Un patio para un solo perro

El Patio para un solo perro

Ya llevaba tres horas seguidas nevando en Madrid una nevada imparable, densa pero suave, sin rastro de viento. El patio del bloque de nueve plantas en el barrio de Carabanchel había acumulado montañas de nieve que rozaban ya el parachoques de un viejo Seat Altea, ese que el dueño nunca se molestaba en llevar al aparcamiento de pago. En el parque infantil, los columpios rechinaban a merced de alguna ráfaga ocasional, aunque no los usaba nadie; únicamente del portal número tres llegaba el retumbar grave de música: alguien ponía a prueba los altavoces para los fuegos artificiales de Nochevieja.

Carmen Jiménez se mantenía de pie junto a la ventana de su piso de dos habitaciones, retorciendo el filo de un paño de cocina entre los dedos. En la vitrocerámica borboteaba una cazuela de caldo, y en la mesa la ensaladilla rusa esperaba que la mezclaran, con las patatas ya enfriándose. Siempre se olvidaba de que ahora tenía que cocinar para menos gente y, por inercia, seguía pelando y cortando como antes, para cinco. Después recordaba y resoplaba de rabia, pero su mano se negaba a reducir la cantidad.

Miró hacia abajo. Por el patio pasaban siluetas: una mujer arrastrando un abeto navideño, las ramas arrasaban la nieve; dos adolescentes, idénticos con sus plumíferos negros, encendían petardos junto a los trasteros y pegaban saltos cada vez que explotaban. Carmen frunció el ceño. Siempre igual, todos los años. Pero, aun así, le costaba apartar la mirada: el espectáculo era gratis, bajo su ventana.

Sobre el alféizar parpadeó el móvil. El chat de vecinos del edificio volvía a hervir: ¿Quién dejó su coche en la plaza de minusválidos?, ¿Dónde venden una buena merluza para la cena?, ¿Alguien tiene el taladro un ratito?. Carmen hojeó el chat sin interés y deslizó el teléfono bajo la maceta. Merluza ya tenía, taladro no necesitaba, y lo del aparcamiento le daba hasta vergüenza, aunque nunca hubiera tenido coche.

A esas horas, en otra ala del edificio, junto al portal uno, David Fernández trataba de aparcar un Ford Focus de alquiler entre dos montículos de nieve y el Range Rover de algún vecino. El coche pitaba con los sensores como si todo Carabanchel pudiera oírlo.

Entra, entra, tú puedes masculló, maniobrando.

Hoy lo habían dejado salir pronto del trabajo; había pasado olímpicamente del brindis virtual diciendo que tenía mala conexión. Solo quería recoger la pizza pedida hacía una semana y terminar la serie antes de la medianoche. Ni invitados, ni venga, que ya es la última del año. Ya este año había tenido bastante gente.

El móvil le vibró en la consola: Por favor, no tiréis cohetes junto a los portales que los niños se asustan. David esbozó media sonrisa. El año pasado él mismo había corrido como un loco con su arsenal de fuegos, y ahora hasta los estallidos ajenos le irritaban. Será que me hago mayor, se dijo, apagando el motor.

En la quinta planta del portal dos, la familia Castillo remataba de decorar el árbol. Lucía, la pequeña, estiraba los brazos para poner la estrella en la punta, pero no llegaba.

Papá, súbeme rechinó, apretando la estrella de plástico.

Un momento hijo, deja que saque el pollo del horno dijo Julio, el padre, desde la cocina. La estrella que aguarde. Mamá ha dicho que falta acabar la ensaladilla.

Laura, la madre, con un delantal de fresas, repasaba por sexta vez el bloc de notas en el móvil. Le crispaban los nervios las migas en el suelo, las luces mal puestas en el árbol y el zumbido lejano de una taladradora en el piso de arriba. Siempre prometía no dejarlo todo para el final y, sin embargo, cada año corría escoba y cuchillo en mano, de un lado al otro.

Mamá, ¿podemos salir luego al patio? preguntó Lucía, pegando su frente al cristal empañado. Mira cómo cae la nieve

Ya veremos resolló Laura. A las seis ponen El Grinch en la tele, a las ocho llama la abuela. ¿Cuándo quieres salir?

