Escena después de los setenta
Cuando el zumbido de la aspiradora retumbó en el pasillo y alguien arrastró un carrito con las cenas por detrás de la puerta, Ana Ramírez ya estaba sentada sobre la cama, con la bata puesta, mirando el vestido que había extendido sobre la colcha. Azul oscuro, con lentejuelas en el escote, aquel vestido parecía fuera de lugar, como un atrezzo olvidado en la habitación de una residencia.
Desvió la mirada hacia el reloj de pared, sobre la puerta. Quedaban veinte minutos para la cena; los voluntarios llegarían en dos horas. El móvil antiguo, con teclas grandes, parpadeaba en la mesilla, pero no había llamadas. Tampoco hacían falta, pensó. Bastante jaleo había hoy.
Una auxiliar de enfermería, de bata azul celeste, asomó la cabeza por la puerta.
Doña Ana, dijo, ¿vendrá hoy al concierto? Los voluntarios han prometido un corro.
Un corro, repitió Ana Ramírez, asintiendo. ¿Y a dónde iba a ir yo?
La auxiliar se le quedó mirando un instante, sonrió y se fue, dejando tras de sí el olor a lejía y a algo dulce, recién salido del comedor. La puerta se cerró del todo y la habitación volvió a quedarse en silencio. Su compañera de cuarto, Carmen Molina, dormía de espaldas a la pared, con un auricular en la oreja. De él se escapaba la voz de un locutor.
Ana Ramírez tocó el vestido. La tela estaba fría bajo sus dedos. Lo había traído consigo cuando su hija la ingresó en la residencia, casi hacía un año. Entonces pensó que quizá le hiciera falta. Algún cumpleaños, la Nochevieja, quién sabe. Luego lo guardó en el armario y se olvidó.
Desde fuera llamaron a cenar. Ana guardó el vestido, cerró la puerta del armario y apoyó la mano sobre el tirador un instante. El espejo del armario le devolvió su rostro: conocido, obstinado, labios finos y los ojos ligeramente perfilados. La costumbre no se le quitaba ni allí.
Venga, Ana, llamó otra vez una voz desde el pasillo, que se enfría el postre.
Se puso el chaleco de punto y salió.
El comedor estaba casi lleno. En las mesas largas se sentaban mujeres y hombres de distintas edades. Algunos con pantalón de chándal, otros con camisa y corbata. En las paredes colgaban copos de nieve de papel, pegados con celo, y una guirnalda parpadeabadescompasada y cansadasobre las ventanas.
¡Ana, aquí! le hizo señas María Eugenia Sánchez, antigua contable, ahora la reina de los juegos de mesa y de los cotilleos.
Ana se sentó junto a ella. En la mesa ya había platos de arroz con pollo, pan en cesta metálica y una jarra de agua con rodajas de limón.
¿Has oído? le susurró María Eugenia, conspiradora. Vuelven los chicos de las guitarras. Como el año pasado.
Cantaron muy bien intervino desde el otro lado Juan Medina, alto, delgado, con bastón. Pero siempre lo mismo. Clavelitos, El emigrante
Tienen su repertorio respondió Ana Ramírez, encogiéndose de hombros.
Pronunció la palabra repertorio como a la antigua usanza, con oficio. Ella también había tenido repertorio: Noche de Zarzuela, Éxitos de Copla, Grandes boleros del cine. Sabía sonreír en el momento justo, hacer la pausa, alzar el brazo en el instante final. El patio escénico a oscuras, los focos cegando, y ella salía, segura de que todo iba a funcionar.
¿Repertorio? bufó María Eugenia. Pues yo quiero que canten mi Ojitos negros. El año pasado se lo pedí y sólo saben asentir.
Hazles una lista aconsejó Juan Medina. Les da igual, son jóvenes.
Y tú, Ana se giró María Eugenia, ¿vas a cantar? Le dije a la enfermera que aquí tenemos nuestra artista.
Ana Ramírez apretó el tenedor más de lo necesario.
Ya está bien susurró. Ya he cantado suficiente.
