El expreso nocturno Las puertas del trolebús se plegaron como un acordeón y el calor del interior se escapó en forma de vaho hacia el fresco de la noche. Un grupo de cinco juerguistas irrumpió a carcajadas, golpeando con sus botas sucias todo lo que encontraban a su paso: escalones, barras y las piernas de los pasajeros. Nadie de los presentes —solitarios unidos por el único transporte nocturno— se atrevía a reprender a la pandilla, que entre risas cargadas de alcohol fantaseaba en voz alta con proezas de dudosa moral, gritos y alardes sobre conquistas y castigos, coronados siempre por un brindis y el estruendo de botellas chocando en la parte trasera del vehículo, transformado en improvisado botellón. El mecanismo traqueteó, las puertas se cerraron con un silbido, el acordeón se enderezó y la máquina se puso en marcha alejándose suavemente del muelle urbano. Había poco más de una decena de personas a bordo, conductora incluida. Esta, aburrida y con gafas más viejas que cualquier chico del grupo, se acercó a los jóvenes con el talonario de billetes en mano. —Chavales, hay que pagar el billete —dijo con cansancio. —Yo tengo abono —eructó uno. —¡Y yo también! —¡Y yo! El último apenas tendría dieciocho: todavía con pelusa bajo la nariz y movimientos torpes. Pero entre sus amigos se sentía valiente y gritaba más alto que nadie. —A ver esos abonos —contestó seca la conductora, nada impresionada. —¡Enséñanos el tuyo primero! —salpicó el más corpulento. —Soy la conductora —respondió ella con la misma flema. —¡Y yo electricista! ¿Entonces no pago la luz? —replicó el de la botella, cuya chaqueta apestaba a cerveza rancia. —O se paga, o se baja del trolebús. Como si activara una señal, el trolebús paró y el resto de pasajeros se bajó. —¡Ya te han dicho que llevamos abono! —graznó el más joven, sacando pecho. —Valer, llévanos a la cochera —avisó la conductora al chófer. —Sí, Valer, a la cochera —repitieron imitando a la mujer y secándose lágrimas invisibles. Las puertas se cerraron, el trolebús partió y dio la vuelta. Risas durante diez segundos, hasta que el más espabilado preguntó: —¿Cómo se ha dado la vuelta en medio de la calle el trolebús si va por cables? —preguntó sincero, pero nadie dio importancia. El trolebús aceleraba, sobrepasando coches; algunas lámparas parpadeaban o se apagaban. Solo las farolas y anuncios iluminaban intermitentemente el interior. La conductora, en silencio, fija al frente. No hubo más paradas. —¡Oiga, jefe! ¿A dónde nos lleva? —gritó uno finalmente. Sin respuesta. —¡Eh, para, que nos bajamos! —empezó a colarse el miedo en las voces, ganando sobriedad. Nada. La ciudad se acabó y ya rodaban por una carretera oscura. Sin cobertura en los móviles y pidiendo actualizar páginas web. Al desviarse por un campo, uno empezó a amenazar a la conductora: —¿Sabe usted dónde trabajo? Si mañana no aparezco, se queda sin pensión. Se apagaron los faros delanteros. —Por favor, déjeme salir, tengo que estudiar para la EBAU —suplicó el benjamín. El trolebús corría, rompiendo la noche. Los jóvenes, ahora sobrios, temblaban repasando protocolos de secuestro: intentaron romper ventanas, forzar las puertas, sin éxito. Al final sacaron el dinero. —¡Tenga, quédese la vuelta! ¡Llévenos de vuelta! La conductora seguía impasible. Llantos, súplicas, lágrimas llenaron el trolebús mientras se dirigía a un enorme lago. —¿Dónde estamos? —musitaban. —Nos van a hundir aquí… —lloraba el pequeño. —Serio, ¿tú sabes conducir? ¿Nos rebelamos? —pidió una voz, pero Serio negó con la cabeza. Finalmente la puerta delantera se abrió. La conductora bajó, la vieron empuñar un objeto grande. —Ya está… nos van a pegar un tiro… y ahogar… —los chicos buscaban consuelo el uno en el otro, sin palabras. Las luces volvieron a encenderse. La conductora entró pisando fuerte, con fregona y cubo: —Cuando acabéis de fregar paredes, os doy trapos para los asientos y el suelo, y después os llevo a casa. ¿Alguna objeción? Todos negaron en silencio. La noche fue larga. Dos iban por agua, uno cambiaba trapos, los otros vaciaban el cubo en una enorme cisterna que misteriosamente tenía agua. No era la primera vez que el trolebús llegaba allí. Terminó su castigo con el amanecer. El trolebús relucía. Sobrios, mudos y coordinados, recibieron sus billetes y fueron repartidos por las paradas del centro, mientras el vehículo volvía a su ruta habitual: a recibir un nuevo día y nuevos pasajeros.

Las puertas del autobús nocturno se cerraron como un acordeón, y el calorcito del interior salió disparado en vaho hacia la frescura de la madrugada madrileña. Un grupo de cinco chavales, aún con la euforia de la fiesta burbujeando en las venas, entró dando zapatazos, restregando las suelas llenas de barro por lo que pillaban: escalones, barandillas e incluso piernas de otros viajeros.

