11 de febrero
Déjame probármelo, ¿te cuesta mucho? Sólo un minuto, quiero verme un momento delante del espejo exclamó el tono agudo y mandón de Marina, rompiendo el ambiente acogedor en la entrada, aún inundada por el olor a café recién hecho y un perfume caro.
Yo, Javier, observaba desde el marco de la puerta cómo Inés, mi esposa, se tensaba sin querer. Ella sólo pretendía colgar con esmero su recién estrenado abrigo de visón en la percha, acariciando la suavidad del pelo, una prenda que no era únicamente ropa. Era un emblema de esfuerzo y renuncias: dos años sin vacaciones, horas extra y cafés fríos en la oficina, ahorros meticulosos. Había soñado con esa prenda desde que la vio, bajo la lluvia de Madrid, en el escaparate de una boutique en Serrano, mientras llevaba su viejo plumas.
Marina, ¿para qué quieres? Apenas acabamos de llegar intentó replicar Inés con calma, pero la mano de Marina ya había aferrado la manga del abrigo.
¡Ay, qué delicada eres! “El pelo se estropea…”, repitió teatralmente Marina, rodando los ojos. Siempre ha sido así, la hermana mayor, convencida de que su lazo sanguíneo le daba derechos universales, no solo sobre su hermano, sino también sobre mí.
En ese momento, luchando con mis zapatos y el saco de la compra colgando de los dientes, la miré buscando evitar una guerra:
Inés, déjaselo, mujer. No le va a pasar nada por un minuto. Marina solo quiere verlo.
A Inés se le notó la rabia contenida, pero su educación pudo más que sus ganas de arrebatar el abrigo. Marina, como un águila, se lo echó por encima. No eran del mismo tamaño: Inés es menuda, Marina siempre tuvo un cuerpo más generoso. El visón crujió lastimosamente cuando ella intentó abrochárselo.
No me cierra en el pecho dijo, mirándose en el espejo, tirando del visón como si fuera un chubasquero del mercadillo. ¿Pero cuánto os ha costado esto? Seguro que Javier te ha dado toda la paga extra.
La he comprado yo ahorrando, Marina, dijo Inés, con la voz suave pero firme, acercándose para salvar lo que era suyo si hacía falta. Javier acaba de terminar de pagar el coche.
Marina bufó, acariciando el pelaje en dirección contraria, y vi el temblor en el párpado de Inés.
Ah, claro, que en familia el dinero es de todos. Yo, por ejemplo, lo doy todo para los niños. Sigo con mi chaqueta de hace cinco inviernos, y encima trabajo en personal, tengo que atender con buena presencia.
Finalmente, dejó el abrigo tirado sobre el banco. Inés lo recogió con rapidez y lo guardó en el armario.
La velada fue tensa. Marina había venido a espiar, a ver qué podía sacar para el cumpleaños de mi madre, Doña Teresa. Mientras se servía el tercer plato de salpicón, volvió al tema:
Dicen que este invierno va a ser gélido, hasta menos quince en la sierra. ¿Cómo voy a estar en la parada del autobús con mi chaqueta de tela? Me voy a poner mala, y mis hijos, ¿qué?
Cómprate una buena, ahora hay mucha variedad y son muy cálidas le sugerí pasándole la tetera.
¡Eso es para montañeros, Javier! A las mujeres se nos mira la categoría. Mira Inés, anda como una marquesa. A mí me ve un ingeniero de Renfe y me confunde con una limpiadora… Yo también merezco sentirme señora.
Inés callaba y tomaba su té. Sabía que todo era habitual en Marina, siempre la víctima, siempre un agujero negro de necesidades económicas aunque su sueldo y la pensión del ex le daban para vivir holgadamente; sólo que ella nunca sabía ahorrar.
A la noche, cuando recogíamos, le dije a Inés:
No te molestes, sabes que tiene una vida difícil. Dos niños sola, y algo de envidia… es humano.
La envidia sólo da problemas, Javier, respondió ella mientras metía los platos en el lavavajillas. Yo la he conseguido a pulso y si Marina gastara menos en comida a domicilio y taxis, también podría.
Tienes razón, claro, dije abrazándola. Pero es que ha insistido… mientras estabas en el baño.
¿Insinuó qué?
Dice que tienes el abrigo de piel vuelta y la de visón apenas la usarás. Que se la prestes este invierno. O… se la regales por su cumpleaños. Va a cumplir treinta y cinco. Fecha bonita.
Dejé caer el plato sobre la encimera, sintiendo la rabia de Inés.
¿Hablas en serio?
Te lo juro, sólo trasmito. Ya le dije que era imposible, pero… ya sabes cómo es. Lo va a intentar con mi madre.
Y así fue. A la mañana siguiente, la artillería comenzó. Primero llamó Doña Teresa:
Inés, cariño, ¿cómo estás? Hablé con Marina y ha estado muy triste.
¿Por qué? respondió Inés tensa ya, aunque adivinando por dónde iban los tiros.
Se fue deshecha ayer. Que estabas alardeando con tu abrigo, que la humillaste, que va hecha un cuadro mientras tú presumes de lujo.
Doña Teresa, fue Marina quien lo agarró sin permiso. Su cazadora está bien y el abrigo es mío, comprado con mi esfuerzo.
¡Ay, hija, eso no! El dinero va y viene, la familia es la familia. Vosotros estáis sin niños, holgados. A Marina le vendría genial este regalo, va a cumplir años. Haz ese gesto: dale el abrigo. Tú puedes comprar otro o Javier te lo regala, que para eso es tu marido. Hazle esa ilusión.