¡Anda ya! insistió María Eugenia. Si yo te vi por la tele. Aquí, en el salón, repitieron conciertos antiguos. Con tu vestido de lentejuelas
Eso fue en otro siglo, zanjó Ana Ramírez. Y la tele exagera mucho.
Sintió despertarse dentro de ella esa antigua resistencia. Allí todos la conocían como Ana Ramírez, de la habitación seis. Ayudaba a escribir un impreso, bajaba la ropa sucia a lavandería, explicaba cómo llamar a la administración. Alguna vez, por encargo de las enfermeras, decoraba el tablón de anuncios. Era sencillo, casi cómodo. Sin carteles, sin expectativas.
Después de cenar les reunieron en el salón. Ya habían montado el árbol de Navidad de plástico, con la punta torcida. Colgaban en sus ramas bolas rojas de otros años y algo de oropel. La tele, empotrada en la pared, tenía un canal de noticias con rótulos en movimiento.
Mañana anunció la supervisora, dando una palmada nos visitan los voluntarios. Concierto y felicitación. Así que hoy terminamos de decorar. Quien pueda, a echar una mano.
Algunos residentes se levantaron y se acercaron a la caja de adornos. Ana se quedó sentada. Sabía que, si se ponía en pie, la colocarían en el centro: Ana, tú entiendes, hazlo bonito. No le apetecía organizar nada. Ni escuchar esperanza en la voz de los otros.
¿Y por qué se quejó Juan Medina, apoyándose en su bastón nos limitamos a mirar? ¿Solo aplaudir a los chicos y que se vayan?
La supervisora sonrió, resignada.
Don Juan, ya sabe Apenas hay tiempo. El personal no da abasto, no hay tiempo para ensayar.
Pues lo montamos nosotros. Aquí hay gente con talento. Mira, María Eugenia sabe recitar, Ana canta
Varias cabezas miraron a Ana Ramírez. Notó como le subían los colores.
No, dijo rápidamente. Ya no tengo voz.
¡Sí la tienes! saltó desde el rincón Lola Ortega, menuda, exmaestra. Yo la escuché cantar en la ducha.
Ana apretó los labios. Sí, cantaba en la ducha. Bajito, para que nadie oyera. Viejas romanzas, algún bolero, un par de versos de Te lo juro yo.
Mira intentó zanjar la supervisora. Si os apetece, preparad algo. Mañana, antes de la actuación de los voluntarios, media hora. Pero sin dramas. Luego, nada de protestas.
Hubo revuelo en el salón. Salieron propuestas: una canción del árbol, coplas, chascarrillos. María Eugenia le dio una palmada a Ana.
¿Ves? Ya nos han dado permiso. Te necesitamos.
Yo no salgo reiteró Ana. Pero ayudo: textos, orden, música, lo que haga falta.
Sin ti es un rollo suspiró María Eugenia, enredada ya en una discusión con Lola sobre el orden de las canciones.
Ana se levantó y salió sin que nadie la detuviera. En el pasillo, la luz era tenue; en el alféizar descansaban dos ficus y un muñeco de nieve de plástico, con la bufanda descolorida. Se detuvo junto a la ventana. Afuera, la nieve caía tras las rejas; los coches aparcados bajo la residencia acumulaban una capa blanquecina y, a lo lejos, en otro edificio, parpadeaban más luces.
Recordó los escenarios. No los grandes, con orquesta, sino el humilde centro cultural del barrio. Allí olía a polvo y a maquillaje. Cantaba para el público que venía tras la jornada laboral: temas de amor, de caminos y juventud. Ellos aplaudían, a veces incluso coreaban. Creía que sería siempre así. Luego llegó la nueva época, los salones de boda, los cambios Y, de repente, ya nadie llamaba.
Tu tiempo pasó le dijo un director, cortesmente, una vez. Ahora hacen falta otras caras.
Eso se le quedó anclado en la memoria. Desde entonces prefería repetírselo ella antes de esperar llamadas o temer rechazos.
Volvió a la habitación justo cuando repartían los medicamentos de la noche. Carmen Molina se despertó y enseguida comentó:
¿Has oído? Mañana hay fiesta. Yo recitaré un verso. Sobre la nieve.
Muy bien, asintió Ana.
