Conseguí que mi hijo se divorciara… ¡y ahora me arrepiento profundamente!

Ayer otra vez mi nuera me dejó a la nieta para el fin de semana me soltó mi vecina Lucía en el rellano, visiblemente agobiada. ¡Que no hay manera de que la niña coma como Dios manda! Dice mi madre que las princesas no comen mucho, me suelta; se toma dos cucharaditas y listos. ¡Y está más verde de lo normal, si se pone a brillar de lo escuálida que está!

A Lucía, la esposa de su hijo Álvaro Estrella, nunca le cayó en gracia. Desde el primer día. Bastó con que supiera que Estrella tenía siete años más que su hijo, que apenas había terminado el instituto y casi ni le había salido barba.

¡Si ni mujeres había conocido antes de ella! bufaba Lucía. ¡Normal que se le cayera la baba por ella! ¡Con la experiencia que debe de tener, claro que lo cameló!

Y a ver, Estrella era muy guapa y tenía ese punto de presencia: siempre arreglada, vestida de revista, muy puesta en su trabajo. Yo, sinceramente, no veía ningún truco: los hombres ya se sabe, ojos que no ven, corazón que no siente y aquí había mucho que ver.

Estrella seguía una dieta sana, vida saludable, y su hija igual: nada de zamparse un bocata de chorizo, que si la salud, que si la línea. Comer justito, decía. Ni soñar con el cocido de la abuela ni el arroz con leche. ¡Total, vida sana pero poca alegría!

A los pocos meses de salir, Estrella se quedó embarazada. No se sabe si como indirecta a su suegra, que se desgañitaba intentando separar a la pareja, o porque tenía prisa por casarse, o por puro azar. Eso daba igual, porque Álvaro niño de 18 años recién cumplidos dijo que se casaba y se acabó el tema. Estrella tenía 25, pero él ya se sentía todo un hombre.

Empezó Álavaro el módulo de FP, compaginando estudios y curro porque los recién casados se querían independizar y claro, había que pagar alquiler. Primero en un pisito del extrarradio de Madrid. Luego se colaron en una habitación de esas de residencia con cocina compartida.

Eran jóvenes y felices, pero Lucía no se rendía: encontraba cualquier excusa para criticar a Estrella. Que si en la cocina era una inútil, que si Álvaro iba sin camisa planchada, que si la niña mal vestida. Para su suegra, la pobre Estrella era el desastre de la viña del Señor. Critica para aquí, farolillo para allá…

Al final, hartita del panorama, Estrella puso tierra de por medio. Llevaba ella sola a la niña a la guardería, al taller de gimnasia y a ajedrez. Salía del trabajo corriendo a mil sitios. Y, por si fuera poco, tenía sesión de yoga, manicura y pelu cada dos semanas. Al pobre Álvaro casi ni lo veía el gato.

Total, que el chaval llegaba a casa y se encontraba solo: la niña de clase en clase, la mujer ocupada o esperando en alguna extraescolar. Ni una tortilla francesa le quedaba.

Una de esas tardes, tocó a la puerta su vecina Consuelo, viuda de 38 años y con dos adolescentes a remolque. Se le había roto el grifo en la cocina común y le pidió a Álvaro que se lo arreglara antes de que todo el bloque flotara como Venecia.

Como el mozo era manitas, en un periquete arregló el desaguisado. Mientras tanto, Consuelo hacía macarrones con albóndigas comida de verdad, de la de casa y, en agradecimiento, invitó a Álvaro a cenar. Este aceptó encantado: ya ni recordaba el sabor de una buena albóndiga casera.

Desde entonces la escena se repetía: Consuelo, cada vez que podía, le proponía cenita, charla y hasta unas empanadillas. Álvaro, claro, feliz. Y entre pasta y confidencia, surgió el fuego: chispa va, chispa viene, y acabaron más enganchados que los caramelos de anís.

Pero oye, que en una residencia de estudiantes hay más ojos que en la Puerta del Sol. No tardó una cotilla buen rollo, pero cotilla en contárselo todo a Estrella: Oye, tu marido se pasa la vida en casa de la vecina, y no parece que estén leyendo a Lorca….

Semejante bronca no se había visto en Carabanchel desde el apagón del 2006. Estrella, digna como una reina de Jaén, recogió las cosas de Álvaro, lo plantó fuera y echó las bolsas al pasillo. Ae, a buscarse la vida, chaval.

Ir con sus padres era tarde. Así que, blanco y en botella: se fue con Consuelo, que, para qué engañarnos, le abrió las puertas y un plato de lentejas.

Por entonces, la niña tenía seis añitos; Estrella, 32; Álvaro, 25; Consuelo, ya 39. Lucía, la suegra, al enterarse del divorcio, cantó victoria: ¡Bingo!, pensaría. Pero cuando supo que su hijo se había emparejado con una con dos hijos y catorce años mayor (¡catorce!), se le quedó la boca tan cerrada que ni los caramelos de violeta le animaban la cara.

Me chocó mucho verla calladita y resignada, después de años criticando solo a Estrella por la diferencia de edad… ¿Quizás se dio cuenta de que fue una metedura de pata?

De todo esto hace ya como quince años. Hoy, Álvaro sigue con Consuelo. No han tenido hijos en común, pero se llevan como uña y carne. Ahora él tiene 40, y Consuelo pelea los 54 con gracia y salero. Lucía los recibe en casa como si aquí no hubiera pasado nada. Ni cuchicheos ni medias tintas: paz, calma y hasta tarta de Santiago los domingos.

Y os aseguro que, por primera vez, Álvaro parece verdaderamente feliz.

¿Vosotros qué pensáis? ¿El amor y la felicidad no entienden de edades, o es que nos liamos solos?

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