Dejó a una brillante cardióloga por una tendera de barrio: la insólita historia de Jan entre recetas saludables y sopas de repollo

Abandonó a una brillante cardióloga por una dependienta del barrio

Cuando conocí a Carmen y descubrí todo lo que había logrado en la vida, y además que era cardióloga titulada, supe que era el tipo de esposa que necesitaba. Es cierto, no era una belleza de portada, su forma de vestir era bastante sencilla y algo en su manera me hacía pensar que era conservadora. Pero aquello no me molestó lo más mínimo. Al fin y al cabo, un médico y su mujer médico; sonaba cómodo y apacible. ¿Por qué no?

La rutina en nuestro hogar empezó con Carmen ocupándose de que llevásemos una dieta saludable. Por las mañanas, desayunaba mi avena bien cocida, luego alguna fruta como tentempié, y para la comida y la cena, solía haber pescado o carne con verduras y una pequeña guarnición. Unas horas antes de dormir, no podía comer nada, salvo un poco de yogur natural. Carmen insistía en que una buena alimentación era la clave para una vida sana. ¿Quién era yo para contradecirla? ¡Si me lo decía una médico!

A diario, Carmen me preguntaba cómo me encontraba, si tenía algún dolor, y ante el más mínimo enrojecimiento en las mejillas, corría a tomarme la temperatura y a ver si me había dado alguna reacción. Siempre decía que lo mejor era detectar cualquier enfermedad a tiempo, y que así todo era más fácil de tratar, si llegaba el caso.

Durante un tiempo, me sentí orgulloso de lo mucho que se preocupaba por mí. Pero no duró mucho. Al cabo de los meses, empecé a notar que aquel cuidado era excesivo. ¿No tenía ya bastante con sus pacientes que tenía que empeñarse en jugar a médico y paciente también conmigo todos los días?

Después decidimos buscar un hijo juntos. Entonces empezó de verdad la odisea: mi mujer me llevó a hacerme análisis de toda clase de enfermedades, después me hicieron pruebas genéticas. En casa, incluso llamó a un urólogo para revisar que todo estuviera bien. A veces, sin avisar, me palpaba la entrepierna como si fuera lo más natural del mundo. Cada mañana me recibía con la pregunta: ¿Cómo has hecho pis? ¿Y las heces, bien, duras, blandas, normales?.

Durante la fase de búsqueda del embarazo, tenía terminantemente prohibido tomar una sola copa de vino ni fumar siquiera un cigarroal fin y al cabo, íbamos a ser padres y el material tenía que ser de la mejor calidad. Llegó un punto en el que incluso para eructar tenía que ir al baño, no fuera a ser que Carmen lo escuchara y me interrogara, tumbándome en el sofá y palpándome el vientre. Ella era aún más meticulosa consigo misma. No hacía más que analizarse la sangre, medirse la temperatura basal, para saber si ya estaba embarazada. Yo, sinceramente, ya no podía más Terminé divorciándome de ella.

¡Pero qué insensato! ¡Qué insensato, por favor! Dejó a esa mujer, ¿eh? Un expediente brillante, culta, con carrera. Y ahora va y se acuesta con una tal Lucía, dependienta de barriocomentaban todos los que no podían comprenderme.

Así es, acabé casándome con Lucía, la dependienta. Hace un cocido madrileño que quita el sentido, me deja irme de pesca, fuma sus cigarrillos, de vez en cuando toma una copa de Rioja y no le hace ascos a un buen trozo de panceta. Lucía jamás me hace preguntas absurdas. Me quiere tal como soy, el verdadero Juan.

Hoy, al ponerlo todo por escrito, entiendo que uno sólo puede ser feliz cuando lo aceptan, no cuando lo examinan. Ésa es mi mayor lección.

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