Lucía suspiró y se puso a dibujar círculos en el vaho de la ventana. Desde abajo, otro petardo retumbó y la hizo dar un bote.

No dejaba de nevar. Hacia las seis, el patio se oscureció, las farolas prendieron y las ventanas del barrio alumbraron con luces de todos los colores. Junto a los cubos de basura crecía una montaña de cajas de polvorones y sidra. Un hombre con chándal se asomó y lanzó al suelo, sin miramientos, una vieja silla.

La primera en ver al perro fue Carmen. Fue a la ventana a comprobar si los barrenderos habían dejado de nuevo los sacos de sal y entonces se fijó en una figura oscura sobre la nieve. Se movía, temblaba.

Entornó los ojos, se puso las gafas.

Allí, entre los columpios y el tobogán, un perro de tamaño mediano, pelaje canela y corto, collar sin reflectante. El animal tenía las patas encogidas y no paraba de mirar a su alrededor. En cada explosión lejana se hacía un ovillo.

Carmen, sin querer, apoyó la mano en el cristal.

Ay, pobre se le escapó.

Esperó un minuto, imaginando que en cualquier momento saldría el dueño, los críos, alguien. Nadie. El perro se levantó, avanzó unos pasos, olisqueó un montículo de nieve, se volvió a sentar. Las motas blancas cuajaban en su lomo.

El móvil pitó. En el chat: Hay un perro en el patio. ¿Alguien lo perdió? Adjunto foto. La imagen estaba tomada desde la ventana del portal de al lado; el mismo perro, solo que borroso.

Las respuestas fueron tan rápidas como frías: No es nuestro, Solo tengo gato, No soy yo, que luego dicen que lo recojo, Que lo echen los barrenderos, qué hace aquí. Alguien mandó un emoticono encogiéndose de hombros.

Carmen frunció aún más el ceño. Miró su chal sobre la silla, el caldo, las patatas. Y volvió la vista al perro.

Esto no puede quedar así dijo en voz alta y fue al pasillo a ponerse el abrigo.

David, subiendo escaleras con la caja de pizza, también oyó el pitido del móvil. Se detuvo, miró la pantalla. Otra vez, la foto del perro en el chat.

¿Alguien puede bajar a mirar?, había escrito la vecina del primero, la que siempre protestaba por ruidos.

David tenía pensado mirar hacia otro lado, pero la foto mostraba realmente a un animal perdido. Además, con ese frío Imaginó el temblor de aquel cuerpo peludo.

Venga, venga Si no tengo hambre todavía.

Dio media vuelta, bajó de nuevo renegando de su blanda voluntad.

En el portal dos, Lucía seguía pegada al cristal:

¡Mamá, un perro! gritó. Hay un perro ahí fuera, solito.

Laura se acercó, miró a desgana.

Será callejero. No lo toques, que luego traes pulgas contestó. Además, aún queda ensaladilla por preparar.

Tiene frío insistió Lucía, terca.

En casa tienes cosas que hacer. Ayuda a papá respondió Laura, agotada.

Lucía se quedó otro rato clavada, hasta que de repente se decidió.

Solo salgo un minuto dijo en voz baja, y fue volando a buscar los botines.

¿¡Dónde vas?! aulló la madre, pero la niña ya estaba poniéndose las botas.

Abajo, en el portal, chocó con Carmen, que sujetaba contra el pecho una manta vieja y un bol metálico.

Buenas tardes saludó Lucía, que intentaba escabullirse.

¿A dónde vas? preguntó Carmen, inquisitiva. ¿Y con zapatillas?

Miró a su pies. Efectivamente, traía las de estar por casa.

Vaya se ruborizó.

Anda, sube a por botas. Que con este frío dijo Carmen, pero con dulzura. ¿Vas también por el perro?

Lucía asintió.

Eso está bien sonrió Carmen. Pero ponte bien las botas.

Cuando por fin bajaron juntas, ya tenían la nieve en los gorros. El perro, al ver personas, se puso en alerta pero no huyó. Movió la nariz, cola baja aunque sin meterla entre las patas.

Pobrecito susurró Carmen, arrodillándose y abriendo la manta. ¿Quién te ha dejado aquí solito con el frío?

