Grité por la ventana: —¡Mamá, ¿qué haces tan temprano? ¡Te vas a helar!— Ella se giró y agitó la pala a modo de saludo: —Lo hago por vosotros, vagos.— Y al día siguiente, mi madre ya no estaba… Aún no consigo pasar tranquilamente frente a nuestro patio… Cada vez que veo aquel sendero, el corazón se me encoge, como si una mano lo apretara. Esa foto la hice yo, el dos de enero… Simplemente pasaba, vi las huellas sobre la nieve y me detuve. La fotografié sin saber muy bien por qué. Y ahora esa foto es lo único que me queda de aquellos días… La Nochevieja la celebramos como siempre, en familia. Mamá ya estaba en pie desde la mañana del treinta y uno. Me despertó el olor a filetes y su voz en la cocina: —¡Hija, arriba! ¿Me ayudas a acabar las ensaladas? ¡Que tu padre otra vez se come todos los ingredientes mientras no miramos! Bajé aún en pijama, con el pelo revuelto. Ella estaba junto a los fogones, con su delantal de melocotones favorito, aquel que le regalé cuando estaba en el instituto. Sonreía, las mejillas rojas por el horno.—Mamá, déjame tomar el café primero, —protesté medio riendo. —¡El café después! ¡Primero la ensaladilla!—rió, lanzándome un bol con las verduras asadas.—Corta en trocitos pequeños, como a mí me gusta. No como la última vez, que parecían dados. Cortábamos y charlábamos de todo un poco. Me contaba cómo celebraban la Nochevieja en su infancia —sin esas ensaladas “raras”, sólo con arenques bajo mayonesa y mandarinas que su padre traía de la oficina por enchufe. Luego papá llegó con el árbol. Enorme, casi hasta el techo. —Hala, chicas, ¡aquí tenéis la joya de la casa!—exclamó orgulloso desde la puerta. —¡Pero papá, que casi arrasas el monte!—me quedé boquiabierta. Mamá salió, miró y rió: —Bonito es, pero ¿dónde lo metemos? Que el año pasado era más pequeño, al menos. Aun así, nos ayudó a decorarlo. Mi hermana Lera y yo colgábamos las luces, y mamá sacó los adornos antiguos, los de mi infancia. Me acuerdo cuando cogió aquel angelito de cristal y susurró: —Éste te lo compré para tu primer Año Nuevo. ¿Te acuerdas? —Sí, mamá, me acuerdo—mentí. En verdad no lo recordaba, pero asentí. La veía iluminarse sólo porque decía que sí… Mi hermano llegó ya por la tarde. Siempre ruidoso, con bolsas, regalos, botellas. —¡Mamá, este año traigo champán del bueno! No como la brasa del año pasado. —Ay, hijo, sólo que luego no os desmadréis todos—rió mamá, abrazándole. A medianoche salimos todos al patio. Papá y mi hermano lanzaban petardos, Lera chillaba de emoción y mamá me abrazó fuerte por los hombros. —Mira, hija, qué bonito todo—me susurraba.— Qué buena vida tenemos… Yo la abracé igual. —La mejor, mamá. Bebíamos champán a morro, reíamos cuando los cohetes se desviaban hacia el cobertizo del vecino. Mamá, ya algo chispa, bailaba en alpargatas la canción “En el bosque nació un árbol”, y papá la alzó en brazos. Terminamos todos llorando de risa. El uno de enero lo pasamos tirados en el sofá. Mamá, de nuevo, cocinando —ahora eran empanadillas y caldo de cocido. —Mamá, ¡ya basta, vamos a explotar!—me quejé. —Nada, ya os los comeréis. Si el Año Nuevo se celebra una semana—respondió. El dos de enero madrugó, como siempre. Escuché la puerta, me asomé: ella estaba en el patio, con la pala, despejando el caminito. En su viejo plumas, pañuelo en la cabeza. Trabajaba con mimo: desde la verja hasta el portal, marcando una senda recta y estrecha. Arrastraba la nieve contra la pared, como le gustaba. Le grité por la ventana: —¡Mamá, qué haces tan temprano! ¡Te vas a congelar! Se giró, agitó la pala a modo de saludo: —¡Si no fuera por mí, ibais a cruzar los ventisqueros hasta primavera! Ve poniendo la tetera. Sonreí y fui a la cocina. Al rato volvió, mejillas rojas, ojos brillando. —Ya está, todo en orden—dijo tomando el café—¿A que me ha quedado bien? —Muy bien, mamá. Gracias. Aquella fue la última vez que oí su voz con tanta energía. El tres de enero, por la mañana, se despertó diciendo bajito: —Niñas, me duele un poco el pecho. No mucho, pero incomoda. Me preocupé enseguida: —¿Llamo al médico? —Qué va, hija. Es el cansancio. Después de tanta cocina y marcha. Descanso y se pasa. Se tumbó en el sofá, Lera y yo a su lado. Papá fue a por medicinas. Bromeó: —No me miréis así, que os enterraré a todos. Y de repente, se puso blanca. Se agarró el pecho. —Ay… me encuentro fatal… Llamamos a urgencias. Le cogí la mano, susurrando: —Mamá, aguanta, ya llegan, todo va a estar bien… Me miró y dijo, apenas audible: —Os quiero mucho… No quiero despedirme… Los médicos llegaron enseguida, pero… ya era tarde. Infarto masivo. Todo en cuestión de minutos. Me senté en el pasillo y lloré sin creerlo. Apenas ayer bailaba bajo los fuegos, y ahora… Deshecha, salí al patio. Casi no nevaba. Y vi sus huellas. Aquellas pequeñas, rectas, cuidadas. Desde la verja hasta el portal, de ida y vuelta. Siempre las dejaba así. Me quedé allí, mirándolas mucho tiempo. Pregunté a Dios: “¿Cómo puede ser que ayer caminaba por aquí y hoy ya no está? Quedan sus huellas, pero ella no…” Me parecía —o quería creer— que aquel dos de enero salió por última vez sólo para dejar una senda limpia para nosotros. Para que pudiéramos seguir sin ella. No quise que se borraran, y pedí a todos que no las tocaran. Que quedaran hasta que la nieve las tapara para siempre. Eso fue lo último que hizo por nosotros. Su cariño palpable incluso cuando ya no estaba. Al cabo de una semana cayó una gran nevada. Guardo la foto de las últimas huellas de mamá. Y cada año, el tres de enero, la repaso, y luego miro ese sendero vacío junto a la casa. Y duele tanto saber, sentir: bajo esa nieve están sus huellas. Esas mismas por las que, aún hoy, sigo caminando tras ella…