¿Vas a cantar?
No.
Qué pena. Tienes una voz muy bonita. No como las muchachas que vinieron. Solo chillan.
Ana apagó la luz y se giró hacia la pared. Se escuchaba un carraspeo tras el tabique y el carrito de la limpieza deslizándose por el corredor. Quiso pensar en otra cosa, pero le venían a la cabeza fragmentos de canciones y las miradas del salón.
El día amaneció rutinario. Levantarse, un poco de gimnasia para los más animados, desayuno con un cuadradito de mantequilla sobre el pan. Alguien repartió mandarinas traídas por sus familiares y las compartió generosamente. En la tele, villancicos de toda la vida.
Al acabar la ronda, la supervisora reunió a todos.
A ver, ¿quién actúa hoy? Decidamos. Los voluntarios estarán a las seis, nuestro turno es a las cinco. Una hora.
Yo, primero alzaba la mano Lola Ortega Un poema de Machado.
Yo cantaré gritó desde el fondo Aurora, exenfermera, Los peces en el río.
Yo tengo una copla anunció María Eugenia.
Y yo empezó Juan Medina, pero se interrumpió para mirar a Ana. Y aquí hay quien sabe organizar todo.
Todas las miradas de nuevo se fijaron en Ana Ramírez.
No, no voy a cantar repitió ella, ya casi automática. Pero hagamos lista, para que no haya líos.
Apuntó en una hoja los nombres. Suspiró, se puso en pie.
Por orden: primero poema, luego canción, después copla ¿Alguien más?
Yo cuento un cuento se animó una residente, todos la llamaban Paqui, la de la boina de lana. Uno del conejito y la Navidad.
Perfecto. Queda anotado.
Apuntaba, orientaba, aconsejaba cómo colocarse, cómo dirigir el micro. Los ojos de los demás relucían con el desafío. Discutieron quién sería la presentadora y al final acordaron que sería Lola. Ella defendió que sabía dar empaque a las palabras.
Al quedarse solas, María Eugenia bajó la voz:
Ana, anímate, aunque sea una canción. Por ti misma.
Tengo miedo escapó de los labios de Ana, sorprendiéndola incluso a ella.
¿A qué?
A que la voz me falle, a quedarme en blanco, a salir y… calló. A no estar a la altura.
¿Y qué más da? se encogió de hombros María Eugenia. Aquí todos somos familia. Yo también temo olvidarme la rima. Pues nos reímos.
Ana quiso protestar, pero no encontró cómo. Para María Eugenia el escenario solo era juego; para ella era mucho más. Allí un fallo costaba contratos, reputación. Aquí nadie te echa, pero la costumbre pesa.
Vale cedió. Lo pensaré.
Volvió a la habitación y cerró la puerta. Sacó el vestido azul y lo colgó en la silla. Lo miró largo rato. Luego lo devolvió al armario. El corazón le latía como antes de salir al escenario.
Ayudó toda la mañana a sus compañeras. Repasó el poema con Lola, el cuento con Paqui descartando detalles sobrantes. Aurora buscaba la tonalidad para su villancico y Ana, sin poder evitarlo, le tarareó las notas.
Así, le indicó, no más alto.
Pareces una directora, sonrió Aurora. ¿Y tú?
Ya veré.
Después de comer, una voluntaria de jersey con renos entró al salón, adelantando aparatos de sonido.
Hola, sonrió. Soy Marta. Esta tarde venimos con guitarra y concursos. Vosotras solo tenéis que relajaros y disfrutar.
Tenemos nuestro propio recital presumió Juan Medina.
¿En serio? ¡Qué emocionante! Pero no os esforcéis demasiado. A ciertas edades, hay otras prioridades.
Lo dijo con naturalidad, sin querer ofender. Pero Ana sintió un ligero clic interior. A ciertas edades, hay otras prioridades. Como si bajara el telón antes de tiempo.
¡Bah! le restó importancia María Eugenia, aunque la voz le tembló ahora. Aquí aún nos queda cuerda.
Marta asintió divertida y fue a buscar los micrófonos. El club quedó en silencio.
¿Oís? susurró Juan. Otras prioridades.