Lucía miró el bulto: no sabía si podía acariciarlo.

¿Puedo? se atrevió.

No sé, tal vez muerda lo dijo sinceramente Carmen.

El perro se acercó, olfateó la manta y la mano de Carmen. El hocico cálido y húmedo rozó los dedos de la mujer. Ella le acarició el cuello, despacio. El perro tembló solo por el petardo que tronó a lo lejos.

¿Ves? Es bueno dijo Carmen a Lucía. Pero tócale el costado, no la cabeza.

La niña tendió la mano y notó el pelaje caliente, mojado de nieve.

Le tiembla todo el cuerpo susurró.

Ahora, ahora Carmen trataba de envolver al perro en la manta. Al principio se echó para atrás, pero luego, entendiendo que aquello era calor, dejó que lo arroparan. El agua comenzó a derretirse sobre la tela de cuadros.

Se les unió David, con un táper en la mano.

Ya empezáis a cuidaros dijo, sonrojándose. Tenía un poco de jamón, que no entra en la pizza.

¿Y tú de quién eres? preguntó Carmen, buscando en la memoria.

Del siete, encima de usted se presentó. David.

Ah, el que aporrea el teclado por las noches soltó Carmen, con cierto reproche.

Cosas del trabajo dijo él encogiéndose de hombros. ¿Puedo darle el jamón?

Dáselo, pero con cuidado admitió Carmen.

El perro, al oler el jamón, se acercó animado. David se agachó y le ofreció un trozo. El animal lo cogió con mucho tiento, sin rozarle los dedos, lo masticó y después le miró atento.

¿Veis? No es callejero. Uno de la calle habría mordido más fuerte. Y lleva collar comentó David.

Tal vez se ha escapado reflexionó Carmen. Los fuegos echan a los perros a la calle, pobres.

Lucía sacó el móvil del bolsillo.

Voy a escribir al chat del portal avisó. La tía Sole sabe siempre de quién es cada animal.

Hazlo, anda aprobó Carmen.

Al cabo de unos minutos, en el chat general apareció mensaje desde el alias de Lucía: Hemos encontrado un perro marrón, con manta, en el patio. ¿Alguien lo ha perdido?. Iba con foto: el perro ya más tranquilo, apuntando la oreja debajo de la manta.

Las respuestas llegaron deprisa: No es mío, Creo que pasea con una nena del bloque de al lado, ¿Será del patio de la esquina?, Probad en el grupo animalista.

¿Qué grupo? rezongó Carmen, mirando el móvil de David.

Un grupo en WhatsApp explicó él. Yo estoy dentro. Paso la foto.

La subió de nuevo, más cerca, al grupo de ayuda animal en Madrid. Mensaje: Encontrado perro, marrón, collar oscuro sin placa, barrio Carabanchel, junto a la calle General Ricardos.

¿Y si no aparecen los dueños? preguntó Lucía en voz bajita.

Seguro que sí dijo Carmen, sin mucha fe. No pueden ser tan desalmados.

A veces lo son susurró David. Pero vamos a pensar positivo.

La nevada seguía. El animal, más caliente, apenas temblaba, aunque seguía sobresaltándose con cada explosión. El aroma de carne asada se escurría desde alguna cocina cercana, el perro alzó el hocico, olisqueando el aire.

Hay que meterlo en calor dijo Carmen. Afuera no aguanta.

¿Al portal? sugirió David.

Ya dirán que llenamos todo de mierda y pulgas resopló Carmen. Seguro que se queja alguien.

Mi felpudo ya está hecho un asco, puede quedarse en mi casa se animó Lucía.

¡Lucía! el grito llegó desde la ventana arriba. Laura, inclinada, vio a su hija, al perro, a los vecinos. ¿Por qué has bajado sin permiso?

¡Mamá, el perro tiene frío! respondió la niña.

¡Que se vaya a su casa! Sube ahora, que te vas a congelar.

Lucía miró a Carmen.

Súbete le apremió ésta. Nosotros nos quedamos aquí.

La niña entró, el perro la siguió con la mirada.

David miró a Carmen.

¿Y si lo subimos a su casa? propuso tímido. Vives en el bajo, hay menos escaleras.