Grité por la ventana: ¡Mamá, ¿qué haces tan temprano? ¡Te vas a helar! Ella se giró, me saludó con la pala: Me esfuerzo por vosotros, los perezosos. Y al día siguiente, mi madre ya no estaba.

Aún hoy, no puedo pasar tranquila junto a nuestro portal

Cada vez que veo ese caminito, el corazón se me encoge como si una mano lo apretara. Aquella foto la hice yo el dos de enero… Simplemente pasaba por allí, vi las huellas en la escarcha y me paré. Las fotografié sin saber muy bien por qué. Y ahora esa foto es lo único que conservo de aquellos días

La Nochevieja la celebramos, como siempre, toda la familia unida.

El día 31, mamá ya estaba en pie desde primera hora. Me desperté con el olor de la carne rebozada y su voz llamando desde la cocina:

¡Hija, levántate! ¿Me ayudas a terminar las ensaladas? Que tu padre, como no lo vea, se come todos los ingredientes.

Bajé aún en pijama, el pelo alborotado. Ella estaba junto a los fogones, con su delantal favorito de melocotones, ese que le regalé cuando estudiaba en el instituto. Sonreía, las mejillas coloradas por el calor del horno.

Mamá, déjame al menos tomarme el café primero me quejé medio en broma.

¡El café después! ¡Primero la ensaladilla! Se echó a reír y me lanzó un bol con verduras asadas. Corta bien finito, como me gusta. No como la última vez, que parecían dados para jugar.

Allí estábamos, cortando y hablando de cualquier cosa.

Ella contaba cómo en su infancia el Fin de Año se celebraba sin todas estas ensaladas extranjeras, solo con una buena ensalada de pimientos y naranjas que el abuelo conseguía de estraperlo.

Luego llegó papá con el árbol. Una rama de pino enorme, casi tocando el techo.

¡Venga, mujeres, recibid a la reina del salón! gritó orgulloso desde el umbral.

Pero papá, ¿te has traído medio bosque? exclamé.

Mamá salió, la miró y se encogió de hombros.

Es preciosa, pero ¿dónde va a caber? El año pasado aún fue más pequeña.

