Por la mañana, a Miguel Serrano le fue a peor. Le costaba respirar.
Nacho, no quiero nada. Nada de vuestras medicinas, nada. Solo te pido una cosa, déjame despedirme de Amigo. Por favor. Quítame todo esto
El hombre señaló las vías del gotero.
No puedo irme así. ¿Lo entiendes? No puedo
Una lágrima resbaló por su mejilla. Nacho sabía que si lo desenchufaba todo, igual ni siquiera llegaba hasta la puerta.
Los hombres de la habitación se reunieron junto a la cama.
Nacho, venga, ¿de verdad no hay nada que se pueda hacer? No es justo
Ya lo sé Pero estamos en un hospital, todo tiene que estar esterilizado.
¡Eso da igual! Mira, el hombre no puede irse en paz.
Nacho lo entendía perfectamente. ¿Pero qué podía hacer? Se levantó. Podía hacer todo. Al diablo la discusión, y al diablo la empresa de su padre. Que le despidieran si querían. Se giró bruscamente y se cruzó con la mirada de Ana. En sus ojos brillaba la admiración.
Nacho salió corriendo a la calle.
Amigo, te lo pido, tienes que estar muy tranquilo. Igual nadie se entera. Vamos, vamos a ver a tu dueño.
Ya había abierto la puerta cuando se la bloquearon. Frente a él estaba Emma Ordóñez.
¿Pero esto qué es?
Emma, por favor. Cinco minutos. Déjales despedirse. Entiendo las reglas. Si me tiene que echar, hágalo.
Guardó silencio un momento. Quién sabe lo que pasó por su cabeza, pero la mujer dio un paso al lado.
Está bien. Que me echen también a mí, entonces.
Amigo, ven.
Nacho echó a correr con el perro por los pasillos del hospital. Delante, Ana abría una puerta. El perro, como si intuyera algo, en dos saltos ya estaba delante de la habitación Un salto más y Amigo se puso de pie, con las patas delanteras apoyadas en la cama de Miguel Serrano. Reinaba un silencio sepulcral. El hombre abrió los ojos. Intentó alzar una mano, pero las vías se lo impedían. Las apartó con la otra mano.
Amigo has venido
El perro apoyó la cabeza en el pecho de Miguel. El hombre lo acarició, una vez, otra Sonrió. La sonrisa quedó congelada en sus labios. La mano se le cayó.
El perro llora
dijo uno.
Nacho se acercó a la cama. Amigo, efectivamente, lloraba.
Ya está Vámonos
***
Nacho se sentó en la valla del jardín, mientras Amigo se tumbaba entre los arbustos. Se le unió uno de los compañeros de la habitación, el primero que había regalado sus croquetas. Le ofreció una cajetilla. Nacho iba a decir que no fumaba, pero al final encendió un cigarrillo.
A su lado se sentó Ana. Tenía los ojos rojos y la nariz hinchada.
Ana Hoy es mi último día.
¿Por qué?
Verás, al principio vine aquí castigado, luego porque quería demostrarle a mi padre que valía Me iba a dejar la empresa. Pero me he dado cuenta de que eso no importa. No puedo más. Me voy a casa. Le diré la verdad: tu hijo no vale para esto. Perdóname, Ana
Nacho se marchó. Entregó la carta de renuncia y recogió sus cosas. Ana le observó por la ventana mientras él llegaba al portal en su Mercedes, bajaba del coche, abría la puerta del copiloto y se acercaba a los arbustos. Le decía algo al perro y luego volvía al coche, apoyándose en la puerta. El perro apareció al cabo de unos minutos. Lo miró fijamente a los ojos y saltó al coche.
Ana volvió a llorar.
¡No eres inútil! ¡Eres el mejor!
***
Al cabo de unos días, Ana vio llegar al hospital a un hombre que se parecía muchísimo a Nacho, acompañado del director. Bajó corriendo las escaleras y salió a la calle.
¿Es usted el padre de Nacho?
El director la miró sorprendido.
Ana, ¿qué pasa ahora?
Espere, don Sergio, ¡ya me podrá despedir después! ¿Es usted, sí o no?
Don Vadim también miró a la joven con pecas y cara decidida.
Sí, soy yo.
¡No tiene derecho! ¡Escúcheme bien! No puede pensar que Nacho no vale nada. ¡Es el mejor! Fue el único valiente que permitió que un hombre se despidiera de su amigo antes de morir. ¡Nacho tiene corazón y alma!
Ana se dio media vuelta y entró en el edificio.
Don Vadim sonrió.
¿Has visto cómo es?
Sergio respondió:
¿Y qué hacemos con ella? Es una buena chica, pero siempre quiere la verdad.
¿Eso es malo?
No siempre es bueno
***
Pasaron tres años.
Una familia al completo salió del bonito chalet. Nacho empujaba un cochecito de bebé y Ana llevaba atado a un enorme y lustroso perro. Al llegar al río, Ana soltó a Amigo.
¡Amigo, no te alejes!
El perro, de grandes saltos, corrió hasta la orilla. A los dos minutos, el bebé del carrito comenzó a llorar, y Amigo volvió corriendo, quedándose junto al carrito.
Ana se rió.
Nacho, creo que no necesitaremos niñera. ¿Por qué te has vuelto corriendo? Sonia solo ha perdido el chupete.
El bebé se calmó, Amigo asomó la cabeza por el cochecito hasta asegurarse de que todo estaba bien y luego salió persiguiendo una mariposa.
Al final, el verdadero valor no está en lo que conseguimos, sino en el cariño y la lealtad que damos a los demás. Porque lo importante no es solo vivir, sino saber despedirse y vivir con el corazón.
Amanecer en Madrid: La Última Despedida de Miguel y su Fiel Amigo Bajo la Mirada de Nikita, en una Habitación de Hospital Llena de Emociones, Decisiones Valientes y Lágrimas Silenciosas