¿Y yo sola cómo me las apaño? Tengo la alfombra nueva dudó Carmen. Y el caldo aún sin acabar.

Te ayudo aseguró David. Y puedo traer una manta vieja mía.

Carmen suspiró.

Bueno no puedo dejarle aquí.

Subieron los dos juntos y llamaron al perro, a cada lado. El animal dudó, pero el olor del jamón en la mano de David le ganó. Tropezó al subir los escalones; la manta arrastraba la nieve por todo el portal.

En el rellano, el olor a felpudos mojados y lejía era fuerte. En el piso de arriba alguien cerró una puerta de golpe.

Calla, calla susurró Carmen, como si el perro pudiera entender.

Al llegar a su puerta, el perro olió la madera. Carmen abrió y se hizo a un lado.

Adelante le invitó.

El perro entró despacio, desconfiado. Sacudió la nieve del lomo, salpicando todo el recibidor. Carmen se echó hacia atrás, pero enseguida se recompuso.

David, trae tu manta, yo preparo papeles de periódico ordenó.

En seguida dijo él, subiendo raudo.

Mientras, Carmen cubría el rincón junto al radiador con periódicos, puso un bol con agua y tobillos cerca. El perro bebió varios sorbos ansiosos, luego se dejó caer, agotado.

Ella se sentó a su lado, le acarició el lomo. Abajo sentía los músculos tibios bajo el pelaje.

Bueno, amigo le susurró. ¿Te quedas de invitado?

El perro suspiró.

Poco después llegó el aviso al chat: Perro recogido en el bajo A del portal dos, en casa de Carmen Jiménez. Si alguien conoce a los dueños, escribidla a ella o a David del séptimo. Firmaba Sole, la vecina del primero, la misma que todo lo apunta desde la ventana.

Al cabo de diez minutos sonó el timbre. Carmen, secándose las manos, abrió. Allí estaba una joven adolescente, con abrigo largo y melena negra asomándole por el capuchón.

Buenas tardes dijo. Soy del portal tres. En el chat vi que teníais un perro. ¿Puedo verlo? Mi amiga perdió uno parecido.

Sigue, pasa accedió Carmen, resignada.

La chica se agachó frente al perro.

No, no es sentenció un minuto después. El de mis amigos tiene la pechera blanca, este no. Pero compartiré la foto en nuestro grupo.

Gracias apreció Carmen.

La chica acarició otra vez al perro y se fue, enviando mensajes desde el móvil.

A continuación, entró la vecina del cuarto, la siempre gruñona. Quedó en la puerta, sin quitarse las botas, con una bolsa en la mano.

He horneado galletas titubeó, incómoda. Por si te hacen falta con el perro. Los críos quieren saber si tu casa es ahora albergue.

Gracias se asombró Carmen. Pasa un momento.

No, no, que se me quema el rosco en el horno. Si necesitas más comida, dilo en el chat.

Dejó la bolsa en la mesilla y se fue.

David regresó con manta y sábana vieja.

Listo dijo, extendiendo el bulto junto al radiador. Ya dormirá mejor.

El perro se acercó, la olisqueó, se enrolló y suspiró.

Mira que rápido se acomoda rió David. Como si siempre hubiese sido de aquí.

No lo gafes repuso Carmen, pero le devolvió la sonrisa.

Mientras tanto, el caldo se enfriaba, la ensaladilla seguía sin acabar. Carmen miraba el móvil, apenas nadie respondía en el grupo animalista. Solo algunos preguntaban si el perro tenía chip o tatuaje.

¿Eso qué es? balbuceó, confundida.

Un microchip bajo la piel explicó David. En el veterinario pueden mirarlo. Igual todavía están abiertos.

Hasta las ocho hay alguno, creo chateó alguien.

En la avenida de Oporto cierran a las nueve añadió otro.

David pensó un momento.

Si quieres, lo llevo yo. Tengo el coche de alquiler abajo. Está a diez minutos.

¿Con esta nevada? se inquietó Carmen. El pobre acaba de entrar en calor.

Si tiene chip, llegamos a los dueños y no te lo tienes que quedar toda la vida argumentó David.

Carmen miró al animal; él le devolvió la mirada, el brillo de la lámpara reflejado en los ojos miedosos.