Pero aun así nos ayudó a decorarla. Mi hermana pequeña, Lidia, y yo colgábamos luces; mamá sacó las bolas antiguas, las de cuando yo era pequeña. Recuerdo cómo tomó un angelito de vidrio en la mano y murmuró:

Este te lo compré para tu primer año nuevo, ¿te acuerdas?

Sí, mamá mentí.

En realidad no lo recordaba, pero asentí. Ella se iluminó entera al pensar que yo lo guardaba en la memoria

Mi hermano llegó al anochecer, como de costumbre: bullicioso, con bolsas llenas de cosas y regalos y botellas.

Mamá, ¡esta vez he traído buen cava! Nada que ver con la cosa ácida del año pasado.

Ay, hijo, con que no os pongáis todos contentos Y mamá se reía mientras lo abrazaba.

A medianoche todos salimos al patio. Papá y mi hermano encendían cohetes, Lidia chillaba entusiasmada, y mamá se apoyaba en mi hombro, abrazándome fuerte.

Mira, hija, qué bonito susurraba. Qué buena vida tenemos

La abracé yo también.

¡La mejor, mamá!

Bebimos cava de la botella, pasándonosla de mano en mano; reímos cuando los fuegos artificiales salieron disparados hacia el cobertizo del vecino. Mamá, un poco achispada, bailaba con Los peces en el río calzada con zapatillas de fieltro, y papá la levantó en brazos. Reíamos todos hasta las lágrimas.

El uno de enero pasamos el día tirados por la casa. Mamá volvió a la cocina: ahora tocan croquetas y caldo gallego.

Mamá, ¡para ya! ¡Vamos a reventar! me quejé yo.

Ea, ya lo comeréis, que el año nuevo en España se celebra una semana entera replicaba ella quitándole importancia.

El dos de enero, como siempre, se levantó temprano. Oí la puerta cerrarse y me asomé a la ventana; allí estaba, en el patio, con la pala. Limpiaba el camino. Con su abrigo viejo, la cabeza cubierta con un pañuelo.

Hacía el trabajo como le gustaba: desde el portón a la puerta de la casa, una senda angosta y recta. Amontonaba la nieve a lo largo de la tapia.

Le grité desde la ventana:

¡Mamá, que está helando! ¿Por qué tan pronto?

Se giró, agitó la pala a modo de saludo:

¿Y si no, qué? ¡Iréis por montones de escarcha hasta la primavera, perezosos! Ponte a calentar agua mejor.

Le sonreí y fui a la cocina. Ella entró al rato, las mejillas encendidas y los ojos brillantes.

Ya está, todo arreglado dijo al sentarse a tomar su café. Ha quedado bien, ¿verdad?

Muy bien, mamá, gracias.

Aquella fue la última vez que la escuché tan llena de vida.

El tres de enero, al despertar, dijo en un hilo de voz:

Chicas, me molesta un poco el pecho. No mucho, pero es una sensación rara

Me alarmé enseguida.

Mamá, ¿quieres que llamemos al médico?

Qué tontería, hija. Estoy agotada de tanto cocinar y trajinar. Seguro que si me tumbo se me pasa.

Se tumbó en el sofá y Lidia y yo nos quedamos a su lado. Papá fue a la farmacia a por pastillas. Ella aún bromeó:

No me miréis con esas caras, que aún os entierro a todos.

Luego, de pronto, se quedó pálida. Se llevó la mano al pecho.

Ay me encuentro muy mal demasiado mal

Llamamos a emergencias. Le agarraba la mano y susurraba:

Mamá, aguanta, ya vienen Todo irá bien

Me miró y con dificultad murmuró:

Hija os quiero tanto No quiero despedirme

Los médicos llegaron rápido, pero nada podían hacer. Infarto fulminante. Todo se desvaneció en un instante.

Sentada en el suelo del pasillo lloré a gritos. Era imposible de creer. La noche anterior bailaba bajo los fuegos artificiales, y ahora

Apenas tenía fuerzas, pero salí al patio. Casi no nevaba. Y vi sus huellas. Esas mismas pequeñas, ordenadas y rectas. Del portón a la casa y de vuelta. Igual que siempre.

Me quedé mucho rato mirándolas. Y le pregunté a Dios: ¿Cómo puede ser, que ayer aún dejaba sus pasos en la tierra y hoy ya no esté? ¡Siguen las huellas, pero ella ya no!