Vaya bobera replicó María Eugenia, aunque sin demasiada convicción.
Ana visualizó la tarde siguiente: jóvenes animados, guitarras al hombro, canciones, chocolatinas y fotos. Luego se irían a sus cenas y sus fiestas de verdad; ellos quedarían allí, con el árbol, la tele y la rutina. Y ese eco de otras prioridades.
Volvió a la habitación y se sentó en la cama. El vestido se había quedado, sin querer, sobre la silla. Temblándole las manos, desabrochó la cremallera.
¿Al final te lo pones? preguntó Carmen, al entrar.
No lo sé respondió. Quizá sí.
Debes ponértelo, dijo Carmen seria. Cuando te veo, siento que aún queda esperanza, que no todo acabó.
Esa frase le tocó más hondo incluso que la de la voluntaria. No todo acabó. Ana suspiró y se alzó.
¿Me ayudas con la cremallera?
El vestido quedaba algo holgado, pero le sentaba bien. En el espejo del armario se reflejaba una mujer de pelo plateado, recogido en moño, hombros finos y lentejuelas en el escote. No era la de los carteles. Era distinta. Pero viva.
Guapísima afirmó Carmen. Como en la tele.
Hala, que no se note mucho el pulso con el pintalabios rió Ana.
Se entretenían entre bromas y retoques con el neceser, hasta que el altavoz reclamó para el ensayo.
En el salón ya habían montado el micro con altavoces. Lola sujetaba su poema con nervios, María Eugenia arreglaba su bufanda de colores.
¡Mírate! exclamó María Eugenia al verla. Ahora sí que no te escapas.
Ya veremos contestó Ana, notando una mezcla de miedo y alivio. Como si, de pronto, no tuviera que esconderse.
Empezó el ensayo. Primero Lola, que se trabó en el tercer verso y volvió al principio. Nadie se rió. Todo eran ánimos. Aurora se trabó en el estribillo hasta que Ana le tarareó a media voz por encima.
¿Y tú? preguntó Juan Medina tras la ronda. Ahora te toca.
Ana se acercó al micro, el corazón golpeando en la garganta. Lo agarró con ambas manos para disimular el temblor.
No sé Quizá una copla. Tal vez La bien pagá.
¡Esa es buena! se animó alguien.
Cerró los ojos y dejó que salieran las primeras notas. Al principio la voz le salió baja y algo rugosa. En el siguiente verso, le falló la garganta y tuvo que parar.
Ya está murmuró. No puedo.
Claro que puedes, le lanzó firme Lola. Desde el principio.
Te esperamos añadió Juan.
Ana respiró hondo. Probó otra vez. Esta vez no buscó la nota alta; la interpretó en un tono más sencillo, más confidencial, como contando un secreto. La voz aún temblaba, pero nadie interrumpía. Incluso alguien bajó el volumen del televisor.
Al acabar, hubo un breve silencio. Luego María Eugenia rompió a aplaudir, y le siguieron todos.
¡Eso sí que es cantar de verdad!
Ana se apartó del micro. La sacudía un temblor dulce, no pesado; no fue perfecto, pero había cantado.
¿Preparadas para esta tarde? preguntó la supervisora, asomando la cabeza.
¡Preparadas! gritaron varias voces.
A las cinco, el ambiente era otro. Sobre la mesa, platos con dulces y mandarinas. El árbol lucía más decorado y en la cima una estrella de cartón recortada. En los sillones, los residentes: algunos en sus mejores galas, otros con chaqueta limpia, otros simplemente aseados.
Empezamos anunció Lola, erguida con su papel. Queridas amigas y amigos…
Tropezó en la segunda frase, tuvo que mirar el papel y corregir. Nadie le dio mayor importancia. Todos sonreían. La fiesta no era como las que recordaba Ana: ni guion estricto ni bromas preparadas, pero había algo entrañable.
Poemas, canciones, el cuento del conejito que encontró hogar bajo el árbol. Las coplas de María Eugenia, que hacían reír hasta al más serio. Aurora con Los peces en el río, a veces a dúo improvisado.
