¿Otra vez ella? Isabel se quedó inmóvil, sujetando la ensaladera de ensaladilla rusa, observando cómo su marido soltaba el móvil nervioso, daba un manotazo para rechazar la llamada y lo dejaba boca abajo sobre la mesa, brillante bajo la luz cálida del comedor.
¿Quién es ella? Isa, por favor, no empecemos ahora masculló Javier, contorsionando el gesto como si le doliera una muela de golpe. Se estiró hacia una mandarina, pelándola despacio, evitando mirarla a los ojos. Era del trabajo, que sí, que es fin de año y tienen el servidor colgado, la informática andaba histérica Ya sabes, en estas fechas está todo el mundo de cabeza.
Isabel acercó despacio la ensaladera al borde de la mesa. El cristal retumbó suave. La casa olía a pino, a pollo asado con ajo y a un perfume caro con el que ella se había perfumado hacía apenas cinco minutos. En la tele, un presentador exaltaba el balance del año y desfilaban rostros famosos, todos felices, todos sonrientes. Pero el ambiente festivo que Isabel había construido con tanto esmero desde la mañana, se desinflaba rápido, como el gas de una botella de cava mal cerrada.
Javier, son las diez de la noche. Treinta y uno de diciembre. ¿Qué servidor ni qué informática? Sale Marina en la pantalla, lo he visto perfectamente, gracias a Dios mi vista es de lince.
Javier soltó un suspiro, dejó la mandarina a medio pelar y por fin la miró a la cara. Tenía en los ojos esa mezcla de irritación y culpa que tantas veces le había servido los últimos seis meses.
Vale. Marina. ¿Y? ¿No puede tener problemas? Vivimos juntos diez años, Isa, un hijo en común aunque ya sea mayor. No puedo darle la espalda si necesita ayuda.
Tiene a su hijo para eso replicó Isabel, sintiendo cómo le bullía una rabia helada en el estómago. Su hijo, que ya tiene veintidós años. Y tú tienes esposa. Y no la ex, precisamente. Y habíamos quedado en pasar este Fin de Año juntos. Sin tu madre, sin mis amigas y ni hablar de Marina.
No seas tan dura, Isa, por favor Javier se levantó bruscamente y paseó inquieto por el salón. Se le ha roto una tubería en el baño, sale agua hirviendo, no puede cerrarla porque la llave está atascada. Los de la emergencia no van, que ya estarán todos de copas. Va a inundar a los vecinos, Isa, ahí hay obras de miles de euros. ¿Prefieres que después venga a pedirme dinero, con lo que cobra?
Isabel le sostuvo la mirada en silencio. Aquella historia de la tubería podía haber sido creíble si no fuera la quinta catástrofe ese mes. Que si se había quedado tirada en la carretera y Javier había salido disparado de noche con una garrafa de gasolina; que si necesitaba colgar una cortina urgente porque le daba vértigo subirse a la escalera; que si de pronto el corazón le dolía y Javier salía corriendo con las pastillas porque la ambulancia nunca llegaba.
Marina, la ex de Javier, era una experta en fabricar dramas caseros y delegárselos al exmarido. Y, curiosamente, cuando Javier e Isabel se casaron tres años atrás, Marina aseguraba que no quería ni verle. Pero en cuanto a Javier le ascendieron y se compró coche nuevo, comenzaron los pequeños apocalipsis en casa de la ex.
Javier. La voz de Isabel era baja, firme. Si sales ahora, no vuelvas.
¿Otra vez con esto? estalló él. ¡No voy a beber! Solo voy, cierro la tubería, les pongo una abrazadera y vuelvo. Tardaré cuarenta minutos. Mira, son las diez y cuarto. A las once y media estoy aquí, abrimos el cava y nos sentamos. ¡Venga, no me montes un drama!
Buscaba ya los vaqueros que acaba de quitarse hacía nada, tras ponerse cómodo en casa.
Tiene a su hijo, Javier. Que vaya Pablo.
Pablo está en los Pirineos con amigos, no tiene coberturarespondió Javier mientras se ponía el jersey. Isa, no hagas una tragedia. De verdad, tardo nada. Si quieres te llamo por videollamada y te enseño la dichosa tubería.