No sé si lo imaginé, pero parecía que ese día dos de enero mamá había salido por última vez solo para dejarnos la senda limpia, para que pudiésemos andar por ella sin ella.

No quise borrarlas. Pedí a todos que no tocaran la nieve allí. Que permanecieran, hasta que el tiempo las ocultara sin ruido.

Eso fue lo último que mamá hizo por nosotros. Su cariño habitual, más presente que nunca, incluso después de irse.

A la semana, nevó muchísimo.

Conservo la foto con las últimas huellas de mi madre. Cada año, el tres de enero, la vuelvo a mirar y después fijo la vista en el camino vacío junto a casa. Duele saberlo: allí, bajo la nieve, ella dejó sus pasos finales.

Por ese sendero, aún la sigo siguiendoPero con los años aprendí: las huellas de mamá no desaparecieron de verdad. Siguen en la memoria de cada invierno, en el eco de su risa entre los fogones, en el modo en que corto las verduras, en la costumbre de limpiar el camino antes de que nadie lo pida. Cuando la nieve cubre todo y el patio parece intacto, yo reconozco el sendero invisible bajo mis pies.

Ahora salgo yo muy temprano, envuelta en su abrigo viejo, y abro la senda igual que ella, aunque nieve poco o mucho. Escucho su voz burlona en el aire helado: ¡Venga, perezosa, anda por donde te lo dejé! A veces creo sentir calor en las manos, una suavidad en la nuca, y el dolor se calma un poco.

Un año llevé a mis hijos conmigo y les mostré la foto. Miraron las huellas y me preguntaron: ¿Y hasta dónde llega el camino de la abuela?

No supe responder. Quizá llega justo hasta aquí, donde aún la recordamos juntos. O tal vez sigue mucho más allá.

Ese invierno entendí algo: no temía ya al portal ni a la escarcha. Porque ahora, bajo la nieve, sé que mamá aguarda. Como siempre, ha limpiado el paso primero para nosotros. Solo tengo que cerrar los ojos, agarrar el abrigo, y andarsiguiendo sus huellas, hasta donde ella me enseñó a llegar.