¿Y si los dueños son malos? susurró. Que le pegan

Eso ya lo veríamos dijo David. Pero primero hay que averiguar quién es.

Carmen dudó un rato, luego asintió.

Voy contigo. No le dejo solo.

¡Y yo! asomó Lucía desde la puerta. Había escuchado todo.

¿Y tú ahora a qué vienes? intervino Laura, la madre, entrando justo entonces. ¿Y el pollo?

Mamá, por favor Le contaré cuentos en el coche suplicó la niña.

Está bien intervino Carmen. Que venga, no pasa nada.

Mamá suspiró, miró al perro, a su hija, a los vecinos.

Pero con bufanda y gorro, el bueno, no el roto.

En diez minutos, ya en el Ford, el perro se acomodaba en el asiento trasero con esfuerzo. David puso la calefacción, los limpiaparabrisas luchaban con la nieve.

¿Cómo se llama? preguntó Lucía mirándolo por el retrovisor.

No lo sabemos dijo Carmen. Por ahora Perro.

Ese no es nombre protestó la niña. Hay que buscar uno.

No te encariñes mucho advirtió Carmen, bajito. Si hoy mismo aparecen los dueños.

En diez minutos llegaron a la clínica veterinaria. Solo un par de taxis con tiras de luces en el techo y algún conductor apurado. Dentro, olor a desinfectante y pienso.

Buenas noches saludó David a recepción. Hemos traído un perro encontrado para que le miren el chip.

Pregunto al veterinario dijo la recepcionista. Un minuto.

Se sentaron en sillas de plástico. El perro se tendió a los pies de Carmen, la cabeza apoyada en su botín. Ella le acariciaba la oreja, sorprendida de cómo aquel animal parecía de casa.

Salió el veterinario, en bata verde.

Buenas noches. ¿Nos enseñáis al protagonista?

Entraron al despacho. El veterinario sacó el lector de chip.

Sujetadle un poco.

Entre los dos lo mantuvieron quieto. El aparato recorrió cuello y lomo.

Un pitido.

Aquí hay chip anunció el veterinario. A ver el número.

Tecleó el código en el ordenador.

A ver Está registrado Macho, tres años. Se llama Chulo. Propietaria: Ana López, vive en la avenida de Oporto, teléfono aquí.

Carmen sintió un nudo raro en el estómago. Por una parte alegría: el perro tenía casa. Por otra, tristeza inesperada.

Chulo susurró, mirando al perro.

Le pega el nombre dijo Lucía.

El veterinario marcó y esperó.

No contestan Vamos de nuevo

A la segunda, alguien respondió.

Sí, buenas noches. Somos de la clínica veterinaria. Tenemos a su perro, Chulo. Lo han encontrado en Carabanchel Sí, sí tuvo que apartar el móvil del grito. Está bien, lo han abrigado y traído aquí. Puede venir a buscarlo antes de las nueve.

Colgó.

La dueña dice que se escapó asustado por los petardos. Lo estaban buscando. Viene en seguida.

Qué bien respondió Carmen, y de pronto se le llenaron los ojos de lágrimas. Parpadeó con fuerza.

Habéis hecho muy bien trayéndolo añadió el veterinario. No todo el mundo lo hace.

¿Podemos esperar aquí? preguntó Lucía.

Por supuesto. Estén en el pasillo.

Esperaron. El perro cabeceando en la falda de Carmen. Ella le palmeaba, intentando grabar la sensación de ese lomo cálido.

Bueno, Chulo Ya llega tu familia musitó.

¿Está contenta? preguntó David, discreto.

Claro Es lo mejor. Solo que buscó las palabras. A veces gusta mucho serle útil, aunque sea para un perro.

David asintió. Pensó en su piso vacío, su pizza, la serie sin ver, y le pareció todo tan insustancial

Igual deberíamos tener compañía, ¿no? Un gato o algo se atrevió a sugerir.

Los gatos no me gustan replicó Carmen, sin dureza. Y adoptar, es una responsabilidad. Hoy tengo energía, ¿y mañana?

Hoy la has tenido sonrió él.

Ella le miró y sonrió.