Lo siento, Doña Teresa, pero eso no va a ocurrir.
¡Qué poca alma tienes, Inés! Te vimos siempre como una hija y mira cómo eres, mezquina. ¡Esas cosas no se llevan a la tumba!
Colgó. Inés temblaba de indignación. ¿Eso era ser familia? Cuando la había atendido en los médicos, pagado la fontanería y ayudado a los niños de Marina con los deberes, era un ángel. Pero por defender una prenda propia, de su esfuerzo, ya era una apestada.
Aquella tarde Marina empezó a publicar fotos con frases tristes en el grupo familiar: La avaricia lo rompe todo. Qué dolor cuando los tuyos te son ajenos. Luego me mandó a mí un audio directo:
Inés, tienes razón, regalar es mucho. Pero ¿y un precio simbólico? Por diez mil, a plazos. Tú no la usas, el color no te favorece… A mí me quedaría que ni pintá.
Escuché aquello y, entre la rabia y la risa, sentí admiración por su morro. Y entonces, me vino la inspiración. Recordé las palabras de mi suegra: hazle sentir mujer, un gesto bonito: un abrigo.
¿Quieres abrigo, Marina? susurré al espejo. Vas a tener abrigo, y vaya que sí…
Llamé a Inés, que estaba aún en la oficina:
Oye, lo he pensado. No merece la pena pelearnos. Le daré a Marina el abrigo por su cumple.
¿De veras? preguntó emocionado.
Sí. Dile que el regalo queda resuelto, auténtico, de piel, cálido y especial. Pero no digas cuál, deja que sea sorpresa.
Efectuado el trato, comenzamos la búsqueda. Tres días revisando anuncios hasta que Inés halló la joya: “Vendo abrigo de astracán auténtico, Tallaje 52-54, excelente estado. Año 1984”. En la foto, una mole marrón con hombreras que asustaban, cuello descomunal y botones de otro tiempo. Parecía recién sacado de una peli del franquismo.
Una anciana encantadora se lo vendió en Lavapiés por treinta euros. Con esto una duerme en la nieve y ni se entera del frío, juraba mientras Inés levantaba aquel mamotreto de más de seis kilos, con olor a naftalina y tiempos duros.
En casa lo ventilamos en el tendedero, lo peinamos, lo metimos en una caja preciosa con lazos dorados y tarjeta elegante.
En la fiesta, en una sidrería de Ciudad Lineal, Marina estaba radiante, anticipando su regalo soñado. A mis tíos ya les había llegado la noticia: por fin la nuera accedía al capricho.
Llevé yo mismo la enorme caja al centro del salón. Todos aguardaban, móviles listos.
¡Feliz cumpleaños, Marina! De parte de Inés y de mí.
Ella chilló, rasgó los papeles y empezó a sacar capas de papel de seda. Por fin apareció la solidez del abrigo marrón en todo su esplendor. Marina, sudando, apenas pudo sostenerlo y alzarlo para que todos lo vieran.
Silencio sepulcral.
¿Esto qué es? susurró, los ojos tan redondos como platos.
Un abrigo cálido, auténtico astracán, de los que valen para el Pirineo proclamé con copa en mano. Marina, decías que no querías pasar frío en la parada. Con esto no tienes excusa: ni el clima de León puede contigo.
Se escucharon risas ahogadas, los abuelos decían: Eso sí es abrigo, mientras las amigas de Marina tiritaban intentando contener la burla.
¿Esto es una broma? ¡Yo quería el visón de Inés! explotó Marina.
Pero decías que buscabas calor y elegancia a la vieja usanza respondí. Pues mira, hasta Saza te habría envidiado.
Mi madre, roja, intentó rescatarla:
Hijo, esto… no era lo que esperábamos. Creímos que le darías el tuyo…
Absurdo, Doña Teresa, uno así vale más de mil quinientos euros ahora mismo. No soy El Gordo de la Lotería aclaré en mitad del comedor. Nos esforzamos en buscarle lo mejor para el clima y que le quedara holgado. La moda es cíclica, ¿no?
Al final, las carcajadas rodaron. Marina se fue al baño entre lágrimas y mi madre tras ella, mirándome como si hubiese perpetrado herejía. Uno de los tíos exclamó:
Eso se llama justicia y por primera vez en años sentí que me cuadraba el traje de cuñado malo.
Esa noche en casa Inés y yo brindamos. Me preguntó: ¿Dónde lo encontraste?, y reí diciendo: De una señora cargada de buena suerte. Después añadí:
¿Sabes? Al principio me chocó, pero tenías razón. Si Marina necesitara calor, habría dado las gracias. Pero ella sólo quería aparentar… y a costa de los demás. Le has dado una lección para toda la vida.
A la mañana siguiente la vi poner el abrigo a la venta en Wallapop: Preciosa prenda vintage, regalo que no me encaja. Solo me salió una carcajada.
El trato familiar se enfrió bastante, pero desde entonces, cuando voy en mi chaquetón de paño o Inés en su visón por casa de la familia, nadie vuelve a pedir prestado o soltar indirectas. Todos saben que en esta familia sabemos buscar la justicia y los abrigos pesados.
Al final, Marina se compró por fin un plumas bueno, de esos térmicos de verdad. Y después de todo, comprobó que no hay nada tan cálido como aceptar lo que realmente necesitas, no lo que envidias en los demás.
Hoy he aprendido que ayudar es generoso, pero dejarse avasallar solo trae problemas… y que la picaresca, a veces, necesita dosis de ingenio y mucha guasa castiza.







