien dice Pedro, recordando el suyo.
Piensa en su juventud, en cuando él mismo dejó el pueblo para Madrid, la vida en un piso compartido, las tardes llevando ladrillos en una obra. Todo parece de otra vida, pero en las dudas de Hugo se reconoce.
Después se ven más, cruzándose en el ascensor o en el buzón. Hugo ya baja mucho su música, y si se pasa, se da cuenta y rectifica rápido.
Un día, a principios de invierno, Pedro siente que la rodilla no le funciona. Apenas llega a la cocina y teme no levantarse. Las pastillas están en el dormitorio. Piensa en el grupo, se descarta lo de la ambulancia. Por fin, marca el número de Hugo.
¿Sí? Hugo responde al instante.
Soy Pedro Serrano. ¿Estás en casa?
Sí. ¿Pasa algo?
No, nada. Si puedes, pasa un minuto.
Y en nada Hugo está ahí. Sin preguntar, busca las pastillas, le acerca agua y hasta le ayuda hasta la butaca, colocando un cojín.
¿Quiere que llame al médico?
No hace falta. Son heridas viejas.
¿Qué heridas?
Nada, de jovencillo me caí por una escalera. Ahora me pasa factura.
Llámame siempre que lo necesite. Yo ando despierto casi toda la noche, estudiando.
Dale al estudio, que para faenas de albañil ya estábamos nosotros.
Bueno, pero usted sabe tratar con la gente en persona, nosotros sólo en chats.
Hugo sonríe, y Pedro, sorprendido, también.
El invierno pasa y el rellano se enfría. Menos encuentros, más mantas y radiadores.
En enero, Carmen se va a A Coruña a ver a su hija durante una semana. Lo avisa en el grupo: si hace falta algo, Hugo está en casa. Pedro se ríe para sí, ahora él es el veterano.
Pocos días después, cae una buena nevada y, mientras la cebolla chisporrotea en la sartén, suena el timbre. Hugo aparece en la puerta con una fiambrera.
He hecho cocido madrileño. Me ha salido de más. ¿Quiere un poco?
¡Cómetelo tú! protesta Pedro.
Ya he cenado. Además, Carmen no está. Usted decía que le gustaban las sopas.
Pedro no recuerda haberlo dicho, pero acepta la fiambrera. Al probarlo, le sorprende; está riquísimo, aunque un pelín salado.
Poco después, Hugo le pide un favor: ver juntos el partido en la tele, que a él no le funciona el streaming.
Pedro finge desinterés, pero la vieja costumbre de ver el fútbol en la salita, criticar al árbitro y rebatir a los comentaristas, vuelve.
Pasa, pero quítate los zapatos.
Se sientan en el sofá, Hugo se coloca en un extremo con discreción. Al descanso prepara un té para ambos. Al ver el estandarte del Atleti en el armario, Hugo bromea sobre el equipo.
El dueño y el pañuelo, viejos, pero fieles dice Pedro.
Ven el partido, gritan juntos par de veces. Pedro se da cuenta de que no había reído tan libremente en años.
Al irse, Hugo agradece el rato.
Sentí que estaba en casa. Mi padre también chillaba así a la tele. Aunque él gritaba aún más.
Yo tengo repertorio para rato, pero delante de extraños me corto.
Ya no soy un extraño del todo responde Hugo.
La primavera llega. El sol calienta el ficus en el alféizar. Pintan de nuevo el portal y entre los olores frescos, Carmen toca la puerta.
Pedro, ¿te podría consultar algo? Hugo se irá pronto, prácticas y exámenes No sé si alquilar de nuevo, me hago a todo esto mayor.
¿Se va ya? pregunta Pedro, disimulando.
Parece que ha encontrado habitación más cerca de la facultad. ¿Tú qué harías, buscar otro inquilino?
Pedro se encoge de hombros.
Haz lo que te convenga. Quien lo vive eres tú.
Cuando Carmen se marcha, Pedro se queda largo rato mirando el ficus, que se estira hacia la luz.
Por la tarde, se topa con Hugo en el ascensor.
Me han dicho que te mudas.
Parece que sí. Casi una hora de trayecto es demasiado. Allí sólo tardo veinte minutos y en exámenes estar cerca ayuda.
Eso es, ¡los jóvenes tenéis que moveros!
El ascensor sube en silencio y en la planta quinta se paran, pero nadie sube.
Le dejo el wifi, por si acaso Carmen vuelve a alquilar. O mi viejo router, si le hace falta.
Estoy servido, ya me costó aprender tus aplicaciones.
Como prefiera.
En los últimos quince días, aún comparten algunos tés en la cocina de Pedro. Charlan de cine, él ayuda de vez en cuando a cargar bolsas, Pedro le repara una silla.
El día de la mudanza, la maleta rueda otra vez por el pasillo. Carmen ordena y habla deprisa. Pedro sale.
Bueno… dice, intentando mantener el tono casual.
Bueno, sí, me voy. Gracias por todo: el cocido, el fútbol, los contadores.
Por el ruido, no espeta Pedro, sin acritud.
Por el ruido, perdón de verdad. Iba con cuidado.
Se quedan callados.
No abandones los estudios, ¿eh? Que si no, acabarás como uno, corriendo con barreños en los rellanos.
No lo haré, prometido. Le dejo mi número, si alguna vez necesita ayuda con internet. Intentaré explicarme.
Está bien. Ya te avisaré.
El ascensor llega, Hugo mete la maleta, se da la vuelta.
Hasta luego, don Pedro.
Que tengas suerte, Hugo.
Cuando las puertas se cierran, el pasillo recupera su silencio. Demasiado silencio. Ya sólo su chaqueta cuelga. El olor a pintura y a bollería de la panadería de abajo.
Por la noche pone la radio. El silencio se hace tan intenso que oye la corriente en los radiadores. Rebusca en los contactos del móvil: el nombre de Hugo está, lo abre, mira el chat vacío. Escribe: ¿Has llegado bien? y duda. Por fin, envía el mensaje.
Enseguida recibe: Todo bien. Gracias por preguntar. Luego: ¿Por allí sigue el silencio? y un emoji sonriente.
Pedro sonríe.
En silencio, demasiado, responde. Recuerda que aquí vive gente, no es un colegio mayor, añade con un emoji.
Lo recordaré, contesta Hugo.
Deja el móvil, va a la cocina, pone la tetera y, por costumbre, saca dos tazas. Vuelve a guardar una. Asoma al patio: en el parque unos niños juegan al balón, alguien pasea un perro. Se cierra una puerta de otro portal.
Se sirve té, se sienta a la mesa. El ficus busca la luz. Mira la silla de enfrente y, por primera vez, se le ocurre que algún día podría sentarse alguien allí. No tiene que ser Hugo ni joven; solo alguien con quien discutir por el ruido, pedir ayuda para el móvil o ver un partido juntos.
La idea ya no le parece tan mala.
Da un sorbo. La casa sigue en silencio, pero el silencio ya no es soledad. Ahora es apenas una pausa entre frases, cuando sabes que la conversación va a continuar, en cuanto el otro vuelva y cierre la puerta, sólo un poco más despacio.