Y ahora anunció Lola, buscando en la hoja, con nosotros… Ana Ramírez.
El salón quedó en silencio; Ana notó las manos sudorosas. Se puso de pie. Las piernas le pesaban, pero avanzó hasta el micrófono.
Yo dudó. De repente, temor. No había cientos de ojos, solo unas decenas de rostros familiares. Pero el vértigo era el mismo.
Canta susurró Carmen desde la primera fila. Estamos aquí.
Ana tomó el micro. A ciertas edades, otras prioridades, recordó. Pero sintió que justo entonces sí era su momento. Porque tal vez no habría otro.
No eligió la copla, sino que arrancó, sin pensarlo, un villancico, uno sencillo, de los de portal y patio. Se le fue alguna nota, pero no se detuvo. Alguien en la sala la acompañó en el estribillo, luego más voces. Media sala cantaba ya, a veces fuera de ritmo, desafinando, pero en alto y con alegría.
Ana sintió que algo dentro se aflojaba. No volvió su juventud, ni reaparecieron los carteles brillantes. Pero desapareció la obligación de ser invisible. Miraba a los demás y no eran público: eran vecinos, los de la mesa y la pastilla, los de la charla y la siesta. Y ellos la miraban como a una de las suyas, no como a una estrella.
Al terminar la canción, hubo aplausos, silbidos y algún ¡Olé!. Ana hizo una pequeña reverencia y, de pronto, se echó a reír con una risa ligera, casi de niña.
Otra pidió María Eugenia.
No, negó Ana. Hoy ya es suficiente.
Se sentó de nuevo. El corazón aún le latía a prisa, pero ya no por el miedo. Carmen la cogió discretamente de la mano.
Gracias musitó.
A las seis llegaron los voluntarios: con guitarras, altavoces y cajas de regalos. Entraron como una banda bulliciosa, abrigados y alegres. Marta, la del jersey, levantó las cejas, sorprendida.
¡Vaya! ¡Si ya estáis de fiesta!
Ensayamos antes presumió Juan. Montamos nuestro propio espectáculo.
¡Genial! lo celebró Marta de verdad. Pues nos unimos a vosotros.
Y así lo hicieron: todos juntos, mayores y jóvenes, canas y coletas, con bastón y andador. En un punto, una voluntaria pidió a Ana cantar a dúo. Ana lo rechazó, pero sin la tosquedad de antes.
La próxima vez, sonrió. Hoy ya he tenido bastante.
Marta asintió y no insistió.
Cuando terminaron, cuando repartieron sus lotes y se tomaron fotos, Ana salió al pasillo. Allí se hacía el silencio. De lejos venía la murmullo de la fiesta.
Se acercó a la ventana. Fuera seguía nevando. Los faroles iluminaban el camino hasta el portón, donde esperaba la furgoneta de los voluntarios.
Ana tocó el alféizar frío. En el reflejo vio su silueta con el vestido azul, el carmín ligeramente corrido, las lentejuelas en el cuello. No una diva, ni una leyenda de los escenarios. Simplemente una mujer que ese día había salido al encuentro de otros.
Sintió un cansancio ligero. No el que aplasta, sino el bueno, cuando se ha hecho lo que uno debía. Le apetecía un té y silencio.
Ana llamaron desde el fondo. ¿Dónde te has metido? Te buscan. Están ya decidiendo qué cantar el día de Reyes.
Se giró. En la puerta, María Eugenia, colorada, desarreglada la bufanda.
Ya voy respondió Ana.
Volvió a mirar la ventana. La furgoneta de los voluntarios arrancaba y se alejaba entre la nieve y faros encendidos. Respiró hondo, y volvió hacia el salón, donde la esperaban personas con las que, una noche más, habría que pelearse por el repertorio, los poemas, las actuaciones.
Y, de repente, le tranquilizó pensar que, cuando alguien dijera hace falta una artista, no volvería a esconderse. Saldría. Tal vez olvidara la letra, desafinara. Pero saldría.
Y eso bastaba para que la Navidad en aquella residencia no fuera sólo un día en el calendario, sino también suya, viva, como la voz que, aunque ya no joven, aún resuena.