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Grité por la ventana: —¡Mamá, ¿qué haces tan temprano? ¡Te vas a helar!— Ella se giró y agitó la pala a modo de saludo: —Lo hago por vosotros, vagos.— Y al día siguiente, mi madre ya no estaba… Aún no consigo pasar tranquilamente frente a nuestro patio… Cada vez que veo aquel sendero, el corazón se me encoge, como si una mano lo apretara. Esa foto la hice yo, el dos de enero… Simplemente pasaba, vi las huellas sobre la nieve y me detuve. La fotografié sin saber muy bien por qué. Y ahora esa foto es lo único que me queda de aquellos días… La Nochevieja la celebramos como siempre, en familia. Mamá ya estaba en pie desde la mañana del treinta y uno. Me despertó el olor a filetes y su voz en la cocina: —¡Hija, arriba! ¿Me ayudas a acabar las ensaladas? ¡Que tu padre otra vez se come todos los ingredientes mientras no miramos! Bajé aún en pijama, con el pelo revuelto. Ella estaba junto a los fogones, con su delantal de melocotones favorito, aquel que le regalé cuando estaba en el instituto. Sonreía, las mejillas rojas por el horno.—Mamá, déjame tomar el café primero, —protesté medio riendo. —¡El café después! ¡Primero la ensaladilla!—rió, lanzándome un bol con las verduras asadas.—Corta en trocitos pequeños, como a mí me gusta. No como la última vez, que parecían dados. Cortábamos y charlábamos de todo un poco. Me contaba cómo celebraban la Nochevieja en su infancia —sin esas ensaladas “raras”, sólo con arenques bajo mayonesa y mandarinas que su padre traía de la oficina por enchufe. Luego papá llegó con el árbol. Enorme, casi hasta el techo. —Hala, chicas, ¡aquí tenéis la joya de la casa!—exclamó orgulloso desde la puerta. —¡Pero papá, que casi arrasas el monte!—me quedé boquiabierta. Mamá salió, miró y rió: —Bonito es, pero ¿dónde lo metemos? Que el año pasado era más pequeño, al menos. Aun así, nos ayudó a decorarlo. Mi hermana Lera y yo colgábamos las luces, y mamá sacó los adornos antiguos, los de mi infancia. Me acuerdo cuando cogió aquel angelito de cristal y susurró: —Éste te lo compré para tu primer Año Nuevo. ¿Te acuerdas? —Sí, mamá, me acuerdo—mentí. En verdad no lo recordaba, pero asentí. La veía iluminarse sólo porque decía que sí… Mi hermano llegó ya por la tarde. Siempre ruidoso, con bolsas, regalos, botellas. —¡Mamá, este año traigo champán del bueno! No como la brasa del año pasado. —Ay, hijo, sólo que luego no os desmadréis todos—rió mamá, abrazándole. A medianoche salimos todos al patio. Papá y mi hermano lanzaban petardos, Lera chillaba de emoción y mamá me abrazó fuerte por los hombros. —Mira, hija, qué bonito todo—me susurraba.— Qué buena vida tenemos… Yo la abracé igual. —La mejor, mamá. Bebíamos champán a morro, reíamos cuando los cohetes se desviaban hacia el cobertizo del vecino. Mamá, ya algo chispa, bailaba en alpargatas la canción “En el bosque nació un árbol”, y papá la alzó en brazos. Terminamos todos llorando de risa. El uno de enero lo pasamos tirados en el sofá. Mamá, de nuevo, cocinando —ahora eran empanadillas y caldo de cocido. —Mamá, ¡ya basta, vamos a explotar!—me quejé. —Nada, ya os los comeréis. Si el Año Nuevo se celebra una semana—respondió. El dos de enero madrugó, como siempre. Escuché la puerta, me asomé: ella estaba en el patio, con la pala, despejando el caminito. En su viejo plumas, pañuelo en la cabeza. Trabajaba con mimo: desde la verja hasta el portal, marcando una senda recta y estrecha. Arrastraba la nieve contra la pared, como le gustaba. Le grité por la ventana: —¡Mamá, qué haces tan temprano! ¡Te vas a congelar! Se giró, agitó la pala a modo de saludo: —¡Si no fuera por mí, ibais a cruzar los ventisqueros hasta primavera! Ve poniendo la tetera. Sonreí y fui a la cocina. Al rato volvió, mejillas rojas, ojos brillando. —Ya está, todo en orden—dijo tomando el café—¿A que me ha quedado bien? —Muy bien, mamá. Gracias. Aquella fue la última vez que oí su voz con tanta energía. El tres de enero, por la mañana, se despertó diciendo bajito: —Niñas, me duele un poco el pecho. No mucho, pero incomoda. Me preocupé enseguida: —¿Llamo al médico? —Qué va, hija. Es el cansancio. Después de tanta cocina y marcha. Descanso y se pasa. Se tumbó en el sofá, Lera y yo a su lado. Papá fue a por medicinas. Bromeó: —No me miréis así, que os enterraré a todos. Y de repente, se puso blanca. Se agarró el pecho. —Ay… me encuentro fatal… Llamamos a urgencias. Le cogí la mano, susurrando: —Mamá, aguanta, ya llegan, todo va a estar bien… Me miró y dijo, apenas audible: —Os quiero mucho… No quiero despedirme… Los médicos llegaron enseguida, pero… ya era tarde. Infarto masivo. Todo en cuestión de minutos. Me senté en el pasillo y lloré sin creerlo. Apenas ayer bailaba bajo los fuegos, y ahora… Deshecha, salí al patio. Casi no nevaba. Y vi sus huellas. Aquellas pequeñas, rectas, cuidadas. Desde la verja hasta el portal, de ida y vuelta. Siempre las dejaba así. Me quedé allí, mirándolas mucho tiempo. Pregunté a Dios: “¿Cómo puede ser que ayer caminaba por aquí y hoy ya no está? Quedan sus huellas, pero ella no…” Me parecía —o quería creer— que aquel dos de enero salió por última vez sólo para dejar una senda limpia para nosotros. Para que pudiéramos seguir sin ella. No quise que se borraran, y pedí a todos que no las tocaran. Que quedaran hasta que la nieve las tapara para siempre. Eso fue lo último que hizo por nosotros. Su cariño palpable incluso cuando ya no estaba. Al cabo de una semana cayó una gran nevada. Guardo la foto de las últimas huellas de mamá. Y cada año, el tres de enero, la repaso, y luego miro ese sendero vacío junto a la casa. Y duele tanto saber, sentir: bajo esa nieve están sus huellas. Esas mismas por las que, aún hoy, sigo caminando tras ella…
Tengo 60 años. Ya no espero que amigos ni familiares vengan a mi casa.