Se le acercó, la besó en la mejilla, rápido, como tachando una tarea en la lista diaria. Olía a gel de ducha y a esa esperanza doméstica con la que Isabel soñó durante tres años. No le correspondió. Se quedó de hielo, clavada en medio del salón engalanado.
Te lo advierto: si te vas, no vuelvas pronunció, con la mirada fija en un punto de la pared.
Venga, basta ya de dramas bufó él desde el recibidor, cerrándose la cazadora. No vuelvas, no vuelvas ¿Dónde voy a ir? Luego nos reiremos de esto. ¡No te comas los canapés sin mí!
La puerta principal resonó; el cerrojo sonó firme. El silencio inundó todo, solo la voz rebosante de euforia desde la televisión rellenaba el aire: ¡Y ahora, la canción del año!
Isabel no se movió en un minuto. Luego avanzó lentamente hacia la ventana. Vivían en el tercer piso y desde allí se veía la calle perfectamente. Vio a Javier salir casi resbalando en el hielo, acercarse al coche, quitar la escarcha del parabrisas con la manga, y meterse deprisa. Encendió las luces, giró la llave y salió disparado como quien huye.
No conducía hacia una tubería rota. Iba como quien se escapa de una jaula.
Isabel volvió a la mesa. Ensaladilla, boquerones en vinagre, canapés de caviar, jamón cortado, aspic de carne, todo preparado con mimo durante dos días. El pato con manzanas languidecía en el horno. Había comprado una caña de pescar carísima para Javier, la misma con la que soñaba, ahora bajo el árbol, envuelta con esmero.
Se sentó y vio el móvil de su marido que él, en su prisa, había dejado olvidado sobre la mesa.
Por un momento sintió un vacío en el estómago. Javier nunca soltaba su móvil, ni para ir al baño. La histeria de Marina debía de haber sido tan creíble que ni ese detalle había importado.
La pantalla se encendió. Un mensaje nuevo. El nombre en letras grandes: Marina.
Isabel sabía el código. Javier siempre era muy previsible: el año de nacimiento de su hijo Pablo. En tres años jamás había espiado el teléfono, pero hoy era diferente. Hoy tenía derecho. Hoy el mundo se desmoronaba.
Marcó el código, abrió el chat.
Último mensaje de Marina, recién llegado:
*Cariño, ¿has salido ya? Los invitados van llegando, Pablo y su novia ya están aquí, esperan a su padre en la cena. He hecho tu tarta de Napoleón favorita. ¡El cava está enfriándose!*
Isabel leyó dos veces. Pablo y su novia ya están. Ese Pablo que supuestamente estaba en los Pirineos incomunicado. Los invitados van llegando. Tarta Napoleón.
Subió en el chat. Nada de tubería, nada de inundación. Solo decenas de mensajes del día:
*14:30. Marina: ¿Seguro que puedes escaparte? Invéntate algo creíble. Diles que tengo la tensión alta.*
*14:35. Javier: Ya pensaré algo. Isa está preparando todo, me da palo, pero quiero verte. Me aburro con ella, siempre esa cara de vinagre.*
*15:00. Marina: No te quejes, lo prometiste. Fin de año es una fiesta familiar. Somos tu familia. Ella solo está ahí por el piso. Te espero a las once.*
Isabel dejó el móvil sobre la mesa. No le temblaban las manos. Al contrario, una calma fría la invadía poco a poco, como quien por fin sale del túnel a la luz. De repente, todo tenía sentido.
Solo está ahí por el piso
Así que esa era la verdad.
El piso donde vivían era de Isabel, herencia de sus padres. Javier llegó con una maleta, un crédito por un viejo SEAT y muchas promesas. En tres años no dejó un euro en el piso, pero sí ayudó a su familia cuando le venía bien.
Vio el reloj. 22:45. Faltaba algo más de una hora para Nochevieja.
Se levantó, fue al dormitorio, sacó la maleta grande con la que fueron de luna de miel a Mallorca. La abrió sobre la cama.