Los pocos solitarios que viajaban a esas horas, probablemente por pura necesidad ya ves tú quién coge el búho por gusto, ni se dignaron a mirar al grupo, que venía dándolo todo comentando a gritos sus andanzas nocturnas y sus conquistas (reales o inventadas) entre carcajadas y con botellines en alto, como si estuvieran en un bar. Se montaron su propio botellón improvisado al fondo del bus, celebrando cada chanza con un brindis sonoro, apurando cañas de cerveza Mahou y dañando más la atmósfera con cada risotada.

El motor del autobús retumbó, las puertas rechinaron y el vehículo se incorporó a la Gran Vía como un barco saliendo del puerto. Quitando los fiesteros, sólo habría diez personas y la revisora, que ya había visto de todo. Se plantó delante del grupo, con el paquete de billetes en la mano, y una mirada que podría haber sido de tu abuela, por lo vieja que era.

Chicos, se paga el billete, ¿eh? dijo resignada la mujer de gafas antiguas, que ya peinaba canas mucho antes de que ninguno de ellos supiera ni atarse los cordones.

¡Abono! gritó uno, eructando sin disimulo.

¡Yo también! insistió otro.

¡Y yo no soy menos! se unió el más joven, que por su bigotillo apenas le daban dieciocho.

Pero ante la revisora no le temblaba el pulso.

Pues enseñad los abonos entonces les soltó seca, sin levantar una ceja.

¡Primero enséñanos el tuyo! le salió el más chuleta, casi escupiéndole la cerveza.

Soy revisora, cielo replicó imperturbable.

¡Y yo soy electricista! ¿Eso me da barra libre de luz? le soltó el del botellín derramado, que ya olía agrio a distancia.

O pagáis, o a la próxima parada os bajáis dijo la revisora, cortando la discusión.

Como si fueran las palabras mágicas, el autobús paró en seco y los demás pasajeros aprovecharon para largarse. Solo se quedaron los cinco y los trabajadores.

Que te lo digo, señora, tenemos abono insistió el más chiquillo del grupo.

¡A la base, Valeriano! llamó la mujer al conductor.

Eso, a la base, Valeriano, vamos todos coreaban los chavales, imitando a la revisora y secándose lágrimas imaginarias.

Las puertas se cerraron, el autobús giró de repente en la plaza y los chavales se rieron un rato, aunque a mitad de camino uno susurró, mosqueado:

Oye, ¿cómo ha girado el bus aquí, si va por catenarias y no sale del recorrido? preguntó a sus colegas.

Ellos le miraron, se encogieron de hombros y vuelta a lo suyo.

El autobús aceleró como si fuera un coche deportivo, adelantando coches, las luces se atenuaron, y sólo los letreros de neón y farolas alumbraban el interior. La revisora, callada, mirando al frente, como si nada. Y no parecía tener intención de parar.

¡Eh, jefe, que nos vas a llevar al fin del mundo! gritó uno, por si acaso.

Nadie contestó.

¡Oiga, pare! ¡Que nos bajamos! chillaban, cada vez menos gallitos.

La revisora ni parpadeaba.

De repente, se acabaron las calles, y rodaron por una carretera oscura. No había cobertura, los móviles daban vueltas intentando cargar el WhatsApp sin éxito.

Cuando el bus se internó por un camino entre olivares, uno de los chavales se puso nervioso de verdad e intentó amenazar:

¿Tú sabes quién soy yo? ¡Como no aparezca mañana en la oficina, te vas a quedar sin jubilación!

Justo entonces, se apagaron las luces delanteras.

Por favor, déjenos salir, que tengo Selectividad suplicó el más pequeño, casi chillando.

El autobús seguía su ruta por la noche, los chavales ya ni se miraban, intentando recordar si en el telediario daban consejos para secuestros y después intentando romper la puerta de goma con botellas, pataleando, pero sin éxito.

En ese momento, apareció el primer billete.

Toma, quédate con el cambio. ¡Pero por favor, llévanos de vuelta a Madrid!

La revisora ni se inmutó. Lágrimas, súplicas, promesas al aire mientras la máquina seguía su rumbo al borde del misterio, hasta llegar a un lago inmenso.

¿Dónde estamos? murmullos y pánico en el grupo.

Nos van a tirar al agua lloriqueaba el benjamín.

Beltrán, ¿tú sabes conducir esto? ¿Quizá podemos darles la vuelta nosotros? preguntó uno, ya sin ánimos.

Pero Beltrán negaba despacio, derrotado.

La puerta se abrió y la revisora salió. En la luz de la luna, vieron cómo sacaba algo alargado del maletero delantero. Tragaron saliva. El electricista pensó de todo menos en la factura de la luz.

Entró de nuevo, encendió las luces y, con paso clave y una sonrisa en los labios, les plantó un cubo y dos fregonas.

Cuando acabéis con las paredes, os paso las bayetas para los asientos y el suelo. Luego volvemos a casa. ¿Alguna objeción?

Todos negaron, callados y con cara de cordero.

La noche fue larga. Dos iban a por agua, otro cambiaba bayetas, el resto vaciaba el cubo en una cisterna que parecía llevada allí años. Igual no era la primera vez que el bus acababa allí.

Acabaron justo cuando despuntaba el sol y el autobús relucía; hasta los cristales brillaban. A esa altura, hasta el alma estaba sobria. La revisora les picó los billetes y el bus volvió hacia Madrid. Cada uno bajó en su parada correspondiente, y el autobús regresó tranquilo a su ruta habitual, preparado para recibir a los nuevos pasajeros y al próximo día, cargado de historias por contar.

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