¿Y tú? le devolvió la pregunta. Podrías haber pasado de largo.

Yo también quiero ser útil a veces dijo David encogiéndose de hombros.

Callaron. Solo ladridos distantes rompían el silencio de la clínica.

Veinte minutos después, la puerta se abrió de golpe. Entró una mujer con abrigo de plumas, despeinada, las mejillas encarnadas.

¡Chulo! chilló.

El perro saltó, corrió y se le abalanzó moviendo la cola. La mujer lo abrazó llorando.

Pensé que no lo encontraba Gracias, de verdad Es como mi hijo

Miró a Carmen, David y Lucía.

¿Ustedes lo encontraron?

Sí, en nuestro patio dijo Carmen. Estaba allí, temblando.

Mil gracias quiso abrazarlos. Si alguna vez necesitan algo Yo conduzco, puedo ayudar

Solo cuídelo bien contestó Carmen.

La mujer besó una vez más a Chulo y salió sujetándolo fuerte del collar.

El silencio en el pasillo se hizo grande.

Bueno dijo David. ¿Volvemos a casa?

Sí asintió Carmen.

Fuera, ahora nevaba más despacio, pero el aire seguía helado. Cerraron el coche de alquiler y Lucía no dejaba de hablar: lo contaría a todos en la plaza, ellos habían salvado a Chulo.

Tampoco lo saques tanto de madre rió David. No le hemos salvado de un incendio.

Pero podría haberse congelado contestó Lucía.

Podría reconoció Carmen.

Al volver al patio, los fuegos artificiales ya estallaban en el cielo madrileño. Luces y truenos reverberaban entre las casas.

Mi madre me va a matar recordó Lucía. Llevo siglos fuera.

Subo contigo propuso Carmen. Diré que te pedí ayuda.

Yo también añadió David. Todo en grupo.

Al entrar en el portal, les asaltó el olor a cordero y naranja. De alguno de los pisos sonaba una zambomba.

Laura abrió la puerta.

¡Por fin! Ya pensaba al ver la extraña comitiva se quedó callada.

Verás arrancó Carmen.

Fuimos a la clínica a buscar a la dueña de Chulo salió Lucía al paso. Y lo logramos.

¿Y la cena? preguntó Laura, pero ya sin dureza.

La cena puede esperar, un perro no sentenció David.

Laura los miró, vio el entusiasmo de su hija y a los vecinos nevados.

Bueno dijo. Pasad un rato. Hay ensaladilla.

No, gracias protestó Carmen. Tengo el caldo enfriándose.

Y yo la pizza rió David.

Un té al menos insistió Laura. Ya es casi Nochevieja y apenas nos hemos tratado.

Carmen asintió.

Un rato admitió. En mi casa, solo queda sopa.

En la casa de los Castillo hacía calor. El árbol rutilante, los cuencos llenos de ensaladilla, pollo, naranjas; en la tele, los resúmenes de fin de año.

Soy Laura se presentó la anfitriona.

Carmen Jiménez ella.

David él.

Lucía esta vez lo dijo casi solemne.

Sirvieron té, galletas, y el gato de la familia, atusando bigotes, se subió a la silla.

Creía que era más seria confesó Laura a Carmen. Una vez me reñiste porque mi hijo jugaba con la pelota en el portal.

Y tú pones la música a tope devolvió Carmen. Pero no es tan grave.

Sonrieron.

David miraba la escena y sintió una ternura nueva. En apenas unas horas, el bloque le parecía más habitable.

El chat echa humo informó Laura: Gracias a los vecinos del portal dos por salvar a Chulo. Propongo crear grupo animalista de ayuda. Lo ha propuesto Sole, la vecina cotilla.

No me parece mal rió Carmen.

¡Me apunto! se ofreció Lucía. ¡Seré voluntaria!

Antes aprende a hacer los deberes, voluntaria se rió su madre.

David miró el móvil; el chat ardía con relatos de gatos regresando a casa y quejas de algunos por los perros en el portal, a los que rápidamente descalificaban.

Mira: proponen salir a medianoche al patio con chocolate. Así nos conocemos. Incluso dice la dueña de Chulo que irá con el perro anunció David.

Yo me iba a quedar viendo la tele barbotó Carmen. Pero supongo que habrá que bajar.