Todo debía hacerse rápido y preciso. Lanzó camisas dentro a puñados, sin doblar, con perchas y todo. Vaqueros, jerséis, camisetas, todo en una avalancha. Cogió calcetines, calzoncillos, y los vertió encima.
La maleta se llenó al instante. Isabel cerró a presión, sentándose encima para abrochar.
No bastaba. Quedaban muchas cosas más.
Tomó bolsas de basura enormes, esas resistentes. En una metió toda la colección de zapatos: botas de invierno, deportivas, pantuflas. En otra chaquetas, bufandas, gorros. En una más, artículos del baño: la maquinilla, el cepillo de dientes, el desodorante, el champú anticaspa.
Movía las manos como una máquina, sin emociones. El único objetivo era limpiar su espacio antes de que sonaran las campanadas.
Se fijó en la caja de la caña de pescar bajo el árbol. La abrió, rompió el papel brillante, la caña de carbono brilló bajo las luces del salón. La metió en el saco con las chaquetas, las cajas de cucharillas y carretes también.
23:15.
Llevó la maleta y las tres bolsas hasta el rellano. Vestirse, calzarse; costaba, pero la rabia ayuda. Empujó aquel botín hasta el ascensor.
En el descansillo común con el vecino, decidió no dejar nada a medias. Lo colocó todo junto al ascensor, ordenado. Arriba, como guinda, el móvil de Javier.
Por un instante volvió al piso, cogió un folio, rotulador grueso y escribió:
¡FELIZ AÑO NUEVO! ¡QUE SEAS FELIZ EN TU FAMILIA!
Pegó la nota sobre la maleta con celo.
Entró, cerró la puerta. Puso la doble cerradura y la cadena: la que solo se abre desde dentro.
23:30.
Fue a la cocina, apagó el horno. El pato estaba perfecto y el aroma era celestial. Cogió la mejor parte, una pierna con manzanas, la sirvió, se vertió una copa de cava helado.
Se sentó. Por primera vez en el día, se respiraba una paz limpiadora. No tenía que atender a nadie, ni soportar quejas ni mirar esos ojos esquivos.
Encendió las luces del árbol en modo tenue, vio al presidente en la tele dando el discurso.
Ha sido un año difícil decía una voz grave.
Eso seguro susurró Isabel. Pero el que viene será mejor.
Las campanadas.
Una, dos, tres…
Pidió el deseo: no volver a dejar nunca que pisotearan su dignidad.
¡Doce! El himno. El estrépito de los fuegos artificiales llenando los cielos de Madrid de colores fugaces.
Isabel bebió su copa, probó el pato. Exquisito. Más rico que nunca.
Pasó media hora. Isabel tomaba té y un trozo de tarta que compró para sí, cuando llamaron a la puerta.
Primero, un timbrazo corto, seguro. Javier, fiel a lo prometido, volvía rápido. Algo no fue como pensaba, tal vez por el móvil olvidado, o por cumplir el trámite.
Isabel ni se movió, sentada en su butaca, leyendo.
Segundo timbrazo, más largo. Más impaciente.
Después, girar de llaves en la cerradura. Una, dos vueltas. Nada. La cadena resistía. Javier rebuscando entre las llaves.
¡Isa! su voz, amortiguada tras la puerta. ¡Isa! ¡Venga, abre! ¡La cadena está puesta!
Isabel pasó de página.
¡Isa! ¿Estás dormida o qué? ¡Soy yo! ¡Me he dejado el móvil! ¡He tenido que volverme, ni he ayudado allí, cerré y me volví!
La mentira fluía natural. Isabel hasta sonrió. Qué talento para el disimulo.
Cogió su propio móvil, buscó el número de Javier (el suyo estaba allí, sobre las bolsas). Empezó a escribir, pero no envió nada. Escuchaba.
Isabel, no es gracioso, ¡ábreme! ¡Me estoy helando aquí fuera!
Un golpe seco contra la puerta. Luego otro.
¿Estás enfadada? ¡Perdona! ¡Ya estoy de vuelta, aún podemos celebrar!
De pronto, silencio al otro lado. Quizá encendieron la luz en la escalera, o Javier descubrió el botín junto al ascensor.
Diez segundos eternos.