Laura miró el reloj.

Quedan dos horas, da tiempo a todo.

¡Y a ver fuegos! celebró Lucía.

Hasta las once, cada cual volvió a su casa. Carmen recalentó la sopa y, por primera vez en mucho tiempo, cenó tranquila. La ensaladilla quedó a medias, pero no importaba.

Cada rato espiaba por la mirilla, extrañando ya el sonido de las zarpas. Silencio.

David, solo con la pizza fría, sentía el eco de la conversación y el calor de esa improvisada familia. Revisaba el chat, donde se convocaba a todos a salir al patio con termos.

Laura preparaba la mesa, ordenaba platos; Lucía preguntaba cada minuto cuándo podrían salir.

Después de las campanadas le recordaba la madre.

Cuando en TVE empezaron a sonar los cuartos y clareaban cohetes por el barrio, Carmen se levantó. Se puso el chal, alisó el peinado y apagó la tele.

En el portal, se encontró con David.

Feliz año, Carmen dijo, algo cortado.

Igualmente, David. ¿Vamos?

En el patio, una veintena de vecinos, niños correteando, adultos sirviéndose chocolate y vino dulce; el cielo estallaba de bengalas, el aire olía a pólvora y amistad. Algunos charlaban sobre cómo ayudar a otros animales; otros intercambiaban móviles.

¿Dónde está Chulo? preguntó Lucía.

¡Aquí! se oyó junto al arco de entrada.

Entró Ana, la dueña, con el perro al trote. Viendo a sus rescatadores, el animal corrió, lengua afuera hasta Carmen y David.

¿Puedo? preguntó Ana.

Por supuesto contestó Carmen, agachándose.

Chulo se dejó acariciar; Carmen reconoció el calor bajo el pelaje, el latido nervioso.

Gracias de nuevo sonrió Ana. Juré que jamás soltaría la correa.

Aparecieron otros vecinos. Se presentaban, reían, compartían historias, proponían turnos de paseo, de recados, de ayuda.

¿Una foto para inaugurar la cuadrilla? propuso Sole, la activa vecina.

¡Salgo fatal! se quejó Carmen.

Rieron; se colocaron en semicírculo, Chulo en el centro. Una copa al aire.

Flash.

Sole prometió pasar la foto al chat.

Un instante de luz; luego de nuevo la noche y el resplandor tibio de las farolas.

Carmen, rodeada de esos vecinos que apenas había saludado meses atrás, supo que el patio dejaba de ser solo un frío paso entre casas. Algo se había tejido esa noche; algo nuevo unía con la excusa de un perro, de un poco de frío a todas esas vidas.

Carmen, ¿mañana estarás por aquí? preguntó David.

¿Para qué?

Ideas para el tablón de anuncios animalistas explicó él. Te necesitamos para el texto.

Lo haré respondió, sonriendo. Escribiré que si alguien se pierde, aquí hay quien le busca.

No solo perros interrumpió Lucía. También personas.

Eso es más difícil le advirtió Laura.

Pero podemos intentarlo dijo Carmen, y le acarició la cabeza.

Cuando los cohetes se fueron apagando, volvieron todos a sus casas, saludándose, tranquilamente.

Carmen, de nuevo en su piso, dejó el chal, fregó la taza, miró el móvil. Ya tenían la foto grupal en el grupo de vecinos, acompañada de la frase: Feliz año, vecinos; que en 2024 nadie se quede solo.

Se quedó mirando la imagen mucho rato hasta que apagó el móvil y fue hasta la ventana. El patio, silencioso bajo la nieve; en los columpios, huellas frescas. Junto al portal, unos adolescentes recogían el último petardo.

Carmen apoyó la frente en el frío cristal.

Feliz año, patio susurró, apenas audible.

Por algún lado ladró un perro quizás Chulo, quizás otro. El eco subió, rebotó en las ventanas y se deshizo en la noche.

Carmen se apartó del cristal, apagó la luz y marchó a dormir, notando dentro un apacible calor, una diminuta alegría nueva. Aquella noche, su bloque madrileño ya no era tan ajeno. Y ese, pensó, era el regalo verdadero de ese invierno nevado.

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