¿Pero esto qué es? su voz, ahora aguda y desolada. ¿Pero son mis cosas? ¿Isabel?!
Otra tanda de golpes, esta vez furiosos.
¡Estás loca! ¿Qué es esto? ¡Ábreme ya! ¡Este piso también es mío, estoy empadronado aquí!
Isabel se levantó y, sin girar el cerrojo, habló firme desde dentro:
No estás empadronado, Javier. Solo eras temporal, y caducó hace tres días. ¿Recuerdas? Y el piso es mío.
¡Isabel, abre! ¡Hablamos! ¿Se te ha ido la cabeza? ¿Por ir a ayudar a mi exmujer nada más?
He visto los mensajes, Javier replicó serena. El teléfono está en la maleta. Lee lo que decías de mí a tu familia.
El silencio cayó como una losa.
¿Has has leído?
Tu contraseña era previsible, Javier. Y muy torpe.
Isa, solo era para tranquilizarla. Está fatal, tú la conoces. ¡Yo te quiero a ti!
Lárgate, Javier. Corre con tu auténtica familia. Allí tienes tarta Napoleón, allí Pablo y su novia. Querías fiesta, pues disfrútala. Yo quiero dormir.
¿A dónde pretendes que vaya? ¡Es la una de la mañana! ¡He brindado allí, voy con una copa encima! ¡El taxi cuesta un riñón!
No es mi problema. Tienes familia. Que te recoja Pablo. O que venga Marina a salvarte, como tú la salvas a ella.
¡Tiro la puerta abajo!
Inténtalo. Llamaré a la policía. Mi hermano está hoy en comisaría de guardia. Ya sabes cuánto te aprecia.
Y Javier lo sabía. El hermano de Isabel, inspector, siempre le advirtió que ese cara dura acabaría mal.
¡Bruja! gritó Javier finalmente. ¡Maldita bruja! ¡Tres años tirados contigo!
Recoge tus cosas y márchate. Si no, las bajaré al contenedor.
Oyó el sonido de la maleta rodando y las bolsas arrastrándose, algún insulto en voz baja.
¡Te vas a arrepentir! gritó al final. ¡Ya verás, volverás a suplicar! ¿Quién te va a querer con cuarenta y cinco?
Feliz año, Javier dijo Isabel, y se fue al dormitorio.
Escuchó el ascensor bajando, los pasos desapareciendo.
Se metió en la cama, bajo el edredón de plumas. Pensaba que lloraría, que le dolería. Pero no, no dolía. Era como terminar una limpieza a fondo, y sacar por fin la bolsa de basura que llevaba pudriéndose años.
Durmió en seguida, arrullada por los estruendos lejanos de los fuegos de Año Nuevo.
Por la mañana la despertó el teléfono. Era Carmen, la madre de Javier.
¡Isabel! ¿Qué ha pasado? gritó al descolgar, sin saludo. ¡Javier me ha llamado! ¡Le has echado a la calle en plena Nochevieja! Ahora está en casa de Marina, durmiendo en el sofá, ¡pobrecito! ¡¿Pero cómo?!
Buenos días, Carmen respondió Isabel, desperezándose en la cama. Y feliz año.
¡Feliz año! ¡Has destruido una familia! ¡Por celos absurdos! ¡Solo fue a ayudar!
Carmen, su hijo me ha engañado con su ex, me ha llamado mueble del piso en mensajes, me ha mentido a la cara. Le he devuelto a donde encajaba. Alegría, la familia reunida.
¿Cómo? ¿Mensajes? ¡Javier dice que te lo has inventado!
Ahora mismo le envío capturas por WhatsApp. Lea tranquila cómo le insulta a usted también, de paso, vieja chiflada que no deja de meterse.
Carmen se quedó muda. Isabel colgó y bloqueó el número. Luego eligió los mejores mensajes y los mandó a la suegra.
Al poco, otra llamada, esta vez Javier desde el móvil de Marina. Lo bloqueó sin mirar.
Tenía planes. Ese día iba a pasear por el centro, perderse en el mercado de Navidad, beberse un vino especiado y comprarse un perfume. Al día siguiente, cambiaría la cerradura.
La vida seguía. Y prometía ser estupenda.






